A través de un juego de identidad, esta historia explora el engaño, la lealtad y el amor que invade la sociedad contemporánea. «Un problema de identidad» es una historia que forma parte del libro «Furia» (Índole, 2022) del escritor, guionista y productor audiovisual Luis Javier Funes
Luis Javier Funes │ Escritorio, guionista y productor audiovisual
…la vida es infinitamente más extraña que todo cuanto la mente del hombre podría inventar.
Sir Arthur Conan Doyle, La aventura de un caso de identidad
Javier Benavides bajó de su moto y sacó del top-case el pedido que debía entregar. Eran pasadas las nueve cuando entraba al moderno lobby de la empresa IntraCorp. Llevaba puesta una chumpa naranja con el logo de QuickFood, una aplicación móvil para la que trabajaba como repartidor de comida. No era su empleo soñado, pero por lo menos le pagaban. Costaba mucho encontrar trabajo en esos días. En una bolsa de papel traía dos sándwiches de atún y un licuado de manzana con apio que Susana Barrios, analista financiera de esa empresa, había pedido a través de la aplicación. Javier marcó el número que Susana había registrado al momento de la compra.
—¿Sí, bueno?
—Buenos días, habla Javier de QuickFood, estoy en la ubicación con su pedido.
—Ahorita bajo –respondió Susana y colgó.
Javier guardó su teléfono y se quedó de pie esperando. Detrás del mostrador estaba sentada una joven recepcionista de cabello rubio oxigenado y gafas de aros rojos. Parecía absorta en su teléfono, tanto que ni siquiera había advertido la presencia de Javier, cosa que a él no le ofendió, pues nadie nunca se fija en un repartidor de comida.
Javier pensó que le quedaban muy lindas las gafas a la recepcionista. Se preguntó si tendría novio. A lo mejor se trataba de un tipo guapo y atlético. Aunque nunca se sabe, a veces se ven mujeres muy lindas con hombres horribles. Por ejemplo, el dueño de QuickFood, jefe de Javier, era la viva imagen del auténtico macho latinoamericano: robusto, camisa abierta tipo Miami Vice, cadena de oro, pulsera de acero y zapatos puntiagudos. Los brazos y el pecho eran una alfombra de pelo que a Javier le parecían más propios de un gorila que de una persona. Pero lo que más le llamaba la atención de su jefe era que siempre lo veía acompañado de lindas señoritas a las que presentaba como su novia de turno.
—Vos también pudieras andar con mujeres lindas si no fueras tan buena gente –le había dicho a Javier.
Javier odiaba que le dijeran que era “buena gente”.
—A las mujeres les gusta que las tratés mal.
—¿En serio? A mí no me gustaría que…
—¡Lo digo en sentido figurado, hombre! –se rio el gorila—. Mirá, cuando conozcás a una mujer que realmente te guste, saludala con una sonrisa. Sé amable, educado. Luego, cuando piense que sos amable, sé indiferente con ella sin importar las consecuencias. No he dicho pesado. He dicho IN-DI-FE-REN-TE.
—Luego otra vez amable, pero no mucho. Luego no le hablás en dos días. ¿Me estás siguiendo? A las mujeres les encanta no saber qué está pasando.
—Pero ¿y qué es lo que está pasando?
El jefe de Javier hizo el gesto que hacía solamente cuando se ponía orgulloso. Abría totalmente la palma de la mano para acomodarse el cuello de la camisa.
—¿No te das cuenta? La mujer está acostumbrada a que la cortejen, la inviten a comer, le regalen flores. Y no se explica cómo un pelele como vos pasa de ella como si no fuera nadie. Ahí es donde ya picó el anzuelo.
Javier no sabía mucho de morfología o anatomía comparada, pero sabía que había una enorme diferencia entre una mujer y un pez. De hecho, sabía que había peces macho y peces hembra. Con lo cual, si un pez hembra podía morder el anzuelo, un pez macho también era capaz de morderlo, ¿no?
—¿Perdón, puedo ayudarle?
La recepcionista, sin dejar su teléfono, había puesto un momento de atención en Javier.
—Ehh… no, gracias, ya saben que estoy aquí.
—¿Cómo saben que está aquí si no se ha anunciado conmigo? ¿Cuál es su nombre? –preguntó ella acomodándose las gafas mientras revisaba una lista en su agenda.
—Bueno, yo me llamo…
—¿Es usted Laura Schildknecht?
—¿Laura qué?
Javier se quedó con la boca abierta preguntándose si la recepcionista estaba bromeando. No es común bromear con alguien que uno acaba de conocer. No había nadie más que ellos dos en el lobby de IntraCorp, así que sí, la recepcionista le acaba de preguntar si tenía nombre de mujer. Quizá, pensó Javier, era su oportunidad para poner en práctica los consejos que le había dado su jefe. Debía ser indiferente para que ella quedara intrigada. Esa era la táctica, ¿no? Por otro lado, rara vez una mujer tan atractiva le dirigía la palabra. Ignorarla no era lo que su instinto le decía.
