En este ensayo, el doctor Rafael Lara Martínez estudia el libro «Sobre el ángel y el hombre», el cual considera la obra cumbre de la obra poética de Claudia Lars
Rafael Lara Martínez | Antropólogo, lingüista, crítico literario y escritor

Mi cuerpo —esta envoltura
de la humana criatura.
Claudia Lars (I.III.)
El cuerpo es el envoltorio del alma. La ropa es el envoltorio del cuerpo. A diario se me niega mudar el traje del alma. Por tal razón, cambio de traje para renovar el envoltorio del cuerpo. La moda es la ilusión de muda constante del envoltorio del cuerpo. El que envuelve el alma durante su breve transcurso por el mundo. Apócrifo
Resumen: “Mi secreto entre las ramas. El hombre contra el ángel en la mujer” estudia la obra cumbre de Claudia Lars: Sobre el ángel y el hombre (1962). El breve ensayo analiza una escritura auto-referencial que observa su propio quehacer por las metáforas clásicas de la flor (anthos), el canto, la forma y la blancura de la página. Al centro de ese recuadro aparece la poeta, inspirada por su propio goce íntimo que denomina “ángel”. Al proseguir el llamado secreto de ese principio interno de orden masculino —un animus junguiano— Lars adopta una vocación artística que la obliga a inquirir su ser-solitaria-en-el-mundo. De aceptar una relación de pareja, truncaría la dádiva poética. La escritora enfrenta el dilema de “dividirme” durante “mi humilde día de servicio”. Le sirve a un hombre —entregándole su recinto interior— o bien prosigue sola el dictado de su ángel por escribir poesía. Al resolver la disyuntiva, en una opción de soledad —introspectiva y creadora— el largo poema sugiere borrar el hombre del título, para instalar a la mujer en su labor poética. El presente ensayo revierte el tachón convencional de lo femenino al glosar el título Sobre el ángel y el hombre como Sobre el ángel y la mujer. Por la inmortalidad del alma, la vocación poética larsiana desciende “del olvido” celeste, se arraiga en “el ardiente mensaje” de la “lengua”, hasta refugiar la poesía en “la quietud” recordatoria “del limo”.
Abstract: “My Secret among the Branches. Man against the Angel in Woman” studies a key work by Claudia Lars: On the Angel and Man (1962). This brief essay analyses her self-referential writing, which observes its own cause through classical metaphors of flower (anthos), song, and form as well as whiteness of the page as purity. In the middle of that framework, the female poet appears; she is inspired by her own bliss that she calls an “angel”, a Jungian animus. Following the secret demand of that inner principle —male in gender— Lars adopts an artistic vocation, which forces her to inquire into being-alone-in-the-world. If she accepts a male companion, she would disfigure her poetic gift. The female writer confronts the dilemma of “dividing myself” during “my humble day of service”. She could serve a man —delivering her inner ground to him— or she could obey the angel’s request to write poetry instead. Solving the alternative by an option of introspective and creative solitude, the long poem suggests erasing man from the title to portray woman in her poetic endeavors. The essay reverts the convential erasure of female by rewriting the title On Angel and Man as On Angel and Woman. Thanks to an inmortal soul, Lars’ poetic vocation descends from celestial “oblivion”, takes refuge in “burning messages” of her “tongue/language”, and finally shelters her poetry in “memorial stillness” of “silt”.
0. Preludio
0. I. De la forma…
Según las dos antólogas de Claudia Lars (1899-1974) —Matilde Elena López (1973) y Carmen González Huguet (1999)—Sobre el ángel y el hombre (1962) representa la cima de la lírica de la autora. En sus versos se despliegan “perfectas liras” que reiteran la poesía española del siglo de oro, ante todo la de “San Juan de la Cruz”.[1] Este enclave del pasado en el presente lo comprueban los tres epígrafes de personalidades que expresan “la transición desde el medioevo hacia la modernidad”.[2] Sucedería que esa evolución (est)ética aún no ocurre en El Salvador de mediados del siglo XX. En su defecto, le concierne al despegue de los años sesenta rendir cuentas de ese rito de paso rezagado hacia una actualidad tardía y ajena. Si la forma versificada insinuara un contenido, quedaría por determinar cómo esa entrada a lo moderno afecta la experiencia larsiana de escritora en Centroamérica. Aún no existen varias hipótesis que cotejen cómo el formalismo po-ético presupone una ética femenina.
Si la mejor poeta moderna de El Salvador repite la métrica antigua del siglo XVI, esta clonación declara que la verdadera re-volución artística no expresa el cambio. Por lo contrario, en el sentido original de la doble palabra, la re–volución implica un giro hacia el eterno retorno de lo mismo. El debate medieval entre la bondad del espíritu y la maldad del cuerpo se halla a la orden del día, al menos en la poesía larsiana temprana: ante “su celeste llama/y se humilla la carne pecadora”; sólo “lo divino […] vuelve el lodo humano cristalino”.[3] De nuevo, falta especificar cómo Lars evade la malicia corporal o, por lo contrario, se deja invadir por esa perfidia profana sin cese.
Luis Gallegos Valdés anticipa la vigencia de ese legado medieval al anotar que “el ángel asiste al hombre en sus desvelos y tribulaciones” mundanas.[4] Sólo en el momento en que “abre su casa —su cuerpo—“, la vida terrena se vuelve “eficaz”. La temática central del poemario indagaría la presencia activa de ese principio anímico supremo en toda materia corporal, humana animal e inorgánica, ante todo en la propia poeta: “hallamos lo divino del cuerpo”.[5] “Hasta el cardo rastrero/tiene un ángel”.[6] Una vez más, se deja en suspenso la vivencia larsiana personal al encarnar esa indulgencia angélica, como si lo universal no lo concretara un individuo a cada instante de la historia. Desde Gallegos Valdés al presente, aún no se aclara si “el ángel asiste al hombre” de igual manera que socorre a la mujer en sus tribulaciones mundanas. Ante todo, no se sabe si su presencia indiscutible le otorga una autonomía plena al cuerpo de la mujer.
