La escritora y académica salvadoreña Carmen González Huguet profundiza en las claves poéticas de Claudia Lars por medio de análisis de sus textos
Carmen González Huguet | Escritora
Datos biográficos de Claudia Lars
Claudia Lars nació con el nombre de Margarita del Carmen Brannon Vega, en San Silvestre Guaymoco, hoy Armenia, departamento de Sonsonate, el 20 de diciembre de 1899. Fue hija legítima del ingeniero estadounidense, de origen irlandés, Peter Patrick Brannon y de Manuela Vega Zelayandía, salvadoreña. Su nacimiento tuvo lugar dos meses después que el de Salarrué, ocurrido el 22 de octubre de 1899, en Sonsonate, y pocos días antes que el de Alfredo Espino, quien vino al mundo el 8 de enero de 1900. Claudia surgió, así, en unas coordenadas espacio-temporales muy concretas, que van a marcar su ser, su estar en el mundo y su obra literaria (1).
Por el lado materno, su familia pertenecía a los antiguos terratenientes, los criollos de la independencia, si bien sin la antigua prestancia de dicha clase, en retroceso desde la crisis del añil y el advenimiento del café. Por el lado paterno, la estirpe de Claudia Lars provenía de un ingeniero estadounidense, Peter Patrick Brannon. La figura del padre, tan importante en toda persona, y más en una mujer, sería determinante en el caso de la escritora. Su nieto, Roy Beers Brannon, afirmó que don Patricio, como lo llamaban, fue un hombre de profundas inquietudes intelectuales y espirituales. Era firme creyente en la teosofía y los viajes astrales, y había conocido a madame Helena Blavatsky, gran autoridad en esa materia.
La escritora se educó primero en la casa paterna, como ella misma lo describe en Tierra de infancia. Su maestra fue Mercedes Mendoza, la “niña Meches”, quien le enseñó las primeras letras. Continuó sus estudios en el colegio de La Asunción, en Santa Ana, institución fundada por monjas francesas. Era una de las mejores instituciones educativas de su tiempo. El general Juan José Cañas le publicó en 1916 un folletito con sus primeros textos titulado Tristes mirajes, hoy perdido. En 1917 la erupción del volcán de San Salvador dañó la casa familiar y la escritora, junto con sus padres y hermanos, se mudaron a vivir a Sonsonate, poniendo fin a la época feliz que la autora describió en Tierra de infancia.
Su romance con el poeta nicaragüense Salomón de la Selva (1893-1959) fue truncado por el padre de la escritora, quien la envió a los Estados Unidos. Ella se radicó primero en Long Island, donde vivían las hermanas de su padre, y luego se estableció en la ciudad de Nueva York, donde conoció al que sería su primer esposo: LeRoy Francis Beers Kuehn, con quien contrajo matrimonio el 11 de noviembre de 1923 en la iglesia de Nuestra Señora de la Esperanza, en Nueva York.
El 25 de diciembre de 1927 la escritora estaba de regreso en San Salvador, donde nació su único hijo Le Roy Manuel Beers Brannon. La familia se trasladó posteriormente a San José de Costa Rica por razones del empleo del señor Beers. Ahí residieron durante varios años, en los cuales Claudia Lars conoció a un grupo de escritores de mucha relevancia dentro de la literatura costarricense, y comenzó a publicar sus poemas en la revista Repertorio Americano, que editaba Joaquín García Monge. Este escritor le publicó, además, sus dos primeros libros: Estrellas en el pozo y Canción redonda.
Esta residencia en Costa Rica terminó en 1935 y la autora regresó a El Salvador. Para entonces su matrimonio se había roto. Vivió por diferentes temporadas en Guatemala, California y la ciudad de México. El 16 de diciembre de 1949, ya divorciada de su primer esposo, Claudia Lars contrajo matrimonio con Carlos Samayoa Chinchilla (1898-1973), escritor guatemalteco, en la ciudad de Guatemala. Este matrimonio también terminó en divorcio.
