Mediante una lectura de «Tierra de infancia», de Claudia Lars, el Doctor Ricardo Roque Baldovinos explora los significados del paisaje como símbolos de la personalidad híbrida de la poeta
Ricardo Roque Baldovinos | Doctor en Literaturas Hispánicas
El paisaje no se limita a recrear un territorio. Es una construcción cultural que encontramos en la pintura y la literatura, aunque también en expresiones fuera de las artes. En el paisaje la representación del espacio se une a un sentimiento especial que define las identidades tanto individuales como colectivas. El paisaje es estético pues en este sentido amplio.
En la historia cultural de nuestro país ha tenido diferentes usos. Podemos comenzar por una visión entusiasta de la modernidad como la que transcribimos a continuación:
“Uno de los mayores obstáculos que ha encontrado nuestra agricultura, fue el deplorable sistema bajo el cual la tierra nacional estaba dividida en ejidos y tierras comunales […] ahora el paisaje ofrece al viajero un cuadro semejante a un vasto tablero de ajedrez, en el que se pueden admirar los varios productos de la fértil tierra; desde los picos más elevados a los bellos valles y llanuras, El Salvador ofrece una vista que nos recuerda a un jardín extenso y bien cuidado, con toda la superficie cultivada, aún en los niveles más altos”
Este pasaje pertenece al Libro Azul de El Salvador, publicado en 1916. La empresa norteamericana Latin American Publicity Bureau Incorporated propuso a distintos gobiernos de la región la elaboración de lujosos volúmenes ilustrados con el propósito de atraer a sus países posibles inversionistas extranjeros. Se publicaron libros azules de Guatemala, Costa Rica, Nicaragua y, por supuesto, El Salvador. En las páginas de la mencionada obra, se celebraban las reformas liberales de la década de 1880, que provocaron la extinción de los ejidos y tierras comunales y precarizó aún más la vida de los campesinos sin tierra, pero favorecieron las propiedades de gran extensión dedicadas a monocultivos de exportación como el café y la caña de azúcar. El escenario que estimula los sentidos del lector ideal es un espacio racionalizado que se manifiesta en la distribución perfectamente geométrica de las parcelas, similares a la de un tablero de ajedrez. Sólo de esa forma la tierra puede cumplir la aspiración de la modernización liberal de convertir el territorio en un repositorio inagotable de bienes agrícolas que permitan una inserción exitosa del país en el mercado mundial.
El paisaje puede también teñirse de significados opuestos como lo notamos en la siguiente estrofa del poema “Ascensión” de Alfredo Espino:
¡Cumbres, divinas cumbres! ¡Excelsos miradores!…
¡Qué pequeños los hombres! No llegan los rumores
de allá bajo, del cieno; ni el grito horripilante
con que aúlla el deseo, ni el clamor desbordante
de las malas pasiones… Lo rastrero no sube:
esta cumbre es el reino del pájaro y la nube…
La ciudad, espacio moderno por antonomasia, ha dejado de ser un ideal para convertirse en una maldición, es el lugar donde prolifera la miseria y maldad. La mirada desde la altura de la montaña la reduce a su verdadera dimensión de contracción espiritual. Se muestra como el cieno por el que se arrastra un alma corrompida, la del “grito horripilante” que emana de un “deseo” ciego de una vida carente de rumbo.
Frente a este mundo inhóspito, los parajes naturales ofrecen un alivio:
Aquí he visto una cosa más dulce y muy extraña,
como es la de haber visto llorando una montaña…
el agua brota lenta, y en su remanso brilla
la luz; un ternerito viene, y luego se arrodilla
al borde del estanque, y al doblar la testuz,
por beber agua limpia, bebe agua y bebe luz…
La naturaleza evocada en estos versos es lo que los clásicos llamaban el locus amoenus, el lugar ameno que ofrece un refugio de paz y armonía frente al conflicto y el ajetreo de la vida organizada racionalmente.
Los paisajes de Tierra de infancia (1958) de Claudia Lars nos ofrecen una relación distinta con la naturaleza. El paisaje que destaca en sus recuerdos es el volcán de Izalco, todavía activo y cuya silueta se podía contemplar desde Armenia, su lugar natal. En las páginas de este hermoso libro, podemos encontrar dos reacciones distintas ante este monumento de la geografía nacional que marcaran su vida.