A nivel abstracto, en Lars, la dicotomía tradicional la resuelve una completa espiritualización de la materia, ie., de la bioquímica y medicina. Al hospedar un “ángel” en su seno, todo organismo participaría del ente divino, por una correspondencia panteísta entre lo Eterno celestial y lo perecedero terrestre: “lo eterno en terrenales nombres”.[7] Empero, la consciencia de esta coincidentia oppositorum (N. Cusa (1401-1464))—de las nupcias del Cielo y la Tierra en un sentido blakeano (1793)— sólo la realiza la palabra poética. La poesía, la autora la sacraliza como labor suprema de lo humano: “quiero para nombrarte [= “(arc)ángel”] conciencia de la rosa”.[8]
Por tal razón, al tópico panteísta esencial se añade el de una meta-poética o poesía auto-reflexiva cuyo único objetivo consiste en invocar la lengua y propiciar su advenimiento. Sin esa función auto-referencial del idioma —poesía que habla de la poesía; poesía que performa hechos— toda búsqueda de un asunto extra-literario quedaría truncado.[9] La cuestión por resolver es si esta meta-poesía agota el legado larsiano o, por lo contrario, el idioma poético lo corrompe su relación al mundo vivido de la autora. Por un decreto formalista, parecería que Lars jamás cobra conciencia de su condición femenina ya que —sin pena— el alma no vive en la Tierra sin el cuerpo que la arropa. “De esta envoltura/de la humana criatura”.
0. II. … Al contenido
Hasta el presente, el comentario usual de la poesía larsiana prosigue una lectura puramente auto-referencial y metafísica. Varada en el análisis métrico formal, acalla el contenido —sino (pre)feminista— al menos femenino de su escritura. Hace falta indagar el salto que de la métrica clásica conduzca a una experiencia femenina singular en Centroamérica. La mujer no denota un significado universal, sino invoca su vivencia histórica en un territorio nacional determinado. Hay que pasar del análisis formal clásico, aún en boga, a la intuición de una mujer concreta que se rebela contra el “hombre” vivo, al incluir en su seno la presencia de un “ángel” interno.
Subrepticiamente, una temática de género se disimula bajo el tópico metafísico tradicional. En efecto, por triple polisemia, la palabra “hombre” no sólo remite a un varón sino también a la hembra, al igual que a un principio anímico interior de Lars misma, en su completa feminidad. La hembra lleva incrustado un núcleo masculino a manera de querube. En una trinidad compleja, el “hombre” es el varón; el “hombre” es el hombre y la hembra; en fin, el “hombre” es el alma femenina bajo la figura de “ángel”. Acaso, como su antecesora medieval en el verso, la mujer salvadoreña sigue encerrada en un claustro similar en pleno siglo XX. Por una insinuación fugaz, la forma poética se vuelca en un contenido vivencial pre-feminista, sin comentario hasta el presente.
Para efectuar ese salto de la metafísica al cuerpo humano, en primer lugar, se indaga esa doble temática que de la palabra pura —sin un compromiso mundano ni referencial— concurre al encuentro de lo espiritual en la materia. En segundo lugar, se reflexiona cómo esa poesía culmina en su arraigo corporal sin el cual ni la mujer ni el hombre existirían en su calidad humana. Al interrogar el sentido más que su forma en verso, no se estudian las tres secciones del poema en su disparidad métrica significante, otro análisis auto-referencial, a saber: I: I-V (“lira”); II.: I-VI (”endecasílabos y heptasílabos ritmados”) y III.: I-V; Envío (“libre”).[10] En cambio, se examina el significado al cual remiten esos sonidos en su ritmo, prosiguiendo la sucesión misma del poema.
El poemario transcurre de la poesía en su forma por el llamado angelical (I.), a la tentación de la poeta por el hombre y el amor sensual (II.), hasta desistir y suscribir su soledad angelical (III.) al rechazar a todo varón. Los epígrafes a cada sección verifican ese triángulo temático al declarar la “muchedumbre de espíritus” que acecha a la poeta (I.), la “malandanza sostenida por amor” (II.) y “la iluminación del espíritu” por el don de “los sentidos” y “la razón” (III.). En esa cima lírica, el ángel no brota del “hombre”, del varón. En cambio, surge en el alma femenina que rescata su arquitectura interna, luego de “instala[r] el amor en ese olvido” (III.V.). El rechazo de su consorte masculino hace posible que la poeta se invista como tal. En un país cuya esfera literaria la dominan los hombres, la hembra se aísla para buscar en sí misma un principio activo que le inspire un arte sin sumisión. Hasta 2015, resulta difícil aplicar esta autonomía poética personal a la independencia absoluta de la mujer con respecto a la envoltura del alma: decidir el destino de su cuerpo.

I. De la meta-poesía
Desde la primera estrofa, la poeta cuestiona la facultad humana del lenguaje y su potestad de narradora como sujeto que asume la responsabilidad del habla. Por una escisión borgeana constitutiva, Lars distingue la “mí misma”, oculta en el silencio cavernoso interno, del sujeto parlante que emerge en la palabra: “Borges y yo” = Carmen Brannon, nombre de pila, y Claudia Lars, pseudónimo poético. El inicio del poema convoca la lengua en sí, cuyo don dispensa la cultura humana. “Me salva de mí misma”, “la palabra que abisma” (I.I.). A doble vía, el abismo del habla la remite a los recovecos subjetivos en un letargo acallado, al igual que al entorno social del cual obtiene el idioma.
De esa invocación ritual derivan las estrofas siguientes que calificarían como poesía pura, ya que sólo hablan de la poesía. Esta actividad aparece bajo el símbolo “de flor” —anthos/xochitl. Desde su primer poemario —»Estrellas en el pozo» (1934)— se reconoce la identidad floral del poema: “la flor de mi verso”: “Canción del recuerdo”. Su “fina y leve arquitectura” evoca la de una ciudad inmaculada, “reino de blancura”, tal cual le corresponde a la página en blanco que acoge la letra en su mancha. Esa triple metáfora inicial —flor; arquitectura y forma; blancura— inscribe la poesía de Lars en su función auto-referencial cuya temática es ella misma. Antes que de ella misma, la poeta, se trata de la poesía misma hablando de sí en espejeo por la “cita enjazminada” de un querube: “el ángel de las flores”.[11] En una alegoría reticente, la poesía brota cual “pulsación de selva” tropical de follaje tupido que trepa al interior y circula por las venas. “En el profundo nido de los bejucos más salvajes”, “busco en la sangre mía/vegetales palabras”.[12]
El cuadro se completa al congregar la figura de la poeta. Su imagen aparece desde la “edad de tierna boca adolescente/cuando el gorrión ponía/aleteo en mi frente” (I.I.). Junto a la flora merodea la fauna, ante todo las aves productoras del canto, para insertar al centro del marco a la joven Carmen Brannon recibiendo la “llamada secreta” de la poesía. “Llamar el valle pajarero”, “la conversación de grillos” y “la extendida música” de “palomas/como ángeles pequeños” inducen siempre el ritmo poético larsiano.[13]
En la sección I.I., la flor y el canto forman el diseño del arte que estampa su mancha en la página en blanco —“proclamo tu blancura” (I.II.); “regocijo de blancura” (II.III). Así la joven poeta colma su vocación de escritora adulta. El cuadro siguiente recapitula la argumentación.