A partir de 1954 la escritora se radicó de nuevo en su país natal y al año siguiente entró a trabajar en el recién fundado Departamento Editorial del Ministerio de Cultura, germen de lo que posteriormente fue la Dirección de Publicaciones e Impresos, editorial cultural del estado salvadoreño. En vida publicó los libros: Estrellas en el pozo (1934), Canción redonda (1936), La casa de vidrio (1942), Romances de norte y sur (1946), Sonetos (1947), Ciudad bajo mi voz (1947), Donde llegan los pasos (1953), Escuela de pájaros (1955), Fábula de una verdad (1959), Tierra de infancia (memorias poéticas, 1958), Canciones (1960), Girasol (1962), Presencia en el tempo (antología personal, 1962), Sobre el ángel y el hombre (1963), Del fino amanecer (1966), Nuestro pulsante mundo (1969), y la recopilación Obras escogidas (1973-74), reunida por la escritora Matilde Elena López. De manera póstuma apareció el libro de poemas Poesía última, publicado en 1975 por la Dirección de Publicaciones. Aquejada por un cáncer de seno en fase terminal falleció en la Clínica Zaldívar de San Salvador, el 22 de julio de 1974.
Análisis de una muestra poética
Caso uno: Canción del alma que comprende
a) Tema y contenido
Este poema apareció en 1936 en el libro Canción redonda, que a Claudia Lars le publicó en San José de Costa Rica el escritor Joaquín García Monge (1881-1958). El poema está dedicado al escritor salvadoreño Alberto Guerra Trigueros (1898-1950), uno de los intelectuales más importantes de la primera mitad del siglo XX, y un buen amigo de la escritora, que formaba parte del círculo formado por Guerra Trigueros, Salarrué, Serafín Quiteño y otros creadores. En El Salvador, Guerra Trigueros fue uno de los fundadores del periódico Patria, en el que laboraron, entre otras figuras importantes, Alberto Masferrer y Salarrué. La primera estrofa del poema alude al místico de origen británico Francis Thompson (1859-1907). Este fue un poeta que estudió teología católica y medicina, aunque sin concluir sus estudios. Su vida estuvo marcada por la pobreza, por una profunda religiosidad y por su consumo de opio.
La mayor parte de su obra Thompson la escribió en el monasterio de Storrington, en Sussex. Murió a los cuarenta y ocho años gravemente enfermo de tuberculosis. Su obra más conocida es el poema El galgo divino, o el galgo del cielo (The Hound of Heaven), también traducido como el lebrel divino o del cielo, o bien el sabueso divino o del cielo, etc.Este poema, compuesto por ciento ochenta y dos versos, fue alabado por el escritor británico G. K. Chesteron. La obra de Thompson influyó decisivamente en la del uruguayo-francés Jules Supervielle y en la del joven académico y narrador J. R. R. Tolkien. (2) El tema central de este famoso poema es la idea de que Dios persigue al hombre al que quiere atraer hacia sí como un can de caza. (3)
Al contrario de los grandes escritores católicos ingleses, Thompson no experimentó la lucha de la conversión. Hijo de un médico instalado en el Lancashire, fue un niño tranquilo e introvertido que “no deseaba ser un hombre”. Recibió una formación católica en un simple hogar de provincias. Los años que pasó en el Ushaw College fueron, por el contrario, los de la “revelación demoníaca”. La juventud fue para él época de fracasos: hastío en los estudios, tuberculosis, opiomanía, huida a Londres sumido en la más absoluta desesperación. Ejerció los oficios más miserables, mendigó por las calles y tal vez se hubiera suicidado de no haber sido por Wilfrid Meynell (el editor de la revista católica Merry England) y de su mujer, Alice, una de las más altas voces femeninas de la poesía inglesa, que publicaron los poemas de Thompson y lo acogieron en su casa, lo que no impidió nuevas recaídas.
Tras la recopilación de 1893, aparecieron sus Nuevos poemas en 1897, donde se descubrió a un extraño poeta cristiano que se consideraba a sí mismo como “un navío desarbolado, impotente y que hace agua”. Es notable la diferencia que puede advertirse entre sus primeros poemas (por ejemplo: La oda al atardecer), en los que exalta el arrebato dionisíaco de la naturaleza engalanada, y las posteriores visiones litúrgicas que le permiten descubrir el origen mismo de la creación divina. A través del sufrimiento y los tormentos de la fe, a través de la realización de su “trabajo de tristeza”, fue como Thompson llegó a obtener la revelación de la jerarquía del universo (Carmen genesis), revelación que lo conduce y nos conduce a los albores del mundo.
