Polvo

La tragedia y el amor se entrelazan en una mirada íntima y profundamente devastadora en este relato contenido en «Lo que queda de la noche» (Índole, 2022), del cineasta y narrador salvadoreño Javier Kafie. La memoria, el deseo, la migración y la violencia son tópicos recurrentes en la propuesta estética de Javier Kafie

Javier Kafie │ Cineasta y narrador salvadoreño

Son las once y media de la mañana en la residencia de los Guevara. Es sábado y Rosario enciende la hornilla de la estufa de gas pensando que se retrasó con el almuerzo y quiere salir temprano de permiso. Saca un comal de la alacena, lo pone sobre la llama encendida, se guarda la caja de fósforos en el delantal y mira de reojo a Selma, que barre el comedor a pocos metros. Se alegra, porque en la tarde las dos se irán de compras a una nueva tienda de ropa americana en el centro de Santa Tecla.

Rosario llena un vaso de agua del chorro de la cocina, y al tomárselo ve por la ventana a don Esteban, el jardinero, que camina calle abajo, pues hace poco terminó de cortar la grama y los rosales del jardín delantero de los patrones. ¡Tan linda la casa de los patrones, y qué trabajadores son! Poquito a poquito fueron construyendo el segundo piso y le hicieron una terraza encima. Ella y Selma tienen un montón de suerte, ¡aquí las tratan tan bien!

Se seca las manos, toma un puchito de masa de maíz, hace una bolita y comienza a aplastarla para hacer una tortilla. La coloca sobre el metal caliente y aceitado, destapa la olla de frijoles, los prueba y piensa que estarán al punto en pocos minutos.

Entonces el mundo entero da un salto.

Rosario y Selma se miran con pavor. El mundo empieza a sacudirse con furia, y Rosario permanece en pie casi de milagro. Logra apagar las perillas del gas, pero la olla de frijoles rebotó y el líquido hirviendo les salpicó todo el cuerpo. La tierra sigue saltando una y otra vez, y ahora ya no para. Rosario se cae y rebota en el suelo junto a la olla de frijoles, junto al bote de azúcar hecho trizas, las sartenes y el juego de cubiertos y todo el contenido de la alacena.

—¡Ahí quedate! —le grita a Selma.

Selma llora mientras rebota en el suelo, incapaz de soltar el mango de la escoba. Rosario comienza a gatear para saldar los pocos metros que las separan mientras se escucha un inmenso rugido y el mundo empieza a caerse a su alrededor. Algo pesado le cae sobre la pantorrilla y Rosario siente un dolor agudo, pero se sacude con una patada y continúa gateando. Sus ojos están puestos en Selma cuando a esta última le cae un ladrillo en la cabeza.

Luego viene un ruido horrendo, como si la tierra estuviera eruptando, y después todo se vuelve negro.

—¡Selma! —grita Rosario—. ¿Estás viva, Selma?

***

Oscuridad, silencio y engrudo en la garganta.

—¡Selma! ¿No te has muerto, veá?

Rosario mueve su mano hacia adelante y siente un espacio vacío entre el montón de objetos duros e irreconocibles. Algo pesado le aplasta las piernas, pero Rosario logra liberarse después de jalar su cuerpo varias veces. Se arrastra con los codos, extiende la mano y reconoce con el tacto la superficie suave de una piel.

—¡Selma! ¿No estás muerta, veá? ¿Veá que no te has muerto?

Su mano recorre una pierna cubierta por una capa terrosa y suave. Reconoce la consistencia de esa capa. La siente también en su garganta, y tose.

—Polvo —dice Rosario.

Los oídos han dejado de silbarle y se sabe viva por el sonido de su voz. Luego su mano sube por la pierna, siente la tela de un vestido. Se arrastra por el espacio estrecho y toca un brazo, una mano. Continúa arrastrándose y se coloca con dificultad —pues la cueva se vuelve cada vez más estrecha— junto al cuerpo de Selma.

—¡Decime que no estás muerta, por favor!

