A través de la historia que gira en torno a un fusil, Noé Zamora explora el valor, el amor y la esperanza de una familia en tiempos del conflicto armado. El presente material resultó ganador de los XXVII Juegos Florales de Sensuntepeque, Cabañas de 2023 en la rama de Cuento.
Noé Zamora | Licenciado en antropología
A Gregorio Portillo
En la oscuridad de la noche, Pedro Portillo cerró despacio la puerta de su casita clavada en las faldas del cerro. Se quitó las botas y caminó con cuidado hasta la cama. Se arrodilló como si fuera a rezar, pero solo alargó una mano debajo de la cama para comprobar que el fusil seguía ahí. Priscila se quejó, somnolienta, mientras se movía haciendo espacio en la cama. Pedro se acostó y pretendió abrazar aquel cuerpo tibio, pero una sacudida repentina lo disuadió.
—No quiero esa cosa aquí —dijo, suave y despacio, Priscila. Parecía que hablaba desde un sueño.
—Ni dormida dejás de joder —dijo Pedro mientras se sentaba en la orilla de la cama.
Tomó el fusil y se levantó. Recostó el arma contra la puerta como si fuera una tranca. Luego se acostó en la hamaca, a distancia de un brazo del fusil, y dejó un pie en el suelo para poder mecerse.
—Mañana te deshacés de esa babosada —de repente la voz de Priscila se había vuelto enérgica—. ¿Me oíste? Si querés volver a poner un pie aquí…
Pedro se frotó las manos en la cara. Se sintió ciego por un momento. Poco a poco la oscuridad le devolvió la forma de Priscila enfundada en su camisón blanco. Era como si flotara en medio de la habitación.
—Cuántas veces te voy a explicar que no es cosa mía, mujer.
—Es la locura más grande, ¡Dios mío! —dijo Priscila a punto de gritar—. Primero te vas por un año y yo aquí sin saber qué decirle a la gente y luego regresás, ¡para más fregar, con esa tontera!
—Callate, mujer, callate. —Pedro hablaba apretando los dientes—. ¿Que no sabés que las paredes tienen oídos?
Pedro pensó que Priscila al fin se había quedado dormida. De repente escuchó la respiración profunda y entrecortada que no podía ser otra cosa que el llanto de su mujer. Pedro se levantó de la hamaca despacio y volvió a la cama. Priscila se dejó abrazar.
—Tuve una pesadilla antes de que llegaras —dijo Priscila enjugándose la cara con la cobija—. Los soldados estaban a punto de fusilarte y todo por esconder ese rifle de la guerrilla.
—Te prometo que nunca me voy a dejar agarrar —dijo Pedro, mordiendo suavemente la oreja de Priscila. Luego agregó—: La única persona que ha sido capaz de ponerme quieto sos vos.
La noche siguiente, Pedro Portillo regresó corriendo a su casa. Priscila cosía en una vieja máquina Singer ayudada por la luz débil de dos candiles. El hombre fue directamente a la cama y sacó de debajo el fusil. En lugar de cerrar la puerta, como lo hacía siempre, salió al patio. Cuando Priscila escuchó que su marido manipulaba el arma, corrió hacia donde estaba él, pero antes de que ella pudiera hablar, Pedro ya había disparado al aire los treinta cartuchos del cargador.
—Ahora sí te volviste loco —dijo Priscila, sorda por el estruendo, sujetándose la cabeza con ambas manos.
—Metete a la casa —ordenó Pedro más molesto que Priscila—. Apagás la luz y te acostás.
Pedro permaneció afuera y hasta que dio una vuelta alrededor, decidió entrar a la casa. No quiso acostarse en la hamaca ni en la cama. Se quedó sentado junto a la mesa con el fusil entre las manos.
—Maldito, mil veces maldito —dijo Priscila ahogando la voz. Estaba arropada de pies a cabeza con una sábana.
Cuando había pasado una hora, Pedro comenzó a tranquilizarse. Era probable que no lo hubiese seguido nadie o si lo habían hecho, el sonido de los disparos los habría ahuyentado, pensó. Antes de acostarse en la hamaca, con el fusil en el regazo, puso la linterna y el machete en el suelo, al alcance de la mano.