En cuanto al poema, tenemos que el primer cuarteto es una especie de preámbulo en el que nos remite al poema de Thompson en el que, evidentemente, se ha inspirado, aunque la suya no es precisamente una perífrasis, al pie de la letra, de El Galgo Divino. En el poema de Claudia Lars se percibe cómo la ruta vital de la persona que habla en el poema, que es otro personaje también creado por la autora, describe la forma de una letra omega, simbolizando esa ruta del alma rebelde que pretende huir de su Creador, aunque este se obstina en perseguirla, hasta darle alcance.
A partir del verso número cinco la autora nos va guiando de la mano por su viaje vital. Nos describe un primer encuentro con la divinidad, en el que la voz que habla en el poema afirma, en los versos 15 y 16, que quedó “enganchada” a Dios: “Y quedé, para siempre, por tu luz deslumbrada/y sellado el costado con tu marca secreta”. Esta es la parte ascendente de la letra omega.
A partir de ese punto comienza la curva que constituye la parte superior de la letra. En el verso 17 comienza la huida. El alma rechaza la unión con la divinidad y escapa. El punto más alto de la curva está en los versos 29 y 30, a la mitad del poema: “Al fin logré perderte en la curva cerrada/cayendo entre los dos ancho telón de niebla”. La ruptura está consumada. Pero Dios no se da por vencido y la persecución continúa. El alma, sin embargo, va cayendo cada vez más dolorosamente a la materialidad del mundo. Hay un verso que es una traducción casi literal de uno de los versos de Thompson. Es el verso número 48: “toda cosa en mis manos se me tornaba adversa”. En su poema, Thompson dice, literalmente: “All things betray thee, who betrayest Me”, que significa, más o menos: “Todas las cosas traicionan a aquel que me traiciona”. Es evidente la semejanza entre el verso inglés y el de Claudia Lars.
A partir de ese verso comienza el regreso, ya de bajada: esto es, el descenso hacia la entrega incondicional. El último cuarteto es un digno cierre a esta letra omega, verdadera aventura vital en la que el alma, reconciliada, se reencuentra con Dios.
b) Forma métrica
Este poema está formado por sesenta versos alejandrinos distribuidos en quince cuartetos. Riman solo los versos pares en forma asonante, dándole al conjunto cierta apariencia de romance alejandrino. En amarillo hemos marcado los acentos antirrítmicos. Predominan los hemistiquios con acentos en segunda y sexta sílaba, o tercera y sexta sílaba. Ver esquemas:
- Acentos en 2da y 6ª sílabas: o-ó-o-o-o-ó-o = (o) (ó-o-o-o) (ó-o)
- Acentos en 3ª y 6ª sílabas: (o-o) (ó-o-o) (ó-o)
Es más frecuente el segundo caso: acentos en tercera y sexta sílabas, que combina anacrusis bisílaba, dáctilo y trocaico.


c) Figuras literarias
Todo el poema es una metáfora. La idea central: que Dios persigue al alma como un “lebrel o galgo” divino es, en sí, una metáfora. En el primer cuarteto, en los versos 3 y 4, abunda más en el sentido de esa metáfora, describiendo que su alma ha sido perseguida: “por senderos fragantes y sitios desolados,/por rincones oscuros y retorcidas vueltas”.
De ahí en adelante se suceden las metáforas más breves y puntuales. La voz que habla en el poema afirma que “era muy niña cuando mi oído fino/ escuchó tu llamada lejana e inconcreta”. La vocación es aquí, por lo tanto, “una llamada”, que gime “en el dolor oscuro de los hombres”, y vibra “en el arpegio azul de las estrellas”. Aquí notamos el uso de los epítetos, casi opuestos: oscuro-azul, para marcar la diferencia, la oposición. Simbolizan así lo terreno y lo celeste. Dios la ha perseguido y la ha llamado en lo terreno, en lo material y bajo, pero también en lo celeste, en lo inmaterial, espiritual y alto.
En el tercer cuarteto utiliza una sinécdoque para brindarnos una imagen de Dios tal como ella lo concibe. Una imagen “eterna, grave y muda”. Esto es: más epítetos. “Con la planta sangrante y la pupila quieta”. ¿La planta sangrante a qué se debe? Su Dios es el Cristo crucificado o es un dios caminante, que avanza por los caminos de los hombres, acompañando sus luchas cotidianas y compartiendo el sufrimiento. Nada qué ver con un dios exiliado en un dorado Nirvana, lejano e inconcreto. Su Dios es una suerte de Eros cristiano que dispara sus flechas para traspasar y así “cazar” a las almas. Eso es lo que expresa al decir: “Y el rayo misterioso de tu frente soleada/ clavó en mi corazón su cristalina flecha” (versos 11 y 12).
