En nuestra nueva sección «Hemeroteca», rescatamos el ensayo «Claudia Lars, poetisa de América», de Hugo Lindo, publicado originalmente en la edición número 59 de la revista «Cultura», número que contiene un homenaje a nuestra escritora
Hugo Lindo | Escritor
Conferencia leída bajo el patrocinio de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona, y publicada en el Boletín Americanista de dicha Facultad.
Cuando se me pidió que condensara en un título el contenido que tendría esta charla, señalé el siguiente: Claudia Lars, poetisa de América. Y a fe que es un título adecuado para un serio estudio capaz de situar a nuestra insigne compatriota, en el concierto de las más altas voces líricas del Nuevo Continente. Para una charla, es sin duda excesivo. Y luego, si se piensa que Claudia Lars, no obstante su autenticidad y su jerarquía, es desconocida en España, se llega a concluir que aun intentar el ensayo a que arriba aludía, vendría en ser impertinente. ¿Cómo hacer acotaciones críticas, referencias comparativas, análisis estilísticos, sobre textos que la mayoría, si no la totalidad de los aquí presentes, no ha tenido la oportunidad de conocer?
Quédese, pues, para otra oportunidad, si se presenta, un trabajo de semejante intención.
He meditado mucho sobre lo que será ahora de mayor eficacia, y he llegado a una conclusión casi perogrullesca: si el amable auditorio no conoce la poesía de Claudia Lars, lo más pertinente será presentarle unas cuantas muestras. No pretendo —que sería irrespeto a la inteligencia y a la sensibilidad de los circunstantes— imponer mis propios criterios, ni siquiera presionar en su beneficio; mas abrigo la convicción de que, conocido que hayáis algunos poemas de Claudia, os poseerá el deseo de conocer algo más, y de que luego, muchos de vosotros me acompañarán en mi personal convicción de que esta fina compatriota mía, es poetisa de primera magnitud en los cielos líricos de Hispanoamérica.
El nombre civil de Claudia Lars, es sólo conocido en pequeños ambientes, porque lo que empezó siendo seudónimo fue creciendo de tal manera, que en breve opacó y luego sustituyó, al nombre de pila: Carmen Brannon. Como ella jamás ha hecho misterio alguno de su nacimiento ni de su edad, no cometo indiscreción al señalar que ha cumplido ya los setenta años de vida fructífera, pues vio la luz en la población de Armenia, en el Departamento de Sonsonate, situado en zona occidental de la República de El Salvador, el 20 de diciembre de 1899.
Yo no dispongo en España, lamentablemente, de la totalidad de su obra publicada, pero sí tengo lo más, y ello me permite presentar la curva, siempre ascendente, de su desarrollo.
Lo primero que Claudia dio a publicidad, fue un librito de 115 páginas en pequeño formato bajo el título de Estrellas en el pozo. Se editó la obra bajo el patrocinio de don Joaquín García Monge —a quien está dedicada en la ciudad de San José de Costa Rica—, en el año de 1934. Por esas calendas, nuestra poetisa vivía en la capital costarricense, en la cual García Monge era ejemplar motor y promotor en el orden de las artes. Erraría quien dijese que Estrellas en el pozo es obra de balbuceos o de promesas. Es ya, sin duda, un trabajo maduro y consciente. Mas ocurre que si en alguien la voluntad de crecimiento se hace carne y verbo, es en esta multiforme y proteica poetisa de El Salvador. Ya sus versos de Estrellas en el pozo, nos resultan casi lejanos, pero no por deficiencia intrínseca, sino porque inconscientemente, los cotejamos con lo más reciente, más hondo y más logrado de su producción. Los endecasílabos y los octosílabos, son los versos que predominan en este libro —hay también dodecasílabos y alejandrinos—. La temática se halla bajo el cetro de Eros y la expresión se ajusta a normas rígidas. De ahí que el soneto y el romance, den al libro sus notas más ostensibles.
Mas ya de sonetos tendremos que hablar posteriormente, que en ellos Claudia ha logrado una rara maestría. Como todavía andan frescos los aires de la reciente nochebuena, se me antoja que estará bien daros a conocer, de esta labor temprana de Claudia Lars, su romancillo hexasílabo titulado:
CANTO VIEJO DE NAVIDAD
(Letrilla)
La madre doncella
como flor se abrió:
niño le nació
a la Niña bella.
