Claudia Lars tenía una curiosidad enorme, una de sus fascinaciones era la ciencia y la exploración del espacio. Alfonso Fajardo aborda los elementos de la ciencia que están incluidos en su libro «Nuestro pulsante mundo”
Alfonso Fajardo | Poeta y abogado
Es común afirmar que los libros más conocidos de Claudia Lars son Tierra de Infancia, Estrellas en el Pozo o La Casa de Vidrio, pero la curiosidad de Claudia era enorme, y eso la llevó a escribir sobre temáticas no convencionales que, en el tiempo, no han sido demasiado estudiadas dentro de su universo poético. Una de esas temáticas es la ciencia, explorada en su libro Nuestro pulsante mundo, publicado en 1969, cuando la poeta ya rondaba los 70 años. Este breve artículo explora cuáles fueron las obsesiones de Lars en esa etapa, a través del estudio de este libro que ha sido poco estudiado dentro de su vasta obra poética.
Según lo relata Carmen González Huguet en el estudio que antecede a su Poesía Completa (Dirección de Publicaciones e Impresos, 1999), el libro fue escrito probablemente entre 1965 y 1969. La década de los años sesenta se caracterizó, en cuanto a ciencia se refiere, por las constantes exploraciones del espacio y los descubrimientos y teorías que surgían de esas exploraciones o de las investigaciones previas de grandes científicos, la “carrera espacial” como se le llamó en aquél momento, consistía en ejecutar todos los avances científicos en materia de exploración espacial para ir a la vanguardia del conocimiento del universo, una carrera que tuvo como principales protagonistas a los Estados Unidos de América y la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (U.R.S.S.) en el marco de la guerra fría, después de la primera guerra mundial; una carrera que tuvo una de sus cumbres más importantes con la llegada del ser humano a la Luna, en julio de 1969, dos meses antes de que se publicara Nuestro pulsante mundo.
El libro está lleno de referencias científicas, pero también contiene poemas sobre cuestiones terrenales que eran muy propias de la época, como el uso de estupefacientes o el rock. Es, desde mi perspectiva, un libro en el que Claudia quiso explorar la dualidad entre los secretos del cosmos y la certeza y sencillez de las cosas terrenales, la curiosidad por lo desconocido y la seguridad del mundo conocido. Si en otros de sus libros anteriores la dualidad se encontraba entre la espiritualidad y el amor, en este libro la dualidad se explica a través de la magnificencia de los secretos del universo con respecto a los secretos de la vida y la felicidad en la tierra.
Como bien lo señala Hughuet, los poemas titulados con el personaje de Vigilante, representan la voz de la poeta o de un narrador que presenta, no la confrontación sino el paralelismo entre los textos referidos a la ciencia y los textos relacionados con la vida cotidiana. Desde un inicio está explícita la temática de la ciencia:
Y algo nuevo en la Luna, en telescopios,
es más allá del láser
y quizás bajo el nombre de mi frente.
¿Qué es eso que hay más allá del láser? Posteriormente se pregunta:
Pero…¿Quién es el Hombre
de nuestro esbelto origen,
el deslumbrante acróbata
de la nueva experiencia?
La poeta quizá se pregunte cuál es el origen del hombre y cuál será el hombre o ser humano del nuevo orden, aquel ser humano que, muy probablemente, en el futuro dé el salto hacia un nuevo hogar en el universo. Para la época de escritura de Nuestro pulsante mundo, teorías científicas sobre la probabilidad de vida extraterrestre ya eran conocidas, como la Paradoja de Fermi o la Ecuación de Drake, intuyo pues que Claudia conocía estas teorías y las plasmaba en su poesía. González Huguet relata que, según el Dr. José Maria Méndez, “a Claudia le fascinaban los viajes espaciales y los adelantos tecnológicos que parecían enrumbar a la humanidad por caminos de progreso y paz”.
“Se van estableciendo islas flotantes”, escribe la poeta en una época en la que se empezaban a considerar las primeras estaciones espaciales. “Habito un gran asombro: la edad recién abierta/huele a milagro” escribe la Claudia que, al momento de escribir el libro, desconocía que el ser humano llegaría a la Luna en julio de 1969, en lo que constituye el primero de los muchos milagros de la ciencia que se dieron en las décadas posteriores. Sin embargo, tampoco puede descartarse la franca contradicción entre el uso de una palabra que pertenece al ámbito de la fe en un poema que se refiere claramente a la ciencia, contradicción que no es fortuita pues la contraposición suele ser parte fundamental de un poema, de manera tal que el dogma que representa el milagro en el ámbito de la fe, es aplicado al ámbito de la ciencia, toda vez que los descubrimientos científicos son esos milagros que nos regala la misma ciencia y la tecnología. Fe y ciencia, Dios y el cosmos, dualidades en las que discurren algunos de los textos de este libro.
