«Cyberworld» o sobre cómo desapareció el reino de la magia

El escritor guatemalteco Leonel Juracán comparte un relato enmarcado en el género de la Ciencia ficción. Una historia que narra la construcción de sistemas cada vez más complejos para comprender la magia, pero que terminan alejándose de ella. Una alegoría de estos tiempos de hiperconexión

Leonel Juracán │Escritor guatemalteco

Sepher Yetzirah 2:3 (no hay nada en el bien
superior al deleite, no hay nada en el mal 
 superior a la plaga).

Érase una vez un reino que existió cuando no había tierra todavía, en una época en que no existía muerte, un mundo en donde todos eran felices, pues todo cuanto desearan podía hacerse realidad. Este lugar tan extraño y maravilloso, era Cyberworld, el mundo de la magia. Quienes en él vivían, tenían el poder de transformar las cosas solamente con el pensamiento, podían estar en todo lugar al mismo tiempo, y para su sabiduría no existían los secretos.

Este lugar era tan perfecto que no existía ningún tipo de preocupación, y si alguien no estaba conforme con lo que tenía ante sí, simplemente pensaba: “Quiero que esta piedra se convierta en un campo verde”, o bien, “quiero que este árbol sea un automóvil”. O bien, “quiero que la noche sea una ventana”. Y era así como todos podían obtener del mundo cuanto quisieran.

Podía ocurrir, sin embargo, que llegase luego alguien más y dijera: “Quiero que este automóvil sea un gato”, o bien “quiero que éste campo verde sea mi templanza”. Y entonces quien deseaba el gato, recuperaba el árbol y quien deseaba la templanza obtenía la piedra. ¿Cómo saber entonces qué parte del mundo había sido previamente trasformado? Peor aún, ¿Existía o no la magia como poder de transformar las cosas?, si todo llegaba con el tiempo a ser lo que había sido antes.

La existencia de la magia quedaba en entredicho.

Hubo entonces un mago, que, intrigado por la naturaleza de estas limitaciones, decidió convertirse en un contemplador, es decir, observar por mucho tiempo a su alrededor sin hacer uso de la magia, cómo las cosas podían transformarse sin su intervención. Entonces pudo notar que, sin la intervención de nadie, algunas cosas cambiaban de ubicación; otras no cambiaban de lugar, pero cambiaban de consistencia, color y textura. A veces con rapidez, otras, lentamente. Pero lo que más le sorprendió, fue notar que había cosas que no cambiaban en la sustancia o el espacio, sino que simplemente desaparecían.

Decidió entonces memorizar el lugar exacto en que había visto cada cosa por primera vez para contar cuántas veces tenía que volver al mismo sitio para que algo cambiara. Con las cosas que cambiaban de sustancia, decidió agrupar todas las que se parecieran, y luego irlas reagrupando según cambiasen de características, marcándolas para saber si variaban de cantidad. Así, con él número que resultara, podría saber qué característica había desaparecido o el lugar donde había estado por última vez.

Tanto empeño puso en esta labor, que pronto llegó a saber las características y ubicación de cada cosa existente en Cyberworld, y le bastaba entonces nada más con mencionar sus números, para que el objeto presente en el ciclo de las transformaciones se adelantara o retrocediera. Aún había cosas que desaparecían, sin que pudiese aún explicárselo, pero eso ya no le preocupaba, había inventado un método más rápido para hacer magia sin aquéllos larguísimos conjuros que nunca resultaban como uno quería.

Y es que la magia en Cyberworld, no era la misma para todos, ni podía ser igual en todas partes. Si alguien, pensaba, por ejemplo, “Necesito cruzar este río”, podía hacer aparecer una cuerda, un barco, un puente o un animal que lo llevase al otro lado, sin que aquellos portentos resultaran parecidos entre sí, aunque todos llevaran el mismo fin. Si alguien, pensaba “Necesito saber lo que ocurrió en éste lugar hace cinco minutos”, podía crear un televisor donde lo viera, una serie de fotografías o traer a alguien que se lo contara. Al parecer, cada quien tenía distinto modo de transformar las cosas. Pero esto no resultaba extraño para nadie, porque pese a que cada uno podía conocer todos los secretos del universo, no todos hacían el mismo uso de ellos.

Algunos magos, sin embargo, se enfurecieron con el inventor de éste nuevo método, no solo porque gracias a esas fórmulas deshacía hechizos y contrariaba deseos, sino porque ponía en duda la sabiduría de los otros.

Se formaron entonces dos bandos: quienes decían que lo mejor era crear un sistema estándar para todos y que todos aprendiesen de memoria los números de las cosas; y quienes opinaban que era mejor poner cada quien un signo distinto a cada cosa para que solamente quien reconociera sus obras tuviera el poder de transformarlas. Lo importante, era impedir que alguien más interviniera en los hechizos de otro.

