El autor panameño Javier Alvarado recuerda a la recientemente fallecida poeta salvadoreña Krisma Mancía por medio de un sentido artículo en el que, a manera de introducción a una selección poética, explora la amistad que mantuvieron y la poesía de la escritora salvadoreña. El presente artículo también apareció publicado en la revista Tachas, mientras que la selección poética pertenece a Javier Alvarado
KRISMA MANCÍA, LA HORMIGUITA DE LOS PRESAGIOS
Tarde calurosa en el centro de San Salvador. Recorrer sus calles donde las gentes corrieron despavoridas ante las balas en el entierro de Monseñor Romero deja un sobresalto al alma y la conciencia. Las edificaciones son los testigos mudos de aquella agitación del conflicto armado. La historia de este país al cual Gabriela Mistral llamó “el pulgarcito de América” y del cual Roque Dalton tomó como referente para Las historias prohibidas del Pulgarcito me tocó terriblemente desde los referentes a la colonia, a la matanza del 32 y la reciente, la que dejó rosales ahora en los jardines de la UCA donde fueron masacrados los jesuitas. El centro de aquel entonces conservaba el antiguo edificio de la Biblioteca Nacional de plantas amplias, frisos fríos y vetustos, óleos de hombres de saco y corbatín, barbas patriarcales y el olor a las colecciones de libros. Me había dirigido a ese maravilloso sitio para ir a saludar al poeta y novelista Manlio Argueta, a quien había conocido en Nicaragua en el Festival Internacional de Poesía de Granada. Mientras aguardaba un rato, escuché una voz que irrumpía comentando algo sobre los buses y volteé. Vi a una mujer menudita, trigueña y de cabello negro con unos ojos vivaces y que me esbozó una sonrisa plena. Primero fue el reconocimiento facial de quienes se han visto por redes sociales o en páginas de internet. Yo me atreví entonces a decir:
-Krisma Mancía. Al fin te conozco.
Esa ardorosa tarde, la poeta tenía un atuendo mágico. Vestía un traje color púrpura que le llegaba un poco más debajo de la rodilla, unos aretes y un collar grueso y unas botas largas: todo era de color púrpura. Ese color propio de las veraneras o de las buganvilias siempre lo asociaré a ese recuerdo, a esa fémina que rebozada poesía con su andar, con su fuerza y su fragilidad. Recuerdo que esa vez solo nos saludamos. Ella tenía que irse y yo reunirme con Manlio Argueta. Tuvieron que pasar algunos años para que nos pudiéramos congregar esta vez con calma y con muchos días de actividades; año 2017 en el Festival Internacional de Poesía de Costa Rica. Ese año. Recuerdo muy bien, el festival fue organizado por los poetas Denis Ávila y Paola Valverde; quienes se esmeraron en ofrecer al gremio y al público un festival maravilloso, con una inauguración regia en el edificio de hierro de San José, lecturas en varios sitios y al final, a mí me tocó peregrinar hasta Pérez Zeledón, a tres horas de la frontera con Panamá donde los anfitriones tenían temor de que me fugara como los dos poetas que me antecedieron que dejaron los compromisos colgados. Yo de mi parte, disfruté enormemente el calor de aquellas personas que me cobijaron y me atendieron. Tuve al final de aquella estupenda jornada el ir a visitar el sitio de las esferas de piedra de Costa Rica. Me dijeron en un principio que el sitio estaba lejos y que íbamos a otro lugar, pero el chofer manejó con tanta agilidad que nos llevó y en agradecimiento, le obsequié un sombrero panamá que llevaba en los eventos y que le había gustado. El festival en mención tiene un deleite único: pasar unos días en la reserva natural de Tortuguero, donde el mar y el desove de las tortugas hacen su encantamiento. Allí tuve también la oportunidad de compartir con otros poetas y con Krisma y su hija Valeria, la cual tuvo con el narrador Rafael Menjívar Ochoa, a quien no conocí.