A Dios que ha nacido
por nos rescatar,
le habréis de encontrar
en pajas dormido,
como que si fuera,
así, desnudito,
sólo un pobrecito
hijo de cualquiera.
“Ojos hace el cielo
todas sus estrellas,
por mirar con ellas
a Dios en el suelo”.
¡Quién le hubiera hecho
la almohada más suave,
del plumón que el ave
esponja en el pecho!
Lino, ¿no te da
vergüenza ser lino,
si el Niño Divino
desnudito está?
Tu lana cordero,
di, ¿para quién es?
¡Yo, para sus pies
esa lana quiero!
“Ojos hace el cielo
todas sus estrellas,
por mirar con ellas
a Dios en el suelo”.
Con amante voz
le arrulla María:
“Luz de mi alegría,
mi niño y mi Dios.
Sol de medianoche,
olivo en guirnalda,
florecita gualda
de fragante broche.
Sonría mi encanto,
deje de llorar,
póngase a mamar
mientras yo le canto:
“Ojos hace el cielo
todas sus estrellas,
por mirar con ellas
a Dios en el suelo”.
Llegan los pastores
que el lucero vieron.
Vieron y trajeron
regalos de flores,
quesos y natilla
y miel de colmena,
tanta cosa buena
y dulce y sencilla
“Zagala preciosa.
¡Qué lindo es tu niño!
Negro es el armiño
y oscura la rosa
si están a su lado.
¡Qué dulce carita,
qué boca chiquita,
qué pelo dorado!
“Ojos hace el cielo y tiene Gaspar
todas sus estrellas, rubia la color.
por mirar con ellas Los reyes que brillan
a Dios en el suelo”.
De pueblos lejanos
los Magos de Oriente,
traen su presente
en las regias manos.
Moreno es Melchor,
negro Baltasar,
y tiene Gaspar
Rubia la color.
Los reyes que brillan
adoran al Rey,
y acatan su Ley
y su frente humillan.
“Y ojos hace el cielo
todas sus estrellas,
por mirar con ellas
a Dios en el suelo”.
Por la ternura de los versos leídos, más de alguno de vosotros habrá adivinado que Claudia Lars entregó muchos de sus desvelos a la poesía para niños. Efectivamente, y el tema es demasiado rico para pretender englobarlo en una charla de carácter general. Sobre todo si se toma en cuenta que la poetisa tiene opiniones muy personales y respetables sobre el asunto, y el análisis de esas opiniones desbordaría los márgenes de tiempo y de intención actuales. Sólo anotemos unos pocos datos, para aquellos a quienes puedan interesar: en 1942, la editorial chilena Zig-Zag, publicó, de Claudia Lars, La casa de vidrio, libro dedicado al único hijo de la poetisa; en 1955, el Departamento Editorial del Ministerio de Cultura de El Salvador, dio a la estampa su primorosa Escuela de pájaros, y en 1962, la misma editorial publicó Girasol, una antología de poesía infantil seleccionada por Claudia Lars. En Girasol recoge nuestra poetisa algunas joyas del folklore español, y muestras de toda la poesía hispanoamericana asequible a la sensibilidad de los niños.

Un excelente poeta guatemalteco, fallecido no ha mucho y cuya memoria reside en lo más hondo de nuestro afecto, Alberto Velázquez, prologó en 1946 los Romances de Norte y Sur, que Claudia manifiesta haber ido creando entre 1936 y 1940. No hemos de olvidar que el Romancero gitano de García Lorca, desató en América una fuerte y prolongada fiebre de “romancismo”. Del prólogo de Alberto Velázquez son los siguientes párrafos:
“…Dos corrientes ancestrales la han solicitado y la seguirán solicitando siempre hacia latitudes antípodas; dos sangres distintas reclaman e insisten en reclamar fueros imperativos dentro de su ser. Su padre fue un varón irlandés de instintos errabundos y de aventuras cósmicas, “sucio de remolino y de misterio”; su madre es una dulce criolla del agro salvadoreño, de tendencias estáticas y disciplinas domésticas; y padre y madre al traerla a la vida depositaron en ella las cepas de su atavismo telúrico y racial”.
Este doble ingrediente étnico, que probablemente fue el humanista nicaragüense don Alberto Guerra Trigueros ‘(Q.E.P.D.), el primero en poner de relieve, es, además, una de las frecuentes motivaciones poéticas de Claudia, quien, en diversas oportunidades, ya con meridiana claridad, ya con el tangencial recurso de la alusión, lo ha presentado en sus cantos. Así, en el primero de los Romances de Norte y Sur, se leen las estrofas que dicen:
ROMANCES DE NORTE Y SUR
I
(Fragmento)
No supe escoger la tierra
de mi canto, en muchos años.