Reunidos todos los inmortales en solemne consejo, decidieron que para mayor seguridad harían ambas cosas. Pronto, sin embargo, se vieron en problemas: fueron tantos los signos acumulados, y tantas las características clasificadas, que ya no bastaba la memoria de un solo hombre. Fue así como la memorización de signos se convirtió en religión. Dichos signos fueron pintados, grabados, construidos y hasta representados, sin que nadie llegara nunca a saberlos todos.

Antes, cuando alguien hacía aparecer una cuerda, barco, televisor o cualquier otra cosa, a eso que aparecía no se le llamaba cuerda, bote o televisor, sino que sencillamente se llamaba, la magia de Albericht, la Magia de Visnú, la magia de Odín o de quien se tratase. Por otra parte, los nombres de los inmortales eran asignados según la posición de los astros, pero tampoco eran permanentes, ahora, la posición de los astros servía para realizar los actos de magia, y los hechiceros se nombraban según la circunstancia que motivara el hechizo. Así Tot significaba cólera, Odín, nostalgia, y así en general, cada quien podía invocar a otro con saber cuál era el temperamento en que su magia se manifestaba y podía comunicarse con él a distancia con solo pensar su nombre.

Se hizo todavía un último esfuerzo por clasificar todos los signos que se habían vuelto ya de uso corriente y se obligó a que todos los aprendiesen. De manera que la magia, antes tan sencilla, pasó a ser algo pesado, medido, contado.

Por supuesto, el misterio de la desaparición seguía sin resolverse.

Había una sola cosa que estaba prohibida en el mundo de los inmortales, y era desear en negativo. Es decir, querer que algo no existiese, pues siendo todo inmortal y eterno, eso sería reconocer un límite al tiempo, que como ya dijimos, no existía.

Se formó entonces una sociedad exotérica que se llamó El Templo del Signo Sagrado, sus seguidores pretendían encontrar cuál era la transformación irreversible, el número primero que hacía existir al cambio. Pues creían que existía un universo alterno, donde la piedra se multiplicaba hasta el infinito, sin dejar de ser la misma. Una especie de cielo o un mundo donde la magia se transformaba siempre de forma irrepetible. De modo que no era el objeto que desaparecía, sino la forma de la magia que cambiaba. De modo que se sentaban todos alrededor de una piedra magnética repitiendo fórmulas y haciendo sonidos muy extraños, hasta que alguien, consultando los astros, advirtiera que imperceptiblemente, la roca había cambiado de lugar.

Los escépticos, por su parte, creían hallar escrutando en la forma de las cosas la historia de quienes la habían transformado, y puesto que ahora cada cosa o circunstancia estaba cubierta por signos de diversas especies, pretendían llegar a la realidad tal como había existido en la mente del primer transformador, y contemplaban con arrobamiento los símbolos acumulados, confundiendo los signos sensibles con la creación en sí.

Esto del primer transformador, había pasado a convertirse en algo así como un mito, ya que todos creían que si la generación espontánea era posible, según diversos estados de ánimo, debía existir también un estado inmanente que los contuviera a todos. A ese estado se le conoció como Innombrable, pues era lo que hacía existir no solamente a la magia, sino a cada uno de los inmortales, pues todos creían que si alguien conseguía pronunciar su nombre, todos se convertirían en él, o quizá morirían, al perder la capacidad de transformarse, es decir, la magia desaparecería ¿Quería decir eso que solamente el Innombrable tenía ahora acceso a la eternidad? No exactamente, pues mientras la memoria de su nombre permaneciera oculta, eso no pasaría. ¿Pero cómo ocultar algo en un mundo donde todos eran omniscientes? Bueno, eso fue posible nada más porque, ahora, todos estaban empeñados en memorizar signos y posiciones de los astros, y ya nadie estaba tan concentrado como para dar nombre a su estado de ánimo en el mismo instante que necesitaba de la magia… Hubiera sido necesario que alguien pensase muy profundamente en sí mismo como inexistente para invocar al Innombrable, pero aún si así fuese, ahora había infinidad de nombres, no solo para los inmortales, sino también para las cosas, de modo que nadie podía  pensar claramente, ocurriendo que hacer cuentas o memorizar símbolos pasó a considerarse como síntoma de senilidad y, según se cree, a cada quien la muerte le llegó con el nombre de un objeto.


Leonel Alfonso Juracán Lemus (Guatemala). Fue miembro del grupo literario Vértice, así como de la extinta Asociación de escritores de Guatemala. Formó parte del grupo Folio 114. Ha publicado los libros Guía práctica para manejar la invisibilidad (2001); Inflamable (2008) y Fúnebre y carnavalesco (2012). Ha formado parte de varias antologías, ha escrito artículos y cuentos para varias revistas, como Vértice, Revista de la Universidad de San Carlos, Algarero cultural y Pedernal.  Actualmente, estudia la licenciatura de Filosofía en la facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala y realiza cursos por internet sobre redacción, filosofía y literatura.

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