La metáfora continúa en el cuarteto y versos siguientes. La llamada de Dios es una “herida profunda que escurría dulzura/ fervor maravillado, deleitable sorpresa”. El alma queda, de este modo, deslumbrada para siempre y, a imitación de Cristo, la voz que habla en el poema tiene “sellado el costado con tu marca secreta”. Es, pues, un alma elegida, una pieza cobrada por el Galgo Divino, una oveja del rebaño del Buen Pastor.
Y siguen las metáforas. En los versos 17y 18 dice: “Pero un frío de miedo paralizó mi sangre/ tiñéndome el semblante con palidez de cera”. El alma elegida tiene miedo. El tormento de la cruz que carga el Pastor la asusta. Por eso huye. En el verso número 24 se inicia la huida y, con ella, como vimos, la curva ascendente de la letra omega, que marca la distancia mayor entre Dios y el alma: “Y principió la fuga cobarde… Me alejaba/ con rapidez de gamo, sin volver la cabeza. Y mi carrera ciega atropelló distancias/ resonando en los largos caminos de la tierra”.
Dios, como el Galgo o el Lebrel, utiliza sus capacidades: su brazo, su ojo, su trote tenaz, en un esfuerzo constante por dar alcance a la “oveja descarriada”, a la hija pródiga, como en el Evangelio. La separación se consuma en el verso 29: “Al fin logré perderte en la curva cerrada/ cayendo entre los dos ancho telón de niebla”. El alma confundida quiere hasta olvidar el nombre de su Creador y sofoca la angustia “en cien formas diversas”.
Esta inestabilidad lanza al alma por las “rutas intrincadas del mundo”. Otro poderoso epíteto. Aquí las dificultades son expresadas con metáforas semejantes a las del soneto de Gavidia: “hollando espinas vivas mi sandalia violenta,/ subí a la cima erguida, me interné en la espesura/ y en el vergel de mayo corté gajos de fiesta”.
El alma, como el hijo pródigo, se descarría, pierde el rumbo, el norte. Va descendiendo por la curva de la omega hacia la perdición. Abunda en metáforas para expresar esa perdición: “Mordí el racimo de oro con sabor a ceniza,/ probé el vino encendido que me quemó la lengua,/ dormí en el nido tibio esponjado de arrullos/ y a veces, en la playa, me azotó la tormenta”. El extravío, claro está, implica que alma y cuerpo han caído en las garras de la sensualidad.
Pero Dios no abandona al alma, aunque esta se encuentre hundida en el pecado. En el cuarteto número once (versos del 41 al 44) la voz confiesa que Dios continuó llamándola “en solitaria queja”: “—¡Oh, los que me conocen y me temen! ¿No saben/ que solo Yo he de darles lo que en ninguno encuentran?”. Esta pregunta retórica nos remite al versículo que se encuentra en Mateo 5, 3, como parte de las bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Esto es: Felices los que tienen conciencia de su necesidad espiritual. Las bienaventuranzas pueden resumirse en la frase: “Solo Dios hace al hombre feliz”. Y es la misma idea que expresa la escritora en el verso 44: “…solo yo he de darles lo que en ninguno encuentran”.
Es esta una autoprofecía que se demostraría cierta: Claudia Lars no encontró la felicidad en ninguno de sus dos matrimonios, ni tampoco en otros hombres a los que amó o que la amaron a lo largo de sus casi setenta y cinco años de vida. La tristeza al constatar esa verdad la envuelve cuando dice, en los versos del 45 al 48: “Y era breve el encanto, y el ensueño imposible;/ pagué el precio más alto por la dicha pequeña,/ y efímera y mudable, traicionera o vacía,/ toda cosa en mis manos se me tornaba adversa”. De esta manera, la bienaventuranza de ser un alma elegida por Dios se convierte en una especie de maldición: sí, hay felicidad en su vida, pero solo si está unida a Dios. Fuera de Dios no hay dicha, ni gozo, ni paz. Ningún amor humano alcanzó a darle a ella la plenitud de la felicidad.