—¿Es usted Laura Schildknecht? –volvió a preguntar, impaciente—. Tengo una visita de ella programada para esta hora.
“¿Qué más da?”, pensó Javier. “Quizá sea la primera y la última vez que pueda bromear con esta linda mujer”.
—Sí, me llamo Laura.
—¿Laura Schildknecht?
—Sí, Chilnec –trató de repetir sin evitar reírse.
“¿De dónde diablos había sacado ese apellido?”.
—Bueno, en ese caso la voy a anunciar.
La recepcionista tomó el teléfono y marcó una extensión.
—¿Sí, licenciado? Laura Schildknecht está aquí. ¿La hago pasar? Bueno.
Colgó el teléfono y miró a Javier acomodándose sus gafas. Señaló con la uña acrílica fucsia la puerta del ascensor que estaba a un costado.
—Suba por ese ascensor a la tercera planta. Es la segunda puerta de vidrio a mano derecha.
¿Era esto parte de la broma? Caminó hasta el ascensor mirando de vez en cuando a la recepcionista, pero ella estaba absorta de nuevo en sus redes sociales y ya no le prestaba atención. Javier tocó el botón para llamar el ascensor. ¡Un momento! ¿No debía esperar a Susana ahí en el lobby para entregarle su pedido? Estaba pensando eso cuando se abrieron las puertas del ascensor. ¿Subía? Igual alguien de ahí arriba debía conocer a Susana.
Entró al elevador con la bolsa de papel y subió a la tercera planta. Al salir del ascensor tomó el pasillo que estaba a mano derecha. Llegó a la segunda puerta de vidrio, que tenía pegado un rótulo de vinil que decía:
ROBERTO FERREIRO
GERENTE DE RECURSOS HUMANOS
Tocó dos veces con los nudillos.
—Pase –dijo una voz masculina.
Javier abrió la puerta y asomó la cabeza. Detrás de un escritorio, en traje completo, un hombre de cuarenta y tantos años, alto y de cabello castaño rizado, lo observaba con el mentón en alto.
—Sí, este… Buenos días… Busco a Susana –dijo Javier mostrando la bolsa de papel.
—Susana no tiene nada que ver con este departamento –le dijo muy serio–. Tome asiento por favor.
Javier se sentó en una silla negra muy cómoda que olía a nuevo.
—¿Trae su currículum impreso? –preguntó Roberto.
—No… creo que hay un malentendido, yo solamente vengo a dejar un pedido.
Roberto estaba buscando algo en una gaveta y se detuvo en seco.
—¿Usted no es Laura Schildknecht?
—No, solamente soy un mensajero.
—Ok, déjeme arreglar esto.
Roberto marcó la tecla numeral del intercomunicador. Javier identificó que la voz metalizada que contestaba era la de la recepcionista.
—Dígame, licenciado.
—La persona que ha subido dice que no es Laura Schildknecht.
Hubo un pequeño silencio. Roberto observaba inquisitivamente.
—Licenciado, ella me afirmó que es Laura Schildknecht –se escuchó.
—Aquí está enfrente y me dice que no es ella.
Javier pensó que todo esto era demasiado raro. Seguramente se trataba de algún tipo de broma planeada. Aunque tenía que admitir que era lo más interesante que le había ocurrido en mucho tiempo. ¿Qué más daba si les seguía la corriente un rato? A lo mejor era una de estas bromas en las que grababan el video de la víctima y luego lo sacaban en un show de televisión. Lo único que le preocupaba a Javier era que se podían arruinar los sándwiches de atún.
—Sí, soy yo.
—¿Perdón?
—Que sí soy Laura –dijo Javier tratando de ponerse serio y sentándose recto.
—¿Y por qué me lo negó antes?
—Me entraron los nervios.
—¿Y trae su currículum?
—No.
—Licenciado –dijo la recepcionista desde el intercomunicador—, lo dejo, que tengo llamada.
—Sí, gracias.
Roberto colgó el auricular. Se reclinó en su silla y miró pensativo hacia la ventana que tenía al lado. Tenía una linda vista de la ciudad.
—Mire, Laura… lo del currículum es una formalidad nada más. La verdad es que estamos bastante interesados en su perfil. Creemos que es lo que nuestra compañía necesita.
Volteó a ver a Javier.
—No sé de cuánto serán sus pretensiones salariales… pero voy a lanzarme porque no quiero perder su tiempo ni el mío. ¿Le parecen bien diez mil mensuales, menos descuentos?
En ese momento Javier recibió un mensaje de texto por medio de la aplicación QuickFood y miró su teléfono. Era Susana que había escrito “Estoy en el lobby. No lo veo”. Javier observó los rincones de la oficina buscando una cámara escondida. Roberto no estaba muy tranquilo con el silencio. Ansioso, se inclinó hacia adelante con todo y silla.