Su mano toca el cuello de Selma, lo siente cálido y suave. Palpa la cara, la frente, el cabello, y lo siente húmedo. Moja sus dedos en esa humedad y se los lleva a la boca, y después de superar el omnipresente sabor a polvo, siente un sabor metálico.

—Sangre —dice Rosario—. ¡No!

Grita dos o tres veces su nombre, sin recibir respuesta. Logra trepar por el espacio angosto sobre el cuerpo de Selma, acerca sus labios a los de ella y se queda quieta, muy quieta, y su cuerpo se relaja cuando siente el leve hálito de su respiración.

***

Aunque no puedo verla ahí soterrada, herida y envuelta en la oscuridad total, sé que a Selma nunca le alumbró buena estrella. Desde niña tuvo la doble desdicha de ser un poco tonta y muy guapa. Un novio se aprovechó de su ingenuidad cuando ella tenía catorce años y, meses después, cuando él ya la había abandonado, Selma sufrió un aborto natural. El chisme de su desgracia se expandió como llamarada de tuza por el pueblo. Su familia la condenó y el resto de la gente la repudió, así que a sus quince años Selma tuvo que ir a buscarse la vida a San Salvador, repitiéndose que nunca se volvería a ilusionar con el amor.

Consiguió su primer trabajo como sirvienta en la capital y ahí conoció a Enoc, quien trabajaba como jardinero en la misma casa. Desde el instante en que la vio, Enoc se sintió idiotizado por su cara redonda e infantil, por los camanances que se formaban en sus mejillas cuando se reía, por su abundante cabello negro, sus ojos cafés como para tragarse al mundo, y su pequeño y delgado cuerpo.

Pero para ese entonces Selma ya había aprendido a decir «no», y le repitió a Enoc tantas veces ese «no» que ni las putas de la Décima Avenida lograron sanarle la herida en su orgullo de macho.

Una mañana, Enoc se paró frente a ella y le dijo algo proveniente de lo más profundo de su ser:

—Si no me corresponde, Selma, le juro que me mato.

A Selma se le escapó una risita nerviosa y lo esquivó, alcanzando con destreza el portón de la residencia, pues tenía que ir a comprar el pan francés para el desayuno.

Esa misma tarde, Enoc llamó a la puerta principal de la casa. Apenas le abrieron, cayó de bruces. Antes de desmayarse, con el hedor a veneno para hormigas que ascendía desde sus tripas, le dijo a quien quisiera escucharle que se moría de amor por Selma.

***

En medio de la oscuridad, Rosario sostiene el cuerpo tibio de Selma entre sus brazos. Rosario es algunos años mayor, y a pesar de que Selma ya es una adulta hecha y derecha, Rosario piensa que esta cipota no se merece estar soterrada bajo tres pisos de cemento.

—Me voy a morir sin confesarme —dice Selma.

Sus palabras llenan el vacío de la oscuridad.

—Aquí nadie se va a morir. Ya vas a ver que en un tantito van a venir a sacarnos.

Rosario no está tan segura de lo que dice. Por un instante se imagina sola en la oscuridad, abrazando el cuerpo muerto de Selma, queriendo morirse antes de que la mate la sed o el hambre o la falta de aire. Le entran ganas de llorar, pero se las traga. Y se traga también las ganas de decirle a Selma eso que ha querido decirle desde hace tanto.

Con ella las cosas tampoco fueron fáciles. Rosario era fea, también la hermana mayor de una familia pobre y numerosa que se quedó sin padre antes de tiempo. Cuando cumplió quince años, su madre la entregó como mujer a don Chente, un pariente lejano, a cambio de una pequeña suma de dinero.

Don Chente tenía entonces sesenta años. Su primera esposa tuvo una muerte decrépita —una enfermedad de pobres mal curada en el hospital San Rafael— y don Chente, macho hecho y derecho, no podía darse el lujo de prescindir de una mujer que lo atendiera.