La máxima desdicha se expresa en los versos del 49 al 52. En este cuarteto hay dos preguntas retóricas: “¿Hasta cuándo duró mi agonía colmada?/ ¿Qué fuerza inesperada sostuvo mi impotencia?”. La derrota en la búsqueda del amor profano y su rendición incondicional al amor divino se concretan en estos versos. El alma deja de luchar por escapar de la mano divina y se abandona. En el cuarteto siguiente se rinde por completo y consuma su entrega a la divinidad.
En el último cuarteto lanza la mirada hacia la infancia, cuando su hondo drama espiritual comenzó, y reafirma el impulso vital que la lleva a alzarse a un plano superior de existencia. Es ahí, intuye el alma, el único lugar donde podrá concretar su propia vocación y alcanzar la auténtica felicidad.
Caso dos: Laude y responso de don Alberto Masferrer
a) Tema y contenido
El poema que vamos a analizar forma parte del libro Ciudad bajo mi voz, que Claudia Lars publicó en 1947. Nunca apareció como libro independiente, sino que fue publicado en la revista del Ateneo de El Salvador. Con esta obra su autora ganó el primer lugar en el Certamen Conmemorativo del Cuarto Centenario de la elevación de San Salvador a la categoría de ciudad. Estos poemas aparecieron posteriormente en la revista Repertorio Americano. Como ya dijimos, Alberto Masferrer murió en 1932, de modo que esos poemas aparecieron cuando ya tenía quince años, o poco menos, de fallecido. Son un claro homenaje a una persona importante para Claudia Lars. Masferrer le había publicado un poema en la revista del Ministerio de Instrucción Pública cuando la escritora tenía poco más de veinte años y vivía en la ciudad de Nueva York.
En el poema que vamos a analizar la autora se refiere al pensamiento de Masferrer, simbolizado por las palabras “su frente”.

a) Forma métrica
El ejemplo que estamos analizando se trata de un soneto endecasílabo. Está compuesto por catorce versos endecasílabos distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos. Riman los versos de manera estrictamente consonante según el esquema: ABBA ABBA CCD EED, el cual es el del llamado “soneto italiano”, (5) si bien este esquema fue fijado por el poeta francés Clement Marot (1496-1544), por lo que también se le llama a esta forma “soneto marótico”. Hay que señalar que fue Marot el primer sonetista en lengua francesa.
En el cuadro anterior he descrito la distribución de acentos y he marcado con amarillo los acentos antirrítmicos. Predominan los endecasílabos heroicos (siete), seguidos por los melódicos (cuatro) y, por último, los sáficos (tres). No hay endecasílabos enfáticos o dactílicos. El ritmo es, en bastante medida, trocaico. Rudolph Baehr define al endecasílabo heroico o de tipo A2 como aquel que tiene acentos en segunda y sexta sílabas. (6) El endecasílabo melódico, por su parte, es el que tiene acentos en tercera y sexta sílabas. En cuanto al endecasílabo sáfico, lo define como el que tiene acentos en cuarta y octava sílabas. Pero, además, el mismo autor cita a Andrés Bello con relación a las que llama “formas especiales”(7): “El endecasílabo sáfico en la estrofa sáfica. Para este verso, Bello ha establecido las siguientes reglas: “1- El sáfico es un endecasílabo que […] debe acentuarse en la cuarta, octava y décima, pero en que se apetece además:
1º. Un acento sobre la primera sílaba.
2º. Que las sílabas segunda y tercera sean breves [=átonas].
3º. que sean también breves la sexta, séptima y novena sílabas.
4º. Que el primer hemistiquio termine en dicción grave [=palabra llana].
5º. Que no haya sinalefa en la cesura.