—¿Sabe qué? Le podemos dar doce mil y se los dejamos libres. Es lo máximo que podemos darle. Pero por favor dígame que sí le parece bien y firmamos el contrato.
Roberto se hizo hacia atrás con todo y silla, tapándose la boca con la mano y esperando lo peor.
—Sí, está bien –respondió Javier volteando hacia la puerta de vidrio para ver si alguien los espiaba.
—¡Excelente! –resopló Roberto, aliviado–. Véngase entonces mañana a las ocho, le vamos a limpiar su oficina y ahí firmaremos el contrato por un año. Ya después de eso podemos volver a negociar, si así lo desea.
Roberto se puso de pie y le tendió la mano a Javier con una gran sonrisa. Javier se levantó, le dio la mano a Roberto y salió por la puerta de vidrio. ¡En ese momento recibió otro mensaje de Susana que decía: “¡No vuelvo a utilizar QuickFood! ¡Son unos irresponsables!
Javier bajó por el ascensor a la recepción. Al llegar al lobby se detuvo frente a la recepcionista, que seguía navegando en su teléfono.
—Perdone –le dijo colocando la bolsa de papel sobre el mostrador—, ¿podría entregarle esta comida a Susana?
La recepcionista le sonrió educadamente y tomó la bolsa. Cuando Javier salió del edificio recibió un mensaje de QuickFood que decía lo siguiente:
NUESTRO COMPROMISO EN QUICKFOOD ES LA CALIDAD Y LA SATISFACCIÓN DE NUESTROS CLIENTES. LAMENTAMOS DECIRTE QUE YA NO CONTAREMOS CONTIGO PARA EL SERVICIO DE ENTREGAS. PUEDES RECOGER TU CHEQUE DE PAGOS PENDIENTES EN NUESTRAS OFICINAS.
¡MUCHA SUERTE Y GRACIAS!
Ya le habían advertido a Javier que estas aplicaciones móviles eran sumamente exigentes. Despedían a cualquiera a la más mínima equivocación. Javier pensó en llamar al dueño de QuickFood para disculparse por lo ocurrido, pero si lo hacía ya no podría presentarse en IntraCorp al día siguiente. “Voy a seguirles el juego a esta gente” –pensó–. “Seguro que después me puedo reincorporar al equipo de QuickFood”. Y con esas conclusiones se subió a su moto y se fue a su casa.
A la mañana siguiente, Javier se presentó a las 8:02 a. m. con camisa de botones y jeans en la oficina de Roberto Ferreiro.
—Buenos días, Laura, la acompaño a su oficina.
Salieron al pasillo y caminaron hasta llegar a otra puerta de vidrio que conducía a una oficina el doble de grande que la Gerencia de Recursos Humanos.
—Bienvenida, espero que se sienta cómoda.
Javier pasó adelante y Roberto se quedó en la puerta.
—Ejem… –carraspeó Roberto—, el equipo legal todavía no tiene listo su contrato, Laura. Espero que no haya problema con eso.
Javier negó con la cabeza, abrumado.
—En ese caso, estaré en mi oficina por si necesita algo.
La moderna oficina estaba delimitada por dos paredes rectas de concreto y una curva que era toda ventana del piso al techo. Cercanas a la puerta estaban dos sillas Barcelona de forro de cuero blanco. Culminaba la estancia un vanguardista escritorio con superficie de vidrio y patas de acero inoxidable, en el que había un hermoso arreglo floral con una tarjeta cerrada. Javier abrió la tarjeta y leyó:
BIENVENIDA, LAURA,
A LA FAMILIA DE INTRACORP
Dejó a un lado la tarjeta y continuó observando a su alrededor. La pared curva tenía vista a la calle. Una alfombra azul profundo se extendía por todo el piso. Sonó un intercomunicador en el escritorio. Javier tomó el auricular.
—Buenos días, Laura.
—Buenos días.
—Soy Azucena, gerente general de IntraCorp. Lamento que no pueda conocerte en persona. Estoy de viaje en Japón y voy a regresar hasta dentro de dos semanas. ¿Qué te ha parecido la oficina?
—Muy bonita.
—Me alegra. Si tenés alguna duda, pedí ayuda a Susana Barrios, ella te puede dar los contactos de todos nosotros.
—Bienvenida a IntraCorp de parte de todo el equipo.
—Gracias.
—Chao.
Javier dejó el teléfono y observó una pequeña caja blanca de cartón con el logo de IntraCorp. La abrió y encontró unas elegantes tarjetas de presentación que decían:
LAURA SCHILDKNECHT
GERENTE FINANCIERA
INTRACORP
¿Hasta dónde iba a llegar esta broma? Escuchó que tocaban la puerta de vidrio y observó la silueta de una mujer detrás del cristal nevado.
—Pase.
Una mujer morena, atractiva, de treinta y pocos cruzó la puerta. Llevaba puesto un vestido verde menta de corte recto, desmangado, zapatos de tacón cerrado color mostaza y un Apple Watch. En el cuello lucía una gargantilla dorada, sobria pero muy elegante.