He titulado esta memoria-apreciación: Krisma Mancía, la hormiguita de los presagios; pues en uno de los recitales me impresionó esa forma tan particular de Krisma de leer sus textos: “Hormiguita, oye como cruje el pan” le escuché y ahí se decantaban una serie de imágenes sobre este insecto llevándose las migajas de un pan dispuesto sobre una mesa. Para la clausura, que fue en el Centro Cultural de México, también leyó un poema donde retaba al cáncer. “Mujer valiente”-me susurró la poeta dominicana Denisse Español.
Luego de despedirnos en San José, supe que Krisma se desempeñaba como funcionaria en el Ministerio de Cultura de su país organizando los Juegos Florales. Me convidó en dos ocasiones como jurado en la rama de poesía donde ganó la poeta Liliam Armijo con un espléndido libro llamado Otoño Blanco y en la rama de teatro donde se premió a Napoléon Palacios Rodríguez por la obra El predominio de la noche por su excelente texto literario y dramático. Fueron experiencias memorables. Eventualmente sosteníamos comunicación y recuerdo que en algunas de las conversaciones salió a relucir el nombre de una poeta querida por ambos: Mayra Oyuela de Honduras; dijo que la quería como una hermana y que estaba dispuesta a dar todo por ella; tanto fue así que con una inestabilidad y golpe social que se dio, le dijo a Mayra que se fuese con ella a El Salvador. Así de inquebrantable fue el amor de hermanas que ambas se profesaron.
Hoy, luego de recibir la petición de Alfonso Fajardo de El Salvador y de José Luis Justes Amador de México de que escribiera sobre ella y su poesía, confieso que es un tanto difícil pues su partida para mí ha sido inesperada y desconocía de sus padecimientos del corazón. Acepté la propuesta y sobre todo si es con el propósito de homenajear a una poeta que escribió con disciplina, con rigurosidad y con calidad en el panorama de las mujeres poetas centroamericanas. Quien se acerque a los libros de Krisma Mancía podrá notar que hay un proceso de trabajo intenso y de depuración, de mucha corrección. Hasta puedo intuir que ella quería hacer del poema una partitura. Seguramente leía sus textos en voz alta buscando esa musicalidad y esa contundencia que perseguía cuando ya los libros se imprimían y que estaban destinados a ser compartidos con el público a través de recitales. Esa experiencia sonora de su voz aguda y con algunos acentos graves, era una experiencia auditiva. Su formación teatral tuvo mucho que ver con estos matices. Quien lee a Krisma Mancía puede percibir una corriente del peruano César Vallejo llevada a otros contextos y también reminiscencias de las poéticas de Sylvia Plath, Anne Sexton y Alejandra Pizarnik. Hay pesimismo, hay golpes, golpes que desprenden luzcas, fosforescencias. Hay propuestas metafóricas, sensoriales y también poemas coloquiales de gran dureza y belleza. A veces podemos encontrar algunos ecos de la oralidad que enriquecen al texto en esa intención conversacional:
El hambre.
La naturaleza te lo explica en mil detalles.
Puedes acompañarte de soledad
como un árbol que crece con sus raíces,
como un viernes a las cinco de la tarde,
pero nacemos con la boca abierta por hambre.
Y eso es lo que nos deja Krisma Mancía, una sensación de hambre, hambre por letras, por palabras, por nombramientos, dubitaciones, contundencias en su comunión sacro-pagana. Sus poemas son como golpes de mozote: arden después de su lectura; son vivenciales, transmiten sensorialidad desde diversos ámbitos y registros (amor, desamor, incomprensión, erotismo, estados anímicos, vida, muerte, el impostergable abrazo, el filo de las cosas, la resistencia, los dibujos animados vistos desde otra creencia-conciencia). Ahora será preciso convocar toda su poesía reunida y difundirla. Ella le hará tanta falta a nuestra Centroamérica; ya que se nos fue muy pronto. Nos dejó sus poemas y sus artesanías (sus joyas seguirán palpitando en cuellos y orejas). Fue y es la hormiguita de los presagios. Su viaje fue breve pero contundente. En mi memoria seguirá siempre vestida de púrpura, con ese color del eterno trópico que ofrendan las veraneras o las buganvilias.