Lo cierto es que la primera experiencia sexual de Rosario no fue lo que ella esperaba. Fue durante la segunda noche en que vivían como marido y mujer, compartiendo la misma cama, cuando don Chente aventuró la primera caricia. Y Rosario pensó que al fin se materializarían todas esas fantasías que le pasaban por la cabeza mientras se masturbaba a puerta cerrada en la letrina, que al fin un hombre la «partiría por dentro», como le había explicado su madre tiempo atrás. Pero no fue así. El cuerpo de su marido, don Chente, se arrimó al de ella, y luego sintió algo así como un guineo caliente frotándose contra su vientre. Sintió el aliento ácido de su marido muy cerca de su boca y lo oyó decirle: «agarrámela». Sin saber muy bien lo que hacía, le frotó muy fuerte el miembro y poco después sintió un líquido cálido y viscoso llenarle la mano y el vientre mientras don Chente seguía restregándose frenéticamente contra ella. Después, el cuerpo de don Chente perdió toda la tensión, y cuando lo sintió dormirse con un suspiro entrecortado, Rosario se acercó los dedos a la nariz para ver a qué olía el líquido que acababa de expulsar su marido. Entonces oyó la voz del hombre decirle:

—No seas chuca, andá lavate.

***

—Tengo sed —dice Selma.

Rosario recuerda que cuando se arrastró hasta donde Selma, una de las paredes se sentía húmeda. Extiende la mano, encuentra la superficie y se llena los dedos con la humedad. Luego los lleva hacia la boca de Selma y siente que ella los lame con poca fuerza.

—Está dulce.

Rosario se apresura a tocar otra vez la pared húmeda y se lleva los dedos a su boca.

—¡Es cierto! —responde—. ¡Sabe a azúcar, ha de ser del bote de azúcar que salió volando!

A Rosario le entran ganas de reírse. Cuando comienza a hacerlo siente que pierde el control, siente sus costillas presionadas por la pared de atrás, siente cómo le duele la pierna y todo el cuerpo. Escucha a Selma riéndose también, y siente que su risa es un eco que nunca acaba, que va más allá de la oscuridad.

Entonces, la tierra comienza a saltar otra vez.

Selma y Rosario se abrazan muy fuerte. La oscuridad se sacude con furia y Rosario siente que el corazón le va a explotar, y a pesar de que no reza desde niña comienza a repetir lo que recuerda del Padre Nuestro, deseando con toda su alma que todo esto acabe pronto.

Cuando al fin regresa la calma, Rosario siente la urgencia de comprobar con su tacto que Selma todavía respira, y al acercar los dedos a su cara, Rosario descubre un surco de humedad. Se lleva los dedos instintivamente a la boca. Ahí, mezclado con el sabor a polvo reconoce el sabor salado de las lágrimas. Selma está llorando.

***

Una noche, después de vivir junto a don Chente por tres años en su casita en las afueras de Comasagua, un ruido horrible despertó a Rosario. Se levantó del camastro y, vencida por la curiosidad, se acercó a la ventana.

—Es mi sobrino —dijo desde la cama don Chente, que nunca dormía bien a causa de sus agruras.

—Suena como si estuvieran asustando.

—No. Solo es mi sobrino, ahora dormite.

Al día siguiente, Rosario supo que el sobrino de su marido se llamaba Enoc. Había sufrido algún accidente y desde entonces le daban unos grandes dolores de cabeza. Era a causa del dolor que le daba por gritar en las noches. Y es que dos meses después de ser dado de alta del hospital Rosales, después de la convalecencia por haber consumido el veneno para hormigas del despecho, Enoc convenció a la familia de Selma para que se casara con él. Una vez consumado el matrimonio, Enoc se presentó ante su tío y le pidió permiso para vivir en la choza abandonada que estaba loma abajo de su casa.

Los alaridos continuaron desesperando a Rosario durante las siguientes noches, pero lo que más le carcomía era la curiosidad de ir a hablarle a la muchacha que había llegado con Enoc.