—Esos dos hombres —dijo Pedro despacio—. Nadie los conoce por aquí. Llegaron al changarro de Toribio, donde estábamos con los muchachos bien tranquilos tomándonos unas cervecitas. De repente, los desconocidos comenzaron a hablar de más. Ofendieron a Toribio y a todos los que estábamos ahí. No me contuve, le cerré la jeta a uno de un puñetazo. El otro aseguró que me iba a matar. Por eso vine corriendo a sacar el fusil.
Pedro guardó silencio esperando que Priscila dijera algo, pero se había quedado dormida.
Los días siguientes, no salió de casa. Sentado frente a la ventana, con el fusil acostado sobre las rodillas, veía hasta donde los ojos se lo permitían. Su mujer lo observaba en silencio desde la máquina de coser. Había terminado por resignarse a no hablarle. El único vínculo entre ellos se mostraba en el momento en que ella ponía un plato de comida en la mesa y él simulaba no darse cuenta.
Una noche, Pedro salió al patio a orinar. No sabía qué hora era, pero por el frío que le apretó el pecho, sospechó que ya pasaba de la medianoche. Cuando el chorro se detuvo, escuchó un paso detrás de él. Giró, pero no pudo ver nada porque un lamparazo lo cegó.
—Levantá las manos —ordenó una voz grave. Era un policía rural apuntándole con un arma—. ¡Aquí lo tengo! ¡Registrá vos allá adentro!
Esto último lo había gritado para su compañero que ya hurgaba dentro de la casa, donde Pedro —y esto se lo recriminó después— había dejado el fusil.
Cuando el policía se acercó para esposarlo, Pedro aprovechó el momento en que la luz de la linterna bajó para dar el mejor golpe de su vida. Tal como una vez se lo enseñaron, hizo subir la fuerza desde el pie, pasando por la pierna, glúteos y espalda hasta llegar al puño y terminar en la mandíbula del policía, que cayó de espalda. Cuando el policía logró levantarse, Pedro ya saltaba por encima de cercos de alambre y arbustos de café. De pronto, dio un paso en falso, y comenzó a rodar por la ladera del cerro en el mismo momento en que una ráfaga se cernía a su alrededor. No intentó detenerse, continuó rodando, pues de aquella forma los policías no lograrían verlo.
Aún no había salido el sol cuando llegó al campamento instalado en lo más alto del cerro. Sin camisa y sin zapatos, intentaba abrazarse a sí mismo para contener el temblor de su cuerpo. Uno de los camaradas lo reconoció enseguida y salió a recibirlo. Lo envolvieron en una frazada y le pusieron una taza de café caliente en las manos. Los demás hombres lo rodearon, a la espera de un relato.
El comandante no había querido darle mucha importancia a su llegada. Apenas lo saludó, y mientras Pedro relataba su huida, el comandante no paraba de dar vueltas en los rincones de la tienda buscando algo que no se le había perdido. Luego de muchas preguntas y risas de los más jóvenes del grupo provocadas por las aventuras de Pedro, el comandante los interrumpió con voz áspera:
—Te di una responsabilidad y no pudiste con ella.
—No se agüite, camarada —la voz de Pedro se había fortalecido luego de dos tazas de café—. Si tengo que meterme al mismo corazón de la Fuerza Armada para recuperar ese fusil, pues me meto. Deme dos compañeros pencones y hoy por la noche le traigo ese fierro.
Bajaron al pueblo antes de que cayera la noche.
En ese momento, solo dos policías custodiaban la comandancia de la Guardia. Pedro y otros dos camaradas observaban desde una de las casas abandonadas cuyo patio colindaba con el de la oficina de seguridad. Solo esperaban el momento en que uno de los guardias tuviera que salir, aunque fueran unos segundos. Entonces entrarían, inmovilizarían al otro policía y harían les entregara el fusil. Tenían que actuar en ese momento. Las armas requisadas no debían permanecer en una oficina de pueblo mucho tiempo. Lo más probable era que al día siguiente vendría alguien a llevarlas.