Dos tierras de honda presencia
eran misterio y regalo,
Las dos llevaba en la sangre.
Las dos juntaba mi abrazo.
Un doble amor recogía
sus paisajes encontrados:
a la derecha palmeras
en galope de penachos;
a la izquierda vientos grises
sobre desvelos de barcos.
Aquí, las playas de sol…
Allá, los ríos helados…
Del sur llegaban abejas
siguiendo el polen del nardo;
nostalgias indefinidas
y una inclinación de llanto.
Del norte, choque de espumas
y rosales de relámpagos;
humo de hoguera y de pipa,
islas dulces y sargazos.
¿En dónde encontrar la plenitud de Claudia Lars?… En otros autores, resulta más o menos fácil establecer hitos para las etapas de desarrollo. No así en Claudia. Si al comienzo se nos da, como ya he dicho, madura, no por ello deja de evolucionar en diversas vertientes, ya buscando —y hallando— nuevos veneros para su creación, ya procurando múltiples formas expresivas, desde la más ceñida del soneto, hasta la más suelta, aventurada y difícil maestría del verso libre.
Y no obstante, así como el río conserva su identidad desde las vertientes que le dan nacimiento hasta la desembocadura que se lo traga, cualesquiera sean el número y caudal de sus afluentes o la diversidad de sus paisajes ribereños, así hay una Claudia Lars única, reconocible, inconfundible a través de todos los temas y de todas las sabidurías formales que van integrando su quehacer lírico.
No quiero hoy, aquí, divagar en torno al soneto, ni repetir lo que es ya un tópico: que al lado de su dificultad formal, esta estructura italiana tan bien asimilada por nuestro idioma, presenta una característica curiosa: su calidad no admite matices. El soneto es simplemente, magistral o insulso. Claudia Lars escribe sonetos magistrales, como éste que, tomado de su libro Sonetos (San Salvador, 1947) ella dedica
A SOR JUANA INES DE LA CRUZ
¿Quién soltó de tu pecho la impaciente
paloma musical, que en fuego sube?
¿Quién puso en los cristales de la nube
la misma luz que cae de tu frente?
¿En qué silencio de estupor vehemente
te pude descubrir y te retuve?
¿Qué flamígero dardo de querube
marcó el instante con su filo ardiente?
Espacios deslumbrantes, voz ceñida
a las ígneas raíces de la vida
y el ansia de esa voz determinada.
Una irrupción de signos en tu cielo.
Y bajo el arrebato de tu vuelo ‘
yo, Señora, pequeña y hechizada.
En la misma obra que acaba de citarse, aparecen los Sonetos del arcángel, reproducidos “con justa insistencia en periódicos, revistas y libros. Son seis, y, los trasladaríamos acá si no nos estuviera esperando una amplia cuota de la producción de Claudia.
El Ministerio de Cultura, en el año de 1953, publicó un nuevo libro de nuestra autora: Donde llegan los pasos. Es obra ya agotada, de difícil consecución inclusive en El Salvador. Ya en ella está plenamente definida esta voz maravillosa. Canta la aventura autobiográfica, con un impudor, diría, anterior a la manzana, hecho todo de cándida y amorosa sinceridad. Aquí os entrego las primeras estancias de su finísimo
DIBUJO DE LA FUGA
I
El árbol y su cielo.
Ya despierta la fábula en las cosas.
El cielo de mi risa
sobre el ágil velamen del columpio.
Yo tenía la nube;
también la huella fina de los pájaros;
y un reino verde, con semillas verdes,
y el mar en el olfato.
Por aire humedecido
Por ríos invisibles
los jardines dispersos en mi frente.
De su centro de sangre
alzado el corazón, el fino huésped.
Junto a párvulas sombras
musgo de leche y encendidas anclas.
Yo tenía mi cuerpo
y una fruta sin vello y dos abejas.
Me bañaba desnuda entre naranjos;
me comía el augurio de los tréboles.
El modo de mi casa
—hecho de arrimo y piedras vigilantes
iba de viaje en un antiguo viaje
y en un libro de peces.
Los ojos de mi padre
eran náuticos ojos capitanes.
Daban a ratos fuegos de Santelmo
y metales del norte.