Un día, don Chente se llevó a su sobrino a sembrar frijoles en una de sus parcelas. Mientras Rosario les daba maicillo a las gallinas, vio que la vecina nueva salía de su casa con una cesta llena de ropa. Agarró el jabón de sebo, la ropa sucia, y salió corriendo con el guacal sobre la cabeza hasta toparse con la figura pequeña de la muchacha avanzando por la vereda.

—¿Va pa’ la pila?

La muchacha se detuvo y se volteó. Tenía los ojos bien grandes y llenos de amargura.

—¡Dios santo! No me diga que por aquí no es el camino pa’ la pila.

Rosario sintió una tremenda lástima por ella. Al mismo tiempo, sintió que algo explotaba en su interior. Como siempre le pasaba cuando se ponía nerviosa, Rosario empezó a reír sin poder controlarse, tanto así que botó el bulto de ropa que llevaba en la cabeza. Selma la observó, primero asustada, después confundida, pero al rato la alegría se volvió contagiosa, entonces comenzó a reírse junto a ella con unos silbidos breves y nerviosos.

—Me llamo Rosario, soy la mujer de don Chente —le dijo cuando les pasó la risa.

—Yo soy Selma. Enoc es mi marido.

Rosario notó desde un principio la ingenuidad de Selma, así que se dio a la tarea de enseñarle cómo ignorar a su esposo cuando viniera borracho; le explicó que si una se lavaba el pelo en luna llena le salían canas, le dijo que dejara de comer tantas tortillas si quería mantener la línea, y le ilustró en las mejores mentiras para negársele al marido sin herirle el orgullo. Terminaron haciendo todo juntas: cocer los frijoles, lavar la ropa en la pila, moler el maíz, peinarse y contarse la vida durante las largas horas de esposas sin hijos.

***

Rosario vuelve a extender su mano hacia la superficie dulce y húmeda. Se mete los dedos en la boca y se queda en silencio.

—¿Usted cree que sea malo que le haya deseado la muerte a Enoc? —dice Selma.

Rosario espera que la voz de Selma desaparezca en la oscuridad.

—Todas tenemos malos pensamientos —responde, sin sacarse los dedos húmedos de la boca.

—¿Y usted, se arrepiente de algo, Rosario?

Rosario comienza a acumular el valor para hablar, pero en ese momento escucha unos ruidos distantes.

«Son palas y piochas, voces de hombres», piensa. Cree reconocer la voz de don Esteban, el jardinero, y siente que una luz se enciende en su pecho y lo ilumina todo.

—¡Acá estamos! —grita.

Y luego a Selma:

—¡Aguantate, Selma, que ya vienen!

—Ya no puedo.

—¡Aguantate, que vos sos fuerte!

Selma no responde. Por un instante Rosario se deja invadir por el miedo y la sacude.

—¡Selma! ¿Me escuchás?

—Aquí estoy.

Su voz me dice que está viva, se dice Rosario. Luego piensa que en la oscuridad todo se mezcla: los pensamientos, la voz, el dolor, los ruidos de palas y piochas, y el miedo.

Rosario recuerda su pierna, que siente helada, ¿o la siente caliente? «Ya ni sé cómo se siente». Tantea con su mano su piel cubierta de polvo, tocándose todo para asegurarse de que su pierna sigue ahí. Cuando pasa los dedos por el delantal siente algo que suena a piedritas que rebotan. Su mano se tensa, sostiene la respiración. Entonces recuerda la caja de fósforos que se guardó en la bolsa del delantal momentos antes del terremoto. La saca del bolsillo, y con dificultad se acomoda para poder usar sus dos manos, que ahora sostienen temblorosas un cerillo que no puede ver.

Sus dedos encuentran el final abultado donde se produce el fuego, después tocan los costados angostos de la cajita, frotan el fósforo contra uno de ellos.

Entonces el mundo se incendia.

