Signos, información y ciberespacio en «Cyberworld» de Leonel Juracán

En su espacio titulado «Archivo de futuros posibles», la escritora guatemalteca, Marilinda Guerrero Valenzuela, analiza el cuento «Cyberworld» del escritor guatemalteco, también, Leonel Juracán. Un texto en el que se plantea el panorama actual de la hiperconexión hacia un exceso de información que, en lugar de ayudarnos, parece alejarnos de lo que buscamos

Marilinda Guerrero Valenzuela │Escritora

En sus orígenes, el internet se proyectó como un espacio utópico y desterritorializado. Produjo una fascinación, no solamente por sus innovaciones técnicas, sino porque ─como señala Erik Davis─ las tecnologías digitales no constituyeron una ruptura con el pensamiento mágico-religioso, fueron la continuación de antiguos deseos humanos, pero utilizando nuevas herramientas.

En la década de 1990, muchos de sus usuarios percibían la red como un territorio libre de fronteras geográficas, jerarquías físicas y controles estatales. Fue así como, en 1996, en respuesta a la aprobación de la Communications Decency Act, una ley en Estados Unidos, que buscaba controlar y censurar el contenido en internet, el poeta y letrista del grupo Grateful Dead, John Perry Barlow escribió su Declaración de Independencia del Ciberespacio, proclamando la autonomía de una civilización habitada por mentes y no cuerpos en el ciberespacio.

Como todas las grandes imágenes míticas, el ciberespacio sugería más de lo que explicaba y, aunque ocultaba varios fallos que sus numerosos entusiastas pasarían por alto, proporcionaba un enfoque conceptual para el emergente hiperespacio de la comunicación digital. La sensación de omnisciencia, el poder de la comunicación instantánea, la posibilidad de transformar el mundo han sido aspiraciones presentes, tanto en tradiciones míticas como en imaginarios tecnológicos actuales. Esta relación entre magia y tecnología ya había sido anticipada por Marshall MacLuhan, en 1964, cuando dijo que “el medio es el mensaje», el medio moldea y controla la forma de la acción humana. Para MacLuhan, las tecnologías no son solamente instrumentos, en realidad son extensiones de las capacidades humanas, que modifican las formas de vida, percepción, organización social.  

En 2010, el autor guatemalteco, Leonel Juracán, publicó, el cuento “Cyberworld o sobre cómo desapareció el reino de la magia”. Un sitio mágico sin territorio, donde los usuarios que lo habitan no mueren y todo lo que desean pueden plasmarlo para luego transformarlo de forma instantánea.

«Este lugar era tan perfecto que no existía ningún tipo de preocupación, y si alguien no estaba conforme con lo que tenía ante sí, simplemente pensaba: Quiero que esta piedra se convierta en un campo verde, o bien, quiero que este árbol sea un automóvil. O bien quiero que la noche sea una ventana. Y era así como todos podían obtener del mundo cuanto quisieran».

Cyberworld parece plasmar las promesas utópicas que acompañaron los primeros imaginarios del ciberespacio: un territorio sin límites físicos, donde el deseo se materializa y donde los usuarios pueden, a voluntad, modificar la realidad en cualquier momento. Sin embargo, conforme avanza el relato, los habitantes comienzan a cuestionarla.  ¿Qué es real? ¿Qué no ha sido modificado previamente? Así es como, también, algunos empezaron a cuestionar la magia.

Entonces, en el relato, llega un mago que decide contemplar y darse cuenta de que ocurren modificaciones de lugar, color, textura. Observa sin intervenir hasta descubrir que también, muchas cosas desaparecían sin explicación. Entonces, comienza a clasificar, nombrar cada objeto hasta que éste desapareciera o cambiara y cuando así fuera el caso, las reagrupó de acuerdo con sus nuevas características para luego numerarlas. La figura del contemplador me parece interesante, ya que recuerda la labor de un analista que observa patrones, registra cambios y organiza información antes de intervenir sobre el sistema.

En esta etapa los objetos ya tienen números y la información previa de características y localización previa de los objetos. Sin embargo,

«Tanto empeño puso en esta labor, que pronto llegó a saber las características y ubicación de cada cosa existente en Cyberworld, y le bastaba entonces nada más con mencionar sus números, para que el objeto presente en el ciclo de las transformaciones se adelantara o retrocediera. Aún había cosas que desaparecían, sin que pudiese aún explicárselo, pero eso ya no le preocupaba, había inventado un método más rápido para hacer magia sin aquéllos larguísimos conjuros que nunca resultaban como uno quería».

El autor sugiere en su relato una progresiva transformación de la magia en información a la que cualquiera puede acceder. La magia deja de depender de la imaginación, del sujeto, pasa a depender de sistemas de clasificación.

En otras palabras, el poder ya no reside en el mago sino en el sistema.

Esto no agrada a muchos porque, para ellos, clasificar la información es quitar la magia y, a la vez, pone en duda el aura de sabiduría que muchos ostentan portar.  De modo que se crean dos corrientes, los que abogan por un sistema de clasificación estándar para que todos tuvieran acceso al mismo y la corriente que aboga por que fueran símbolos únicos, así serían reconocidos, mas no podrían ser intervenidos, solamente podía hacerlo su creador. Entonces, la magia se volvió complicada para los usuarios que querían usarla.

Las sociedades se definen con el lenguaje. Walter Ong señala en Orality and Literacy: Más que cualquier otro invento individual, la escritura ha transformado la conciencia humana.

Al categorizar la magia, codificarla, lo que antes era una práctica viva y mutable se convierte en información susceptible de ser almacenada, transmitida y reproducida. No desaparece, existe como una experiencia inmediata para convertirse en un archivo.

