Con una nota introductoria de Alfonso Fajardo, presentamos una selección poética del autor argentino Enrique Solinas, una poesía donde la luz y la sombra danzan en el umbral de la página en blanco
Cuando la poesía es un umbral
La desesperanza es un lugar privilegiado en parte de la poesía de Enrique Solinas. Un registro que posee ausencias y despedidas, oscuridad y tristeza, pero es una oscuridad que batalla con la luz en un umbral reconfortante: el umbral de la palabra. Hay un dolor vallejeano en la poesía de Solinas, una certeza de saber que todo ha de morir: “Mis manos han nacido/para abrazar la oscuridad/en esta noche/ sin esperanza”, escribe el poeta que elije la noche para resguardarse de la terrible tormenta que es la vida, porque ella es sinónimo de muerte. Extranjero del mundo es el poeta que no tiene lugar dónde descansar, y que se despoja de todo para asumirse un corazón desnudo que ama demasiado. Despojarse y dejarse ir al origen, a la nada.
En la poesía de Enrique Solinas la muerte aparece como un visitante que, con insistencia, está tocando las puertas de la tranquilidad. Un nido vacío y un padre resignado constituyen el espejo de su poética, pero el pájaro reaparece y canta a pesar del dolor, a pesar de la muerte y de la asfixiante ciudad. Hay, por tanto, cierta esperanza que gorjea sobre la arquitectura gris de los días. Una esperanza que se refleja en la mujer que lleva en sus brazos un animal herido, como si llevara su propio corazón para que la vida o el amor lo reconstruya. Una esperanza que se refleja en el pez de la niñez, ese que siempre vuelve a pesar de todo. Esperanza y desolación, los contrarios siempre en matrimonio necesario, como sugería Blake. Luz y sombra. Sol y otra vez oscuridad. Amor y soledad, el pozo y la cima, la vida y la muerte. No es que la poesía de Enrique Solinas se ubique en el umbral. La poesía de Solinas es, en el negro y en el blanco, el umbral mismo.
Nido vacío
Sentado en la noche puedo ver
un nido que pronto desaparecerá.
Desde el poste de luz
ha caído un pájaro
hasta su cielo.
El padre acompaña resignado
al que no estaba listo
para volar.
Llama dos o tres veces, luego
permanece inmóvil.
Su cuerpo es esa nada que brilla;
esa oración
de olvido sin palabras;
esa canción
oscura
al aire libre.
Tengo frío en los pies,
mañana
alguien barrerá el cielo.
¿Cómo es posible olvidar
tanta belleza abandonada?,
pienso.
¿Qué ha de ser de nosotros
cuando nos suceda lo mismo?
Una canción resplandeciente
Canta el pájaro en la ventana,
su gorjeo magnífico
–atravesado por vidrio y metal–
inaugura este día y es entonces
cuando puedo gozar
de la mañana que despierta.
Abro los cristales, percibo
un aroma lejano y conocido,
ahora lo sé:
esta ciudad
ha soportado en su cuerpo
lo peor de la Historia.
Canta el pájaro y su gorjeo
es magnífico sólo para mí.
Se levanta sobre la conversación cotidiana,
sobre la música y el ruido en la calle;
sobre los edificios que devoran las casas;
sobre la sombra de los muertos
que aún no hemos podido encontrar.
Esta ciudad
tiene olor a desmemoria y recuerdo,
ahora lo sé bien.
He mirado hacia otro sitio,
como si ese lugar otro
fuese siempre mejor.
Y siempre
he observado otro lugar del mundo.
Comí su corazón
con esa lentitud que la belleza impone
a quien contempla el cuerpo desnudo
de la ciudad que recorro más
y cada vez.
Canta el pájaro mi dolor
y por eso es magnífico su canto.
Expresa aquello que reconozco
como señal de bienvenida,
como un gesto de adiós.
Nombra lo que yo no puedo.
Dice el silencio.