Al principio, Rosario no logra ver nada. Sus pupilas se acostumbran poco a poco, observa las varillas de hierro retorcidas que aparecen entre los escombros. Su pierna, que no siente, se ve negra bajo la capa de polvo que cubre todo. Selma parece una niña acurrucada junto a ella, un surco negro de lágrimas corta su rostro y una mancha ocre, de sangre, le marca el cabello y la sien. El fósforo se consume. La última llama le quema los dedos y el humo le produce una tos tan fuerte que la hace entender que no podrá encender otro cerillo. Rosario sonríe, porque sabe que no está sola.

***

Las cosas comenzaron a empeorar cuando don Chente tomó a Enoc como su aprendiz. Al poco tiempo le regaló una yegua, y desde entonces comenzaron a ausentarse cada vez más. Rosario sabía que cuando los hombres regresan sombríos y apestosos a guaro las cosas terminan mal. Una noche en que su esposo regresó tarde y mudo de la borrachera, oyó gritos de dolor provenientes de la casa de Selma. No era Enoc quien gritaba.

Comenzó a ponerse una manta sobre los hombros y a buscar las chancletas junto al camastro cuando oyó la voz de su marido.

—Vos te me quedás acá, que eso es cosa de ellos.

Al día siguiente, cuando don Chente y Enoc se fueron a las parcelas, Rosario bajó corriendo hasta la casa de Selma y la encontró en la cama, con los brazos llenos de moretones. Lloraba y sus ojos estaban hinchados de coágulos.

Rosario se acostó junto a ella sin decir nada, la abrazó por detrás y al hacerlo sintió su olor a sudor mezclado con jabón de sebo.

—Estoy salada.

—No digás eso, Selma.

—Usted sabe que estoy salada y Dios no me quiere.

—No digás esas cosas, Selma.

—Es cierto. Dios no me quiere porque hace años le maté al bebé que llevaba adentro. Y hoy no me quiere dar otro.

—Eso no es verdá, Selma.

—Enoc me dice que no soy mujer de verdá porque no le puedo dar hijos.

Rosario tuvo la misma discusión con su esposo años atrás. Sabía que el enojo se le pasaría a Enoc con el tiempo. Se conseguiría otra cipota en el pueblo y le pegaría uno o más hijos. «Una puede enojarse, pero de nada sirve». Recorrió con sus yemas el contorno hinchado de la cara de Selma; luego, por instinto, se llevó la mano a la nariz y aspiró.

Una corriente helada la recorrió de pies a cabeza. Supo con claridad y terror que sentía por Selma algo que nunca había sentido antes, y que por ella estaba dispuesta a todo, incluso a matar.

***

—¿Te puedo abrazar?

Selma no le contesta, y Rosario ya ha comenzado a pegarse a su cuerpecito tibio. El cabello le huele a cloro. Rosario recuerda que esa mañana la mandó a lavar las sábanas de la habitación de los patrones, quienes vendrían mañana de Miami. «¿Será todavía hoy, o ya será mañana? ¿Cuánto tiempo habremos pasado aquí abajo?»

Rodea a Selma con su brazo. Lo hace con suma delicadeza, temiendo lastimarla con el peso de su cuerpo.

—¿Qué será de mi recuerdo, Rosario?

—¿Cómo así?

—De mi recuerdo, todo lo que viví. ¿Qué va a pasar con todo eso después que me muera?

A Rosario le pareció una pregunta interesante, pero no podía permitir que Selma pensara cosas así.

—No te vas a morir, Selma. No voy a dejar que te murás.

Rosario se recarga sobre su codo. Ignorando el dolor que le causan las quemaduras, ignorando que desde hace ratos no siente su pierna, que desde hace ratos se está haciendo pipí, que no puede ver nada, que se siente mareada por el hambre, que el mundo está lleno de terremotos, guerras, inundaciones y hombres crueles, Rosario se acomoda junto a Selma y le besa el cuello.

Su piel, como todo lo demás, sabe a polvo. Pero eso no la detiene. Recargándose un poco más sobre su codo le besa la mejilla, donde recuerda haber visto el surco de lágrimas. Y luego, sin pensarlo mucho, recargándose aún más sobre sus quemaduras, busca los labios de Selma. Están secos y salados, y Selma no dice nada, así que para asegurarse de que no está soñando, Rosario se moja los labios con la lengua y besa a Selma una vez más.