Los requisitos 3º y 4º son de necesidad absoluta; todos los otros pueden dispensarse al poeta, pero es menester que use sobriamente de esta licencia y, sobre todo, de la que consiste en juntar por medio de la sinalefa los dos hemistiquios” […] La necesidad de esta reglamentación severa se da porque este tipo de endecasílabo intenta imitar el pretendido verso sáfico clásico, que en realidad, por su ritmo, es el latino medieval… No obstante, los poetas, antes y después de Bello, se han guiado en el uso del sáfico más por sus propias intuiciones rítmicas que por reglas teóricas. En realidad, los que han querido usar en forma más estricta sáficos perfectos sólo han llegado a lograr un predominio de estos versos frente a los de estructura más libre”. Fin de la cita (8)
b) Figuras literarias
En el presente soneto, la autora utiliza el verbo “decir” como sinónimo de “describir” o “expresar”. En el primer verso, afirma: “Diré tu frente —sueño, tierra, espada—”. Aquí la palabra frente, como ya dijimos, simboliza la mente del homenajeado. Y las otras tres palabras: sueño, tierra, espada, simbolizan la lucha de Masferrer por lograr un país, y un mundo, más igualitario, menos excluyente, donde cada persona pudiera aspirar al “mínimun vital”, esto es: al acceso a los bienes y recursos que todos necesitamos para poder llevar una vida digna y plena.
En el segundo verso: “tu frente inmóvil, recogida en hielo”, es una metáfora doble y, en ambas vertientes, es deliberada y singularmente ambigua. La primera parte: “tu frente inmóvil”, puede tener varios significados: ¿Es el pensamiento de Masferrer el que se ha inmovilizado? ¿O ha sido la muerte la que lo ha dejado detenido en el tiempo, encerrado en la edad finita y limitada en la que le correspondió vivir? Y en la segunda parte, la palabra recogida tiene también varios significados. El verbo recoger, en este concreto contexto, y tomando en cuenta al Diccionario de la Lengua Española, puede significar “reunir”, volver a tomar algo que se ha caído, recibir o sufrir las consecuencias de lo que se ha hecho, pero además recogerse es exiliarse, refugiarse, salir del mundanal ruido. El “recogimiento” es una necesidad para la experiencia religiosa. Y el hielo es también un elemento plurisignificante: ¿Es el hielo de la muerte? ¿O es el de la indiferencia de los coetáneos de Masferrer, que no entendieron su mensaje? ¿O, más bien, el hielo simboliza las canas que ya cubrían la cabeza de Masferrer a la hora de su muerte, cuando contaba sesenta y cuatro años al momento de fallecer?
Comparativamente, los versos 3 y 4 son mucho más claros y denotativos: “Diré también el singular desvelo/ que ardía, sin cansarse, en tu mirada”. Nada hay aquí que explicar, aunque se trata de otra metáfora: el desvelo ardía, incansable, en la mirada del maestro.
Hasta aquí, nótese la anáfora que se va desenvolviendo a lo largo de todo el poema: 1. Diré tu frente…, 2. Diré también el singular desvelo… 3. Diré tu mano… 4. Diré tus pasos… 5. Diré por fin tu voz… Es decir: Claudia Lars estructura todo el soneto en torno a una serie de elementos constitutivos de la identidad del retratado: Su frente (que simboliza su pensamiento); su desvelo, es decir, su preocupación mayor, que es el conglomerado social, del que forma parte, así como su bienestar y su futuro; sus pasos, que simbolizan toda una trayectoria vital, amén de los viajes físicos y concretos que Masferrer realizó no solo a lo largo y ancho de Centroamérica, sino del mundo; y por último, se refiere a su voz, que es quizás uno de los elementos más definitorios de Alberto Masferrer quien, aunque fue orador de palabra encendida, fue sobre todo un artífice de la palabra escrita en su doble dimensión de escritor y de periodista. Esta anáfora le sirve a la autora para poner en relieve estos elementos de la identidad irrenunciable del personaje.
En los versos números 5 y 6 Claudia Lars se refiere a “tu mano, pobre y bienamada, cortadora de mundos por el cielo”. Los dos epítetos, pobre y bienamada, no son casuales. Pobre de solemnidad fue Masferrer. De esto hay suficientes testimonios. Y bienamado, también. La escritora escamotea con elegancia el hecho de que, así como fue bienamado por unos, el maestro también fue duramente vilipendiado y repudiado por otros, entre los que destaca el general Jorge Ubico, dictador guatemalteco. En cuanto a que su mano fuese “cortadora de mundos por el cielo”, esta metáfora no se refiere ni a la era espacial ni a la ciencia ficción, sino más bien a la creación poética. La palabra mundos está usada en un sentido metafórico evidente: esos mundos equivalen a creaciones, en el sentido en que, desde el punto de vista religioso, Dios creó el sol, la luna y los planetas. Y también la palabra cielo tiene un carácter connotativo. No se trata aquí del cielo astronómico, sino más bien del cielo espiritual. Este cielo es un jardín del cual Masferrer espiga, escoge, corta las flores, los mundos, que considera mejores.