—Hola, soy Susana –se presentó, tendiéndole la mano a Javier.
—Mucho gusto, Javier.
Al ver la reacción de perplejidad de Susana, Javier se dio cuenta de que no estaba siguiendo el juego.
—Perdón, soy Laura…
Javier giró su vista hacia el escritorio para leer nuevamente la tarjeta de presentación. No terminaba de aprenderse ese nombre.
—Shiild..neech…tt.
—Eehh… ok –retiró la mano Susana—, soy la jefa del Departamento de Análisis Financiero, me pidieron que le mostrara las oficinas y le pasara los contactos de la gente con la que va a trabajar.
Javier se preguntó si se trataba de la misma Susana a la que debía haberle entregado el pedido.
—Perdón, Susana… ¿le entregaron el sándwich de atún?
Susana se le quedó mirando perpleja.
—Yo sé que todo esto es una broma, pero me da pena que no le entregué personalmente el pedido que hizo ayer.
—¿Cómo sabe que ayer pedí un sándwich de atún?
—Pues por la aplicación QuickFood … De hecho, me despidieron por lo que pasó.
—¿Usted trabajaba en QuickFood?
—Sí.
—Pues lamento que la hayan despedido. Aunque el puesto que tiene ahora está más que estupendo. ¿Qué hacía ahí? ¿Era la gerente financiera?
—Repartía comida.
Susana se quedó con la boca abierta. Después de dos segundos se rio.
—¿Cómo?
—Sí, repartía comida.
Javier se rio y Susana se siguió riendo con él. Era muy linda esta mujer. Se veía tan formal en primera instancia, pero riéndose se sentía muy cercana.
—Bueno, ya está bien. Tengo que mostrarle las oficinas.
—Está bien –dijo Javier, y la siguió.
Gastaron toda la mañana recorriendo el edificio de IntraCorp. Susana iba oficina por oficina, departamento por departamento, presentado a Javier como Laura Schildknecht, la nueva gerente financiera de la compañía. Todos parecían emocionados ante la llegada de Laura. A Javier le pareció que el juego estaba yendo demasiado lejos, pero tenía una gran curiosidad de saber dónde iba a acabar.
—¿Le parece si almorzamos juntas? – le preguntó Susana cuando casi era mediodía.
Susana llevó a Javier a un restaurante de comida griega que quedaba al otro lado de la calle. Él jamás había ido a comer con una mujer tan elegante y atractiva.
Mientras comían, Susana le confesó que este era el primer trabajo relativamente bien pagado que tenía. Gracias a sus calificaciones en la universidad, había logrado una beca para estudiar una maestría en finanzas en Stuttgart, Alemania. Dieciocho meses después regresó al país pensando que su título era suficiente para abrir las puertas de cualquier empresa. Pero estaba muy equivocada. Las compañías estaban dispuestas a pagarle igual o menos que a cualquier mujer de veintitantos. No importaba que tuviera una formación fuera de serie, que hablara tres idiomas o que tuviera la mejor disposición del mundo.
Una amiga le había dado un consejo mientras se tomaban un café y discutían el asunto:
—Si querés un buen trabajo solamente hay dos vías: o entrás por enchufe o porque tenés un cuerpazo –le dijo la amiga.
—Pues yo no tengo ni enchufes ni cuerpazo. Estoy jodida.
—Ay, niña, si vos estás joven. Agradecé que todavía no tenés celulitis. Ponete guapa para la entrevista, enseñá un poquito de escote, un poquito de pierna. Eso les gusta a los de recursos humanos.
Susana no era el tipo de mujer que gustaba de usar escotes, faldas cortas o ropa apretada. Todo lo contrario, le gustaba sentirse relajada y creía que su vestuario no la definía. Además, venía de vivir en Europa, donde había conocido una cantidad considerable de profesionales mujeres que resaltaban por su manera de pensar y el aporte que hacían en sus trabajos, no por cómo se vestían. Tener una voz profesional auténtica era algo que Susana realmente admiraba y deseaba.
Pero cuando pasaron tres meses sin conseguir empleo, viviendo en casa de sus papás –cosa que a ellos parecía no molestarles en absoluto—, pensó que quizá no era tan mala idea seguir el consejo de su amiga. Por lo menos para comenzar.
Comenzó a ir a las entrevistas en ropa más ajustada, a maquillarse más y a arreglarse el pelo. Y, oh sorpresa. Comenzó a recibir un mejor feedback. Más correos diciendo “nos interesa tu perfil” o “¿podrías pasarte la próxima semana?”.
Finalmente, Susana aceptó un puesto como asistente personal del dueño de una firma de consultoría financiera. No era lo que ella esperaba hacer cuando estudió finanzas, pero era un inicio. El salario distaba de ser alentador, aunque tampoco era una mierda. Simplemente iba a aceptar mientras encontraba algo mejor.