Detrás de mi inocencia
lunas dormidas en el dulce pronto.
Tal vez lo ya terrestre
ardiendo como el grillo de mi luna.
Para el suave domingo
islas de azúcar, jaulas de listones.
Para copiarme risas,
una risueña Alicia del Espejo.
¿Cómo contar mi olvido,
mi voy jugando de jugar de juegos?
La falda de mi madre:
ese almidón sembrado de violetas.
Todo el bosque del árbol
y yo la corza libre, la criatura.
¿Qué melodía de agua, qué paloma?
¡Mi giramor… mi girasol… mi mundo!
¿Tenemos ya una idea de quién es, de qué es, Claudia Lars?… Doy por descontado el asentimiento. Pero no es así. No la tenemos. Sólo hemos podido captar la refulgencia de algunas de sus facetas. Porque, aquí, en este mismo libro, casi despojándose de su extraordinaria sabiduría formal, y captando la tónica y vibración de una sustancia popular, compenetrándose con el dolor del prójimo, dice su poema De la calle y el pan, del cual copiamos el canto primero:
DE LA CALLE Y EL PAN
I
Ando por la calle sin término,
que apenas conocía en el espejo.
Su piel de baldosas
es fría como el lomo del tiempo,
y allí jadean los temibles hombres
que van divulgando la moneda o el hambre.
Grises se han vuelto todas mis llamas
y aletean apenas, en un incendio agónico.
Un ángel compañero
todavía me busca, para salvar mi viaje,
pero voy tan adentro de aglomerados rumbos
que no sigo sus alas.
¡He aquí la calle con su pulso de ruedas
y sus decretos de camisas rotas!
La señal luminosa
me parece una flor inconstante
y la vulgar esquina
casi como un intento de veleta.
¿A dónde vamos con los ojos del ciego,
con el oscuro ladrón lleno de espanto
y también con el siempre ajusticiado?
Margaritas de raso
viven entre las joyas, sin conocer los árboles,
y los números coronados de audacia
se van comiendo el corazón de los tristes.
¡No!
¡No puede ser esto!
Porque ni la torre ni el portal ni el candado
son más duros que los pasos que pasan.
Sin embargo,
el viento despliega su lenguaje de arpas,
tiene la estrella azules que nos invitan
y la noche, tan humana,
esta profunda siembra de besos. | .
Yo debo andar con las suelas de mis zapatos
junto al turista, al mendigo y al taciturno,
y conocer al devorador de mariposas.
Un agitado amigo me habla del pan.
Un agitado enemigo me habla del pan.
Cien agitados amigos y enemigos hablan del pan.
Hasta el gorrión le anda buscando en medio de los insectos.
Hasta yo misma me pregunto si en él está mi voz.
Algo se dividió sin balanza
y toneladas de gula cayeron sobre los débiles
para quebrar el poder de los dientes.
¡Ah, sí robara las llaves! …
Porque el granero fue sellado hace siglos
y mil ojos avarientos
observan a los que gritan, por almenas de oro.
Pero los que gritan traen bandera de tiniebla
y centran su condición en un puñado de harina.
Digo que el pan es ayuda de la sangre
y que valiéndose de sus lentas escalas
al fin hallamos lo divino del cuerpo.
¿Qué busco yo por esta calle sin sonrisa,
por este suelo de langostas y murallones?
Tal vez el nombre de mi alma.
En el año de 1959, el Ministerio de Cultura de El Salvador, en muy pulcra’ edición de la “Colección Poesía”, dio a conocer un nuevo libro de nuestra autora. Fábula de una verdad. Esta obra fue objeto de abundantes y elogiosos comentarios. En Guatemala se refirieron a él el diario El Imparcial, y el prestigioso escritor Arqueles Vela; en El Universal de Caracas, en Venezuela, escribió hermosas cuartillas José Antonio Real, y en El Salvador, Alfonso Orantes, crítico guatemalteco, nos dijo que “Claudia Lars torna a revelarnos la frescura y transparencia diamantina características de su obra”.
Se inicia el libro con un poema, Tributo a la poesía verdadera, que parece resumir el credo estético de Claudia. Luego sigue una fina sucesión de estampas infantiles, recreadas en el sueño, filtradas en el filtro de la nostalgia. Y acaso porque el poema inicial citado, en gracia de su calidad, ha «gozado los favores de una ancha divulgación, yo prefiero ahora presentaros esta sencilla acuarela de ternura que ella titula
NODRIZA
¡Calla, mi flor de leche
mi siempre niña!