Javier Alvarado
Panamá, 4 de septiembre de 2026
ES PRIMAVERA Y NO PUEDO VERLA
A Jorge Basilago y Carmen Rivas,
que me enseñaron un trozo de Buenos Aires.
Es primavera y no puedo verla, me dijo el ciego,
sólo puedo sentir una vela a medio acabar, una esperanza
de flores perfeccionadas dentro de una vitrina.
Pero, vos quién sos, y de dónde venís. Y si venís del Salvador
escoge la hoja más marchita,
las que todos patearon en una vereda de Buenos Aires,
ella tiene mi tacto, guárdala
y seguí caminando.
Buenos Aires y su sol, su cielo caprichoso
y su enorme cofradía de monumentos te abrieran el paso.
Vos caminá y no me hables del amor.
¿Qué sabes vos de un beso dado a media calle?
Vos caminá y cuando llegués a la flor que se cierra y se abre durante el día
encontrarás a una mujer con perlas podridas en la boca.
Se llama Ausencia. Antes fue mi mujer,
pero un día no soportó las tinieblas que se acumulan
en los rincones de mis ojos. Dijo que iba
a buscarme la luz y nunca volvió.
Ahora caen mil noches sobre mi sonrisa, sobre mi corazón.
A mi mujer la conocí convertida en una estatua. No recuerdo
si era una diosa o si era la dama de una muerte.
Sólo recuerdo el perfume de su distancia, la caricia planetaria de sus ojos,
la amargura de su boca.
Dale el tacto vegetal y pregúntale si reconoce esa caricia.
Tal vez se duerma tranquila.
Tal vez no pregunte por mí.
De: Cosecha
XVII
Me gustaba leer sus manos antes de irnos a la cama.
Allí estaba escrito el futuro y en él quería verme.
Abría sus manos con mi boca.
A veces se abrían como alas, libros, rosas, baúles.
Lamía cada dedo.
Besaba cada detalle de sus palmas
como si me hubieran comprado todo el tiempo del mundo,
como si fuera la novia deseada después de la boda,
como si construyera puentes entre línea y línea.
Ellos suspiraban viendo la blancura de mi ropa interior.
Y allí, donde no estaba, donde se supone que nunca estaría,
aparecía mi cuerpo entre sus manos.
XX
Cállate y bésame.
Quiero morderte.
Morder tu corazón de perro.
Vaciarte por dentro.
Cállate y bésame, por favor.
Quiero herirme. Desollarme.
Llevarme el peso de tu olor.
Quiero tu boca.
Quiero
derramarte entre mis piernas.
Quiero tus ríos.
Quiero.
XXXIV
Domingo por la mañana.
-¿Vas a misa?
Y ella contesta:
-La misa está en mi cuerpo. Ven.
