En tono epistolar y en diálogo profundo, Fabio Rivas Rivera interpela a la poeta Claudia Lars, desde el asombro, el descubrimiento y el encuentro con los temas, lucidez y dolor de la autora. Esta carta es un homenaje sincero, desde la voz lírica de quien lee y relee para encontrar un mensaje que siempre se disuelven en las cosas y la vida
Fabio Rivas Rivera | Poeta y gestor cultural
No te conozco. Nunca te voy a conocer. Aunque hubiésemos conversado por días enteros, como en la más intensa amistad, ni aunque hubiésemos vivido juntos, compartido estudios o proyectos culturales. Sigo el rastro de migajas, que con ternura y salvajismo has dejado como testimonio de tu vida. Hay quienes hemos invertido tiempo en las preguntas menores y nos hemos regodeado en ellas para destacar, promulgando afirmaciones teóricas para no evidenciar el aburrimiento de la vida. Intentando entender todo sin vivir nada, razonando sin sentir, conociendo sin escuchar. En cambio, vos vivís la verdad de la infancia, escuchás la música de las flores, intuís el lenguaje de los animales y de los símbolos, y te inclinás ante el misterio para incendiarte, para envejecer jugando y afirmar, al borde del abismo, que no existe la muerte.
No soy el indicado para argumentar tu valor ni para definir si estoy o no ante una gran poeta, pero observo a dónde posás tu atención y encuentro algo nuevo dentro de lo conocido. Entonces todo es una aproximación: un gran océano de desconocimiento. Tu espíritu y el espíritu de todo lo que has nombrado se mueven y se transforman por ahí, sin poder detenerse ante mi precaria percepción del mundo. Datos de migración familiar, Disney, maquilas, divorcio, amor divino o teosofía… son temas que no siempre me acercan a vos, hasta que una tarde cualquiera vuelvo a un corazón en tu silencio deviniendo en caracol, a tu basura de pasiones alzada por el viento, cantando que lo más cercano a nosotros nunca se escribe, y que vos —porque sos poeta— abrís puertas de lo invisible.
Te leo y descubro cómo hacés una espiral con el tiempo de tu vida, avanzando y retrocediendo en un mismo impulso, sin dejarnos saber en qué momento de tu historia —y de la historia de todas las cosas—habitás.
Estuve en la que fue tu casa. Observé las ruinas de tus altares y la persistencia de los templos, experimenté el magnetismo de tu herencia y la ruptura del espacio-tiempo que, según tus palabras, se escapa de las gentes distraídas o veleidosas. Fui rodeado por tus luciérnagas en un abrazo colectivo, recibí tus postales milenarias en una respiración profunda y, sin embargo, no te conozco ni nunca te voy a conocer.
Así frecuento tu sombra y la refracción de la luz que desplegó tu casa de cristal a las generaciones futuras y a quienes tengan la curiosidad suficiente como para insistir en el camino, en este camino.
Por eso, definirte sería encerrarte. Por eso proclamo que te desconozco, para honrar el misterio, para que todo me siga maravillando y el horror también sea horror, y no una palabra vacía; para que el dolor conserve la magnitud de sus cinco letras, y la dulzura insista, pese a haber sufrido tanto, ayudando a aliviar años de violencia y resentimiento.
En días tan oscuros y a su vez tan iluminados por los reflectores de la propaganda y el uniforme militar, recordarte me hace bien. Pienso que, como vos, hay muchas criaturas por ahí, equilibrando la batalla: procurando crear en lugar de matar, escuchando antes de castigar, educando antes de perseguir, compartiendo antes de censurar, amando antes de atentar contra la salud de un país centroamericano.
No te conozco, pero te agradezco por priorizar la poesía y entregar tu vida a ella. Este país sería un poco más triste si no te hubieses dedicado.
Ya lo dijiste en su momento:
“¡Tonto es aquel que me imagina su resentida rival! En el campo del arte verdadero (y yo también entré a ese campo descalza y reverente), no hay rivales ni competidores. Hay inspiración, belleza, mensaje de lo divino y de lo oculto, luz ancha o pequeña para esta terca noche del mundo. Así lo creo desde el fondo de mi corazón.”
Hola y adiós, Claudia, soy un niño al verte pasar:
“Nadie proyecte el rumbo de mi voz,
ni crea que podrá
dirigir o enjaular
mi encendido lenguaje.”
26/11/2025

Fabio Rivas Rivera. (El Salvador, 1990). Poeta y gestor cultural. Posee estudios de lenguaje cinematográfico en la Universidad Nacional de Artes en Buenos Aires, Argentina. Cofundador del sello editorial Ediciones Piratas y fundador y director de los Centros Culturales Astrálabe y Leyla. Organizador del Festival Nacional de Poesía Claudia Lars 2025. El fin de la felicidad (2024) es su más reciente poemario.