El segundo poema del libro, “Simples creadores”, también funciona como una especie de introducción a la otra vertiente del poemario, la voz meramente terrenal con todas sus cotidianidades y sus pasiones. El poema discurre en imágenes propias de una pasión de este mundo, una pasión de una pareja de amantes:
Ninguno de los dos entiende lo que ocurre
más allá de la simple experiencia:
semidormidos habitan
sus cuerpos
dejándose arrastrar
por mareas de sangre,
nocturnos en cada impulso
de los instintos.
Se trata, pues, de la más terrenal y satisfactoria versión de la felicidad en el mundo: la pasión de dos cuerpos entrelazándose en la tierra, no la tierra como planeta sino como suelo, suelo fértil donde se siembra esa felicidad. El poema finaliza con una sentencia clara, esas personas “No cambiarían por todos los astros/tan humana fiesta/del suelo. Del milagro del cosmos de Vigilante nos trasladamos a la futilidad de los astros cuando existe el amor, esta es la dualidad entre los secretos de las profundidades del universo y los secretos de la felicidad de la vida en la tierra, que están en la sencillez y el amor. Así va construyendo Claudia Lars este libro que conversa entre lo terrenal y el cosmos.
En el tercer poema regresa Vigilante y regresa la voz de la ciencia, pero esta vez la ciencia es fusionada con otro de los conocidos intereses de Lars: la teosofía. La poeta empieza este poema mencionando uno de los principales avances de la ciencia en el siglo XX, el descubrimiento de la cadena de la estructura del ADN (o DNA como lo describe en su poema), es decir el ácido desoxirribonucleico que contiene las instrucciones genéticas para el desarrollo y funcionamiento de todo ser vivo, cuya estructura de doble hélice fue descubierta por los científicos James Watson y Francis Cick en 1953, el poema inicia de la siguiente manera:
En la substancia asombrosa
que los sabios llaman ahora
D N A
hallo el principio químico de los infusorios
y caracoles,
de pájaros y abejas con mil ramajes,
del niño deslumbrado
ante su propio: “aquí estoy”…
Pero ante la certeza de la genética, la poeta se pregunta: “¿Pero el Hombre Interior/ de dónde viene?”, nótese el uso de mayúsculas para enfatizar la más que probable referencia a la espiritualidad o al alma, creando en este poema la dualidad entre ciencia y espiritualidad. Más adelante, Claudia hace referencia a elementos meramente teosóficos como componentes propios de la espiritualidad, fusionados con aspectos mitológicos que también influyeron en el nombramiento de una constelación, que es la Constelación de Cabellera de Berenice, situada al oeste de Leo:
Hablo de Los Cabellos de Berenice
y de mentales viajes
al Ojo Abierto de Dangma.
Vigilante, entonces, va anunciando un tiempo “que nos ofrece destino/que rebasa este mundo”. Claudia se pregunta “¿Cómo serán las horas no-acidas?… En la época de Claudia aun era desconocido el concepto de exoplanetas, pero por medio de telescopios ya era común encontrar nuevos planetas o satélites de planetas:
Siempre he creído
en lo increíble
y puedo señalar a quien descubre planetas
dentro de nebulosas inalcanzables
El poema concluye con tres versos que dejan entrever que, en términos de la ciencia, nuevos mundos y nuevas posibilidades se acercan:
Alumbrando la niebla
pálidos Nunca Vistos
dan sus señales.
No sería hasta la década de los noventa que se descubrieran exoplanetas, llamados de esta manera porque orbitan una estrella similar a nuestro sol, y porque se encuentran dentro de la “zona habitable” de esa estrella, es decir, la zona en la que se podría desarrollar vida. Seguramente Claudia alucinaría con los descubrimientos de esta época.