De: Actos mínimos
EL PUNTO CARDINAL DEL CORAZÓN
Mi madre me envió al bosque a buscar piedras mágicas. Me perdí en la maleza. Le pregunté a las mariposas por el camino de regreso, pero las presumidas nunca contestan. Mi madre me envió a buscar piedras mágicas, le dije a la bestia del lago, pero la bestia me entregó una escama de su vientre y se fue. Caminé sobre una senda de flores que tenían el olor de una bruja enamorada. Volvé, me ordenó el cortejo de los cuervos, volvé me grito el adiós de las aves en un ocaso pelirrojo. ¿Adónde voy a regresar? El rastro de mis huellas se ha borrado. Mira, la brújula de mi corazón no tiene rumbo. Los cuervos se sumergieron sin piedad en el abismo de mi cuerpo. Buscaban mis ojos, pero no tenían el reflejo amante que ellos esperaban. Tu pecho es blando como una pupila, fácil de abrir y escarbar en una maraña de latidos; me dijo el lobo bueno que zurcía (con hilo de plata y aguja de oro) el sepulcro que conducía a mi corazón. Yo ya no llamaría corazón a tu corazón. Sonrió. Me toque el dolor de mi herida. ¿Aun late, lobo? Sí, pero no piensa. Pensar con el corazón es lo más triste que hay en el mundo, le repliqué. Lamió mis dedos de musgo como un amante preferido y me dijo: canta mientras tengas frío, canta. Yo no sé cantar por eso me morí de frío.
LA MEMORIA DEL CORAZÓN
Introduzco piedras en frasquitos de conserva dentro del refrigerador. Tengo la esperanza de que se conviertan en piedras mágicas y con ellas poder secuestrar a mis hijas. Sé que salen a beber el llanto de una luna muerta que ellas mismas estrangularon en un pozo de estrellas. Pero el miedo me produce náuseas, culpas de preñes, pequeñas fobias, actos mínimos, que me hacen respirar a bocanadas. Extraño los relojes, los barcos, las brújulas, los cuentos de hadas. No soy Cenicienta, ni Caperucita, ni la maldita manzana embrujada. No soy ni la sombra de los árboles parlanchines que existen en los bosques encantados del sur. No soy una princesa. No soy yo, y jamás supe quien fui. Solo sobrevivo sin un latido en las venas. El lobo está a mis pies. Lo veo convertirse en hombre cuando mi lámpara se apaga. No es un hombre lobo. Es una bestia de finos modales. Soy un molde para un par de alas cortadas. Mi garganta le pertenece, mi vientre es un laboratorio de pequeños enjambres que dicen ser mis hijas. Son tan hermosas como las mariposas nocturnas, pero pueden quemarse los dedos con la luz del sol. Viven en un palacio subterráneo donde la luz del día jamás las despierta, donde mi voz jamás las encuentra, donde mis manos jamás las devoran. El piso ya no es el mismo sin sus pasos livianos, sin sus vocecillas tibias tropezándose sobre las limpias palabras, pero el lobo dice: “No podemos criarlas. Te hace falta un corazón para amar. Te hace falta un corazón para recuperar tu memoria. Sin un corazón estás al borde del delito. Y yo no tendré piedad de volverte a salvar.” El lobo me mostró el juego de cuchillos filosos que lleva en su hocico, acomodó sus gafas y siguió observando mis pies enfermos.
Yo, vencida, me fui a dormir sin darle un beso de despedida.
MISS PERFECTA
I
Te equivocaste de mundo, nombre y profesión, Miss Perfecta. Te buscan en las duchas. Te desprecian los perros. Vives con tu fantasma: escalera hacia abajo, y estás resfriada de tanto dolor porque tu nariz se quedó dormida en un asiento del tren. Muerta está la estación de los olvidados, Miss Perfecta.
II
En este juego, tu objetivo es hacerme sobrevivir. Toma el revólver. Abre el tambor. Usa la bala del destino. Aléjate para que no te contagie con el olor de la deshonra.
Dispara.
III
Sube, baja, gira. Hazme un ocho con tu cadera musical. Miénteme. Llórame. Búrlate de mi cariño. Suéltate el brote de tu cabello. Comete homicidio con mi corazón numérico. Arrepiéntete. Rómpete el cuello con una botella de ron. Suicídate en mi cama como cualquier despecho sin resolver. Resucita entre mis piernas. Fúmate mis cigarros. Desaparece. Vuelve en otoño con tu sexo limpio y dame de beber lo que le das a otros.
IV
-¿Qué quieres tú de mí? -preguntó con su voz de Miss Perfecta.