Al principio todo iba bien, su jefe era un tipo joven y moderno, y rara vez andaba de mal humor. A veces le pedía a Susana que lo acompañara a reuniones con sus clientes, la mayoría en restaurantes caros o bares de hoteles. Más de alguna vez en estas reuniones les habían preguntado si ella y su jefe eran pareja, a lo que él siempre contestaba: “Susana es demasiado inteligente como para terminar con un loco como yo”. Y esta respuesta la intrigaba porque sabía que él estaba casado y nunca llevaba puesto su anillo.
El día de su cumpleaños, Susana encontró una pequeña caja de regalo en su escritorio. Abrió la caja y encontró un sofisticado juego de lencería con una nota que decía:
¡FELIZ CUMPLEAÑOS, GUAPA!
ESTOY SEGURO DE QUE TE VA A QUEDAR EXCELENTE.
P. D.: CALCULÉ QUE ERA TU TALLA, PERO SI NO TE QUEDA BIEN, ME DECÍS Y PODEMOS IR JUNTOS A CAMBIARLO.
Susana se sentió insultada, pero más que eso, engañada. Le daba asco el solo hecho de imaginarse a su jefe comprando la lencería. Nunca le había hecho mención de su cumpleaños ni estaba interesada en que le regalara nada. Ese mismo día renunció, y a pesar de que su jefe le dejó varias llamadas, no contestó ninguna.
Afortunadamente, esa semana recibió un correo de IntraCorp en el que le preguntaban si todavía buscaba trabajo, ya que había un puesto vacante como analista financiero.
Esta vez no llegó con ropa apretada, pero Roberto Ferreiro, el gerente de recursos humanos, le comentó que debía vestir con ropa “más formal” en la oficina. El sueldo era relativamente mejor que su trabajo anterior, así que Susana pudo comenzar a cambiar su guardarropa.
El departamento financiero estaba compuesto casi en su totalidad por hombres. Todos los días después de las cinco, los compañeros de Susana se reunían en un bar cercano a tomar cerveza mientras hablaban de fútbol, política y –finalmente– de actrices porno. Invitaron a Susana, pero a ella no le interesaba nada de eso. Se había dado cuenta de que sus compañeros eran listos, pero demasiado desordenados. Susana comenzó a quedarse después de la hora organizando los reportes y clasificándolos mejor para que la labor de la gerencia fuera más amena.
Azucena, la gerente financiera de ese entonces –y que luego sería la gerente general de IntraCorp–, se percató de la efectividad de Susana. La llamó aparte y le preguntó si estaba dispuesta a ser la jefa del grupo de analistas por un poco más de paga, a lo que ella accedió felizmente. Más tarde, para su sorpresa, Susana se daría cuenta de que algunos de sus subordinados ganaban más que ella.
Cuando Azucena fue ascendida a gerente general, Susana pensó –lógicamente– que ella la sustituiría como gerente financiera, pero no fue así. Roberto Ferreiro le dijo que necesitaban a alguien con más experiencia, por lo menos con diez años en el medio. Susana apenas estaba por cumplir su primer año en IntraCorp.
—Creo que no soy el perfil ideal para Roberto… Pero igual, ni siquiera me puedo comparar con el currículum que tiene usted, Laura.
—No me lo pidieron.
—¿Cómo dice?
—No me pidieron nada.
—No se lo puedo creer.
—Pues es la verdad.
—Pero entiendo que tiene una excelente reputación.
—Créame, no tengo ni idea de qué va este trabajo.
—Perdón, Laura, no le entiendo.
Quizá era momento de que Javier aclarara las cosas. La conversación con Susana se había vuelto demasiado personal y necesitaba sincerarse o iba a explotar.
—Mire, Susana, número uno, yo no soy Laura Chilnec, o como diablos se diga ese nombre. Entiendo que esto es un tipo de juego que me están haciendo, pero ya llegué al punto en que no sé por qué nadie me dice nada. Me llamo Javier Benavides, ayer fui a su empresa a dejarle un sándwich de atún a usted y de repente todos me tratan como si fuera una persona que no soy. Para empezar, ni siquiera soy mujer. La broma me pareció graciosa al inicio, pero hasta yo he comenzado a dudar de mi propia identidad. ¿Me entiende? Y número dos, no sé nada de finanzas, no sé nada de nada. Solo sé repartir comida en mi moto. Es el único trabajo que he tenido desde que tengo memoria.
Susana se quedó muy seria, tardó unos segundos en responder.
—Laura, creo que se ha pasado un poco. No entiendo nada de lo que me está diciendo. Me siento avergonzada de haber hablado abiertamente y que se lo tome a broma. Creo que es momento de que regresemos. ¡Mesero, la cuenta por favor!