La temática formalista la generaliza todo el poemario como lo demuestran las estrofas inaugurales de las secciones II y III. Si la segunda declara “se abre la suelta flor” (II.I.), el anthos, la tercera enfrenta la dificultad de escribir al confesar que la invade “el silencio vigilante/…en su noche/poblada de semillas inmortales/y pájaros dormidos” (III.I.). Por la metáfora más rancia de la poesía, mientras el florecer impulsa el verso —“maduro está el rosal” (II.I), de la flora interior— la semilla y el ave en el sueño expresan su latencia aún no manifiesta. “Semillas de pequeños poemas”.[14]
Rastrear la aparición reiterada de esos elementos de una poesía pura —sin un mundo externo que la contamine— sería el cometido de un amplio ensayo crítico de ese “ángel” que habita al interior de Lars en “mi ciudad profunda” (III.I.). De traicionar esa presencia interior —al dejarse seducir por “un cantor” que deponga ”su voz en mi regazo”— en la vocación poética “equivoqué el encuentro” (III.I.). El encuentro con un hombre —amigo, amante o esposo— extraviaría la experiencia interior de un “ángel”, en un varón de cuerpo vivo que la sujete a un designio extraño. ”Celebrarte —cuerpo mío—“implica “te rechazo,/pero te vivo siempre” (III.I.). El dilema de la poeta no podría ser más lacerante, ya que impugna todo recinto ajeno que se le aproxime, a fin de indagar el suyo propio. Desde su primer poemario, la totalidad —divina y mundana— se halla al interior de la poeta misma: “buscando en mí misma lo eterno y verdadero” (“Nuevo día se inicia”); “alma en lo profundo vibrando entero todo el corazón del mundo” (“Esencia”). La poesía “a buscar me obliga/agrestes soledades”. [15]
Parece que el recuerdo de lozanía que le provoca el “Romance de los tres amigos” —la poeta entre “Salarrué” y Quiteño— testimonia de vivencias abolidas. Si “todos los que me amaron algún dolor me dieron” (“Canción del recuerdo intacto”), ya casi “nada en común tenemos”, título del poema. El amor —“quererte como ahora”— desemboca en que “después me vaya/errante y sola” a escribir poesía (“Antífona de amor inmutable”). De la herida” que “me duele con dolor deleitoso” brota la flor (anthos) con “un soplo de fragancia” (“Árbol de sangre”).[16] A la poeta se le impone la soledad como exigencia del acto creativo.
II. Del cuerpo como morada
El más amante de mí sabe tan poco … que pierde su cítara. Claudia Lars
II. I. El hombre contra el ángel
En efecto, el florecer de la poesía en la sección II refleja el auge del “amor”. Las “rosas y el “rosal” se reiteran en cuatro ocasiones, al inicio (II.I. y II.II.), de igual manera que la palabra “casa”, nueve veces en II.V. El auge floral se acompaña de “el revivir de sus abejas de oro” (II.I.) que lo acechan. Ese prosperar deriva de un optimismo inmenso por “este amor tan vivo” que colma la “alegría desatada” de la poeta (II.II.). La consonancia de los amantes abona “la tierra de tu pecho y de mi frente/es doble semillero florecido“ (II.II.). El encuentro amoroso alcanza el éxtasis sensual en los “trémulos parajes:/mi cuerpo… mi camino… la osadía/de entrar en el temblor de tus ramajes” (II.II.). El enlace pasional prosigue el quehacer agrícola y jardinero del hecho poético solitario.
Sin embargo, la entrega al “fuego dulce” (II.III.) del amante no produce los frutos anhelados. Frustrada, la poeta reconoce “el día deshecho entre mis brazos;/recojo la ceniza”, ya que debe “desgarrar mis manos solas/y hasta mi frente” (II.III.). El amor culmina ”como muerte olvidada” (II.III.). “La casa de arrimos y antojos” (II.IV.) se descalabra hasta obligar a la poeta “volver” a su “posada” original, a su soledad que la incita a la introspección. De ese “olvido” necesario brotan las secciones conclusivas de la sección II. La verdadera “casa” es la “de mi sueño”, “adentro” de sí, ya que ”en mundos de otras casas vivo a solas”, siempre “en llanto poderoso” (II.IV.). En ese instante, ya sólo queda “borrar los secretos de tu fuego” (II.IV.). Los deseos sensuales de la amante desfallecen. Desde temprana edad se augura que “el amado le fue traidor”, así como un destino de “novia triste de cursis poetas”.[17]
Es imposible servirles a dos señores a la vez. Lars debe elegir entre volverse ama de casa —mujer adulta, según al norma social de la época— o asumir su vocación pueril de poeta —figura de “tierna boca adolescente” (I.I.). La consulta frecuente alterna entre “olvida todo lo que fue su infancia” o “sentir un mundo alucinante y nuevo” (Del fino, III.). La estrofa siguiente se transcribe íntegramente, ya que confiesa el dilema femenino crucial. Lars se aboca al servicio doméstico del hombre, o se dedica de profesional autónoma, en el ramo de la poesía, al forjar una cultura nacional.
No pude estar con él y con el otro,
No pude dividirme.
Y el hombre del camino fácilmente
penetró en el sagrado territorio,
que siempre fue del ángel (III.II.).
En refutación del título, la presencia del hombre contradice la del ángel, en una disyuntiva existencial: ¿el hombre o el ángel? El ángel contra el hombre. La escritora debe elegir entre ser esposa/amante/amiga de un hombre vivo, o ser poeta en amistad huraña con su hombre interior llamado Ángel. De doblegarse ante un varón, Lars no proseguiría su vocación poética y, por tanto, “los últimos quince años. Su etapa más productiva” se intitularía “el sueño todavía encarcelado (I.IV.)” (González Huguet, Tomo I: 55).
