Otras rutas para volver a casa

La escritora guatemalteca Vania Vargas nos presenta una selección poética del autor español Juan Domingo Aguilar, cuya obra «está atravesada por la familia, a la que siempre vuelve. Los amigos y las películas que los han acompañado, la música como fondo permanente, las despedidas y las nostalgias interminables»

Juan Domingo Aguilar | Poeta y narrador


En un punto intermedio de la vida surge el impulso de ver hacia atrás. Quizá porque coincide con el momento en que, sentados frente a los posibles caminos, nos esforzamos por desenredarnos las raíces para avanzar, y nos encontramos con un pueblo, con los padres, los hermanos, los abuelos. Y, más allá, entre todos ellos, con un niño que tiene nuestro rostro, y a través de cuyos ojos revisitamos ese tiempo que se vuelve difuso, bajo los esfuerzos constantes de querer saltar sobre él para visualizar el futuro.

Tendrán que correr los días para llegar a reconocer que entre esas dos dimensiones, el presente se va convirtiendo en el intento fallido de reconstruir la seguridad que daba el primer hogar. Entonces nos entregamos a la nostalgia, a la búsqueda del amor, mientras ponemos tierra de por medio, y descubrimos a la vulnerabilidad como un rasgo indeleble en todos nuestros reflejos.

Juan Domingo Aguilar ha documentado este trayecto interno lleno de visiones a través de tres libros de poesía, Nosotros, tierra de nadie (2018), Anticine (2022) y Un mal de familia (2025). Género y temas que han permeado también la estructura y el tono de su narrativa en Cuántas noches son esta noche (2025). Publicaciones en las que prevalece el lenguaje minimalista, directo, y el destello poético.

Su obra está atravesada por la familia, a la que siempre vuelve. Los amigos y las películas que los han acompañado, la música como fondo permanente, las despedidas y las nostalgias interminables. Por los amores, las búsquedas, las ciudades que habita y de las que se va. El arte y los escritores que marcan sus lecturas. Trazos todos de una hoja de ruta personal, llena de señales en el camino, por las que sus personajes poéticos y narrativos siempre pueden detenerse y volver.

Vania Vargas


Spanish western

Almería era la segunda provincia más pobre de España
durante los años en que los productores de Hollywood
convertían Tabernas en Arizona

España era un patio de recreo para los americanos
los españoles hacían de figurantes extras en películas
sobre el oeste la América profunda

Franco y Eisenhower estrechan sus manos
en nuestro país se abre el primer Burger King de Europa
ahora España es un aliado
el brazo en alto un detalle sin importancia

nace el spanish western
Clint Eastwood llega dispuesto
a acabar con todos los delincuentes
los rateros los asesinos

pero en nuestro país
ese western español
el malo de la película
murió en la cama



Un coche para llevarte al mar

I
Cuando era niño y llegaba triste a casa
mi abuela decía que el remedio
para cualquier pena era el agua salada:
sudor decía, agarrando mis manos
una sopa caliente o llorar por dentro
hasta convertirnos en un mar,
para cerrar una herida
no hace falta hielo decía
como el pasado solo necesita
curarse al viento con un poco de sal.

II
Camina recto, camina recto, decía mi abuela.
Los hombres de esta familia
se arrodillan solo
para sembrar la tierra.

III
Cuando había tormenta
y nos escondíamos debajo de la cama,
mi abuela nos convencía
de que no tuviéramos miedo
de que la lluvia en verano
solo eran las lágrimas
de los que no habían aprendido
a llorar a tiempo.

IV
Si tuviera que contar
las dos cosas que más recuerdo
de mi infancia en la sierra
tendría que hablar de mi abuela
y de los troncos de los olivos.
De ellos lo aprendí todo:
Retorcerme. Sufrir.

V
Vengo de una tierra
donde los hombres tuercen
su espalda en el invierno
y recogen huesos de aceituna
plantados por sus padres.
De una estirpe de mujeres
que nunca vio el mar
pero lo llevaba en sus ojos.
Cada verano vuelvo a casa,
triste recordatorio
de los náufragos que abandoné
en mitad de este pueblo.



Super-8

Cuando era pequeño
vi llorar a mi padre por primera vez,
mi tío hacía películas caseras
y una tarde proyectamos
la del último viaje
que hicimos en familia.
La cara de mi abuelo
apareció junto a una balada de fondo,
entonces aprendí,
todas las canciones de amor
tienen por protagonista
a un muerto.




