El escritor salvadoreño Allan Barrera rememora a Francisco Alejandro Méndez, partiendo de su obra, su pasión contagiosa por la literatura centroamericana en las aulas, y los años difíciles en los que sobrevivió en una región precarizada
Allan Barrera | Escritor salvadoreño
El pasado 28 de marzo de 2026 se supo de la lamentable muerte del escritor guatemalteco Francisco Alejandro Méndez (1964-2026). Alguien como él, que entregó su vida a la escritura —con las enormes dificultades y penurias que eso implica en una región como la centroamericana— seguramente le gustaría que lo recordemos por su obra. Más allá de los huesos y las anécdotas, lo que queda de él son sus libros. Su humor y la irreverencia, con la que enfrentó la vida y el mundo, seguirán respirando, latiendo, traspasando la tierra desde ahí.
Fue un escritor versátil. Se movió en varios registros: cuento, novela, crónica, ensayo, entrevistas periodísticas. Solía decir, a quienes fuimos sus estudiantes, que ser periodista le había dado disciplina y constancia, dos cosas indispensables para desarrollar una práctica creativa que demanda cantidades industriales de tiempo, sin garantías de nada. Como narrador, publicó la novela Completamente Inmaculada (2002), que por su desencanto y cinismo, bien podría encajonarse dentro de lo que la crítica Beatriz Cortez denominó «estética del cinismo» para la posguerra centroamericana. También la novela policiaca Saga de libélulas (2017) que sucede en diferentes países del istmo centroamericano; en ella aparece su célebre personaje, el comisario Wenceslao Pérez Chanán, protagonista de posteriores novelas como Está de perros (2020) y Puede que no sean ángeles (2023).
En cuento publicó títulos como: Graga y otros cuentos (1991), Manual para desaparecer (1997), Sobrevivir para contarlo (1999), Crónicas suburbanas (2001), Ruleta rusa (2001). Y en crítica literaria los libros América Central en el ojo de sus críticos (2005), Hacia un nuevo canon de la vanguardia en América Central (2006) y Diccionario de los Autores y Críticos de Guatemala (2010)
Un corpus significativo que su lamentable partida debe invitarnos a leer y estudiar para conocer la forma en que narró y representó artísticamente la realidad guatemalteca y centroamericana contemporánea. Una realidad golpeada por el crimen, la precariedad y el cierre del horizonte de futuro que supuso, material y simbólicamente, la aplastante instalación del neoliberalismo desde principios de la década del 90, realidad que él supo trabajar desde lo literario ofreciéndonos una mirada humorística y artística única.
Fue también un gran difusor de la producción literaria centroamericana, aporte igual de importante que el de su escritura. Se tomaba ese trabajo con la seriedad que cualquier evangelizador fanático se toma la misión de compartir el mensaje de la salvación, el amor y las enseñanzas de Jesucristo. Desde su ejercicio como docente hizo hincapié hasta el cansancio en que deberíamos de leer a autores centroamericanos. Centroamérica no tenía nada que envidiarle a ninguna otra región en términos de calidad y tradición literaria, solía decir.
Cuando llegaba a El Salvador para darnos clase en la Maestría en Estudios de cultura Centroamericana de la UES, en su carro siempre traía maletas de libros de diferentes autores guatemaltecos para socializarlos y venderlos a precios bajos. Y a su regreso a Guatemala se llevaba otros de autores salvadoreños para difundirlos allá. Gracias a él, esa primera generación de la Maestría en Estudios de Cultura Centroamericana pudimos leer a César Brañas y Pequeña sinfonía del nuevo mundo de Cardoza y Aragón. También al Bolo Flores y a Javier Payeras, Jacinta Escudos, Mauricio Orellana Suárez, Franz Galich, entre otros. Personalmente, conocí la obra pictórica de artista guatemalteco Arnoldo Ramírez Amaya, gracias a él, una vez que en su casa me mostró, como un niño muestra sus juguetes más preciados, un libro con sus dibujos.
Hasta el último de sus días, fue un enamorado de la literatura centroamericana y de la literatura en general. La amaba como estudioso y escritor. No fue un profe de literatura que se acerca al objeto de su enseñanza de manera desapasionada, con frías pretensiones científicas, sin ninguna conexión espiritual. La literatura para él no era cerebral o científica, sino una cosa libidinal, una pulsión, un deseo, que exigía un acercamiento visceral. Por eso, sus clases nunca fueron aburridas.
Fue Centroamericanista incansable, que trabajó porque se pensara y estudiara la literatura de cada país del istmo de forma regional, rompiendo las fronteras nacionales. Por eso hizo muchos amigos en toda Centroamérica, que ahora recuerdan con agrado su existencia transnacional. Los últimos años, con problemas de salud, llevó una existencia ístmica, errante y precarizada. Y también un poco fantasmal. A veces le escribía y estaba en El Salvador, otras en Honduras o en Guatemala, viviendo de trabajos temporales; lo estaba devorando la Centroamérica recia, la precarizada, esa que corta alas y sepulta sueños; lo quería tragar, pero él seguía luchando con sus perros y su tenacidad, y sus libros del Comisario Wenceslao Pérez Chanán que siempre cargaba para vender.
Aguantó hasta donde pudo. Debieron darle un «premio de resistencia» por haber sido guatemalteco y centroamericano.

Allan Barrera (El Salvador, 1985). Escritor y académico salvadoreño residente en la Ciudad de México. En 2019 ganó el VII Premio Centroamericano Carátula de Cuento Breve por su cuento 2 de noviembre.