Como lo sugiere Del fino amanecer (1966), si “mi padre, fuerte y persuasivo” habla, “tan silenciosa” resulta “la presencia/servicial de mi madre” (Del fino, II.). Aunque la lengua sea materna — “aprendía a encontrar en los sonidos/la maternal palabra” (Del fino, I.)—su ejercicio la vuelve patriarcal. Tales son los “recodos sólo míos” (Del fino, I.)—lengua materna; ejecución paterna— que Lars debe resguardar para la dicción poética. Ese legado familiar Lars lo recibe de “aquella patria feliz”, de “lo incorpóreo”, antes de “encadenarme a una máscara humana” (“Los dos reinos” II, Donde llegan). Habrá que volver a esta idea que hace de la memoria un legado anterior al nacimiento.
II. II. La casa de los mortales
En la sección II.V. de Sobre el ángel y el hombre, ese “sagrado territorio” íntimo —el cuerpo habitado— se llama “casa”, en una poesía repetitiva que lo multiplica en novenario. Se trata de un verdadero réquiem que nueve veces reitera la presencia del pasado en el presente. “El ayer de otra vida me acompaña” (I.V.), como si la niña Carmen Brannon viviese en el hogar de Claudia Lars. Jamás “la frágil llamada del presente” —el deseo corporal por un hombre— borraría “el soplo de aquel día ausente” (I.V.). La poeta adulta se niega a aceptar la sumisión que le impondría la relación erótica con un varón. En su interior solitario —habitado por el ángel— Lars no admitiría “un compañero, un amoroso” que descubra “mis escondidas grutas de verdades” (III.I). La sensualidad carnal —“las sábanas recogen/el goce balbuciente” (III.)— no resulta suficiente para que el hombre entienda “la rosa y su destino” (IV.) femenino.[18] En “secreto” (ídem, III.), la vocación poética aleja la escritora de su consorte masculino, quien “no la mira” (ídem, IV.). No observa a la mujer en su labor de profesional de poeta.
Existiría una pugna existencial mortífera entre admitir en su cuerpo le presencia de un hombre o, por lo contrario, cultivar la soledad lírica. Si “el ángel vive” (III.I.) y sueña en el interior físico de la escritora, es porque el “amor en la terrestre/palpitación humana” (III.II) —el deseo sensual en la relación de pareja— no podría convertirse en “creador de aquel dominio” poético que vive en la intimidad de sí (III.II.). No obstante, “aprendo por trayectos corporales” (III.II.), acaso por el encuentro sensual con ese hombre cuya “región de dulces pliegues” motiva la relación amorosa truncada.[19]
Ante el fracaso sensual, “la batalla de mi cuerpo” —la erotomaquia griega— se revierte en “conciencia de los ángeles” (III. II.).[20] No se recobra la vocación de una poesía pura sin esas travesías mundanas que obligan a una re-volución, es decir, a redimir la intimidad perdida de la infancia y, se anotará, la de una vida anterior, acaso intrauterina. Sin ese doble movimiento opuesto de “te celebro” y “te rechazo”, no se recobrarían “los cielos/que llevas escondidos en la interna/mansión” (III.III.). Lars celebra “el huésped” espiritual —“exiliad[o]” en “mi sangre”— a la vez que rehúsa “tu arrojo” viril en “mi cuerpo dulce”.[21] Los recuerdos de la inocencia y de la juventud se recaudan —hasta volcarlos en escritura— luego del descalabro amoroso. Escrito “entre 1955 y 1961” según González Huguet (201), el poemario Sobre el ángel y el hombre precedería Tierra de infancia (1959), al anticipar la temática de rescatar un “cuerpo mío” en su vivencia temprana y “celebrarte” (III.III.), sino cronológica al menos lógicamente. En El Salvador, la ausencia del psicoanálisis jamás indagará los verdaderos comienzos de esa «casa» biológica del alma se remontan a la vida intrauterina.
Más que externo a la “casa”, “mi verso” es una parte del cuerpo como “mi frente”, “mi mano”, “mis ojos”, “mi pecho” (III.V.). Brota de “adentro, El Bienvenido”, “con el ángel/cuando en silencio habla” (III.V.). En un juego de oposiciones en giro, el mundo y el cuerpo se corresponden, en el fluctuar de una poesía de “la piel del mundo” hacia el “mundo de mi cuerpo”.[22] Sin ese “cuerpo que de materia está hecho”, si no “vivo mi cuerpo” y lo nutro de “los cadáveres” que “desciende[n] del paladar a las tinieblas”, la poesía jamás reflejaría los “altos arquetipos” espirituales”. [23]
Por “mi cuerpo” — revestido “después de cada muerte”— la poesía íntima resucita en el momento del fracaso con el hombre.[24] De inmediato, la mujer se vuelca hacia el rescate de su interioridad, la cual escucha como si fuese el llamado vocacional de un ángel. Reiterando, en el momento en que la poeta le “abre su casa —su cuerpo—“ al ángel, en rechazo del hombre, la vida terrena se vuelve “eficaz”. Tan eficaz que “el amor” del varón vive en ese olvido” (III.V.), mientras Lars redescubre “este secreto de florales bosques”.[25] Esos boscajes viven en el cuerpo —envoltura necesaria del alma y de lo Eterno. Desde su primer poemario, se engendra una dinámica según la cual quien Crea emerge de lo creado, viceversa: “Dios […] salió de mi cuerpo, de mi alma salió”); “cuerpo que Dios me dio”); “el cuerpo mío”; “mi cuerpo y mi alma”.[26]
III. Coda
…Sobre la tierra en soledad sagrada…
el fervor de los ángeles huye a inviolables soledades. Claudia Lars
…Le decimos amor/mas si admite su nombre verdadero/se llama soledad. Rosario Castellanos
III. I. El ángel y la mujer
Resultaría difícil calificar a Lars de feminista —pre-feminista se adecuaría con mayor rigor a su legado. Empero, al descartar al hombre —su compañero posible— de la experiencia angélica personal, la escritora proclama una censura explícita a la relación adversa de pareja y a la convivencia, casi siempre conflictiva con un varón. Acaso, “sólo en soledad, solitaria y sola”, la mujer cumpliría su vocación de artista cuya llamada precede la adolescencia temprana, al emanar de vivencias prenatales que permanecen vivas.[27]
Lars “habla” de una memoria que se inaugura “antes del antes”, acaso en la vida intrauterina.[28] En verdad, el “Envío” final de Sobre el ángel y el hombre asienta que “en mis ojos la tierra iluminada” germina el “Ángel”. “Jamás” en esa “casa” habitaría “un compañero, un amoroso” (III.I.). El hombre en carne y hueso se distingue de quien “de un trasmundo escondido/llega…/en cuerpo de hombre escondido” (I.IV.). Paradójicamente, en esta última cita, el “hombre” no es un hombre, sino una metáfora de género para el “ángel” que íntimamente embarga e inspira a la mujer. El “ángel labrador” cultiva “niños y pájaros” en el seno de la escritora.[29] En lo íntimo de la mujer pervive un hombre.