Susana y Javier salieron del restaurante. Ella iba callada. Javier no tenía idea de lo que estaba pasando. ¿Estaba realmente enojada con él? ¿Cómo podía enojarse sabiendo que todo esto se trataba de una broma? A menos, claro, que no lo supiera. A menos que ella pensara que él era realmente Laura Schildknecht. Llegaron a la calle. Al caminar por el paso cebra, un grupo de hombres con uniformes de fútbol se les quedaron viendo desde la cama de un pickup estacionado junto a la acera.
—¡Mamacitas ricas! –gritó un gordo.
Javier se detuvo y se giró para ver quién había sido.
—¿Quién dijo eso? – retrocedió Javier acercándose al pickup.
Todos los del pickup se rieron.
—Se enojó la mamacita –dijo uno.
—Así me gustan, enojadas –dijo otro.
Los hombres seguían riéndose. Susana se percató de que Laura ya no la acompañaba. Se detuvo cuando llegó al otro lado de la acera y le gritó.
—¡Laura, no les haga caso!
—Hacele caso a tu amiga culona –dijo el gordo.
—Mirá, pendejo –lo amenazó Javier desde la acera– o te disculpás con ella o te monto verga.
Algunos de los hombres dejaron de reírse. Otros seguían riéndose, pero no sabían por qué. Casi ninguna mujer les contestaba después de ser acosada.
—¿Te quedaste sordo, pendejo? –volvió a retarlo Javier.
Todas las miradas fueron al gordo, que por un instante sintió amenazada su masculinidad. No podía quedarse así enfrente de sus amigos, humillado por una mujer. Si no decía algo rápido lo iban a joder de por vida.
—¿O sea que sos marimacha y ella es tu novia? –respondió finalmente.
Javier no pudo contenerse y saltó a la cama del pickup frente a la mirada incrédula de los presentes. Le propinó un puñetazo en la cara al gordo, quien no opuso resistencia. Así que le siguió pegando hasta que el agredido gritó a los demás.
—¡Quítenme a esta vieja de encima, pendejos!
Javier miró amenazante al resto, que estaban boquiabiertos y no hicieron nada. Se fijó que el gordo tenía sangre en la boca. Se bajó del pickup y cruzó a la acera donde estaba Susana, que no daba crédito a lo que había visto.
—¿Dónde aprendió a hacer eso? –le preguntó Susana.
—En las peleas de la UFC hay que tomar impulso con el cuerpo, y así, cuando se suelta el golpe…
Susana se rio.
—Me refiero a que dónde aprendió a tener esa actitud.
—Pues no sé, nos estaban insultando. ¿Qué otra cosa iba a hacer?
Susana miró a Javier, incrédula.
—Pues yo siempre los ignoro, me da miedo que me hablen así.
—Pues no está bien que le hablen así.
Susana y Javier entraron a las instalaciones de IntraCorp y tomaron el ascensor para subir a la tercera planta.
—No me pasa lo que acabo de ver –se rio Susana. Luego se puso seria. —Le doy las gracias por lo que hizo y me disculpo por lo que dije en el restaurante. No sé a qué se refería con eso de que usted no es usted, pero espero que podamos entendernos mejor.
—Yo también espero que nos entendamos mejor –dijo Javier—, no hay de qué.
Alentada por esas palabras y como símbolo de confianza, Susana apretó con ambas manos las de su interlocutor. En ese momento Javier sintió cómo una cascada de dopamina invadía su sistema nervioso, lanzándolo por una montaña rusa de emociones. La puerta del ascensor se abrió. Susana le soltó las manos y se fue a su lugar de trabajo. Él se quedó casi petrificado. Nunca una mujer tan atractiva lo había tocado así.
Cuando Javier salió del ascensor, vio que Ferreiro lo estaba esperando frente a la puerta de la gerencia de recursos humanos.
—Laura, entre a mi oficina, por favor.
Roberto observó la sangre en la mano de Javier.
—Por Dios, ¿qué le pasó?
Javier entró a la oficina y vio que la silla donde él se había sentado el día anterior estaba ahora ocupada por una mujer esbelta de tez pálida, pecosa, con cabello rojizo perfectamente peinado. Unas gafas oscuras Gucci le tapaban la mitad de la cara. Portaba un ceñido vestido blanco hueso sin mangas que marcaba su figura de gimnasio y unos zapatos de tacón del mismo color. Javier observó que en la muñeca lucía una pulsera dorada con las iniciales CH.
La mujer se puso de pie cuando entró Javier. Se quitó las gafas, dejando al descubierto unos gélidos ojos grises. Lo miró de pies a cabeza.
—Así que vos sos la puta que se ha hecho pasar por mí.
Ferreiro se sentó detrás de su escritorio.
—Quiero ver su documento de identificación, Laura, por favor –conminó a Javier.
Javier sacó su billetera y le dio su carnet de QuickFood.
—¿Javier Benavides? ¿Es esto una broma?
—Pues eso es justamente lo que quiero saber, si todo esto es una broma –dijo Javier levantando los brazos y mirando alrededor.
—Mirá, pendeja –dijo la mujer–, tenés cinco minutos para irte por esa puerta antes de que llame a la policía por suplantación de identidad.
