Con «Historia de un cometa», Krisma Mancía vuelve al hermoso diálogo entre lo cotidiano y lo sublime, entre el deseo y la muerte, entre la proclamación de un espíritu indómito y la orfandad de nuestra naturaleza humana. Esta selección poética de su última publicación es un viaje de redefiniciones que dialoga sobre lo bello y lo sagrado
Krisma Mancía | Escritora y diseñadora artesanal
Quien ha leído a Krisma Mancía conoce una voz inconfundible y poderosa. Con este poemario vuelve al hermoso diálogo entre lo cotidiano y lo sublime, entre el deseo y la muerte, entre la proclamación de un espíritu indómito y la orfandad de nuestra naturaleza humana. Historia de un cometa es también un viaje de redefiniciones, de triunfos y derrotas incompletas, que dialoga sobre lo bello y lo sagrado
ÁGATA
Te estás poniendo vieja, Ágata,
y quizá por eso te siento tan intensa.
Como el gato que agoniza en el regazo de tu jardín,
como la boca abierta de un hombre cuando te ve pasar,
como la mujer que quiere algo y no sabe qué,
te estás poniendo vieja, Ágata.
Te estás poniendo intensa, Ágata.
Las cosas no dejan de morir y lo sabes bien.
El sillón ya no es como antes.
La madera de la mesa ha gastado su barniz.
Has abandonado tus huesos en mi cama
y prefieres el frío de una habitación prestada.
Te estás poniendo vieja, Ágata.
Te queda bien esa cicatriz en la frente.
¿Qué dices? ¿Es una arruga?
Las arrugas son cicatrices, Ágata,
son señales divinas, son huellas de luz.
Te queda muy bien el olor a viejo
que se escapa de tu vestido.
Te queda muy bien el abandono.
Cuando el cielo de tu piel se queme
dejará de ser tu peor pesadilla.
Mi pequeña, mi pequeña gata parda,
los malos hábitos son los que más se aman.
La Luna se nutre de tu sangre
y hace un énfasis sutil en esa muela
que renunció a quedarse en tu boca.
Sí, mi pequeña gata sucia, te estás quedando sin subtítulos
para tu propia película de terror.
Te estás quedando propensa a morir por un refriado
y hasta tus flores de plástico han envejecido,
y hasta tu sonrisa es más amarilla en la fotografía.
Te estás poniendo intensa, intensa.
Te estás poniendo ajena,
lejana de ti misma.
fuera del abismo
que hasta decir tu nombre no es suficiente.
VIRGINIA WOOLF TOMÓ MI MANO
Él no llegó a la cafetería aquella tarde lluviosa.
De regreso a casa, Virginia Woolf tomó mi mano
y me habló de la casa amueblada de Orlando.
Necesitaba un falso amante esta tarde de lluvia
o tal vez una taza de café, permitirme un beso, contemplar botones.
Cualquier cosa que se resistiera a envejecer.
Pero él no llegó esa tarde lluviosa.
De regreso a casa, me detuve a comprar flores
y me negué a entrar al salón de belleza.
La soledad era demasiada hermosa debajo del paraguas
y es fácil envidiar lo que ya no se tiene.
Necesitaba que sucediera algo.
Algo que me golpeara, algo que me hiriera, algo que me hiciera sentir algo,
sobre todo eso: sentir.
No importa qué, ni cómo.
Entonces dejé que la gente chocara contra mí,
solo por sentir una mano rozándome por accidente…
Creo que hay una especie de dolor interior que solo el dolor exterior equilibra
y se me pasó la mano,
la fuerza necesaria en el cuello,
el límite de velocidad,
el no detenerme a tiempo…
hice caso omiso al sonido de la sirena de una patrulla,
a la cinta amarilla,
al calor de una bala rozando mi frente,
a la tos,
al deseo de vomitar…
Siete minutos y no pasó nada, Virginia.
Los ataques de ansiedad solo tienen un motivo: exceso de futuro;
y un solo objetivo: la perdida de control,
y esperar, esperar es la peor medicina.
Es la pesadilla vestida de sueño.
Esperar que se normalice la respiración, el pulso, las ideas…
La inmovilidad,
la incapacidad de volver del viaje,
las aspas del ventilador se detienen
y solo hay siete minutos.
Pánico. Una sensación extrema.
Pánico a morir. Pensar en la pena máxima.
Pensar en…
No pensar. No pensar.
No quiero pensar en la felicidad y en la belleza de vivir.
Pensar que no sucede nada.
—Pensar, ¿pensar qué?
Virginia Woolf tomó mi mano.
Hubiera sido una buena amante en esa tarde lluviosa.