En un sentido psicoanalítico tradicional —junguiano conservador— “el hombre” que reside oculto al interior femenino se llamaría “animus” o principio masculino activo: “cada sexo lleva dentro de sí en cierta medida al otro sexo, pues biológicamente sólo la mayor cantidad de genes masculinos decida la masculinidad”, viceversa.[30] Se trata de un “hombre” en quien revive una androginia psíquica de la mujer o, en cambio, “la mujer que hay en mí”.[31] Queda en suspenso la interpretación post-lacaniana radical de tal bisexualidad anhelada: “hombre y mujer no son más que significantes” (Lacan), cuyo núcleo de identidad es simbólico.[32] Sería necesario distinguirlos “al menos en tres dimensiones” y sus vías liminales: “actividad y pasividad”, “sentido biológico” y “sentido sociológico”.[33]
De llamarle al animus “memoria” personal —prosiguiendo términos en boga— se disimularía el sesgo complementario de género que caracteriza la plenitud poética de Lars. Por una dualidad psíquica tan constitutiva como la borgeana —“mí misma” acallada y yo hablante— el ángel habita en la hembra. Y al pervivir, causa que “el ayer de otra vida” —la “tierra de infancia” y la vida intrauterina— me acompaña” siempre (I.V.). Ahí, en esa “casa” —cuerpo y hogar—no sólo subsiste la “hermanita gemela” en “el espejo”.[34] Ahí mismo la escritora recobra las “manos de muertos” que le tatúan la historia en el pergamino de la piel.[35] “Llevo largas edades en la frente”.[36] La poesía transcribe “una luz lejana”, un legado histórico que se lo dicta “el mar de mis muertos”.[11 Acaso también “los duelos de la sangre” y “su alegría de cadáveres” prescriben el canto de la historia larsiana.[37]
El ángel conduce “los pasos” para que lleguen las presencias (Donde llegan) al “planeta olvidado” que “abre la noche rosas en su orilla” (I.V.). Por ese “cuerpo de hombre [= ángel/animus] hundido”, en el sótano del recuerdo femenino, el pasado se vuelve presente. El pasado no lo agota la vida humana, ya que “uno de sus trabajos más herméticos” atestigua que “llegamos del olvido” de “aquel país sin cuerpos”.[39]
El recuerdo terrenal no lo inicia el nacer, sino el deseo parental que “nos” engendra en esa “quietud del limo” (“Los dos reinos”, II.): ¿durante la cópula, durante la guerra florida (xõchiyãõyõtl) de los sexos naturales vueltos géneros culturales? Procedemos del “país de los ecos” y ritmos intrauterinos de nuevo: de la cópula y su encierro posterior en la cueva materna.[40] Su estado “incorpóreo” obliga a la poesía a juntar “querubes párvulos” en amor al terruño. El pasado no pasa, ya que “somos el soplo de aquel día ausente” (I.V.), entre el mar del líquido amniótico. En plural, “somos” una dualidad —ángel y mujer; mí misma y yo; Carmen y Claudia— que niega doblegarse ante “nuestro viaje obediente” de un “presente” varonil que anula la poesía femenina. En 2025, aún niega ofrecerle a la mujer la autonomía sobre su propio cuerpo.
III. II. Los mandatos de la Luna
No en vano, esa misma tópica —el animus memorioso, anterior al origen terrestre— la reitera Del fino amanecer, en el cual la aurora remite al natalicio de la poeta. La presencia del recuerdo —obsequio de “ángeles hortelanos”— se inicia antes de engendrarse y la prosigue la vida intrauterina.[41] “Cuando yo regresaba de la muerte/como semilla humana…”, nace la historia personal que continúa “bajo nueve mandatos de la luna”, antes que “abrí ante el mundo mi inocencia”.[42] Tan recurrente resulta esta temática que la recalca el poema “La cantora y su sangre” en su anhelo de “volver al día muerto/y al secreto primero de mi antes”.[43]
En un sentido aristotélico, existe una bipartición original de la historia como hecho y la poética como vivencia, el filósofo la interpreta como generalidad.[44] Si la historia de los historiadores exige documentar, la historia poética “de los muertos nos llegas” cual “raíz inaccesible” que vive en la “sangre” del cuerpo mismo de la escritora tatuada antes de nacer, antes de esa circuncisión que extirpa el cordón umbilical e imprime un sello indeleble en el cuerpo humano.[45] Mientras el científico social fundamentaría la historia urbana en archivos —al rastrear la larga dimensión de San Salvador, la capital— Lars interroga “tu nombre cubierto de cadáveres” en los arcanos de la sangre., es decir, en su vida intrauterina. La escritora transcribe “el eco de la muerte” y entabla una estrecha relación con “tu muerte-amiga”. Desde la perspectiva poética, no hay historia sin un diálogo y una consciencia lúcida de la Muerte, personificada en “la tristeza de mi carne”. Acaso la Muerte divide la historia científica de la historia poética. La Musa documental de Lars reaviva a “tus poetas de antaño, resurrectos/laboriosos en mí” como aves y flores.[46] Más que los hechos en sí, a Lars le interesa escudriñar “el corazón de los muertos”.[47] En el sentido poético larsiano, no hay historia sin el Dasein de los Muertos, quienes perviven estampados en su propio cuerpo. Y esa Muerte se hospeda en el vientre materno. El último relato de «Tierra de infancia» —»Hablando con mi madre»— esclarece el estrecho enlace entre la Muerte y el origen histórico de la vida. «¡Amada madre muerta! …en tu rostro y en tu cuerpo se conserva, siempre intacta, la tierra de mis primeros goces». Antes de remitir al «terruño» exterior», la matriz le ofrece la matria de los comienzos.
