Bicentenario: independencia centroamericana, identidades culturales y olvido

“Las viejas prácticas de antaño, de hace dos siglos, emergieron, comportándose, como los finqueros de antaño colonial; imponiendo sus monedas de latas troqueladas; ahora virtuales, llamadas criptomonedas, y de todo tipo de semejanzas; acciones que evocan, comportamientos culturales como cuando impulsaron los liberales de antaño, las reformas de hace doscientos años.”

Álvaro Sermeño. (Catedrático de la Escuela de Artes de la Universidad de El Salvador, artista plástico pintor muralista, Lic. en Letras y antropólogo salvadoreño).

En El Salvador, los cambios e identidades culturales a través de décadas en estos dos últimos siglos, son reflejo de la mala distribución de la riqueza; la herencia directa de la Colonia no superada; los acontecimientos que dieron origen al proceso de independencia en la región Centroamericana, producto de las contradicciones que se expresaron por los intereses económicos de los criollos entre liberales y conservadores.

Posteriormente, a la separación de la Unión Centroamericana, El Salvador, se transformó paulatinamente de Provincia añilera a República Cafetalera; así, en la segunda mitad del siglo XIX, surge  la privatización y el despojo al indio de las tierras ejidales  y comunales, impulsada bajo las reformas de Rafael Zaldívar,  fueron subastadas, acaparadas por los terratenientes, quienes se  enriquecieron, transformándose en las familias pudientes oligarcas. Desde entonces, el acceso a la creación de políticas en los campos de  los sistemas educativos y culturales dirigidas a las grandes mayorías de la población, nunca fue de interés de dichas familias poderosas;  tampoco, lo fueron para los gobernantes posteriores, hasta nuestros días.

Las castas económicas, políticas gobernantes, en estos doscientos años no han logrado entretejer ni entender, la importancia del desarrollo en los ámbitos educativos, científicos, artísticos y culturales, muy necesarios para el desarrollo integral salvadoreño.  Las celebraciones del bicentenario en el país, y en el resto de Centroamérica, son una “especie de fiesta silenciosa”, dentro de una pandemia de amnesia social.  Para la población, el valor simbólico que encierra dichas festividades, simbólicamente, no representa absolutamente nada; no es de extrañar, a un pueblo que desconoce su historia; que se le ha negado históricamente la educación integral, acceso a una vivienda digna, al goce de estabilidad laboral, y demás necesidades básicas vitales; hoy dicha población, ignora su historia, resultado de siglos de la negación; no se le ha cultivado, formado en valores identitarios culturales.  Los políticos de turno se rasgan las vestiduras y entonan el himno nacional y la oración a la bandera  salvadoreña, recitados por infantes, cada 15 de septiembre, frente a la Plaza Libertad; sus rituales cívicos,  emitiendo; sin que nadie analice sus contenidos de las letras, de componentes líricos, románticamente  escritos por Juan Aberle y  Juan José Cañas; la segunda letra, por  David J. Guzmán, respondiendo a los intereses liberales de su época; hoy a igual que antes, los políticos, se impregnaron, embriagados de poder, a lo largo del tiempo de consignas y ceremonias demagógicas.

En los inicios del siglo XX, a raíz de aproximarse el primer centenario; estrenaron bandera y demás símbolos patrios; en materia política cultural, se acentuó  el concepto de mestizo, invisibilizando al indio, indígena, negro o mulato; así  se impulsaba la plataforma de la conciencia liberal, en las políticas de los años 20  de los Meléndez – Quiñónez, nos sumaron a todos en una sola masa mestiza;  luego, en la década de los 30’s,  el atropello contra la población indígena y campesina de enero de 1932. Estos hechos inauguraron la dictadura militar, el Martinato y su reformas políticas,  la estructura de la consolidación del poder cafetalero;  la presunta limpieza de comunistas del mapa nacional, formaron parte de la cultura del exterminio, de los valores implantados con sangre y terror. Nuevamente, en defensa de los símbolos patrios, extirparon las lenguas originarias, el vestuarios y  otras costumbres de herencia milenarias, se estrellaron al sonido de los cañones del verdugo; luego, el paro cívico, la Huelga de Brazos Caídos, el  fin de la dictadura del Brujo de San Matías,  las organizaciones  populares resurgían en medio de las décadas oscuras, y el aroma  y color de sangre, marcaron la identidades de los pueblos; los mitos del dictador, de brujo  y hombre de hierro. Que salvaba en este lado del mundo de comunistas; de criminal, asesino; héroe militar, digno para ellos a imitar; mitos, que se estiraron hasta los años posteriores, décadas de dictaduras, de reformas educativas; de guerra de enmascaradas de fanatismo futbolístico, de  las cien horas, de atropellos y engaño hacia las clases trabajadoras, de gremios sindicales, de perseguimiento desmedido, de desapariciones forzadas.

Así, se repitió la historia, la década de los 80’s, nos alcanzó, y  la guerra organizada, se extendió en todo el territorio nacional;  los comportamientos culturales  fueron adaptándose,  a las nuevas consignas, evocada  en elementos de antaño; el recuerdo de figuras legendarias, de Anastasio Aquino,  Feliciano Ama, Farabundo Martí , Mario Zapata y Alfonso Luna, y muchos otros. La memoria histórica recordaba, reclamaba y reivindicaba lo vivido; las masacres en contra de mujeres en la décadas de los años 1920; el trauma de la memoria del etnocidio de 1932; de la primera mitad y segunda mitad del siglo XX,  masacres estudiantiles, atropellos, e invasiones a la Universidad de El Salvador; el inicio de una guerra civil en la década de los  80’s;  los martirios de Rutilio Grande,  Monseñor Romero, los sacerdotes  Jesuitas y más de 80 mil muertos y desaparecidos.

