Coleccionista de piedras blancas

El poeta René Novoa nos comparte, en exclusiva para El Escarabajo, algunos poemas de su libro Biografía en re menor

René Novoa | Poeta

SOY DEL ‘76

“El barrio está igual que ayer
voltearon la casa de al lado,
la gente está igual que ayer
con un par de añitos encima”:
Fito Páez (Del 63)

Soy del ‘76 y no me bastan las cometas para abrazar mi infancia
ni para evocar a los amigos que se fueron a jugar al otro patio,
allá desde donde papá me ve y auxilia.
Crecí en estas calles donde vos también has caído,
por eso reinvento mis pasos de vez en cuando para negar la rutina,
para alejarte de mis manos que tanto hablan,
para resurgir en el tyndall que se cuela en mi habitación.

Quizás lo mejor que me pasó fue estudiar en el sistema público:
las fichas de los escasos libros de literatura sólo llevaban mi nombre;
por eso siempre llegaba puntualmente a la poesía –o ella llegó, no lo sé–.

Crecí en una familia numerosa,
o más bien amorosa,
que me enseñó a dar todo en cada latido.
De papá aprendí a creer, ciega, absolutamente;
de mamá, a jamás desfallecer;
y mis hermanas me hicieron más fácil vivir en este mundo
que no siempre es globos y aplausos.

El rock, los ansiolíticos y los adioses los conocí temprano,
por eso no importa cuánto me aleje o acerque al barrio,
porque lo llevo tatuado en mi memoria.
Soy del ’76
y no me basta este nuevo siglo para esperarte.

SILENCIO, PAPÁ DUERME

No tengo otra forma de devolverle un latido a mi padre,
sino con estas palabras desgastadas por el tiempo,
sino hundiendo los puños en la tierra,
sino diciendo que él
–monosílabo de luz–
aprendió temprano a levantarse y después limpiar sus rodillas,
a golpear despacio con la mirada
y a perdonar, a cualquier hora.
Aprendió, tiempo después, a cosechar nombres del calendario
y manos diminutas que jamás olvidaría,
porque esas manos eran sinónimo de sus vértebras.

Mi padre tenía la costumbre de escuchar,
aunque le dijesen una mentira
él se limitaba a creer.
Y creía en los caminos, en las personas
y en los recuerdos,
sobre todo, en esos que nos visitan de madrugada.

No había nada distinto en su voz,
pero bastaba escucharlo
para tener la certeza que nos ofrendaba la vida.

Un día papá cerró los ojos,
y yo no pude ni mis hermanas,
ni siquiera mi madre,
no pudimos evitar que durmiera definitivamente,
pero sus palabras aún se agitan en nuestros pechos.

MANÍAS DEL EFECTO PLACEBO

Ciertamente he logrado poco en la vida,
soy desmemoriado y paranoico,
detesto los domingos y sus tardecitas que no calientan ni mi sombra,
aborrezco a los enamorados por aparecer cuando estoy solo.

Creí no ser común ni habitual,
pero adonde veo hay un rostro que se me asemeja
y en ciertas fechas alguno me sonríe.

He hablado poco sobre el horror del hombre
y del hombre y su fe extraviada en algún equipaje,
en alguna manera de decir adiós sin ver a los ojos.
He querido lo suficiente a una mujer como para extrañarla,
como para ofrecerle mis manos y mi sangre:
es cuanto poseo,
y descubrí que no le temo a la ruptura
sino al recuerdo,
porque se empeña en perseguirme.

Cuando el mundo se pone violento,
cuando se confabula con el televisor,
tengo una habitación, un camastro y una esperanza;
cuando ruge la zozobra o me atrapa
–con sus lamentaciones invisibles–
recojo mis huellas y las cuento,
le ofrendo una moneda y un caminar absorto al silencio
y lo acepta,
entonces comprendo que tenemos un trato.

Ante los horarios, las costumbres y los objetivos
prefiero un sueño,
soñar es avanzar, es ampliar nuestras gargantas.
Combato a los coches, al transeúnte y a los edificios
con los latidos de alguien que me recuerde,
al invocarle confirma que valió la pena inscribir mi nombre en su pecho,
y eso me basta para saber que existo.
Me es suficiente.

¿HAS VISTO UNA ESTRELLA FUGAZ?

¿Quién dijo que un sábado es un buen día para morir? Aunque para tu partida ningún día es agradable. Papá, vos sabías que estabas muriendo, pero no dijiste nada; yo sólo lo presentí. En especial esa noche cuando algo atravesó el cielo, y tu nombre me iluminó el pensamiento, entonces supe que era tu última noche.
Sabías que te alejabas, que me dejabas solo, que había llegado la hora, que disté todo por los que estuvimos en tu vida y que nunca vi a nadie luchar tanto como vos y mamá; vos sabías que llegaba el momento. Yo no. Si lo hubiese sabido, habría preparado mi mejor discurso para no decir nada, o te habría dicho que cuando era niño y me abrazabas, eran tus brazos los que hacían realidad mis sueños (¿te acordás?).
En ciertas noches te veo, cuando tu recuerdo cruza el horizonte. En esas noches fumo y callo tu nombre, porque es la mejor forma de invocarte. Te recuerdo diciendo que si quiero construir versos o casas estarás conmigo. Y yo sabía que estarías conmigo. Y vos sabías que estabas muriendo.
No sé por qué la muerte –que es una niña abrazada a nuestro pecho– decidió que irías con ella, te eligió como acompañante en un baile infinito, quiso que le contaras tu historia, que te quedaras con ella… y te alejaras de mí.