Llamo la atención sobre la palabra cortadora. En nuestro país se les llama “cortadores” a los recolectores de café. Fueron ellos los más afectados por la crisis económica mundial que estalló en Nueva York en octubre de 1929 y cuyos efectos golpearon con singular saña a El Salvador en 1931 con las consecuencias arriba mencionadas. Fue este sector social, excluido y vulnerable, el más afectado también por las incumplidas promesas del presidente Arturo Araujo y por la represión encabezada por el general Martínez, quien se entronizó en el poder de diciembre de 1931 a mayo de 1944. De modo que, para Claudia Lars, la mano de Masferrer, que empuñó la pluma, se equipara con la de los humildes campesinos masacrados en 1932. ¡Y de qué manera más sutil lo dice, como si fuera un mensaje en clave que comprenderán solo los “iniciados” en los misterios de la poesía y de nuestra historia nacional!
Los versos 7 y 8: “Diré tus pasos de ancho desconsuelo/ crecidos con el tiempo en marejada” tienen un eco profético insoslayable. Los pasos de “ancho desconsuelo” aluden al exilio al que marchó Masferrer después de su renuncia al gobierno de Araujo en 1931. Se refugió inicialmente en Guatemala, de donde lo expulsó la crueldad y el insulto de Ubico. Ya mencionamos antes que el escritor encontró después acogida en la casa de Graciela Bográn en San Pedro Sula, de donde regresó a El Salvador pocos días antes de su muerte, acaecida en San Salvador el 4 de septiembre de 1932. Esos exilios Claudia Lars los describe poéticamente con la metáfora: tus pasos de ancho desconsuelo.
Y en cuanto a que dichos pasos con el tiempo se crecieron en marejada, creo que está claro: aquellas injusticias de 1932, y de siglos anteriores, se crecieron después hasta amplificar su violencia y su empuje. Tengo la íntima convicción de que dichos pasos crecidos con el tiempo en marejada aluden al conflicto armado que El Salvador vivió de 1980 a 1992 y que Claudia Lars ya no llegó a presenciar. Pero la lucidez de la palabra poética la hizo comprender que tanto dolor y tanta injusticia no podían ser reprimidos eternamente. Algún día, más temprano que tarde, las consecuencias tendrían que aflorar. El verso número 8 también contiene una metáfora. Esas consecuencias serían incontenibles, como el mar embravecido: como una marejada. Es decir, como un verdadero tsunami histórico.
El primer terceto se refiere a la voz de Alberto Masferrer. Aquí tampoco el epíteto es casual. Clamante es el adjetivo que utiliza. El libro de Isaías, 40, 3-5, dice textualmente: “Una voz clama: “Preparen en el desierto los caminos al Señor; allanen en la soledad calzada para nuestro Dios.Todo valle sea elevado, y bajado todo monte y collado; vuélvase llano el terreno escabroso, y lo abrupto, ancho valle. Entonces será revelada la gloria del Señor, y toda carne (toda persona) a una la verá, pues la boca del Señor ha hablado”(9). Esa voz de la que se habla en el Antiguo Testamento profetiza el nacimiento de Juan el Bautista, quien abrió los caminos para la llegada de Jesús. Es claro el significado de estos tres versos: Para Claudia Lars, Masferrer es un profeta. Pero esto, además de enaltecer su figura y su esfuerzo, también describe su dramática vida. La suya fue “una voz que clamó en el desierto”, porque no consiguió remover las conciencias de sus coetáneos para que lo siguieran en un esfuerzo verdaderamente revolucionario para cambiar las estructuras sociales imperantes.
De esa “voz clamante”, Claudia Lars añade: “…siempre abriendo la luz, siempre adelante, ¡cristiana voz de ríos infinitos!” Es decir: con su voz Masferrer entrega la luz y el agua. Pero no el agua física y concreta, sino el agua espiritual. La filiación de Masferrer con Jesús se reafirma en estos versos.