—¿Usted es Laura?
—¿Y quién putas más voy a ser, pues?
—Por favor, calmémonos todos –intervino Roberto, y miró a Javier–. Laura… o quien sea que es usted… ¿Puede decirme por qué se ha hecho pasar por otra persona?
—Disculpen los dos, pero todo el tiempo pensé que se trataba de un juego.
—¡Un juego! –replicó Laura Schildknecht.
Ferreiro le hizo una señal de alto.
—Tranquila, Laura, siéntese por favor.
Laura Schildknecht se sentó. Respiraba agitadamente.
—Parece ser que nadie se da cuenta de quién soy –dijo Javier– y no sé por qué. Pero hay algo que sí puedo decirle, Roberto. Susana es la más indicada para el puesto de gerente financiero y usted lo sabe.
—¡Qué está diciendo! –vociferó Laura.
—Sé que esto no me compete –continuó Javier–, pero creo que Susana merece una oportunidad.
Hubo un corto silencio durante el cual Roberto Ferreiro se restregó los ojos.
—Tiene razón –dijo tranquilamente el gerente de recursos humanos–. Esto no le compete en absoluto. Y si no se va de esta oficina en este momento, voy a llamar a la policía. ¿Está claro?
—Más que claro –dijo Javier mirando desafiante a Laura–. Buenas tardes.
Javier salió de la oficina y cerró la puerta. Era una injusticia lo que estaban haciendo con Susana. Enojado, se dirigió al ascensor.
—¡Laura! –escuchó.
Susana y otros que estaban cerca habían escuchado los gritos en la oficina. Salió corriendo en dirección a Javier.
—Laura, ¿qué pasó?
—Me voy. Les dije que usted era la más indicada para el puesto, pero Roberto no quiso escucharme. Este no es su lugar.
La furia que corría por las venas de Javier era impulsada por su impotencia. No podía hacer más que reafirmarle a esta mujer que ahí no era valorada. Apretó el botón del ascensor y se abrieron las puertas. Estaba a punto de entrar, pero Susana lo detuvo. Javier la miró. Era una lástima que ya no volvería a verla. Era una mujer tan interesante.
—Creo que usted es una buena persona –dijo Susana.
Rodeó a Javier con los brazos y por un momento cerró los ojos. Permanecieron así un par de segundos, frente a la mirada curiosa de los que transitaban por el pasillo. Javier pensó si era así como se sentía estar con una mujer. Casi escuchaba el corazón de Susana palpitar al lado del suyo. Ella apartó el cuerpo y puso las manos sobre los hombros de él.
—Necesitamos más mujeres así –concluyó.
Sonrió y se fue a su oficina.
—Lesbiana –susurró alguien.
Javier salió del ascensor más desorientado de lo que jamás se había sentido. No solamente lo habían confundido con una mujer, le habían ofrecido un sueldo de doce mil dólares, lo habían acosado verbalmente y hasta había golpeado a sus agresores; también había conocido a Susana, que lo había abrazado. A él, un simple repartidor de QuickFood. Aunque, técnicamente, ya no lo era. De hecho, ya no era nada. ¿Qué iba a hacer ahora?
—Señor –escuchó que dijo la recepcionista.
Javier se paró en seco y volteó a ver a la joven de gafas rojas y cabello oxigenado.
—¿Cómo dijo?
—Dije “señor” –respondió la recepcionista poniendo los ojos en blanco.
—¿No piensa que soy Laura?
La recepcionista se le quedó viendo como si fuera una especie de chiste mal contado.
—No entiendo a lo que se refiere. ¿Es usted Javier Benavides?
A Javier se le iluminó el rostro.
—El mismo.
—Me informan que ha dejado un documento suyo en la planta tres, en la oficina de recursos humanos.
Javier subió nuevamente al tercer piso y abrió la puerta de la oficina de Roberto Ferreiro.
—¿Podría tocar la puerta, por favor? –dijo Roberto.
—Disculpe.
—¿Es usted Javier Benavides?
—Sí, soy yo.
Roberto Ferreiro sacó el carnet de QuickFood que Javier le había entregado y se lo devolvió.
—Una mujer que se hizo pasar por otra persona portaba este documento.
—¿Perdón, no me reconoce?
—¿A usted?
—Sí.
—Pues es la persona que aparece en el documento, ¿no?
—Disculpe, Roberto, es que no sé si esto fue una broma, pero…
—Oiga, amigo, no sé cuál es su relación con la mujer que me dio ese documento, pero tengo muchas cosas que hacer. Así que, si ya recuperó lo que es suyo, le aconsejo que se largue y cierre la puerta.
—Claro –dijo Javier.
Javier Benavides se encontraba oficialmente desempleado. De modo que fue a hablar con el dueño de QuickFood, el mismo que le había aconsejado pescar mujeres, para que lo dejara volver a su anterior trabajo.