***

Tan pronto como Selma se recuperó de los golpes subió a buscar a Rosario, preguntándose por qué la habría dejado tanto tiempo sola. Rosario la vio aparecer por la puerta y se le desmoronó todo lo que se había estado diciendo para convencerse de que no sentía nada por ella, y no fue capaz de verla a los ojos por miedo de romper en llanto.

Entonces comenzó el distanciamiento. Al principio, Selma la buscaba todos los días, le preguntaba qué le pasaba, si había hecho o dicho algo que la enojara, pero Rosario nunca le daba razón. Así que Selma se resignó a aburrirse en su casa sin comprender lo que sucedía, soportando el mal humor y los golpes de su esposo, mientras Rosario se pasaba el día entero intentando no acordarse de ella cuando sentía el olor de su mismo sexo, cuando se veía al espejo o se acostaba junto a su marido en las noches. Cuando respiraba.

Las aguas de su caudal interno se asentaron después de algunas semanas. Entonces Rosario supo que su corazón estaba partido en dos: una parte deseaba a Selma como nunca antes había deseado nada en el mundo. La otra le decía con pánico, con alarma, que ella era un monstruo.

Rosario se empeñó en suprimir su deseo, pero fue incapaz de aplacar la desolación que causaban los gritos de Selma por las noches.

***

—Sos la única que me quisiste, Rosario. Hoy que me muero se siente bien saber que a una la quisieron.

«No te podés morir. ¡No podés…!». Rosario ya no está segura de lo que dice o lo que piensa, así que se acerca al oído de Selma para que la escuche:

—¡No digás esas cosas, Selma! Ya vas a ver que…

Pero Rosario no pudo decir más. No pudo decirle que ya iban a llegar por ellas, que no iban a morirse, que la quería, que había sido la única persona que había amado. No pudo decir ninguna de esas cosas porque el mundo comenzó a revolcarse, a golpearse y a rugir con todo el poder de sus entrañas.

Rosario abraza a Selma con todas sus fuerzas y siente objetos anónimos, sólidos y punzantes cayendo sobre sus cuerpos. Otra nube de polvo se levanta invadiendo todo, su nariz, su garganta, su pecho, su pierna que no siente, el cuerpecito tranquilo de Selma, cada partícula de su ser.

***

Cuando pasó la tormenta en su pecho, Rosario comenzó a pensar seriamente en que sería justo matar a Enoc. La mejor manera sería con veneno. Así que cada vez que don Chente regresaba del agroservicio, Rosario le robaba un poquito de veneno para ratas, o para los bichos que le mataban la siembra, o para hormigas. Lo escondía todo en una bolsa plástica bajo una gran piedra del solar y esperaba cada vez con más ansiedad el momento adecuado para tenderle la trampa, a sabiendas de que si no se apresuraba, uno de estos días a Enoc se le pasaría la mano y quien terminaría muerta sería Selma.

Decidió hacerlo un miércoles por la tarde, cuando su marido y Enoc se tardaron más de la cuenta y ella supuso que vendrían rebotando de borrachos. Se apuró a calentar un atol en el fogón, dejándolo bien dulce. Virtió el líquido caliente dentro de un termo, volteó adentro el revoltijo de venenos y lo mezcló muy bien, dejando la mitad del atol dentro de la olla para ofrecérselo a su marido cuando llegara. Se puso las yinas y el suéter y se sentó a esperar. Tan pronto como don Chente regresara le daría su taza de atol y saldría corriendo a la casa de Selma para ofrecerle a Enoc el cálido líquido del termo.

Pero entonces las manos comenzaron a temblarle, y sintió más angustia en el pecho. «Dios mío, qué estoy haciendo», pensó. Tiró el atol envenenado en la letrina y se sentó a llorar. Nunca, en toda su vida, se había sentido tan desesperada.

