La generosidad de un maestro: Francisco Méndez en la Universidad de El Salvador

El trabajo docente que Francisco Alejandro Méndez llevó a cabo durante los últimos años en el Departamento de Letras de la Universidad de El Salvador marcó a muchos de los que tuvieron la oportunidad de ser sus estudiantes. Ese es el caso del escritor salvadoreño César Rodas, quien hoy, en la distancia, lo recuerda a través de este texto

César Rodas  | Escritor salvadoreño

La noticia de que Francisco Méndez falleció me tomó por sorpresa en Alemania. Habían pasado nueve años desde la última vez que nos vimos. En ese entonces, Francisco manejaba todos los sábados desde Guatemala hasta la Universidad de El Salvador para impartir clases sobre narrativa y poesía centroamericanas. La mayoría no sabíamos, al inicio, quién era Francisco. Algunos sospecharon que era escritor; otros, que enseñaba en alguna universidad guatemalteca, solo algunos conocían su prolífica trayectoria como escritor y periodista. Francisco, en todo caso, se presentó sencillamente como Francisco Méndez. Nosotros comprendimos, desde ese primer encuentro, que no se trataba del profesor que ejerce su oficio como una tarea aprendida para siempre. Lo delataban los pequeños gestos, su manera de hablar, pero sobre todo su evidente entusiasmo por los libros, las historias y la conversación.

Francisco había llegado a la Universidad de El Salvador para tender una mano al Departamento de Letras. Apenas unos años antes, había sido inaugurada la Maestría en Estudios de Cultura Centroamericana opción Literatura, en ese entonces el único posgrado en el país dedicado a la formación de investigadores y especialistas en cultura y literatura centroamericana. Para ponerlo en marcha, la universidad había tenido que superar varias trabas, desde las puramente administrativas, hasta otras de carácter académico, como la ausencia de una planta docente en condiciones (de tiempo, disposición o formación) de asumir la planificación y desarrollo de las nuevas asignaturas. La complejidad y variedad de estas dificultades, sumadas al surgimiento constante de otras nuevas, fueron postergando la llegada de la primera convocatoria, que tuvo lugar finalmente en 2013, seis años después de la aprobación del plan de estudios (2007).

Así, detrás de ese primer encuentro con Francisco, hubo un proceso de gestación largo y enmarañado; un tiempo de ir y venir de la confianza a la incredulidad y del escepticismo a la certeza, entre quienes, de alguna u otra manera, estábamos familiarizados con el proyecto del posgrado y queríamos ser parte de su primera generación de estudiantes. La persistencia que lo hizo posible vino de múltiples actores, de gente como el maestro Sigfredo Ulloa, coordinador de la maestría, y Carmencita Hernández, su asistente, quienes tuvieron que ingeniárselas para convencer a tantos y tan diversos especialistas para que tomaran parte en el proyecto. Gracias a ellos la maestría pudo contar, desde las primeras generaciones, con maestros de una formidable trayectoria académica y profesional, que los ponía en capacidad de acercarnos a los debates e investigaciones más recientes sobre la cultura y la literatura centroamericana.

Mi generación, la segunda del posgrado, era un grupo diverso: la mayoría éramos profesores de secundaria o de educación media, pero también había periodistas, catedráticos, abogados y gestores culturales. A pesar de la diversidad de formaciones y trayectorias laborales, todos compartíamos un profundo interés por la literatura y la cultura. Algunos, como fue mi caso, estábamos especialmente interesados por la Historia. Todos, también, teníamos conciencia de que estábamos en un espacio privilegiado desde el cual podíamos, y debíamos, retornar al trabajo y a la vida privada para llevar una parte de lo que habíamos recibido. Creo que Francisco lo comprendió así, sabía que sus palabras y sus libros irían con nosotros a otra parte, a otras aulas y a otros alumnos. Por ello nos enseñó con una generosidad insólita, con un desprendimiento poco común en las aulas de la universidad y su recuerdo quedó profundamente grabado en nuestra memoria.

Las clases de Francisco se parecían a una conversación entre amigos, a un diálogo en el que a veces hablábamos sobre Marco Antonio Flores y Luis de Lión; otras, sobre David Ruiz o Rigoberta Menchú. Francisco no organizaba nuestros encuentros en torno a una escrupulosa planificación; sus clases eran abiertas y vibrantes. Era un privilegio escucharlo, a él que no hablaba solo desde la teoría o de la crítica literaria, sino desde su propia trayectoria y de su papel como protagonista y testigo de los procesos que, como estudiantes, nos esforzábamos por comprender. Francisco conocía de primera mano a muchos autores y obras de la región; y como si eso ya fuera poco, tenía una gran memoria para recordar eventos y situaciones que marcaron a generaciones enteras de poetas y novelistas centroamericanos. Nadie mejor que él para acercarnos a los mundos y personajes de innumerables cuentos y novelas, para hablar sobre autores, libros y los espacios sobre los cuales o desde los cuales escribieron.

