La puerta imaginaria del mar

Manuel Parra Aguilar comparte, en esta ocasión para El Escarabajo, poemas de su más reciente producción

Manuel Parra Aguilar Poeta

Del libro Portuaria

Génesis 2:3

“Dibujos sobre un puerto”. Poema 1. El alba. Verso 3. José Gorostiza

1


AMIGOS
de por allí y de todos lados,
sabrán: Yo nunca he escrito poe-
mas. ¿Por qué he de escribirlos?
Los poemas solo se escriben de
joven, como era mi padre y la sal.
Dirán: puedes hacerlo, pero
yo nunca he escrito un poema.
Solo he dicho palabras que saben
a aceite y todas ahogadas huyen
de mi garganta hacia otra parte.
Consistiría en decir lo mismo que
otros dijeron ya, con igual acento,
con la misma voz o no, después
de todo da igual: siempre es lo mismo,
lo he dicho. Yo nunca he escrito un
poema, no podría hacerlo. Yo solo
hablo y hablo entonces de mi padre.
Sabrán que mi padre y yo atravesamos
esta misma calle en otro momento.
Mi padre vuelve a ser joven, yo vuel-
vo a ser niño. La playa es la misma:
se equivoca en todas sus olas. Aún
en mis sueños puedo ver el mar per-
fumado de colores cuya mitad descan-
sa en mi costado, puedo ver al mundo
que se enrosca como una caracola,
cómo se desvisten sin herir cada una
de las personas mayores, cada vera-
neante en la arena difusa. ¿A dónde
la arena que grita mi nombre despa-
rramado, la arena que grita y tiembla?
Amigos: un minúsculo filo de agua
se desliza entre la espuma y yo ha-
blo de lo que dicen mis sentidos en
esta calle con barreras. (Estas palabras
me pertenecen como podrían perte-
necer a cualquier otro.) Alguna vez mis
ojos recorrieron esta calle cuando un
hombre volvía de frente y a sí mismo.
¿Por qué no hablar de aquel hombre
que en su momento me llamó montado
desde su bicicleta? Aquel hombre era
Abelardo. Más allá de ese hombre se
encontraba el mar y la tarde. Abelardo
fue carpintero. Sé que fue carpintero
(alguna vez escuché fluir cada clavo en
la madera salobre de su cuerpo). Todos
los días a esta hora se paseaba Abelar-
do en bicicleta. Sin darme cuenta todo
se ha ido. Pienso en Abelardo mirar su reloj
como pienso en mi padre con el mar en sus
rodillas. Vengo a escucharlo y luego darle for-
ma con mis manos. En esto hay tanta verdad
que creo olvidarme de otras cosas más impor-
tantes para decirles. Amigos: en sueños he si-
do todos los hombres y mis amigas distintas
mujeres, pero cada una con su rostro disuelto
en el agua, cada uno con distintas manos y
rodillas distintas, como mi padre, como mis
deseos, como un pan redondo y amarillo.
Amigos de por allí, ¿sienten cómo las olas
nos hablan del tesoro que ocultan? En ellas
hay sombras que mojan mi cuerpo, escamas,
barcos y piedras. Luego en mis sueños
tengo barba, una barba como la de Abe-
lardo, ya de pronto, un cuerpo azul, tarta-
mudo, peces y naranjas en mis manos.
Lo sé porque puedo sentirlas. ¿Por qué no
hablar de Abelardo, de sus ojos como yo
los quería? Mi padre también fue carpin-
tero y fumador de marihuana. Mi padre pa-
seaba en bicicleta. Amigos de todos lados:
comparo mis palabras de un solo pie con
mi cuerpo que se resiste a mis brazos y
pienso en las personas mayores (imagino
al mar en cubos que no terminan en esta
orilla sino en otra orilla de rumbo incierto)
y pienso en el goce de todos ustedes.
Pienso en el escote que lucen mis amigas.
Pienso en Abelardo estarse quieto, tallar
unos ojos sobre mi rostro, y pienso en
mi padre cuando leía poemas; algunos
hablaban del amor infantil por Casandra Salviati,
otros de la muerte de María Dupín, la bella, y sé que
yo nunca he leído un poema como los que
leía mi padre en voz alta. Amigos de por allí
y de todos lados: mi padre sabía el verdadero
nombre de todas las cosas: el color de las venta-
nas en verano, la puerta imaginaria del mar sono-
ro y blanco, la mitad del 2 sin disecar en la rada,
la fábula del camarón, la carpa, los vestidos hue-
cos, el múltiple antojo de las muchachas prohibidas,
la balada de la casada infiel. ¿Quién mejor que
mi padre para escribir un poema, para entonar
la canción del mar y enumerar las olas? ¿Por qué
no pensar en mi padre como si hubiera sido un
buen hombre al final del mundo? Amigos:
se cierra el silencio como una enorme ventana.
Las muchachas ríen al verme sin ojos. Ellas
huelen a sal marina. Yo les ofrezco helado de
naranja y collares de conchas. A veces les escri-
bo algunas cosas, poemas les llaman ellas
bajo la arena, aunque en verdad no sepan
lo que eso significa.