El libro continúa con el poema “Juan Silvestre”, el título no es casual pues representa posiblemente la vida de un campesino o de un obrero, es decir que en este texto Claudia vuelve a lo terrenal, tejiendo nuevamente la dualidad propia del libro. El poema posee varias referencias a la vida cotidiana de las personas comunes y “silvestres” de nuestra tierra, enalteciendo la idiosincrasia no sin antes lanzar una crítica velada hacia el machismo. Sin profundizar en este poema, con las referencias ya señaladas se muestra que Claudia va creando en el libro esa dualidad o contraposición entre la ciencia y la vida cotidiana, entre el cosmos y lo terrenal. A este respecto, cabe señalar una característica que quizá haya sido creada a propósito: mientras que los poemas de Vigilante que enuncian y anuncian las grandes probabilidades de la ciencia están escritos con un registro mucho más lírico, los poemas “terrenales” están escritos con versos un poco más directos, la maestría de Claudia en la poesía probablemente influyó para que el libro mostrara no solamente las dualidades temáticas sino también las dualidades en el registro poético, probablemente.
Nuestro pulsante mundo va creando esas contraposiciones en todo el libro, e incluso se da el lujo de referirse a temáticas propias de la época pero que no solían estar dentro del ideario poético de Claudia, como el rock, la psicodelia y los estupefacientes, como en el poema “Muchacho embrujado”, en el que menciona indistintamente a Paul McCartney, a Fidel Castro y el L.S.D.
Pero Nuestro pulsante mundo tiene más referencias a la ciencia que a otro tipo de temáticas, y por ello las mencionaremos de aquí en adelante. El poema «Cosmonautas», por ejemplo, está dividido en dos partes, Laika y Tereshokova. El primero se refiere a la perrita que orbitó la Tierra a bordo del Sputnik 2, la nave soviética que en 1957 y en el marco de la carrera espacial de la guerra fría, se convirtió en la primera misión que puso en órbita un ser vivo y que sirvió para demostrar que las misiones con seres humanos eran posibles. La perrita murió horas después de iniciar la órbita debido al sobrecalentamiento. El poema, tomando en cuenta este marco de referencia, es de una gran ternura:
Vestida de pelambre
con chispeantes ojos en territorio de juegos,
no alcanzaste a comprender
–¡amorosa criatura sin palabras!–
tu solitaria muerte
tan lejos de nuestra voz.
La segunda parte, Tereshokova, se refiere a Valentina Vladimirovna Tereshkova, cosmonauta rusa que fue la primera mujer en viajar al espacio, completando 48 órbitas alrededor de la Tierra. Algo sabía o había leído Claudia sobre la vida de Tereshkova, pues en su poema asegura que ella no cree en ángeles, pero que Claudia sí los encuentra “entre libros/escobas y achaquez/de vejez. Siento su presencia/a cada instante/y en ciertas noches/vuelo con ellos…” escribe la poeta que no era ajena, al menos en la teoría, a los viajes astrales fuera de su cuerpo, como se le atribuyen, por ejemplo, a Salarrué.
En el poema Grisson, White y Chafee, Claudia se refiere a los tres astronautas que perdieron la vida a bordo del Apolo 1, en un trágico accidente en tierra en el que se incendiaron. En el poema, Claudia compara el calor del fuego de la nave con el Fohát, un concepto teosófico que se refiere a la fuerza vital cósmica o universal, electricidad o energía. Nuevamente, Lars contrapone su inmensa curiosidad sobre la ciencia con sus conocimientos de teosofía.
En el poema Komarov, se refiere al astronauta Vladimir Mijáilovich Komarov, astronauta ruso que murió en la nave espacial Soyuz 1 al precipitarse a tierra al fallar su paracaídas, convirtiéndose en el primer astronauta en morir en un vuelo espacial. En el poema, Claudia menciona “la esfera de Dyson”, una megaestructura hipotética propuesta por el físico Freeman Dyson en 1960, quien alentó la búsqueda de estas megaestructuras en el espacio para detectar civilizaciones extraterrestres avanzadas. Así, en el ideario de Lars, Komarov nos pudo haber hablado de esas megaestructuras si su paracaídas no hubiese fallado.
Evidentemente, Claudia tampoco era una experta en estos conceptos del cosmos y de la ciencia, por lo que la inclusión de estos temas en su poesía debe analizarse desde la perspectiva de una aficionada. Es evidente, también, que Claudia Lars no es la primera ni ha sido la última poeta que posee una fascinación por la ciencia, el cosmos y los secretos del universo. Aquí, en nuestra vecina Nicaragua, está el que quizá sea el mejor ejemplo de poetas que involucran la ciencia y el espacio en su poesía: Ernesto Cardenal, quien tiene libros enteros sobre el cosmos, como el Canto Cósmico.