Canta el pájaro,
sobre todos nosotros,
la canción de la esperanza.
Expande
con la fuerza de su voz
el resplandor de esta ciudad
para que nosotros podamos vivir.
Mujer en el camino
a Esther Cross
Por el sendero que conduce
del campo a la ciudad,
una mujer lleva en sus brazos
un animal herido.
Camina como puede bajo el sol,
–ella, que nada tiene–,
le viene a pasar esta desgracia
con su única posesión.
El animal se deja llevar,
sabe que la mujer
lo ama como a un hijo.
No escuchará un lamento
ni un ladrido de su boca;
para no molestar,
el perro,
cerrará sus ojos y dejará
que el sueño gane esta vez.
Llega pronto, mujer,
los que te observamos
es lo único que queremos.
Atraviesa con tu luz el verano,
el bosque del silencio,
que el agobiante sol
no consuma tus fuerzas
ni te deje caer en la sombra.
Tu amor puede más
que toda la tristeza,
que toda la injusticia,
que el dolor.
Porque hay algo tuyo
en el corazón
de ese animal herido.
Porque hay algo de ese animal
en tu cuerpo,
que te ayuda a vivir.
Rio de la memoria
Con el padre íbamos a pescar al rio,
eran tiempos lejanos y violentos,
como ya sabrás.
Los peces desaparecían y nadie
era capaz de preguntar por ellos.
Yo prefería bañarme en el rio,
que el rio me abrace, me atraviese,
entrar en su cuerpo, con la certeza
de que nadie se baña dos veces
en las mismas aguas.
El padre pescaba y luego,
devolvía al rio sus peces.
“Cada cosa en su lugar”,
decía el padre,
“lo que viene del agua,
al agua debe ir”.
Con el padre íbamos a pescar al rio,
había peces de colores diversos,
como ya sabrás.
Yo tenía siete años y me creía pez,
compartía con ellos
un ritual incomprensible.
Había uno que siempre aparecía
y tenía el color de la esperanza.
Había uno que siempre se mostraba
y de repente desapareció.
Lo buscamos por toda la eternidad,
lo buscamos, lo buscamos
a lo largo y a lo ancho del rio.
Nadie quiso decir en dónde estaba.
Nadie pudo explicar
adónde van
los peces cuando mueren.
Y todavía hoy,
que ha pasado el tiempo,
cierro los ojos y recuerdo,
y me sumerjo en las aguas,
otra vez.
Viene hacia mí de nuevo
el pez de la esperanza.
Voy de nuevo hacia él,
como la única verdad posible.
Esa mañana
Nadie hubiera pensado
en lo que iba a suceder.
Los autos
atravesaban
la ciudad
y los caballos
recorrían
el corazón del tiempo.
Esa mañana,
nadie hubiera pensado
en lo que iba a suceder.
El gorro
con cabeza de perro,
nuestro constante
abrazo,
el cuadro del amigo,
las fotos y las risas,
luego
una siesta
y la noche que llega
con su boca feroz,
y la salvaje tormenta
del silencio,
que lo arrebata todo.
Porque esa mañana
–nadie hubiera pensado
en lo que iba a suceder
más tarde–
aconteció
la alegría
del desconocimiento.
Porque esa mañana
fue la última
mañana del mundo.
Luego comenzó
tu muerte,
la pesadilla
del fin de los tiempos
que no tiene fin.
Sentir
Sentir que me deshojo
como las hojas
del último libro
que leí,
como un adjetivo
que se desvanece
en medio de la lluvia,
o se transforma
en el humo
de tu incendio.
Estoy
en la selva
de las palabras,
a merced de
voces hostiles,
que irrumpen
como un rayo de luz
y profanan
la oscuridad.
Sentir
que fluyo
como un rio,
que soy un rio
y que la sangre
corre,
y me demuestra
que nací para vivir
en la tristeza
del adiós,
en el recuerdo.