—Lo siento, Javier, son cosas del sistema. Si te saca ya no me permite meterte de regreso.
—Pero usted es el dueño –dijo Javier.
—Sí… pero tendría que llamar a la gente de informática y cada vez que vienen me cobran un platal. Pero ánimo –le dijo dándole una palmaditas en la espalda y acompañándolo a la puerta–, hay muchas aplicaciones para repartidores entusiastas como vos. Estoy seguro de que vas a encontrar una buena. Por cierto, ¿sabés qué truco me contaron que es buenísimo para seducir mujeres casadas?
Pero a Javier no le importaban nada esos trucos. ¿Qué carajos? ¿Y si emprendía su propio negocio? Al conocer a Susana se había dado cuenta de que estaba muy lejos de explotar todo su potencial. No tenía nada que perder. ¿Qué era lo peor que podía pasar?
En un par de meses, Javier montó una pequeña cocina con dos ayudantes y comenzó a repartir platos de comida saludable a través de una aplicación genérica. Para su sorpresa, el negocio comenzó a proliferar y poco a poco se fue haciendo de una buena clientela. Los pedidos llegaban a su teléfono, entregaba las órdenes a la cocina y luego las llevaba en su motocicleta. Pronto iba a tener que contratar más motoristas porque ya no daba abasto.
Javier nunca le contó a nadie del caso de Laura Schildknecht. Nadie se lo iba a creer, así que para qué perder el tiempo con eso, pensó.
Un día recibió un pedido que le llamó la atención: dos sándwiches de atún acompañados de un licuado de manzana con apio. El nombre de la persona que pedía era Susana Barrios.
Javier fue a la dirección que marcaba la aplicación, pero para su sorpresa no eran las oficinas de IntraCorp.
Javier llegó a una casa particular en la que había varios emprendimientos, entre ellos, una consultora financiera. Preguntó en la recepción por Susana. Le dijeron que esperara un momento mientras anunciaban su llegada. El corazón de Javier comenzó a latir con más velocidad.
La Susana que salió a recibir el pedido se veía un poco diferente a la Susana que él había conocido. Lucía una blusa con estampados de colores, jeans y zapatillas de suela plana. Un reloj color pistacho adornaba su muñeca.
—Hola, Susana.
—Hola. ¿Usted trae mi pedido?
Javier se dio cuenta de que Susana no tenía idea de quién era él. Pero aun así no podía evitar sonreír. Susana había puesto su propio negocio y sentía una gran alegría por ella. Además, se veía diferente, más ella, más feliz. Susana recibió el paquete y se fijó que Javier la miraba raro.
—¿Nos conocemos?
—No estoy seguro –respondió él.
En la mirada de Susana había una incógnita, algo le recordaba la persona que tenía enfrente, pero no sabía qué.
—¿Usted trabajó en IntraCorp?
—Sí, un tiempo breve –dijo Javier.
—Pues de ahí me suena su cara. ¿Hace cuánto que ya no está ahí?
—Ya hace un rato, tengo un par de meses de haber abierto mi negocio de comida a domicilio.
Susana sonrió.
—Sí, yo también abrí mi negocio hace poco. No podía crecer mucho en IntraCorp.
Luego hubo un silencio incómodo. Ambos sonreían, pero no sabían por qué.
—Bueno –rompió el hielo Susana–, gracias. Hasta luego.
—Hasta luego.
Susana se giró para volver a su oficina. Javier miró como se alejaba.
—¡Oiga!
Susana se detuvo.
—¿Sí?
¡Dios, la independencia que proyectaba esa mujer!
—No olvide llenar nuestra encuesta de satisfacción.
—Por supuesto –respondió ella.
Y sonriendo educadamente, se retiró.
Javier salió de la casa. Se sentía bien por cómo había visto a Susana. No pudo evitar fantasear sobre si algún día compartiría su vida con una mujer así de interesante. ¿O aspirar a eso era demasiado para él? Un momento, demasiado indica cantidad, ¿no? Pero ¿y qué unidades cuantitativas son las encargadas de medir la factibilidad de relación entre un hombre y una mujer? Recordó la táctica que le había dado el dueño de QuickFood de ignorar a las mujeres para ganar su atención. Que patético le parecía eso ahora. Nunca habría funcionado con Susana.
Javier se montó en su moto. Se estaba poniendo el casco cuando la llegada de un mensaje sonó en su teléfono. Venía de la aplicación de delivery. Decía así:
¡TU NEGOCIO HA SIDO RANKEADO CON CINCO ESTRELLAS!
¡SIGUE ASÍ!

Luis Javier Funes (San Salvador, 1981) Después de licenciarse en Diseño Gráfico, trabaja como motion designer y ahí descubre su pasión por el cine. En 2010 estudia Dirección Cinematográfica en la Escuela Universitaria de Artes TAI de Madrid. Regresa a El Salvador para fundar la productora audiovisual INTRIGA. En 2025 publica FURIA, su primer libro como autor de ficción.
