La revista «Cultura», de El Salvador, tuvo una gran importancia en el ámbito cultural de El Salvador y Centroamérica, y Claudia Lars fue una de las grandes responsables de esa resonancia. El poeta Vladimir Amaya nos comenta el salto de calidad que tuvo la revista al tenerla como directora en el período 1962-1970
Vladimir Amaya | Poeta, Licenciado en Letras y profesor
La llegada de Claudia Lars a la dirección de la revista Cultura en 1962, a partir del número 23, marcó un antes y un después en la historia editorial salvadoreña. Lo notable es que esta labor —que abarca hasta 1970, cuando entrega la revista en su número 58— constituye una de las facetas menos conocidas y menos comentadas de la gran poeta, a pesar de su enorme relevancia. No se trataba solamente de un relevo administrativo tras la gestión del escritor Mario Hernández Aguirre; era la entrada de una de las voces poéticas más finas del país en un espacio que requería tacto, visión y una sensibilidad inconfundible. Su salida en 1970 cerró un ciclo que, incluso hoy, se reconoce como uno de los momentos de mayor delicadeza, rigor y brillo cultural en la revista.
Tener al frente a una poeta de la talla de Claudia Lars otorgó a Cultura un prestigio inmediato. Su nombre no era solo reconocido dentro del ámbito nacional: gozaba de admiración continental. Esa reputación convirtió a la revista en un espacio más visible, más respetado y más solicitado. Pero más importante aún: transformó la revista en un hogar para las letras, no en un mero órgano institucional. Y, paradójicamente, pese a este impacto evidente, su etapa editorial sigue siendo mencionada apenas de paso, como si el país no hubiese terminado de asimilar la amplitud de su legado.
Durante esos ocho años, su mayor aporte no fue únicamente su fama, sino su capacidad de convocatoria. Lars poseía una red de amistades literarias y vínculos culturales tejida a lo largo de décadas: poetas, narradores, críticos, editores y artistas de distintos países. Gracias a esa red, Cultura empezó a recibir colaboraciones que no solo enriquecieron sus páginas, sino que la conectaron con un diálogo internacional del que El Salvador pocas veces formaba parte. Su gestión editorial no funcionaba por trámite burocrático, sino por confianza personal, respeto ganado y puentes creados con generosidad.
A esto se sumaba su ojo artístico, uno de sus grandes distintivos. Lars no era una directora que seleccionaba textos por obligación o por simpatía; lo hacía movida por una sensibilidad estética refinada y un criterio literario sólido. Sabía reconocer voces auténticas, textos hondos, propuestas arriesgadas. Bajo su guía, la revista alcanzó un equilibrio admirable entre literatura, crítica, ensayo, artes visuales y divulgación cultural. Cada número llevaba, de manera palpable, la marca de alguien que veía la cultura como un ecosistema vivo y no como un catálogo institucional.
Su tacto humano fue otro pilar fundamental de su gestión. Claudia Lars poseía una manera cordial, respetuosa y cálida de relacionarse con los colaboradores. Escuchaba, orientaba, sugería. Para autores jóvenes o emergentes, publicar en Cultura bajo su dirección era una experiencia formativa y entrañable; para autores consolidados, era un honor. Ella sabía acompañar sin imponer, corregir sin herir, guiar sin dominar. Esa habilidad, tan escasa en los espacios editoriales, permitió que la revista se convirtiera en una comunidad más que en una plataforma.
Al retirarse en 1970, la revista entró en un período de silencio y reorganización. No fue sino hasta 1972 cuando volvió a ponerse en marcha, esta vez conducida por una comisión especial en la que destacó la figura de David Escobar Galindo, entre otros. Ese intervalo confirma una verdad evidente: la ausencia de Claudia Lars dejó un vacío difícil de llenar. Su paso por la dirección no fue reemplazable de inmediato, y la revista necesitó tiempo y un equipo completo para intentar continuar el rumbo que ella había trazado en solitario.
El periodo 1962–1970 de Claudia Lars al frente de Cultura permanece como un capítulo ejemplar en la historia cultural salvadoreña. Fue un tiempo en el que la sensibilidad abrió caminos, la poesía se convirtió en criterio editorial, la amabilidad fue una forma de autoridad y el prestigio se transformó en oportunidades para otros. Lars entendió que dirigir una revista no es solo organizar textos, sino crear un espacio donde una nación pueda reconocerse y elevarse.
Su legado en Cultura demuestra que, cuando una verdadera artista toma las riendas de un proyecto cultural, ese proyecto deja de ser circunstancia y se convierte en historia. Y, aun así, esta faceta —tan decisiva, tan plena— continúa siendo una joya poco difundida de la vida y obra de Claudia Lars, una dimensión que merece salir del silencio y ocupar el lugar que le corresponde en la memoria cultural del país.
Vladimir Amaya

Vladimir Amaya. (San Salvador, 1985) Licenciado en Letras y profesor escalafonado de Educación Media. Ha publicado nueve poemarios y medio, entre los que se mencionan: Los ángeles anémicos (2010), Tufo (2014), Este quemarse de sangres entre lágrimas y excrementos (2017), Pura guasa (2020), Abominación (2021). Fue miembro fundador del taller literario El Perro Muerto. Ha publicado varias antologías de poesía y cuento salvadoreño, así como sus propios libros educativos de acuerdo con los programas de estudio del Ministerio de Educación, los cuales utiliza con sus alumnos. Fue director de la revista Cultura (2016-2019).