En cada encuentro descubrimos algo nuevo. Discutimos sobre los espacios salvajes y abyectos de una narrativa que en los años noventa retornó a la ciudad y a lo distópico; sobre las noches dantescas de Managua Salsa City ysobre el humor en Got seif de Cuin. Recuerdo cómo nos estremecimos con los sacrilegios de El tiempo principia en Xibalbá y con el asesinato del cisne modernista en la poesía de Coronel Urtecho. Cada encuentro nos reveló la inteligencia diáfana y persistente de Francisco. Su profundo conocimiento despertó en nosotros una sincera admiración. También aprendimos lo fácil que era tomarle cariño; era imposible no hacerlo cuando, cada sábado, antes de empezar la clase, sacaba un puñado de libros de su mochila y los acomodaba pacientemente en el escritorio. Eran encargos de novelas, poemarios, libros de Historia que no podíamos encontrar en El Salvador. Siempre había, además, alguna novedad, un libro que nadie había pedido, pero que Francisco pensó que debíamos leerlo. Esos libros son ahora un preciado recuerdo que Francisco dejó a sus alumnos.

Al encanto de unos nuevos libros seguía la conversación, las risas y la reflexión. Pero, aunque nos tomábamos en serio pensar, lo hacíamos en un ambiente jovial y familiar, en una atmósfera emanada de un maestro que nos inspiró confianza y nos llenó de preguntas a las que siempre ofreció un oído abierto. Francisco compartió sin avaricias ni condicionamientos el fruto de tantos años de estudio y de creación. También compartió muchas veces un café y largas conversaciones después de clase; nosotros lo escuchábamos casi siempre perplejos y agradecidos de que quisiera escucharnos. Así conocimos el profundo amor que sentía por los perros, por la música y el tenis de mesa. Esa confianza nos permitió hablar con él libremente. Gabriela, una amiga y compañera, encontró consuelo en las palabras de Francisco cuando perdió a su perro. Otra mañana, cuando le confesé que quería cambiar las letras por la Historia, me instó a persistir y a seguir trabajando; su fe me inspiró a seguir el camino que hoy recorro.

Todos, en algún punto, fuimos motivados por la palabra de aliento de este maestro, por quien sentíamos un profundo respeto y admiración. En ese entonces, los que habíamos estudiado en la Universidad de El Salvador, estábamos acostumbrados a una relación profesor-alumno más distante y vertical. Francisco estaba lejos, lejísimos, de esa inseguridad que llevaba a algunos profesores a tratar con arrogancia a sus estudiantes. Francisco no tenía reparos en mostrarse como un hombre falible, en admitir que no lo sabía todo, aunque sabía mucho, o en confesar que había incurrido en un olvido. No pocas veces usaba las redes para preguntarnos por una fecha de entrega o por alguna actividad pendiente; sabíamos que a una vida tan llena de movimiento y de actividad como la suya se le podían escapar los detalles. Por su parte, era comprensivo con nuestras preguntas y limitaciones, siempre nos respondía cuando, como él, usábamos las redes para preguntar o pedirle un libro para el siguiente sábado.

Hoy, al recordar desde tan lejos aquellos encuentros con Francisco, comprendo que la memoria no es un camino que nos lleva solamente hacia atrás. Es, como dijo Unamuno, «un mañana eterno en el ayer». Es una celebración de lo que persiste y una batalla contra la muerte. Nosotros, los que compartimos con Francisco, llevamos algo de él en este peregrinaje sin fin: alguna pregunta, un libro, una forma de escuchar o de acercarnos a otros, una manera distinta de imaginarnos esa región de América de la que venimos y a la que siempre volvemos. Ahora creo, desde la tierra de Goethe y de Rilke, que una parte del camino que me trajo hasta aquí comenzó en aquellas aulas, escuchando a Francisco hablar de libros y de Historia; en aquellos encuentros en los que, a través de la risa y la amistad, nos llenó de esperanza.


César Rodas
César Rodas. (La Libertad, El Salvador, 1988). Docente e investigador. Licenciado en Letras por la Universidad de El Salvador. Posee una Maestría en Estudios de Cultura Centroamericana. Ha investigado sobre el papel de la literatura en los procesos de formación de la nación, así como sobre la centralidad de la noción de raza en la literatura costumbrista salvadoreña. 

Especialista en Políticas Públicas y diplomado en Metodologías para la Investigación Social, (ambos por CLACSO Argentina). Ha analizado la evolución de las pensiones sociales en El Salvador en las primeras décadas del siglo XXI.

Doctorante en Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Colonia en Alemania. 

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