El legado poético que Lars anhela recobrar en su soledad creativa —sin más concurso masculino que el auxilio de su animus— prolonga la amplia dimensión hacia el deseo que la fecunda: “un beso me sembró” durante el revoloteo del alma al encarnarse en embrión “dormida en sangre”.[48] Y si la poesía surge del retorno “de la muerte”, renace “convertida en polvo”, “triunfante y libre”, luego de fallecer la poeta cuyas “pasiones” surcan el aire de Cuzcatlán.[49] Como “cauce” sin fin, “después de cada muerte”, en la poesía “vivo mi cuerpo” y “descubro este” doble “descenso que castiga”.[50] El descenso del alma al nacer —quizás antes en el embrión— culmina en el declive del cuerpo al morir.
A sabiendas que “llegamos del olvido”, “mi cuerpo me enseña el camino”.[51] Dada la infinitud del espíritu —la del ángel— la memoria corporal “enseña” que existe una doble vía para quien reside “a la vera de lo eterno”.[52] “Hay un detrás una fronda de recuerdos” que antecede la infancia, así como existe “la antigüedad del espíritu” que “me espera” en “una ciudad purificada” al morir.[53] Esas “dos caras de la vida” humana —su eslabón intermedio— se dilatan hacia el principio y el final de los tiempos.[54] Se mueve hacia una vida espiritual, antes de la vida terrena, y hacia otra vida post-terrenal del alma que la trasciende. Al mantenerse atenta a ese triple legado vivencial —vida antes de la vida, vida terrena y vida después de la vida— Lars le exige al “cuerpo” “ser cantor de tu angustia”, rogándole que “que labor[e] debajo de tu olvido”. Esa trinidad temporal se aloja —como “el invisible huésped del lenguaje”— “en interiores refugios” corporales.[55] “Formando un ángel con la sangre pura”.[56]
Por último, deben juzgarse las implicaciones de concebir el cuerpo como simple ropaje del alma. Para la teoría de género, esta irrelevancia biológica significaría que el designio espiritual determina la sexualidad natural —macho-hembra— y el género cultural —hombre-mujer. No en vano, en el relato «Horas del tiempo mágico», al testimoniar de su infancia, Lars anota que su cuerpo biológico —revestido de mujer— encierra un sentimiento viril profundo. «Yo no soy una niña como ustedes creen. Soy un niño varón. Me llamo Rodrigo, porque ese nombre me puso el padre Lemus el día que me bautizó. El abuelo quería que me llamara Carmen, por darle gusto a la abuelita, y como él manda en esta casa y hace siempre lo que le dé la gana, dispuso que me pusiera ropa de mujer y que me cambiaran el nombre…me han disfrazado los grandes».[57] Sin imponer las ideas actuales sobre LGTB, Lars aclara que no existe un enlace directo entre lo social (súper-ego; simbólico), lo personal (ego); imaginario y lo biológico (ello; real). Si culturalmente el género le impone su ritmo a lo sexual, el imaginario personal acaba por revertir ese orden hacia el «deseo (de) convertirme «en una mujer con alguna profesión». El terceto siguiente resume la propuesta larsiana en su libro más famoso:
Simbolismo social (super-ego): hombre: autoridad de nombrar (sacerdote, abuelo…), vestido, profesión…
Imaginario personal (ego): asumir el estatuto socio-simbólico, profesional masculino, para sacar a la mujer de su encierro doméstico, autonomía de soltera…
Biológico real (id/ello): hembra.
III. III. Colofón
Los ancianos [de la crítica] dan órdenes. No discuten razones. Rosario Castellanos
En síntesis, el título no rezaría “el ángel y el hombre”, sino “el ángel y la mujer”. Una paráfrasis más extensa lo glosaría “el hombre contra el ángel en la mujer”. De habitar en la “casa” del hombre —por decreto patrilineal— la mujer olvidaría el ángel de la poesía.[58] La poeta Claudia Lars se llamaría Claudia Lars de Varón. Claudia Lars al Servicio del Varón.
Si el franco rechazo del varón lo encubre el análisis formal en boga, esta ausencia se debe a una doble razón. Por una parte, la poesía de Lars resulta menos explícita que la de su colega Rosario Castellanos; por la otra, los estudios de género aún no prosperan en El Salvador con igual vigor que en México. No obstante, el análisis anterior del poemario Del ángel y el hombre sugiere que en la poeta salvadoreña resurge una experiencia similar a la reflexión que Castellanos diseña de “Lamentación de Dido” a “Kinsey Report”.[59] Si el primer poema anuncia la dificultad por ser reconocida en un ambiente literario varonil, a múltiples voces, el segundo detalla seis vivencias disímiles de la mujer. Lo inician la casada obediente (1), la joven soltera libertina (2), la divorciada ejemplar (3), la débil abstinente (4) y las lesbianas que rechazan al hombre salvo como reproductor (5), hasta culminar en la ilusión pueril por encontrar un príncipe azul, incorregible, a quien la mujer anhela servir “de ama de casa” (6).
En el primer poema, la cita siguiente sintetiza los obstáculos de la escritura femenina ante la crítica desmesurada de los varones, sus “mentores”, los artistas consagrados del momento y, quizás, de la actualidad.
Durante la noche no la copa del festín, no la
alegría de la serenata, no el sueño deleitoso.
Sino los ojos acechando en la oscuridad, la inteligencia batiendo
La selva intrincada de los textos
para cobrar la presa que huye entre las páginas.