Cuando uno de los policías se encerró en el baño cargando un periódico bajo el brazo, Pedro saltó el cerco de púas que separaba los patios. Los otros compañeros se quedaron a esperar la señal para entrar. Se había quitado las botas y las llevaba amarradas en la mochila. Con andar de gato, Pedro llegó por detrás del policía. Colaboró con él el rumor de una radio. Cuando el policía volteó, era demasiado tarde, el culatazo de fusil le dio justo en la sien. El hombre cayó sobre un reguero de papeles.
El otro policía preguntó, asustado, desde el baño si pasaba algo. Pedro tomó un candado y puso llave en la puerta de hierro de la letrina. Hizo señal a los otros camaradas. Éstos llegaron corriendo. Uno de los guerrilleros amarró las muñecas del policía tirado sobre el escritorio. Pedro encontró sin dificultades el fusil en la esquina de una habitación vacía. Cuando salió, el otro guerrillero apuntaba con su arma al policía.
Pedro lo detuvo.
–No sea ruin, compañero. Hay que tener dignidad. Hemos atacado a este hombre por la espalda. Será suficiente con que se entere de que nos burlamos de él.
Para algunos camaradas, Pedro se convirtió en un héroe. Haber rescatado el fusil de las fauces del enemigo era una verdadera hazaña, digna de contarse en los nuevos libros de historia que se escribirían luego de ganar la guerra. Pero el compañero comandante no lo vio así. Para él, Pedro era indisciplinado y arrogante, alguien que había puesto en peligro a todo el grupo. No había sido capaz de actuar con discreción, sino que se había paseado frente a la gente de su caserío alardeando de sus dotes de peleador, actitud que habría hecho dudar al vecino mejor pensado. Por si todo eso fuera poco, no había sido capaz de acabar con los dos enemigos que le habían quitado su fusil. Era, lo dijo en repetidas ocasiones, un débil.
Desde el día que regresó al campamento, las tareas más penosas y arriesgadas las hizo él por orden del comandante. Los errores de otros compañeros, los hacía recaer siempre sobre Pedro. Pronto comprendió que si se mantenía en el grupo, él iba a ser el siguiente en morir. Y no le tenía miedo a la muerte por causa de la revolución, pero no iba a permitir que los caprichos de un compa lo llevaran a la tumba. No había decidido escapar del grupo, pero las noticias que recibió acerca de Priscila lo alentaron a hacerlo. Los soldados habían cateado su hogar en repetidas ocasiones y amenazado a Priscila al punto que la hicieron huir a la casa de unos parientes. Pedro abandonó el campamento una noche llevándose el fusil. A partir de ese momento, ni familiares ni amigos supieron nada de Pedro y Priscila. La policía, el ejército y la guerrilla los buscaron para saldar viejas cuentas, pero no tuvieron éxito.
Más de alguno se sorprendió, años después, cuando pasó lo del periódico.
Pedro Portillo apareció en la portada de uno de los periódicos de mayor difusión a nivel nacional. A todo color, lucía su sonrisa más ancha entregando su fusil a un miembro de Naciones Unidas y recibiendo a cambio un cheque por mil colones.
El fusil de asalto Avtomat Kalashnikova modelo 1947, creado por el excombatiente soviético de la Segunda Guerra Mundial, Mijaíl Kaláshnikov, se convirtió en el arma más producida en la historia. Más de ochenta millones de unidades se dispersaron por el mundo. El ejemplar que Pedro entregó había rodado en el campo donde se disputaba la Guerra Fría. De paso había ganado un par de revoluciones, como la liderada por los sandinistas en Nicaragua. De ahí, pasó a El Salvador, donde no encontró nuevas glorias y terminaría —era lo más seguro— fundiéndose para crear otro monumento a la paz. La historia de ese fusil llegó hasta allí. A Pedro y Priscila, en cambio, les faltaba mucho por vivir. De alguna manera, sus vidas apenas comenzaban.

Noé Zamora. (Sonsonate, 1988). Licenciado en antropología por la Universidad Tecnológica de El Salvador. Ganador de los XXVII Juegos Florales de Sensuntepeque, en 2023, con su colección de cuentos Historia de un fusil. Trabaja en la implementación de proyectos sociales con enfoque cultural y artístico. Es miembro del grupo literario Ocaso y del colectivo cultural Mercedes Umaña Lee.