Y MAÑANA TAMBIÉN

Papá, me han dicho que llegó el fin del mundo. Hablan de profecías, de alineación de planetas, de erupciones solares… de desastres. Incluso, a mamá le dijeron que habrá completa y absoluta oscuridad.
Supe –de buena fuente– que muchos se prepararon con tiempo y tienen refugios abarrotados con comida. Yo tengo cigarrillos y una botella de licor, pero no es por esos rumores de fin del mundo, sino porque soy un amante confeso de los cigarrillos y el licor.
Dicen que el mundo se acaba, papá, que no hay tiempo para más, que –ahora sí– nadie más poblará la tierra. Dicen que la gente correrá enloquecida por las calles para salvarse.
Confieso que yo también correré, pero será para llegar a tiempo a mi trabajo y escribir sobre cosas que en este país se han vuelto cotidianas, como asesinatos, fraudes o golpes de Estado.
Papá, un año antes de tu partida, también hablaban de un evento catastrófico en el mundo: era el Y2K. Entonces hubo pánico porque dijeron que los ordenadores fallarían, y no faltó quien hablara sobre la revolución de las máquinas, ¡y Hollywood lo agradeció enormemente!
Aun así, insisten que esta vez es cierto, que llegó el momento de extinguirnos, que no volverá a amanecer.
De lo que estoy seguro, papá, es que esta noche fumaré y lanzaré una moneda para decidir si abro o no la botella de licor: si cae cara, entonces será un sí. Esa moneda experimentará el vértigo las veces que sea necesario. Y mañana también iré presuroso al trabajo, y de nuevo iré de compras a la tienda, y la moneda volverá a caer; y el próximo año… y la próxima vida.

COLECCIONISTA DE PIEDRAS BLANCAS

¿Quién dijo que vivir era fácil?,
¿y quién dijo que vivir no era fácil?
Aun así, sobreviví al prozac,
a las noches milenariamente solas,
al licor barato, a la nicotina,
a la poesía (la buena y la mala),
a la espalda de una mujer que se aleja,
al olvido, a las madrugadas en este remedo de ciudad,
a los autobuses,
al “que Dios nos ampare”,
a las entrevistas de trabajo y a los recuerdos.

En este momento de la vida,
en este momento de mi vida,
giro lentamente el caleidoscopio de mi infancia,
y no puedo evitar que se escape una sonrisa de maldad.

Pero al agitar el tiempo,
me es imposible no extrañar
a los que partieron temprano de este patio.

Y al resolver el crucigrama de mis años,
descubro que he conservado
esos seres extraordinarios que me llaman amigo,
y que tengo menos odios y más abrazos.

Sé que no he sido el mejor hijo,
pero a mamá parece no inquietarle:
me conoce y ama mis heridas.

De pequeño
todos me advirtieron sobre los cepos del camino;
nadie me advirtió sobre los peligros
de quedarme inmóvil,
pero ni ellos ni yo pudimos adivinar
que llegaría a esta etapa abrazando la vida,
plácidamente,
como un niño.

MAMÁ, ANA, TITA

Para mis hermanas yo soy un mal ejemplo en todo: no tengo propiedades, no voy a la iglesia, nunca me he casado, aborrezco las sectas religiosas y otras fechas turbias. No busco a Dios en ningún lado y me conformo con un pan a la hora de cantar.
Nunca estoy a la moda en nada, y no me importan canas, arrugas, años apolillados o remos rotos. Soy así, un sin más que no desea marchar adelante ni atrás de nadie. Como carne en Semana Santa, y me place encontrar, en callejones o edificios, gatos negros.
Los domingos siete elevo cometas y los martes trece hago el amor. Jamás pienso en el futuro, qué me importa a mí lo que no he visto. Me preocupa hoy, siempre hoy.
El mejor amigo que tengo soy yo mismo, y además digo: yo soy mi propio juez y me absuelvo. Pero amo a los míos, aunque sea un desasosiego para sus almas elementales y tradicionales. Según mamá, San Antonio me protege tanto que ni la muerte me mataría, y agrega que papá, que ya murió, me ayuda sin que yo lo sepa. Gracias viejita.
Mis hermanas me quieren así, aunque sea un mal ejemplo para sus almas tranquilas y alegres. Al fin y al cabo, lo importante es estar unido en cualquier tiempo y bajo cualquier clima. Ellas piensan que así lo quiere Dios, de lo que estoy seguro es que así lo quiero yo.


René Novoa (Tegucigalpa, 1976). Integra las antologías Colección Sensibilidades, Ourense, Madrid, 2002; Letras Libres, Letras Libres y Libros de Autor, Ourense, Madrid, 2005; Papel de Oficio, Paíspoesible, Tegucigalpa, Honduras, 2005; Sociedad Anónima, Paíspoesible, Tegucigalpa, Honduras, 2007; El mundo lleva alas, Voces de Hoy, Miami, Estados Unidos, 2009, y La nación generosa: 111 rutas al otro lado del mar, La Galla Ciencia, Murcia, España, 2015; y Honduras del corazón, Chifurnia Libros, Tegucigalpa, 2023.

En poesía, ha publicado Biografía en re menor, Chifurnia Libros, Tegucigalpa, 2023; y Autopsia para un jazmín, Ediciones Malpaso, Tegucigalpa, 2024. Ha sido premiado en poesía los concursos: Colección Sensibilidades (primer lugar), 2002; Letras Libres (primer lugar), 2005; El mundo lleva alas (primer lugar compartido), 2009; y Juegos Florales de Santa Rosa de Copán (segundo lugar), 2017; mientras que en cuento ha recibido la mención de honor en los Juegos Florales de Santa Rosa de Copán de 2021.

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