Y mis oídos, habituados a la ardua polémica de los mentores.[60]
Acaso, en Lars, su censura la replica “el más amante de mí sabe tan poco … que pierde su cítara”. Esto es, el varón y poeta que la pretenden se descalabran al entablar con ella, la poeta, una doble relación, profesional y amorosa. De extender la poética de Castellanos, hacia su visión del francés Saint-John Perse, todo reparto de honores artísticos lo establecen “los oficiales del puerto”, quienes como “gente de frontera” rigen el “transito terrestre” hacia la patria de la poesía canonizada.[61] Funda una patria sin matria, tal cual lo atestiguan los homenajes anuales a los varones y el desdén por las escritoras. Como en la Judith (1972) de Castellanos, el enemigo no sólo vive fuera de la nación, sino al interior mismo del hogar. “Digna portadora de engaños”, la mujer que rechaza la obediencia —en asesinato simbólico del varón— “se quedará olvidada como una tierra llena de sepulcros”.[62]
Si Dido predice el traspié femenino por ingresar al panteón artístico, el reporte denuncia el desastre completo de la mujer autónoma en su relación de pareja. Tal vez Lars clasificaría en más de uno de los seis tipos, enumerados anteriormente por el reporte. Si la crítica formal la adscribiría al divorcio ejemplar (3) y a la abstinencia (4), sin negarlo, la primera y última rúbrica desempeñan también un papel vital negativo en Lars. Luego de vivir una relación de pareja, la poeta salvadoreña asegura que jamás sometería su vocación artística al servicio doméstico que, por obediencia, le reclama el varón. Sea un hombre cualquiera, sea un letrado de prestigio, la mujer termina ejerciendo el oficio de “ama de casa”, en detrimento de la autonomía que adquiere en el ars poética.[63]
Parea terminar, se evalúa el carácter fundacional del problema de género, a mundo acallado. Puesto que la poética de Lars no indica directamente los hechos —sólo los insinúa— su árbol genealógico se arraiga en la disparidad. Su antepasado «español se llamaba Felipe Vega…que al enamorarse de esta tierras y de sus mujeres (la) pobló de hijos mestizos».[64] El primer relato de Tierra de infancia describe una doble diferencia fundacional, de género y étnica. Al hombre con un nombre propio que se perpetúa se juntan varias «mujeres». El femenino plural sugiere la jerarquía de género: un solo hombre con múltiples «mujeres» anónimas y a etnia en el silencio. La consagración literaria casi siempre desestima establecer evaluar ese enlace fundacional.
[1]. López, 26.
[2]. González Huguet, 201..
[3]. “Sonetos del arcángel”, Sonetos. Las citas enlistan la división del poema, en vez de las páginas. Para los otros poemas se anota el título, al igual que el libro original que los incluye.
[4]. Gallegos Valdés, 233. Se anota el desdén por el avance de la medicina como si el espíritu guiara los problemas de salud en el país.
[5]. “De la calle y el pan” I., Donde llegan los pasos.
[6]. I.IV.
[7]. I.II.
[8]. “Sonetos del arcángel”, Sonetos.
[9]. El «performativo» define el lenguaje *(Logos) en su función creadora del mundo. De «La Biblia» al Popol Vuh», la palabra «luz crea el objeto que nombra. Igualmente, en el siglo XX, de Roque Dalton (1935-1975) —palabra-revolución socialista— a la carrera de derecho, el anhelo legislativo remite el afán tecnológico y científico a un segundo plano. Véase: «La carrera más y menos estudiada en El Salvador en 2014», https://www.laprensagrafica.com/elsalvador/La-carrera-mas-y-menos-estudiada-en-El-Salvador-en-2024-y-las-10-universidades-con-mas-alumnos-estas-fueron-20251021-0018.html. La lectura juzgará si existe un enlace entre el desdén por la ciencia —aplicada a la guerra o a la salud, la vivienda y la educación— y el (sub)desarrollo.
[10]. González Huguet, 202.
[11]. “Dibujo de la fuga” I, Donde llegan.
[12]. Del fino amanecer, IX. [1]. Del fino amanecer, II y III
[13]. Del fino amanecer, VII.
[14]. Estrellas en el pozo y Del fino amanecer, IX.
[15]. Canción redonda, 1937, todos los poemas de este párrafo
[16]. “Romance” y “Canción de una noche de enero”, Estrellas en el pozo.
[17]. “Sobre rosas y hombres”, Donde llegan.
[18]. “Sobre rosas y hombres” III., Donde llegan.
[19]. Por eroto-maquia se entiende la lucha (maquia) que lidia la pareja debido al deseo sexual. El placer —el amor carnal— presupone la batalla entre quienes se enfrentan al acto erótico.
[20]. “Los dos reinos” I. y «Sobre rosas y hombres” I, Donde llegan.
[21]. “Dibujo de la fuga” III, Donde llegan.
[22]. “De la calle y del pan” IV, Donde llegan. Obviamente, Lars admite el asiento biológico y nutritivo-sacrificial de la vida.
[23]. De la calle y del pan” IV, Donde llegan.
[24]. «Diálogo de la fuga», Donde llegan los pasos, III.
[25]. “Madre”, “Cuerpo”, “Vida, yo te bendigo”, “Mi canto”, Estrellas en el pozo.
[26]. Véase: Del fino amanecer, a comentar en seguida.
[27]. Del fino, IX.
[28]. “La cantora y su pueblo”, Fábula de una verdad.
[29]. Jung, 33.
[30]. Salarrué, 1974: 18.
[31]. Green, 2000, el cuerpo sexuado resultaría tanto más simbólico para quienes lo someten al dictado del espíritu.
[32]. Freud, 1905: 200-201.
[33]. Del fino, II.
[34]. Del fino, IV. Quedan por determinar las huellas intrauterinas que —además del ombligo o nombre de la madre— «tatúan» el cuerpo de la escritora.
[35]. Del fino, III.
[36]. “Dibujo de la fuga”, Donde llegan, IV.
[37]. “La cantora y su pueblo” y “La cantora y su sangre”, respectivamente, Fábula de una verdad.
[38]. González Huguet, 14 y “Los dos reinos” en Donde llegan, I. Es obvio que al extirpar la placenta, el cuerpo humano queda mutilado, en el olvido de su ropaje original difunto.
[39]. Del fino, II.
[40]. Del fino, II.)
[41]. Del fino, I.; véase el náhuat-pipil metztli/metzti, “luna, mes” en alusión al estado humano fetal del origen, “ser de nueve lunas/meses” y el verbo metshuia, que relaciona el “lunear” a la menstruación, al ciclo reproductivo femenino. Hay una secuencia entre Luna-Marea-Mes-Menstruación.
[42]. Fábula de una verdad.
[43]. Véase: capítulo IX de la Poética, el cual distingue a la poeta del historiador(a) en términos distintos a la dicotomía contemporánea. Historia: Lars comió gallo en chicha en esta fecha precisa (hecho particular); poética: los salvadoreños comen gallo en chicha (generalización).