Sin embargo, el misterio de la desaparición de objetos no había cambiado.

Así se forma una sociedad exotérica llamada El Templo del Signo Sagrado, en donde querían buscar el número que permitía el cambio de los objetos.

«Pues creían que existía un universo alterno, donde la piedra se multiplicaba hasta el infinito, sin dejar de ser la misma. Una especie de cielo, o un mundo donde la magia se transformaba siempre de forma irrepetible. De modo que no era el objeto que desaparecía, sino la forma de la magia que cambiaba. De modo que se sentaban todos alrededor de una piedra magnética repitiendo fórmulas y haciendo sonidos muy extraños, hasta que alguien, consultando los astros, advirtiera que imperceptiblemente, la roca había cambiado de lugar».

Erick Davis en TechGnosis menciona que la tecnología moderna produce nuevas formas de misticismo. En Cyberworld vemos cómo un grupo de personas se reúnen en el Templo del Signo Sagrado, alrededor de “una piedra magnética repitiendo fórmulas y haciendo sonidos muy extraños, hasta que alguien, consultando los astros, advirtiera que imperceptiblemente, la roca había cambiado de lugar”.

Todos los ahí reunidos crean sonidos de códigos y signos queriendo llegar a la mente del primer transformador en un anhelo de encontrar la forma de volver a los tiempos antiguos, cuando la magia no había sido categorizada.

«Los escépticos, por su parte, creían hallar escrutando en la forma de las cosas la historia de quienes la habían transformado, y puesto que ahora cada cosa o circunstancia estaba cubierta por signos de diversas especies, pretendían llegar a la realidad tal como había existido en la mente del primer transformador, y contemplaban con arrobamiento los símbolos acumulados, confundiendo los signos sensibles con la creación en sí».

El sistema es ahora complejo y los signos se multiplican, es así como surge la necesidad de encontrar un principio unificador, un estado Innombrable difícil de alcanzar debido al exceso de datos que deben memorizar, ya que esta acumulación de información provoca ceguera. Mientras más datos, más difícil resulta encontrar el nombre fundamental. Según Davis, la tecnología destinada a preservar y expandir el poder mágico termina separando a los sujetos de la fuente misma de ese poder.

«Hubiera sido necesario que alguien pensase muy profundamente en sí mismo como inexistente para invocar al Innombrable, pero aún si así fuese, ahora había infinidad de nombres, no solo para los inmortales, sino también para las cosas, de modo que nadie podía pensar claramente, ocurriendo que hacer cuentas o memorizar símbolos pasó a considerarse como síntomas de senilidad y según se cree, a cada quien la muerte le llegó con el nombre de un objeto».

Vemos cómo los habitantes, al quedar atrapados en una red infinita de códigos y números, pierden la capacidad de pensar claramente y, con ella, la capacidad de transformar el mundo. El misterio y la magia desaparecen, no porque haya sido destruidos, sino porque ha quedado sepultada bajo montañas de información.

A mi parecer, Leonel Juracán anticipó, en 2010, una preocupación ante el exceso de información. En Cyberworld, los inmortales construyen sistemas cada vez más complejos para comprender la magia, pero terminan alejándose de ella. La clasificación, los signos y los nombres les permiten almacenar conocimiento, pero también les impiden pensar con claridad. Aquello que debía acercarlos al origen termina ocultándolo.

Quizá por eso el Innombrable permanece fuera de su alcance. No porque sea imposible encontrarlo, sino porque los habitantes de Cyberworld están demasiado ocupados memorizando símbolos, organizando datos y buscando explicaciones. Al final, la magia no desaparece, son ellos quienes pierden la capacidad de percibirla.

Leído desde 2026, el cuento nos muestra una realidad donde los usuarios pasan gran parte de su tiempo conectados a redes de información cada vez más extensas.  

Es así como el autor a través de Cyberworld sugiere que la acumulación de datos no siempre produce conocimiento y que, en ocasiones, el exceso de información puede alejarnos precisamente de aquello que buscamos. Y debo decir que, en Cyberworld encuentro mucha cercanía con La biblioteca de Babel de Jorge Luis Borges en donde aparece una obsesión por encontrar un origen entre una cantidad aparentemente infinita de signos que se multiplican convirtiéndose en un laberinto infinito.

Bibliografía

Barlow, J. P. A declaration of the independence of cyberspace. Electronic Frontier Foundation. https://www.eff.org/cyberspace-independence, 1996.
Davis, E.  TechGnosis: Myth, magic, and mysticism in the age of information. Harmony Books, 1998.
McLuhan, M. Understanding media: The extensions of man. McGraw-Hill, 1964.
Ong, W. J. Orality and literacy: The technologizing of the word. Methuen, 1982.
Juracán, L. Cyberworld o sobre cómo desapareció el reino de la magia. Revista USAC No. 18, 2010.


Marilinda Guerrero Valenzuela
Marilinda Guerrero Valenzuela (Guatemala, 1980). Escritora, titiritera. Ha publicado algunos libros de narrativa, ha sido publicada en antologías latinoamericanas. En 2020 cursó los talleres «Ciencia ficción Latinoamericana: La potencia de un futuro propio» y «La narrativa fantástica, rara y extraña en Latinoamérica, México y España» por la Catedra Carlos Fuentes de Literatura Hispanoamericana, UNAM. En 2025 asistió al seminario «El tiempo que somos. Ciencia ficción latinoamericana desde el 2010» por Casa de las Humanidades, México. Actualmente, investiga la producción de ciencia ficción en Guatemala. Es fundadora de la revista de ciencia ficción Exocerebros y de la Editorial Bosques Ambulantes.

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