El valle de las sombras. Una fábula inspirada en Rebelión en la granja de George Orwell

A través de una alegoría que evoca los grandes ecos orwellianos, El valle de las sombras nos introduce en un territorio donde la desaparición del peligro externo da paso a un control invisible pero sofocante. Una fábula imprescindible sobre el poder, el miedo y las voces que prefieren no pensar

Bosco K. Escritor salvadoreño

Durante generaciones, los animales del valle vivieron con miedo. Cuando caía la tarde, nadie se alejaba demasiado de su madriguera. Los senderos quedaban vacíos. Los mercados cerraban temprano. Las madres llamaban a sus crías antes de que desapareciera el último rayo de sol. Todo porque desde las montañas descendían las Sombras.

Nadie sabía con certeza qué eran. Algunos afirmaban que eran lobos, otros juraban que eran hienas, otros decían que ni siquiera eran animales. Lo único seguro era que estaban allí, y el miedo también.

Entonces aparecieron los Jaguares del Campanario. Eran fuertes, decididos, y prometieron acabar con las Sombras. Durante años intentaron lo que nadie había conseguido y, finalmente, lo lograron: las Sombras desaparecieron.

Los caminos volvieron a llenarse. Las crías jugaron otra vez entre los árboles. Los conejos corrieron sin miedo. Los venados regresaron a los claros. El valle entero celebró. Aquella noche, las campanas sonaron hasta el amanecer; los animales lloraron de alegría, muchos creyeron estar viviendo el comienzo de una nueva era. Quizá lo era.

* * * * *

Al principio, los Jaguares pidieron muy poco: “Necesitamos algunas facultades especiales”, explicaron. Los animales aceptaron, después de todo, las Sombras habían sido terribles. Más adelante solicitaron algunas facultades adicionales. Los animales aceptaron, después de todo, las Sombras habían sido terribles. Más tarde pidieron que ciertas reglas antiguas fueran suspendidas temporalmente e incluso alterar partes de la Historia. Los animales aceptaron, después de todo, las Sombras habían sido terribles. Así continuó, año tras año, campana tras campana.

Pronto, las ovejas aprendieron una canción sencilla, tan sencilla que hasta las más distraídas podían recordarla: “¡Campanas sí, sombras no! ¡Campanas sí, sombras no!”. Cuando alguien preguntaba cuánto tiempo durarían las medidas especiales, las ovejas respondían: “¡Campanas sí, sombras no!”. Cuando alguien preguntaba por qué los Jaguares necesitaban nuevas torres, nuevas cuevas o nuevos guardianes, las ovejas respondían: “¡Campanas sí, sombras no!”. Cuando alguien intentaba iniciar una discusión más larga, las ovejas simplemente cantaban más fuerte. Casi siempre bastaba.

* * * * *

Con el paso de los años, las cosas cambiaron. Los búhos encargados de interpretar las viejas normas del valle comenzaron a parecerse cada vez más a los Jaguares. Los castores que administraban los puentes también. Los cuervos que llevaban las noticias repetían exactamente las mismas historias. Y los perros del Campanario crecieron numerosos y robustos. Muy robustos, mucho más robustos que cualquier otro animal del valle.

Una tarde, un viejo burro preguntó:

—¿Alguien recuerda cuándo vimos por última vez una Sombra?

Nadie respondió. Las ovejas comenzaron inmediatamente: “¡Campanas sí, sombras no!
¡Campanas sí, sombras no!”. 

El burro esperó y, cuando terminaron, volvió a preguntar:

—No pregunté si las Sombras eran malas. Pregunté cuándo fue la última vez que vimos una.

Las ovejas se miraron unas a otras. Luego cantaron todavía más fuerte.

* * * * *

Los años siguieron pasando. Las crías nacidas después de la desaparición de las Sombras jamás habían visto una, pero igual les tenían miedo. Aprendían sobre ellas en la escuela, escuchaban historias sobre ellas en cada ceremonia, veían sus figuras pintadas en los muros. Las Sombras estaban en todas partes, excepto en las montañas.

Una noche, el viejo burro subió a la colina más alta del valle. Desde allí, no sin cierta nostalgia, podía contemplarlo todo: las granjas, los bosques, los caminos, las torres, el Campanario. Entonces observó algo que lo inquietó: las campanas ya no apuntaban hacia las montañas. Hacía mucho tiempo que no apuntaban hacia las montañas. Apuntaban hacia el valle, hacia los animales, como si las Sombras estuvieran abajo y no arriba, como si el sonido no estuviera destinado a advertir un peligro exterior, sino a recordar constantemente quién tenía el control.

Mientras pensaba en ello, escuchó el canto de las ovejas elevándose desde la oscuridad.

Miles de voces, una sola frase, siempre la misma: “¡Campanas sí, sombras no! ¡Campanas sí, sombras no! ¡Campanas sí, sombras no!”. 

El burro contempló el valle una vez más. Y por primera vez en muchos años comprendió que el miedo ya no vivía en las montañas. Hacía mucho tiempo que vivía en otra parte.

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