Y como conclusión, la autora añade: “¡Voz que suena perdida y dolorosa, que no encuentra silencio ni reposa y está sufriendo en un ciprés de gritos!”. Si El Salvador, como lo han insinuado algunos autores (10), es una casa llena de fantasmas (que no son otra cosa que ánimas en pena), Alberto Masferrer con seguridad es el alma atormentada más dolorosa y dolorida de las que pueblan este pedacito de tierra. El epifonema es digno cierre a este soneto en homenaje a uno de nuestros más lúcidos pensadores, un verdadero “moralista social”, como lo llamara Francisco Andrés Escobar (11).
1.Fuente: Lars, Claudia (1999). Poesía completa. San Salvador, DPI. ISBN 99923-0-022-1. Dos tomos.
2. Quien desee asomarse al poema completo, en inglés, puede consultarse en el sitio: https://www.bartleby.com/236/239.html, así como también: http://hjg.com.ar/txt/poesia/lebrel.html y consultados el 30 de marzo de 2019.
3. Fuente: https://www.poemhunter.com/francis-thompson/biography/, consultado el 30 de marzo de 2019.
4.
5. https://creacionliteraria.net/2018/06/como-escribir-un-soneto/, consultado el 15 de abril de 2019.
6. Baehr, Rudolph (1973). O. c. Pág. 135 y ss.
7. Baehr, Rudolph (1973). O. c. Pág. 139 y s.
8. Baehr, Rudolph (1973). O. c. Pág. 139 y 140. La cita proviene de las Obras completas de Andrés Bello, tomo VI, pág. 183 (De los versos sáfico y adónico).
9. Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy. Isaías 40, 3-5. Versión en línea en: https://www.biblegateway.com/passage/?search=Isa%C3%ADas+40%3A3-5&version=NBLH, consultada el 14 de abril de 2019.
10. Escobar Galindo, David (1993). Doy fe de la esperanza. San Salvador, Libros de Centroamérica. ISBN 84-89542-07-7. Consúltese, más arriba, el apartado dedicado a la Enumeración en la parte de las Figuras literarias.
11. Discurso de recepción del Premio Nacional de Cultura por parte de Francisco Andrés Escobar (1994). El texto está publicado en el número 103 de la revista Cultura, de la entonces Secretaría de Cultura de la Presidencia, hoy Ministerio de Cultura. Hay versión en línea: http://leyendoyescribiendoenmontreal.blogspot.com/2011/05/francisco-andres-escobar.html, consultado el 14 de abril de 2019.

Carmen González Huguet. (San Salvador, 1958). Licenciada en Letras y catedrática especializada en Literatura, con más de veinticinco años de experiencia docente. Miembro de número de la Academia Salvadoreña de la Lengua, correspondiente a la Real Academia de la Lengua Española. Ha trabajado en publicidad, periodismo cultural, producción de radio, corrección de estilo e investigación. Fue la primera mujer Directora de Publicaciones e Impresos, la editorial cultural del Estado salvadoreño, de 1994 a 1996. Formó parte del equipo redactor de los guiones museológicos y museográficos del Museo Nacional de Antropología “David Joaquín Guzmán”, de 1997 a 1999.
Ha ganado los certámenes internacionales: Premio Hispanoamericano de Poesía, Quetzaltenango (1999, 2010), Premio Hispanoamericano de Novela, Quetzaltenango (2017), Premio “Rogelio Sinán” de la Universidad Tecnológica de Panamá (2005), Premio “Rafaela Contreras” de la Asociación Nicaragüense de Escritoras, ANIDE (2010) y Premio Mundial de Poesía Mística “Fernando Rielo” (2017). En El Salvador, la escritora es Gran Maestre en las ramas de Poesía, Cuento y Novela Corta al haber ganado en tres ocasiones distintas cada uno de estos premios en los Juegos Florales Nacionales. Además, ha ganado los premios de dramaturgia (2003), ensayo (2013) y cuento infantil (2016), entre otros.
Ha publicado diez libros de poesía y tres de cuentos, incluyendo un libro de narrativa para niños. Además, ha editado el monólogo teatral Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia. De él hay varias ediciones: 2004, 2005, 2012, 2013 y 2014. Algunas versiones fueron publicadas como cuento. Por otra parte, publicó también dos novelas cortas (El rostro en el espejo, dos ediciones: 2005 y 2011, yViento de ceniza, 2017), así como una recopilación narrativa titulada Crónicas policíacas (2017). Tiene publicados, además, numerosos artículos y trabajos de investigación.