Ella había sido mi amante en el verano de mil novecientos y tantos.
-Lo que quieras-dije con una sonrisa de cínico.
-¿Acaso no sabes que ya estoy muerta?
-¿Acaso no sabes que conservé partes de tu cadáver sobre mi cama?-respondí.
-¿Qué partes de mí?
-Tu nuca quebrada, tu boca ahogada, tus senos sin latir…
Ella se quitó el guante de su mano huesuda y se le quebraron dos dedos. Le toqué el recuerdo de su rostro hecho de polvo para apartar un mechón de su cabello y traté de resucitarme en su cuerpo.
La habitación olió a miel.
V
Yo, la dueña de la aguja, la sal y la escoba. Yo, la esclava de tu apellido. Yo, la que parí hijos para la patria. Yo, la Helena más triste que regresa de Troya como botín de guerra. Yo, la envidiada porque se casó con un príncipe azul y fue legalmente violada por él. Yo, la desaparecida. La sorpresa en la alcantarilla. La encontrada (siempre) en los riachuelos de los noticieros. Yo, la mutilada. La desgraciada. La castigada. La siempre esperada. Yo, la de los tobillos fracturados. La que guarda secretos caseros para ocultar mi colección de golpes en el rostro. La señalada. La lapidada en la plaza mayor. Yo, la Miss Perfecta con sonrisa y lavadora. La que paga tributo por comer de último en tu mesa. La que esconde los hijos en el armario para que no los devores. La que huye de casa a medianoche. La que nunca tiene el veneno más sencillo para morir. La que no tiene nombre. La que no sabe firmar. La que no tiene justicia. La luz ante tus ojos. Sí, tus ojos ciegos, pero ojos al fin.
ELEGÍA DEL OLVIDO
Hay una puerta en el infierno y solo yo tengo su llave.
Alfonso Fajardo
I
Hay una llave en tu boca, un pequeño infierno en la mirada y una herida de amor en el cuello de la mañana.
Hay todo y hay olvido.
Luego te beso como si fuera la última vez y giro en mis dedos la llave del infierno y ríe en mi bolsillo la moneda de la suerte donde te hago trampa.
Mis manos pronosticaron que tu sonrisa quedará en los museos y, entre otras, que lloverá cartas de amor.
Te pregunto: ¿Quién nos llama desde el ojo del mal y pasea por el jardín? ¿Quién llora al otro lado de la culpa? ¿Quién paga la cuenta de la traición? ¿Vos o yo?
Y entonces tu nombre y el mío es una impronunciable caída de planetas.
II
Te confieso que odio olvidar y algún día me odiarás tanto que te tendré que olvidar y eso, amor, duele.
Esperaré mañana tu llamada, porque si te llamo es posible que me dé cuenta de que no me necesitas y eso, amor, es irse al diablo.
Sospecho que no hay bala más triste que recibir una misiva del gobierno de quinientas páginas donde se me explica por qué no debo amarte y eso, amor, es morirse de inmediato.
No quiero negociar la retirada, me gusta estar en guerra esperando que alguno de los dos muera y eso, amor, es semejante a la locura.
Puedo soportar quedarme sin nada y sin nadie, aprendí a perder, aprendí a quedarme como una flor sin pétalos o como un niño huérfano sin perro y eso, amor, es decir demasiado.
Nuestros recuerdos están llenos de sorpresas como meterse la mamo entera en la boca, llegar al corazón, tirar con fuerza y abortar al hijo que no quisimos y eso, amor, es un capricho monstruoso y la promesa más tierna que le hemos creado al mundo.
III
Olvidar es un verbo perfecto. Olvidar
es proteger la memoria del dolor y del odio.
Olvidar el rostro de la despedida, el detalle de las miradas,
el gesto de la lluvia que no cae.
Olvidar es prevenir al corazón de la soledad y de la duda.