Love songs on the radio

Mi padre arregla una radio
sentado en el porche,
ajusta las frecuencias para que las emisoras
estén colocadas en los botones de siempre,
coloca adhesivos alrededor
para que el aparato resista otro invierno,
sabe que agosto en un pueblo del sur significa
que la canción del verano este año
como cada año es el canto triste
de las cigarras y los burros.
Mi padre me ve a lo lejos
sentado en la mesa de piedra
que mis abuelos colocaron junto a la piscina
cuando mi hermana y yo éramos pequeños,
algo cruje cuando vuelvo a casa,
me mira igual de triste que esos animales,
intenta decir algo pero no lo consigue,
quiere preguntarme por qué sigo empeñado
en escribir sobre nuestra familia
en lugar de buscar un trabajo de verdad
y una vida de provecho,
quiere preguntarme
por qué somos tan parecidos
y nos cuesta tanto reconocerlo,
por qué somos incapaces de mantener
una conversación sin terminar gritando,
por qué nunca recurro a él
cuando tengo un problema
y mi acto reflejo es marcar
el número de mi madre,
quiere preguntarme
pero no lo hace,
aprieta la radio en silencio
juntando a la fuerza
una pieza con otra:
intenta que las cosas
no se rompan del todo.



Algodón Eco

Los días de frío justo antes
de que mi hermana y yo
nos fuéramos de viaje,
mi madre lavaba alguna
de nuestras sudaderas viejas
aunque no las hubiéramos usado
y las colocaba sobre
el radiador del salón
para que se secaran rápido.
Decía que así al menos,
aunque nos marchásemos
la mañana siguiente
al recogerlas
podría abrazarlas
como si fuéramos nosotros.



Cada verano el último verano

Cuando éramos pequeños agosto en casa de mis abuelos
significaba acostarse más tarde que de costumbre,
robar jazmines a escondidas y vivir de fondo
con el zumbido de los mosquitos.
Cuando éramos pequeños agosto en casa de mis abuelos
significaba dormir con la ventaba abierta
para escuchar a los adultos y sentirnos más seguros
acunados por palabras lejanas
como cáncer, próstata o miocardio.
Cuando éramos pequeños agosto en casa de mis abuelos
significaba que los únicos deberes que teníamos
eran contar las estrellas, el fin de las prisas,
un pueblo en verano, la libertad.
Cuando éramos pequeños cada verano
era el último verano y agosto significaba
juntarnos alrededor de la mesa para cenar
los restos de lo que fuimos,
jugar con las pelotas que nos regalaban,
colarlas en el tejado de una vieja casona
sin saber que como nosotros
nunca encontrarían la forma de regresar.



días de radio

mi abuela me viste
con mi traje de los domingos
se ajusta la camisa
que le regaló mi abuelo
y enciende la cámara
vamos niños dice sonreíd
si ocurre alguna desgracia
o perdemos la memoria
esta foto conservará
la ropa con la que un día
fuimos felices



Un minuto

puede durar toda la vida
apenas sesenta segundos por ejemplo
mirar a tu abuelo en una camilla
con una bolsa colgando de la cintura,
una cartuchera de cowboy sin pistola
solo sangre plástico y separaciones
que duran lo que tardamos en decidir
si contestamos al teléfono,
inspirar fuerte, tomar aliento
como si fuera un examen de matemáticas
porque también de tu soledad
se puede hacer una ciencia,
no pasa nada, esto durará poco,
un suspiro apenas, marca, di adiós,
no pienses, lo más largo vendrá
la semana que viene cuando cuentes
las horas que llevas sin escucharla,
cuando se cumpla un mes
desde que todos los días son domingo
y visites ese sitio que es vuestro
aunque nunca hayáis estado,
cuando llueva en las ventanas
y en tus ojos suba el nivel del mar,
un minuto solo, uno apenas,
un minuto no lo olvides
puede contener toda la vida
aunque solo dure un momento.




En esta casa bailó Bolívar
(o por qué en Quito existe la Cuesta del Suspiro)

En este país la gente se besa una vez en la cara
y se guarda el otro beso para luego
quizás después de muertos se repartan
los besos que faltaron esparcidos
como pétalos de colores sobre una lápida.
En este país los volcanes olvidaron hablar
y escoden como sus habitantes los sentimientos
bajo tierra hasta que revientan y el fuego
inunda sus bocas y sus ríos de ceniza.
En este país alegran sus semanas
con canciones tristes
y el carnaval no es una fiesta
sino una excusa para llorar.
En este país el realismo mágico
no es una corriente literaria
sino lo que se vive día a día por ejemplo
historias como la de Makanaki
un futbolista que maldijo a su equipo
por no pagarle lo prometido
lanzando huesos bajo el estadio
o las antiguas iglesias por ejemplo
que se abandonan y el único humo
que sale de su interior
es el de las planchas de cerdo asado.
En este país aman la naturaleza
pero El Bosque más conocido
es un centro comercial en este país
las casas tienen forma de maleta
y lo único que siempre tiene descuento
al margen de la temporada son las despedidas
en este país no miento
el Cielo es una marca de agua embotellada
y el suspiro un himno nacional.



Ropa tendida
(o por qué en Ecuador las estaciones son un estado de ánimo)

El sol de un país tropical baña mi cara
mientras leo en el patio y de fondo
al otro lado de la calle suena El Himno de la Alegría,
viene de un colegio donde los niños
juegan y celebran una fiesta,
una gota cae sobre la página que estoy leyendo,
parece que va a llover y empujada por el aire
la ropa tendida en las terrazas a lo lejos
simula aplausos como si fueran los asistentes
de un espectáculo al que no recuerdo haberlos invitado,
pienso en el primer día que pusimos la lavadora juntos
en nuestra ropa tendida sobre las contraventanas
y los pocos muebles del salón como un cuadro triste
olvidado en la última sala de un museo,
imagino un guía que al final de la visita
informa a los turistas sobre la vida del autor:
la única vez que pudo estar
con la mujer que quiso, dice,
fue cuando sus pijamas
se enroscaron en el viento.