Según la poeta mexicana contemporánea Elisa Díaz Castelo en su ensayo Principios de incertidumbre: poesía y ciencia, la relación entre ciencia y poesía, y la atracción que sienten los poetas con la ciencia, no es casual sino natural. Para ella, “la poesía y la ciencia se sustentan en premisas similares. Para empezar, comparten dos principios: el asombro y la curiosidad”, escribe la laureada poeta, para luego afirmar que “al igual que la metáfora –ese recurso tan fundacional de la poesía–, el pensamiento científico establece vínculos entre sucesos que parecen inconexos.” Esta aparente inconexión entre la poesía y la ciencia, entre el cosmos y la vida cotidiana, es la que explora Claudia Lars en Nuestro pulsante mundo. Para Elisa Díaz Castelo, otro gran principio que comparten ciencia y poesía es la incertidumbre, puesto que el método científico obliga a teorizar sobre cuestiones que desconocemos, al igual que lo hace la poesía al hacer interconexiones o contraposiciones dentro del texto.
La existencia de poetas fascinados con el cosmos no es nueva y seguramente se incrementará en las décadas por venir, y es que la exploración del universo es en sí misma poética por cuanto se van descubriendo conceptos, teorías o hechos comprobados que en décadas pasadas pudieron haber pertenecido al ámbito de la ciencia ficción, y nadie mejor que un poeta para definir estos “milagros” de la ciencia moderna. Se me viene a la mente una escena de la película Contacto, basada en la novela del mismo nombre, escrita por el científico Carl Sagan, en ella, la protagonista se encuentra en un viaje espacial interestelar después de que se han recibido coordenadas de civilizaciones extraterrestres, en ese momento, y después de haber cruzado un agujero de gusano, la astronauta puede ver los rincones más hermosos del universo, y es en ese momento cuando ella dice: “es poesía, debieron haber enviado a un poeta”.

Alfonso Fajardo. (20 de marzo de 1975), miembro fundador del Taller Literario TALEGA en 1993, una de las agrupaciones literarias más importantes de la década de los noventa y principios del nuevo siglo. Tiene más de una docena de premios nacionales; además, tiene el título de Gran Maestre, rama Poesía (2000), otorgado por la extinta CONCULTURA, hoy Ministerio de Cultura, por haber obtenido tres primeros lugares nacionales en poesía. Además, tiene los premios internacionales: LXV Premio Hispanoamericano de Poesía, Juegos Florales de la ciudad de Quetzaltenango, Guatemala (2002); y Mención de Honor en el Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán, rama poesía (2005). Tiene publicados los libros Novísima antología (Mazatli, 1999); La danza de los días (Editorial Lis, 2001); Los fusibles fosforescentes (Editorial Cultura, Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala, 2002), Dirección de Publicaciones e Impresos, 2013); Negro (Laberinto Editorial, 2014); y A cada quien su infierno (Índole Editores, 2016). Fue seleccionador del libro Lunáticos, poetas noventeros de la posguerra que recoge a la generación de poetas jóvenes de los años noventa (Índole Editores, 2012). Por otra parte, aparece en varias antologías, tanto nacionales como internacionales, entre ellas: Alba de Otro Milenio, antología de poetas jóvenes de El Salvador, compilado por Ricardo Lindo (CONCULTURA, 2000); antología de los ganadores de los Juegos Florales de Quetzaltenango (Editorial Cultura, Guatemala, 2002); Memoria del Festival Internacional de Poesía de Medellín, 2003; Trilces trópicos, poesía emergente en Nicaragua y El Salvador (Editorial La Garúa, Barcelona, España, 2006); Cruce de poesía, Nicaragua-El Salvador (Editorial 400 Elefantes, Nicaragua, 2006); Segundo índice de la poesía salvadoreña (Vladimir Amaya, compilador, Índole Editores-Kalina, 2014); y en otras antologías latinoamericanas e hispanoamericanas, como Chamote, Argentina (2015); Revista Gramma, muestra de poesía latinoamericana contemporánea, Argentina (2015); Voces de América Latina (New York, 2017), y otras. Ha participado en varios festivales internacionales de poesía como el Festival Internacional de Poesía de Medellín, el Festival Internacional de Poesía de Granada y otros. Además, es columnista, abogado, con Maestría en Derecho de Empresa, y Árbitro en Derecho nombrado por la Cámara de Comercio e Industria.