IV
Si te olvido, no te ofendas. Solo vuelve a presentarte y a decirme tu nombre.
Si te olvido, es porque lucho tanto con el olvido y olvido que no debo olvidar.
Si te olvido, en medio de una conversación, es que estuve recordando un poema.
Si te olvido, es porque estoy habitando dentro de mí.
Si te olvido, perdóname, estaba pensando en ti.
Si te olvido, mientras caminas a mi lado, es porque me detuve a contemplar la rareza felina de un girasol en una ventana.
Si te olvido, es asunto de pájaros asesinos.
Si te olvido, tócame. Regrésame. Es posible que esté sintiendo el sabor de mi herida.
Si te olvido, perdóname, estaba pensando en ti.
V
Olvidar es un verbo perfecto. Olvidar
que mis labios son tocados por tus labios,
labios dormidos, labios que palpitan del otro lado del espejo.
Mi reflejo en el límite de tu beso. Mi lengua,
la ventisca que se derrama a tus pies.
¿Por qué no limpias tú, ilustre fiera, el lazo de lumbre que sujeta mi cuello?
¿O ya olvidaste mi dolor preferido? Aun me duele aquí, en el dolor del dolor.
Muy profundo se congela la litósfera del abismo,
pero esta niña buena aprendió la lección. Ahora soy
una maniática de llaves maestras, un cementerio personal, una degolladora experta.
En una gaveta de mi pecho guardo todos los nombres y el listel liviano de mi cariño.
Cuando regreses solo quedará la membrana de mi olvido.

Krisma Mancía. (San Salvador, 1980). Escritora y diseñadora artesanal. Estudió letras en la Universidad de El Salvador (UES), teatro en La Escuela Arte del Actor, escultura y cerámica en el Centro Nacional de Arte (CENAR) y perteneció al taller de talentos de La Casa del Escritor. Ganadora del I Premio de Poesía Joven La Garúa, 2005. Ha publicado 5 libros de poesía y varios de sus textos han sido recogidos en periódicos, antologías y revistas de América Latina y Europa. Ha participado en festivales, conferencias y recitales a nivel nacional e internacional. Fue la primera directora de la Casa de la Cultura de la Mujer en Ciudad Mujer. Es creadora de la marca Krismática, especializada en joyería con materiales alternativos como el papel. Trabajó por 14 años en el Ministerio de Cultura y fue la coordinadora de los premios literarios de los Juegos Florales de El Salvador.

Javier Alvarado (Panamá, 1982). Es poeta y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas por la Universidad de Panamá. Ha obtenido numerosos premios, entre ellos, el Premio Nacional de Poesía Joven de Panamá «Gustavo Batista Cedeño», 2000; el Premio de Poesía «Pablo Neruda», 2004; Premio de Poesía «Stella Sierra», 2007; Premio Centroamericano de Literatura «Rogelio Sinán», 2011; Premio Internacional de Poesía «Nicolás Guillén», 2012; Premio Internacional de Poesía «Rubén Darío» de Nicaragua, 2013; Premio «Medardo Ángel Silva», 2014; Premio Nacional de Poesía «Ricardo Miró», de Panamá, 2015; Premio Hispanoamericano de Poesía de San Salvador, 2017. Tiene publicados los libros Tiempos de vida y muerte (2001), Caminos errabundos y otras ciudades (2002); Poemas para caminar bajo un paraguas (2003); Aquí, todo tu cuerpo escrito (2005); Por ti no pasa nunca el tiempo (y otros poemas al espejo) (2005); No me cubre de edad la Primavera (2008); Soy mi desconocido (2008); Carta Natal al País de los Locos(2011); Ojos parlantes para estaciones de ceguera (2011); Balada sin ovejas para un pastor de huesos (2011); Viaje solar de un tren hacia la noche de Matachín (2013); El mar que me habita (2013); La vida en mi plato de pobre (2015); Epopeya de las comarcas (2017).