Los sueños que se cuentan
se hacen ceniza.
No te fíes del mar
porque da y quita,
ni del hombre que llega
de lejanías.
Primores de este valle
son tuyos, hija.
Casa de calicanto
te ama y te cuida.
Es mejor el silencio
de tu sonrisa
que todo lo que muestras
por encendida.
Hay que esconder tesoros
como la hormiga,
porque muchos que pasan
sienten envidia.
Ya hacia 1962, la Dirección General de Publicaciones del Ministerio de Educación, considera llegado el momento de formular una selección antológica de esta poetisa, que lleva entonces casi los treinta años de actividad creadora. Esta antología se formula bajo el título de Presencia en el tiempo. En la notita editorial que precede a los poemas está escrito sin reticencia, que “La poesía de Claudia Lars tiene la hondura, sinceridad y rango de las más altas y esclarecidas voces femeninas de nuestra América”.
De ese mismo año es la edición de Sobre el ángel y el hombre, poema premiado el año anterior, con un segundo premio, en el Certamen Nacional de Cultura. Ahí encontramos unas silvas transparentes, que hacen recordar la voz reposada de Fray Luis de León. Sea prueba de lo anterior, el primer canto de este libro:
SOBRE EL ANGEL Y EL HOMBRE
I
Me salva de mí misma:
huésped del alma en alma devolviendo
la palabra que abisma,
lo que entiendo y no entiendo
por este viaje en que llorando aprendo.
Amoroso elemento
forma su fina y leve arquitectura;
con ágil movimiento
de flor sin atadura
abre su vuelo reino de blancura.
Sube de mí, conmigo,
a cumbres de silencio, a ruido vano;
siendo el eterno amigo
con invisible mano
siembra fuego cantor en barro humano.
Su llamada secreta
colmas venas de noche, luz vigía;
su canción y saeta, |
profunda compañía,
íntimo sol… para mi breve día.
Le he visto por la nube
con rabel de pastor, cuidando sueños;
por su arboleda anduve
sobre aromas pequeños,
y era el abril de verdes abrileños.
Cuando el clavel tenía
edad de tierna boca adolescente;
cuando el gorrión ponía
aleteo en mi frente,
él ya me daba su lección paciente.
Mi soledad le pide
alta verdad y voz corregidora;
sé que su tiempo mide
vida razonadora
y miseria viviente, hora tras hora.
Calor sin mengua vierte
en puertasola, bajo nieve hundida;
amando me convierte
en amante aprehendida,
y ya no puedo estar semidormida.
Contraluz de mi pecho
a veces me lo vuelve casi nada;
mas del soplo deshecho
su pena derramada
es goce de otra cita enjazminada.
Isla de mar adentro,
donde dulce marea crece y canta;
iluminado centro
que hasta el cielo levanta
angélico poder de mi garganta.
Si tornamos los ojos a la gran poesía escrita en América por mujeres, hallaremos la nota mística en Sor Juana Inés de la Cruz y en la mexicana Concha Urquiza; la tónica sensual se nos presentará en muchas poetisas, a veces con exageradas tintas; el romanticismo estará presente en todas o casi todas, bajo los mil ropajes que puede asumir… La tortura se llamará Gabriela Mistral. Repetiremos con devoción los nombres de Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou, Sara de Ibáñez. Sentiremos con Fryda Schultz de Mantovani, raudales de ternura, y nos conmoveremos con innumerables voces que aquí no han sido consignadas.
Y yo tengo la certeza de que de hoy en más, muchos de mis amables oyentes de esta circunstancia, cuando enumeren las cimas de la cordillera lírica que cruza nuestra América como un portentoso Andes de sensibilidad, pronunciarán conmigo, estremecidos de unción, el nombre de esta salvadoreña ilustre que firma Claudia Lars.
Barcelona, enero de 1970.

Hugo Lindo. (El Salvador, 1917-1985) Fue poeta, novelista, cuentista y diplomático. Tiene una profusa obra publicada en poesía, en la que se destacan Prisma al sol (1933), Libro de horas (1947), Navegante río (1963), libro con el ganó el Premio de los Juegos Florales Centroamericanos de Quetzaltenango en 1962; Solo la voz (1968) y Maneras de llover (1969), entre otros. En narrativa destacan Aquí se cuentan cuentos (1959) y ¡Justicia, señor Gobernador! (novela, 1960), entre otros.