3


AQUÍ EL MERCADO TERMINA
según la costumbre de quien
lo sabe todo. Aquí el sol no
busca, no encuentra, no
pierde a sus amigos. Hay
palmas disfrazadas de
arena, hombres que remiendan
las redes. Hay alguien que bosteza
y ese bostezo es el mismo en todo
el mundo. Hasta aquí llegan robinsones
y traen en sus manos el corazón de las
tortugas, la sangre del cachalote
y las ballenas. Cuentan fábulas ima-
ginarias de grandes moluscos, Jim
Hawkins, islas para naufragar
sin pupilas, donde por alguna razón
hay que cruzar con cera en los oídos.
Cansados de preguntar, los hombres
tienden las redes más allá de este merca-
do, allá donde comienza a despertarse
el mar, allá donde la sombra también es
arquitecta y el temor obliga a no asomarse
fuera de la barca. Algunos huelen a cerveza,
otros a lo que huelen los viejos. En algún
lugar del estero verán la jaiba devorando el
tiempo, una cabeza de cerdo coronada de
moscas, diez yuntas de bueyes jalar
un barco hacia el mar, cormoranes
trasnochados que se balancean en las olas.
En el mercado las mujeres se
quitan las escamas y miran pasar
el tren y a los muchachos desclavados
de los mástiles según la costumbre. Ellas
creen saber el verdadero nombre de las cosas
a las que les es preciso navegar.
Verde y alta es mi madre. Bugan-
villa su cabellera. sus pies son
de un pueblo sin héroes, sin
musgos ni gallinas. De luto mi
madre. Su casa se levantó con
el carrizo en el doliente músculo
de la costa. Ajustó la cicatriz de
los suburbios a la medida exacta
de sus vestidos y de la palmera
cocotera. Así es mi madre, como
un enorme pelícano. Es la casta
con más años en la familia. Sin intención,
se llega al mercado. Desde la playa
los bañistas con frecuencia saludan.
Aman con locura las pensiones
en los días de fiesta, aman con locura
el oro rosado del mar. Ellos tienen ojos
para lugares remotos, para la medusa
en el balneario, para el aceite que purifica
los cuerpos. Ellos tienen oídos para el eco leja-
no de los muelles, para el graznar de las gaviotas.
Tienen sus manos un olor de pólvora de cohetes. La
poesía es un fraude –dicen–
como la carne en la frente
de un caballo. –Yo también
he andado por las calles,
después de todo –les he
dicho, lo cual de alguna manera es
cierto. Esperen a que llegue
la noche, cuando mucho.
¿Hay alguien entre nosotros
que recuerde una canción? –se
consuelan. Yo he querido decirles
esto, esto que es imposible, pero
de otra manera. Por el mercado
andan las personas. A esta hora
no se aparenta la alegría. –Hoy es
martes de carnaval –dicen–
hace apenas unas horas…
contesta la señora que atiende.
Y la oigo reír. Lo mejor son
las lentejas –dice un hombre–
los ojos de las mujeres
como verdes lentejas.
Pues bien, puede usted
freír los huevos en esa otra sartén, no importa.
Es extraño su apellido.
–¿Qué tiene de extraño?
No me gusta. – ¿Es usted ex-
tranjero? –Es verdad. Ni
siquiera he pensado en eso,
puedo decir que ni lo he pen-
sado como debería. El país es
grande. En esa temporada se
abren las violetas como alme-
jas. También hay plazas. El
año empieza el primero de
enero. Todos trabajan dema-
siado para esperar la me-
jor hora, la despiadada.
Si al menos fuera viernes.
Frente al mercado pasan pequeños
instantes, fugaces, por los que real-
mente vale la pena vivir. Oigo sus
pasos. Así me doy cuenta de
que disminuyen los días como
un cortejo. –Es posible que
en el sur usen bolillo
en lugar de tortillas,
acá, tal vez no. –¿Y dice
usted que no he hecho
nada útil el día de hoy?


Manuel Parra Aguilar. Hermosillo, Sonora. Maestro en Estudios de Arte y Literatura por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ha ganado el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines; los Juegos Florales Iberoamericanos Ciudad del Carmen; el Premio Internacional de Poesía Oliverio Girondo, organizado por la Sociedad Argentina de Escritores, SADE; el Premio Nacional de Poesía Amado Nervo; el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal, entre otros. Libros de poesía: Los muchachos del Guinness Book, Permanencias, Pertenencias, entre otros; además del libro de ensayo Espacios contenidos. En torno al poema en prosa moderno.

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