Sentir
que me voy
cada vez,
que persigo
el silencio
de tu voz,
arrojada
hasta el cielo.
Sentir
tu grito
en medio
de la noche;
saber
saber que nunca más
volveré
a encontrarte.
Transformación
Aquellas cosas,
terribles y espléndidas,
han tenido
su razón de ser.
Mi cuerpo,
partido y
recuperado,
soportó
toda el agua del mundo,
todo el fuego del mar.
Pasen y vean,
encontrarán
lo que resta:
ésta es mi casa,
éste es mi corazón
en soledad.
Yo vi la muerte,
la muerte vi la muerte,
la muerte vi la muerte,
vi la muerte a los ojos.
Y desde entonces
todo se fue
desvaneciendo.
Y desde entonces,
sólo desde entonces,
he dejado
de ser
el que he sido.
Presente
Desde que ya no estás,
amigo mío,
el mundo se ha vuelto
demasiado extraño.
Quién hubiera imaginado
tu partida.
Quién hubiera dicho
que el silencio
iba a sellar
tu decir.
Yo prefiero pensar
que tu alma
está aquí
como una estrella
invisible
que guía mi camino,
en medio
de la noche oscura.
Yo prefiero pensar
que no te has ido
con tu maleta
de muerte y alegría.
Nunca vendrás
porque siempre
estarás presente.
Nunca te irás
de aquí,
porque siempre
estarás conmigo.
Domingo de ceniza
a Diana Bellessi
Es domingo y siente que no está
en el lugar donde la noche crece
como una luz que guía
en la penumbra
los pasos hacia el porvenir.
Desorientado existe y siempre espera
la mano que lo lleve hacia arriba,
hacia Dios, hacia su cuna,
hacia la otra orilla,
donde la vida de verdad lo espera
y es comienzo y no fin,
de su propia historia.
Tiene miedo y sabe que está bien,
que el temor nos recuerda
nuestra parte humana,
que no podemos todo,
que a veces debemos
permitir una ayuda,
que es bueno dejarse sostener.
Entonces es domingo
y no hay nada que decir,
nada que esperar.
Sólo saber
que este dolor que siente
no lo entiende,
que el dolor en sí
es gratuidad.
Llega la noche y crece,
pero en otro sitio.
Llega la noche y crece
hasta abarcar el mundo.
Entonces es hora de pensar
en lo que realmente importa:
¿Qué hará el muchacho,
ahora,
que lo ha perdido todo?
¿Qué va a hacer el muchacho
ahora,
con tanto dolor?

Enrique Solinas (Buenos Aires, 1969). Es escritor, docente, traductor e investigador. Desde 1989 colabora con publicaciones de Argentina y del exterior.
Ha publicado 10 libros de poesía a la fecha, entre ellos, podemos mencionar Signos Oscuros (Buenos Aires, 1995), Jardín en Movimiento (Buenos Aires, 2003, y Lima, 2015), Noche de San Juan (2008), Corazón Sagrado (Buenos Aires, 2014 y México, 2015) El Libro de las Plegarias (Buenos Aires, 2019), El pozo y la cima (Valencia, 2022), El grito en el cielo (Valencia, 2025), además de las antologías: The way time goes and others poems (USA, 2017), 时光就这样流逝 (Shanghai, 2017), La mitad de la vida (Perú, 2020), Le grognement (París, 2021). Publicó el libro de cuentos La muerte y su conversación (2007).
Ha obtenido diversos reconocimientos como el Premio Nacional Iniciación (1992/1993) de la Secretaría de Cultura de la Nación, 1er. Premio Dirección General de Bibliotecas Municipales de Buenos Aires (1993), el 1er. Premio Estímulo a la Creación (2000), el 1er Premio Municipal Bienio 2022/2023. Obtuvo la Beca de Residencia Shanghai Writing Program 2014, otorgada por el Gobierno de China.
Su obra ha sido traducida al: inglés, chino, italiano, francés, griego, rumano, portugués y tamil.