Si Sam Shepard hubiera viajado a Esmeraldas

habría descubierto que los verdaderos moteles de carretera
están en la playa que en ellos se bebe cerveza dentro
de piscinas amarillas donde las cucarachas son el verdadero huésped
que las mototaxis corren más veloces que cualquier chevy descapotable
que aquí las camionetas corren menos pero llegan más lejos
que los verdaderos negros liberados no se esconden
y trabajan entre carros de coco helado y corviche
que las olas son más peligrosas que cualquier vaquero del oeste
que Isabella es nombre de niña y no de vedette ni de ensaladas
ni de atún en lata de niña de tres años que juega a recoger
los platos y sabe cantar los colores en lugar de sumar
de niña que cuando crezca y las olas la empujen lejos
muy lejos de su casa y despierte de su sueño desnuda
y hablando otra lengua en una diminuta habitación
de un motel de carretera de Texas
cerrará los ojos y el sonido del aire acondicionado al encenderse
será lo más parecido al ruido de las olas, como una caricia,
lo más cerca que alguna vez volverá a estar de su hogar.



Río Napo

Una vieja agarra mi mano
y me regala un par de frutas,
sonríe y dice que en este río
los barcos cruzaban
tan juntos unos de otros
que era como si se besaran,
que no me preocupe
porque mi mal pasará
mientras desliza
un manojo de ruda
por mi cabeza,
porque todo lo importante
termina siempre de repente,
dice, mientras señala
con su dedo índice la orilla:
el camino por aquí
se estrecha de pronto,
dice que a esta altura del país
los ríos se hacen más viejos
que se encogen y se dividen
por varias bifurcaciones
como nuestras vidas,
hasta que es imposible
encontrar lo que una vez
los unía.



Nosotros, tierra de nadie

yo no quiero ser ese hombre
que ve parejas por la calle
y siente ganas de apretar el gatillo

no quiero no puedo
ser ese hombre herido
por la metralla maldita
la metralla que salta
cada vez que nos encontramos
en un bar el silencio
en el ascensor las miradas
por la calle a lo lejos

sé que piensas en mí
cada vez que nos cruzamos
un dolor me nace en el estómago
como si me hubiera impactado
una bala perdida

no quiero pensar en nuestros hijos
en los hijos que nunca tendremos
no quiero que mis hijos
sean mis fantasmas

corretean por mi casa cada noche
duermen en mi cama preguntan

¿de quién es esta tierra?

nuestra les digo

de nadie



Poética II

a pesar de tus ojos escribir
salir a la calle
decir algo que valga la pena
verte a lo lejos
sonriendo en un bar
escuchar tu voz
volver a casa sentarme
delante de un papel en blanco
escribir sentir el dolor
poco a poco las palabras
se colocan una detrás de otra
acaban pareciendo un poema
una herida abierta que sangra
esto debe ser la poesía me digo
esto es la poesía:
escribir en defensa propia

Juan Domingo Aguilar. (Jaén, 1993). Poeta y narrador. Fue residente de la XVIII promoción de la Fundación Antonio Gala y obtuvo una beca de la UNESCO como creador invitado en Óbidos (Portugal). Ha recibido varios premios por sus libros de poesía, entre los que destacan Nosotros, tierra de nadie (2018), anticine (2022) o Un mal de familia (Hiperión, 2025). Coordina la sección «Versátiles» de Zenda y colabora con otros medios como Cuadernos Hispanoamericanos. Es autor de la novela Cuántas noches son esta noche (La Navaja Suiza, 2025).


Vania Vargas. (Guatemala). Poeta, narradora, editora y periodista cultural independiente. Autora de los libros de poesía Cuentos infantiles, Quizá ese día tampoco sea hoy, Los habitantes del aire, y Señas particulares y cicatrices. Libros de los cuales han salido algunas selecciones publicadas en Chiapas, México; Puerto Rico y Montevideo, Uruguay, así como la reunión de poemarios bajo el título Relatos verticales. En narrativa ha publicado Después del fin y Cuarenta noches. Es, además, coordinadora de los libros de ensayo Nuevo Signo: siete poetas para nombrar un país; y Luz: trayecto y estruendo -una aproximación colectiva al legado literario de Luz Méndez de la Vega. Ha sido invitada a las ferias del libro del Zócalo, Panamá y Guadalajara, así como a los departamentos de Español de la Universidad de Stanford, en San Francisco, California, y la Universidad de Copenhague, donde compartió su trabajo. Fue parte de los Festivales Internacionales de Poesía de Granada, Nicaragua; Quetzaltenango, el latinoamericano de poesía, Ciudad de Nueva York; Medellín, y Leiria, Portugal.

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