La década de la Guerra Civil, nos llevó a una salida negociada con la firma de los Acuerdos de Paz, dio  fin a la guerra;  los valores culturales paulatinamente fueron modelándose, surgieron en estos escenarios, las pandillas, el narcotráfico y otros males; muchos comportamientos heredados desde la Colonia; los cuales se continuaron fomentando;  aún hoy en día,  no han sido superados por los salvadoreños; las problemáticas sociales, las privatizaciones y despidos continuaron; la tenencia de la tierra, factor determinante que dio origen a la guerra, no fue superado; y el finiquito de los Acuerdos de Paz, cerraron la posibilidad de democratizar una real democracia con justicia y equidad; todo esto, no fue completado.

Sin embargo, esto originó  un proceso de reinserción; apertura al inicio de una democracia incipiente, muy  frágil, y que hoy en estas celebraciones, está cada vez más debilitada;  este proceso del Bicentenario, nos alcanzó, en medio de una pandemia, y de imposiciones económicas, atropellos inconstitucionales; despojos de los poderes de facto del ejecutivo sobre el aparato judicial, y de la imposición sobre el legislativo;  comportamientos y acciones típicos heredados de la Colonia, y hoy se fortalecen, producto del arbitraje, del despotismo y nepotismo del ejecutivo.

Las viejas prácticas de antaño, de hace dos siglos, emergieron, comportándose, como los finqueros de antaño colonial; imponiendo sus monedas de latas troqueladas; ahora virtuales, llamadas criptomonedas, y de todo tipo de semejanzas; acciones que evocan, comportamientos culturales como cuando impulsaron los liberales de antaño, las reformas de hace doscientos años. La independencia Centroamericana, es un hito en la historia, en la que el pueblo siempre se ha visto ajeno ante dichos acontecimientos. Un pueblo, que no recuerda, porque siempre se  le ha negado verse a su rostro, conocerse y reconocerse  así mismo, recordar quienes somos, revalorar nuestra salvadoreñidad; negándonos a nosotros mismos; de lo que somos, como pueblo culturalmente constituido; las nuevas generaciones aún más desconocen lo vivido, en pocas décadas anteriores, se ha socavado la memoria colectiva, la amnesia histórica; hoy,  carecemos del recuerdo, del escenario conmemorativo del significado de un bicentenario criollo; nadie se empodera, del valor simbólico que encierra; donde el criollo, ha dejado su marca, la huella del atropello, de las mezcla del indio, del negro, del mulato, del zambo, del obrero, del campesino. La peor pandemia es el olvido, el miedo a conocer la verdad, la oscuridad colonial nos invade y se impone nuevamente; en el campo intelectual, literario, en la lucha de Género, en la defensa del Medioambiente, y la defensa del agua; la cultura del olvido, del despojo, y el atropello se repiten en los poderes políticos e intereses económicos;  todo esto, se nutren de discursos demagógicos;  sepultando con hechos y palabras la memoria histórica de un pueblo: “..,aquí no hubo Guerra;  todo fue una farsa;  no hubo, torturas, martirios, desapariciones forzadas, masacres y asesinatos”.

Estos doscientos años nos alcanzaron como el color azul del obraje, donde murieron miles de indios, a causa de la expropiación de la tierra, la explotación, la insalubridad, diarreas  y fatigas corporales;  color de las franjas de la bandera nacional. Color de añil, sepulcro de los abuelos punteros, de los que pateaban el oro azul, del criollo y peninsular, y se los llevaban a lomo de mula en los costales y zurrones.

Los valores culturales, como el color de la patria, llena de luto, dolor de pueblo hambriento; que ignora su historia profunda de estos doscientos años, y otros trecientos de exterminio, sumando quinientos años de martirio de los pueblos originarios; hoy, solo los que recuerdan levemente datos historiográficos, se nutren del decoro con orgullo de la salvadoreñidad; el canto de sus aves como bien lo decía, en sus versos el poeta salvadoreño Oswaldo Escobar Velado: 

“Así marcha y camina la mentira entre nosotros.

Así las actitudes de los irresponsables.

Y así el mundo ficticio donde cantan

como canarios tísicos,

tres o cuatro poetas,

empleados del gobierno.

Digan, griten, poetas del alpiste.

Digan la verdad que nos asedia.

Digan que somos un pueblo desnutrido,

que la leche y la carne se la reparten

entre ustedes

después que se han hartado

los dirigentes de la cosa pública”

Dolor de Patria, la Patria Exacta;  que camina amarrada por la casta parasitaria gobernante, desde la colonia, parió  políticos criollos, herederos de sus tronos, que les legaron sus próceres inventados, creados  por ellos;  en  la necesidad de adjudicarse, de inventarse  un lugar en la historia, de héroes, paladines  y caudillos;  quienes buscaron en sus festejos centenarios, legitimar sus símbolos culturales identitarios del poder económico, como casta sagrada, que heredaba la cosa pública de sus ancestros, de la propiedad privada convertida en finca, para saciar su avaricia; atropellaron con sus discursos políticos,  condenaron a generaciones populares vinientes, a  ser perpetuas e históricas desposeídas, condenadas  a la miseria, al despojo y al olvido.

 No han cambiado absolutamente nada en estos doscientos años; hoy se ha multiplicado sus descendientes criollos y mestizos; como ratas que se cuelan entre alcantarillas de las principales calles de nuestras ciudades.

1 Comment

Deja una respuesta

Your email address will not be published.