ANATOMÍA DE LA MUJER PEZ
Y la mujer enrojece con toda la sonrisa.
Benjamín Saúl
Dicen que soy una nena terrible. Una nena mala,
con un alma antigua,
con el don de las sonámbulas,
con la anormalidad de lo que haría la gente sana.
Dicen que soy una flecha mortal,
un escarabajo con su bola de estiércol,
una voz demasiada fuerte para la pureza,
una nena tormentosa que jamás tuvo que saber que
toda mujer debe decidir qué hacer
con lo que entra y sale de su cuerpo.
Hay solo una vida y pienso usarla
como se usa una bala.
Tengo el poder sobre mí,
por eso soy una nena terrible. Una nena mala.
De ese tipo de nenas que poseen la belleza
atada a cintura todos los días,
pegada a la piel como calcomanía,
descolgada de la viñeta,
distraída de los códigos de barra.
De las que corren en una banda sin fin,
sin motivo y sin encanto.
Una nena maldita
que hace valer su peso en oro.
Peligrosa y políticamente incorrecta:
si me gritan, yo grito más alto,
si me encadenan, yo me mutilo
las manos o los pies con los dientes.
Nunca doblaré mis rodillas
ni diré:
“He aquí tu esclava, Señor”,
porque nadie meterá en mi cuerpo pajarracos dudosos,
ni atará mi voz a la virtud del silencio,
ni pondrá mis alas en cautiverio.
Dicen que soy cuestionable en toda mi anatomía,
en toda mi condición de mujer.
Infiel a las costumbres,
transgresora de cualquier ligadura,
escandalosa ante toda orden moral.
Una descalza. Una mutante
con un ejército de lunares en los hombros.
Un bombón sin cobertura contra incendios.
Una mujer pez
que escapa de la red.
Quizá tu perdición. Quizá mi salvación.
Quizá la mujer de tu vida.
Quizá la ventana donde saltar.
Una vez tú. Una vez yo.
Eso es lo que dicen.
Pregúntame qué clase de nena soy
y te sonrío
viéndote a los ojos.
LA MUERTE CONTRATADA
Ya nadie extiende el dedo índice
para que se pose un colibrí.
La culpa es un largo río
que arrastramos como una sábana.
Lo sabemos y es mejor no denunciarnos.
Nada es cierto, dijiste en un julio
de nunca jamás. Nada.
Ni la vitamina D que te dio el doctor
en comprimidos amarillos y en dosis de ocho horas.
Nada es verdadero ni puro,
ni siquiera ese hijo que nace
sin la conciencia del pasado o la inocencia del futuro.
La muerte también se fastidia, dijiste en un día falso
y señalaste tu guadaña escondida en el armario,
fue cuando otras muertes llegaron a matarte
con la excusa de tomar el té.
Y entendí porque quería morir después de hacer el amor contigo,
porque sentía que tu pelvis encajaba en la mía,
porque amaba tus dedos fríos apretando mi garganta
hasta ver esa luz tan pura que me invitaba a dormir,
porque tu sexo me calzaba a la perfección,
porque noviembre nunca terminaba y el café nunca se enfriaba,
porque el mundo dejaba de existir y otros envejecían y morían rápido
y entendí que me matabas todas las noches,
todas las noches
ocultabas las evidencias de mis otras vidas bajo el tapete
y me resucitabas con el grito del despertador
antes de ir a trabajar y tomar el desayuno y ducharse y apartar la sábana,
antes de recordar los sueños que nunca tuve.
Entendí que me mentías
como se le miente al dolor reducido con analgésicos.
“Se miente por anticipado. Se miente por encargo”,
decía tu tarjeta de presentación
y nunca pude agradecerte las muertes múltiples en la habitación.
Buen trabajo, pasa mañana por tu cheque.
Las mentiras no funcionan bien
después de morir mil veces.

Krisma Mancía. (San Salvador, 1980). Escritora y diseñadora artesanal. Estudió letras en la Universidad de El Salvador (UES), teatro en La Escuela Arte del Actor, escultura y cerámica en el Centro Nacional de Arte (CENAR) y perteneció al taller de talentos de La Casa del Escritor. Ganadora del I Premio de Poesía Joven La Garúa, 2005. Ha publicado 5 libros de poesía y varios de sus textos han sido recogidos en periódicos, antologías y revistas de América Latina y Europa. Ha participado en festivales, conferencias y recitales a nivel nacional e internacional. Fue la primera directora de la Casa de la Cultura de la Mujer en Ciudad Mujer. Es creadora de la marca Krismática, especializada en joyería con materiales alternativos como el papel. Trabajó por 14 años en el Ministerio de Cultura y fue la coordinadora de los premios literarios de los Juegos Florales de El Salvador.