Por el lado materno y el de las mujeres con que comparte su hogar, la joven poeta se relaciona con las tradiciones orales. Cuando la pequeña Carmen pregunta a la lavandera Juana Morales el porqué del fuego del volcán, la humilde mujer responde: “ahí vive el diablo, mi niña; el diablo con todos sus diablitos”. La naturaleza no es un conjunto de objetos inertes ni el lugar ameno idealizado. Está poblada por seres que interactúan con los humanos. La palabra “diablo” no es más que un préstamo a la lengua y a la religión de los conquistadores para expresar estas creencias ancestrales de la naturaleza como una entidad viva y dialogante.
Por el lado paterno, obtiene la autora una explicación racional. Su padre, el ingeniero norteamericano Peter Patrick Brannon, se esfuerza por explicar la actividad volcánica a su hija de manera científica. Nuestra autora reproduce así sus palabras: “Un volcán es solo un cerro natural, sin ningún demonio que lo encienda. Tiene una abertura llamada cráter por donde se escapa el fuego interior del planeta”.
Sin embargo, a medida que el padre trata de hacer más comprensible sus explicaciones a la niña, no puede evitar dotar de vida al fenómeno geológico que describe: “Es un respiradero de nuestro planeta, que tal vez le sirve para desahogarse; para arrojar fuera de sí el exceso de calor”.
Y a medida que amplía su relato para explicar la historia de la formación del volcán sus palabras, lo convierte en un ser animado: “… apareció de repente tu volcán […] Creció rápidamente, alzando de su propia fuerza el gran cuerpo de arenas y lava […] Sus primeras rabietas quemaron siembras y ganados, produciendo asombro y espanto a los campesinos de estos valles. Era entonces como un pequeño monstruo, que sin haber alcanzado su cabal estatura ya conocía sus fuerzas…”
A la niña se le queda grabada la palabra “monstruo” y, de esta manera, su padre “sin darse cuenta de su propia fantasía también había personificado el volcán”. Al escribir sus memorias, Claudia Lars atribuye esta cualidad narrativa de su padre a su “ascendencia irlandesa”, a su afición por la poesía que le dotaba de “una palabra fácil y subyugante”.
Este don poético del padre permite a nuestra autora hacer una síntesis de la doble mirada sobre lo natural:
“Demonio y monstruo eran para mí casi lo mismo, y los adivinaba tan próximos y tan poderosos que acababa por rezarles devotamente, como a ángeles de la guardia. En repetidas ocasiones, cuando permanecía tendida en mi cama bajo el mosquitero almidonado sin lograr dormirme por completo, el diablo se me acercaba como en la narración paterna: es decir, con cuernos y cascos, con una larga cola de puros incendios, que iba reduciendo a cenizas los cañaverales y cocoteros”
En base a esta síntesis construye su propia identidad. Lo dice de la siguiente manera:
“Entre el volcán y el mar nació la niña de este libro: el volcán de sus abuelos morenos y el mar de sus abuelos blancos. Nacer y crecer en una costa tan aromada y dulce, entre yerbas, frutas y pájaros de mil colores, es recibir desde la cuna maravillosos dones de belleza. En el valle natal de mi corazón se fue abriendo como una flor gozosa, y su raíz de sangre y arrobamiento se anudó, con fuerza oculta y permanente, el seno acogedor de la madre tierra”
Nos habla así de arraigo en la tierra natal en que la autora conjuga la curiosidad inconforme por lo novedoso y el oído atento a lo ancestral. No los ve como irreconciliables. Son parte de su ser híbrido, que sintetiza su linaje salvadoreño y norteamericano, pero también indígena e irlandés. Con esa fuerza habrá de enfrentar los azares de la vida, con sus alegrías, pero también con sus decepciones y errancias. Y a esto podríamos añadir más. Claudia Lars nos muestra en Tierra de infancia una forma de relacionarnos con el mundo natural diferente al extractivismo depredador de los libros azules. Armoniza la memoria ancestral del círculo materno con la sensibilidad del padre, para quien la ciencia y la razón acrecentaban una disposición de asombro y reverencia ante las maravillas del mundo.

Ricardo Roque Baldovinos. (San Salvador, 1961). Doctor en Literaturas Hispánicas y Máster en Literatura Comparada por la Universidad de Minnesota. Licenciado en Letras, por la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), en la cual es profesor del Departamento de Filosofía y del programa de posgrado en Filosofía Latinoamericana. Es autor de los libros: Arte y parte (2001), Como niños de un planeta extraño (2012), El cielo del ideal: literatura y modernización en El Salvador (1860-1920) (2016), La rebelión de los sentidos, arte y revolución durante la modernización autoritaria en El Salvador (2020).