Al día siguiente, tempranito, caminó montaña arriba a Comasagua. Tomó un bus hasta el centro de San Salvador, luego otro a Soyapango y un último bus hasta Apulo. Ahí caminó hasta el templo que había construido la Hermana Edna, mujer sanadora y vidente. Después de esperar por un par de horas y de poner un billete arrugado en la canasta de ofrendas, pasó con la famosa mujer, ungida por la gracia de Dios.

La Hermana Edna tenía ojos de culebra, y uno era más claro que el otro. Rosario sintió que la veía como si la conociera todita, como si estuviera desnuda.

—No tienes por qué llenarte las manos de sangre —le dijo la hermana—. El Señor nuestro Dios conoce tu sufrimiento, Él hará su obra y habrá justicia.

Luego, la Hermana Edna abrió su biblia y le leyó a Rosario un pasaje: «¿No es acaso la vida del hombre una lucha sobre la tierra, y sus días como los días del jornalero? Como el siervo suspira por la sombra o como el jornalero espera el salario de su trabajo, así yo he recibido meses de desengaño y noches de sufrimiento me tocaron en suerte».

—Ve y goza tu vida con quien amas, que no somos más que un suspiro —la despidió la Hermana.

A la semana siguiente, llegaron del pueblo a avisarle a Rosario que don Chente apareció tirado en una vereda, macheteado y desangrado. Venía de chupar con Enoc; se sabía que a los dos les daba mal trago y que en más de una ocasión se habían desenvainado el machete. Así que la gente comenzó a murmurar que fue Enoc quien lo había matado.

Enoc huyó, dejando casa y esposa a su suerte. Y tan pronto enterró a su marido, Rosario agarró un bus a Santa Tecla y comenzó a tocar timbres a lo largo y ancho de la ciudad, preguntando si tenían trabajo para ella y para una amiga de confianza. Una semana después había conseguido trabajo para ambas en una bonita casa, de la familia Guevara, a la salida de la colonia Las Colinas en Santa Tecla.

***

Rosario no puede moverse, su cuerpo está atrapado bajo objetos duros y pesados. No quiere abrir los ojos por miedo, pero sabe que algo ha cambiado: detrás de sus párpados las cosas ya no se sienten negras.

Cuando se atreve a abrirlos, siente que un rayo de sol le quema. A pesar de que solo le alumbra la cara, Rosario siente que el rayo le calienta todo el cuerpo, que la luz no sabe ni huele a nada, que es distinta al polvo.

—¡Rosario, Selma! ¿Están bien? —grita don Esteban desde arriba.

Rosario responde con todas las fuerzas que le quedan:

—Aquí estamos, aquí abajo.

Luego a Selma:

—¡Ya ves! ya vienen por nosotros.

Pero Selma no contesta. Con un último esfuerzo, Rosario logra liberar un brazo. Recorre con la yema de sus dedos la cara de Selma, aunque ya no es necesario usar las manos para ver porque la luz que entra desde arriba lo ilumina todo. La cara de Selma está gris y tranquila, los surcos de lágrimas todavía cortan sus mejillas, sus ojos están abiertos y fijos en algo muy, muy lejos. Ahogándose el llanto, Rosario tapa la boca de Selma con la mano, con la esperanza de no dejar que se escape el olor de su vida.


Javier Kafie
Javier Kafie (1982) es un escritor y cineasta salvadoreño cuya obra explora profundamente las complejidades de la sociedad salvadoreña y latinoamericana. Es miembro de Vector Creatives, un colectivo audiovisual con el que ha producido sus cortometrajes más recientes, “Susurros Nocturnos” y “Los Torpes”. Su documental "Cuatro Puntos Cardinales" ha sido seleccionado en más de 50 festivales de cine internacionales. Sus cortometrajes "Perfectos", "Nada" y "Elefantes", que conforman su trilogía sobre tabúes salvadoreños, han sido finalistas en diversos concursos internacionales de cortometrajes. Reside en El Salvador y ha publicado relatos y artículos culturales en periódicos y revistas literarias de Centroamérica, México.

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