Todos los que he sido

Sean Salas, poeta costarricense, nos comparte una breve selección de su producción poética

Sean Salas / Poeta



EL RESTO LO CONFESARÉ EN EL INFIERNO

como si yo fuera un personaje de Sófocles

Estoy dispuesto a todo
menos a torturar gatos negros.

En la noche solo escucho ruidos con explicación lógica.
Nada del más allá se asoma en mis fotografías.
Quizá los fantasmas son un arcoíris
que desaparece si lo miro de frente.
Estas almas en pena solo quieren ser vistas de reojo.

No resucitaría a nadie.
A nadie puedo maldecir con la inmortalidad

¿Dónde está el diablo cuando se necesita?



ECLIPSE ROJO

Bajo la puerta de la percepción se deslizó una página en blanco: invitación directa al Hospicio Guillermo Sáenz Patterson. El edificio es una Fata Morgana en las nubes negras del Irazú, nunca ha tocado el suelo, pero el sótano dificulta la respiración como los túneles que llegan hasta el centro de la tierra, su arquitectura que cambia sin aviso recuerda a un cubo Rubik en manos daltónicas. En su interior, más negro que el ropero de una viuda, las ninfómanas de ectoplasma consuelan a los grotescos nunca acariciados por doncellas de buena cuna. Nada interrumpe a los poetas, sus versos mezclan amor con odio en una botella sin fondo para sobrevivir a los golpes bajos de la madrugada. El Hospicio fue bautizado en honor a quien usaba la melancolía como el hielo que ayuda a desinflamar un músculo lesionado, en honor a quien escribía dispuesto a morir escribiendo, con los pies firmes en el bajo astral y su cabeza flotando entre tentáculos y estrellas marinas que se adhieren al casco de los astronautas. En las vitrinas se exhibe el papiro de la Oda al Marqués de Sade junto a los puñales que florecen si se clavan en el pecho. Desde una fotografía, el escritor me mira como el niño enfermo en la ventana que mira a otros niños jugando en la calle.



CONTRA LAS SEÑORAS ABURRIDAS QUE BEBEN TÉ DE TILA

a Max Rojas

Cuando escribo hago el amor con una mujer
a la que no le importa cómo me llamo,
mi satisfacción es que ella grite el nombre del lector.



IMPOSIBLE CONCENTRARSE

En el país sin ejército intento un poema
pero me desconcentran las paredes de mi casa:
cada vez vibran más fuerte las bombas que caen lejos.




COCAÍNA PARA GEORG TRAKL

La ciudad inhaló el invierno y ahora parece un tigre de bengala.

Quien inhale un recuerdo de infancia
escuchará un piano a lo lejos,
tocado por la niña que compartió un jirón de su
alma
con una muñeca de trapo.

No se puede ignorar la tos proveniente de los
ataúdes,
dejemos que los fantasmas inhalen nuestro aliento.
A los amigos muertos es mejor visitarlos en una
taberna.
A los que regresan de la guerra, con la mirada de las
mil yardas,
les vendría bien inhalar el blanco de la amnesia.

El escalofrío del trauma recorre a los soldados de
pies a cabeza
aunque hayan dejado la mitad del cuerpo en las
trincheras.
Los huérfanos solo inhalan las sobras,
sus oraciones no interrumpirán la hibernación de
los ángeles.
Los hospitales no tienen camas para tantos
enfermos
y las monedas de los pobres no alcanzan para
comprar su propia muerte.

La lepra del tigre de bengala se amontona sobre los
tejados de Salzburgo.

Con esta temperatura las reses desolladas salen de la
carnicería
para pastar mandrágoras al pie de los ahorcados
y los indigentes se prenden fuego
para ahuyentar los colmillos del viento.
En los burdeles, el esperma congelado
se astilla en dirección a la entrepierna de las
prostitutas.

El farmacéutico, agotado de escuchar los gritos
de quienes murieron en batalla,
está por inhalar el púrpura del cielo
que se propaga por el río Salzach.

El tigre de bengala se sacudirá la nieve hasta quedar
en los huesos.



VARIACIÓN DE UN TEMA DE TILL LINDEMANN

En algún momento de la noche
se me cayó una pestaña.
No la arrojé al viento
como hacían en la edad media
para alejar brujas y maleficios.
Todo lo que yo podría desear
yace a mi lado dormida,
satisfecha por la tormenta
que desató en la habitación
cuando se desnudó como una santa
que debe purgar la lujuria
entregando su piel suave al látigo.
Viéndola dormir me pregunto
si disfruta más el pecado o el castigo.



SEAN SALAS MUERE AL FINAL

Yo soy el hombre que mató a Leopoldo María Panero

LEOPOLDO MARÍA PANERO

Excavando en busca del tesoro sepulté todo a mi alrededor.

Ahora yo toco a la puerta y yo finjo que no hay nadie en casa. Nunca me advirtieron: se aprovecha mejor el violín en un barco que zozobra que en la cima donde nadie escucha la música. De nada sirvió esta tinta compatible con todos los tipos de sangre. No uso máscara, pero en mi rostro se notan las consecuencias de pasar a limpio el boceto de lo que otros piensan.

Ahora yo me llamo por teléfono y no reconozco mi voz en la contestadora. Audicioné para todos los papeles y los métodos de suicidio son insuficientes para tanta gente. Se parecen mucho el mecanismo de defensa y el mecanismo de autodestrucción, mi cabeza se oculta en un libro como una tortuga en su armadura y el que reaparece es una variación.

Ahora yo soy la silueta dibujada en la escena del crimen y yo soy del detective a cargo del caso. En la habitación de al lado me escucho orinar, a lo lejos el transporte público va lleno de mis clones y desde lugares en los que nunca estuve me llegan cartas escritas con mi caligrafía. Las palabras han perdido sus nutrientes después de tanto decir lo mismo de una manera distinta y los reflectores me ahuyentan como la cucaracha que se oculta cuando encienden la luz.

Necesito un enorme cementerio para visitar las tumbas de todos los que he sido.

Sean Salas. (Heredia, Costa Rica, 1997). Ganador del VIII Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero, en Ecuador. Finalista del V Premio de Poesía Hispanoamericana Francisco Ruiz Udiel. Autor de los libros Alter Mundus (El Ángel Editor; 2021) y Ciudad Gótica (Nueva York Poetry Press; 2022). Su obra ha sido parcialmente traducida al italiano y al portugués.

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