[44]. “Sangre”, Sonetos. Poética como hecho vividos vs. historia: hecho documentado.
[45]. “Invocación y sombra y sol”, Ciudad bajo mi voz, para todas las citas de este párrafo.
[46]. Romances de norte y sur, 13.
[47]. Del fino, I.
[48]. Del fino, I. y «Carta». Se acentúa la metáfora vegetal de las hojas muertas que abonan la raíz de las plantas para que florezcan.
[49]. “De la calle y el pan” IV, Donde llegan.
[50]. “Los dos reinos” II y IV, Donde llegan.
[51]. Ídem, I.
[52]. Ídem. I y II.
[53]. Ídem. V.
[54]. “La cantora y su tiempo”, Fábula de una verdad.
[55]. «Envío», Donde llegan.
[56]. El relato «Horas del tiempo mágico» aparece en Tierra de infancia (1957), cuyas múltiples ediciones y comentarios sueles evadir la teoría de género. Sin embargo, el comportamiento del hombre domina el cuerpo de la mujer en otros dos relatos, a saber: «Stella» y «Tres deseos». En el primero, la autora privilegia la apariencia social, «comparé el desorden de mi cabello con sus rizos, mi pantalón de dril con su preciosos vestido, mi aspecto amuchachado y rústico»; en el segundo, «quise conocer otros países y estudiar con la seriedad que los hombres estudian». De la esencia cultural del vestido, Lars transcurre a la jerarquía escolar que remite al hombre a la vida profesional y a la mujer, a la vida doméstica.
[57]. Para “la experiencia amorosa personal”, véase: González Huguet, Tomo I: 71-72.
[58]. Rosario Castellanos, “Lamentación de Dido”, 1953-1955/1972: 93-97 y “Kinsey Report”, 1972: 317-320.
[59]. Castellanos, 1972: 94.
[60]. Castellanos, 1972: 243. [1]. Castellanos, 1972: 159 y 167.
[61]. No se comenta el silencio de Lars —el de los intelectuales de su generación— sobre el despegue de Maximiliano Hernández Martínez (1931-1934; 1935-1939; 1939-1944), véase: Otto Germán Mejía Burgos, 2022. Si el más afamado intelectual de la época —Alberto Masferrer (1868-1932)— apoya el golpe de estado en 1931, con mayor razón este respaldo proviene de la literatura nacional, en la palabra del «Grupo Masferrer» o en el silencio. Se recuerda que la revuelta en enero de 1932 carece de toda participación de los escritores consagrados, quienes tampoco denuncian la matanza. En cambio, las revistas oficiales —Boletín de la Biblioteca Nacional, la privada, Cypactly—operan sin censura. Si la publicación de los autores —hoy consagrado por forjar la identidad nacional— la autorizan las revistas oficiales, el caso de Lars lo completa la labor de su hermano, Maximiliano Patricio Brannon, en los círculos teosóficos y políticos. De argumentar su oposición al martinato, esta denuncia política rayaría en el fratricidio, más que en el debate abierto y, menos aún en la lucha de clases. De diciembre de 1931 a abril de 1932, las declaraciones más sorprendentes las publica el costarricense Juan del Camino. De su declaración antiimperialista por el golpe de estado (diciembre de 1932) a la denuncia de la masacre (de 1932), es de los únicos intelectuales en denunciar la matanza de inmediato en el Repertorio Americano (1931-1932), en el cual publican los salvadoreños sin censura. Los textos los reproduce mi libro Balsamera bajo la guerra fría (2009), junto al juicio sobre Lars quien evade la «polémica» política y feminista. Para el segundo mandato presidencial, debe consultarse la Revista El Salvador de la Junta Nacional de Turismo (1935-1939, bilingüe castellano e inglés, la cual difunde la obra de los escritores de renombre. Al igual que para otros intelectuales, la denuncia final (1944) no debería ocultar el silencio inicial. Pero el presente restituye el pasado a su imagen, sin considerar como el pretérito se ve a sí mismo. Hasta 1957, Cristóbal Humberto Ibarra testimonia la diferencia radical entre la revuelta indígena de 1932 y el proyecto masferreriano de nación, en su versión olvidada.
[1]. Lars, «La casa», Tierra de infancia.
Bibliografia
Aristóteles. Poetique. Traduction française par Ch Batteux. http://redouan.larhzal.com/wp-content/uploads/2015/05/poetique-d-aristote.pdf. Edición bilingüe griego-francés: http://remacle.org/bloodwolf/philosophes/Aristote/poetique.htm.
Blake, William. Visiones. México, D. F: Editorial Era, 1974. Versión e introducción (9-15) de Enrique Caracciolo Trejo.
Borges, Jorge Luis. “Borges y yo”. http://www.escribirte.com.ar/textos/649/jorge-luis-borges-borges-y-yo.htm. Consultado: 18 de diciembre de 2105.
Castellanos, Rosario. Poesía no eres tú. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1972.
Freud, Sigmund. Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad. Buenos Aires: Amorrortu, 1983.
Gallegos Valdés, Luis. Panorama de la literatura salvadoreña. San Salvador: UCA-Editores, 1989.
Green, André. Le temps éclaté. Paris: Ed. Minuit, 2000.
Ibarra, Cristóbal Humberto. Tembladerales. San Salvador: Departamento Editorial del Ministerio de Cultura, 1957. Obtiene el 2ndo Premio en el Certamen Nacional de Cultura, por encima de Tierra de infancia.
Jung, Carl. Arquetipos colectivos e inconsciente. Buenos Aires/Barcelona/México: Editorial Paidós, 1970.
Lara Martínez, Rafael. Balsamera bajo la guerra fría. San Salvador: Editorial de la Universidad Don Bosco, 2009.
Lars, Claudia. Obras escogidas. San Salvador: Editorial Universitaria, 1973. “Selección, prólogo y notas de la Dra. Matilde Elena López”. “Prólogo” (13-111). Dos volúmenes.
—. Tierra de infancia. San Salvador: UCA-Editores, 1987. “Prólogo” de Francisco Andrés Escobar (7-35).
—. Poesía completa. San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos, 1999. “Prólogo, compilación y notas” de Carmen González Huguet. “Introducción” (15-62). Dos volúmenes.
Mejía Burgos, Otto Germán. «Teotl, Cypactly y la intelectualidad teosófica salvadoreña». Revista de Estudios Históricos de la Masonería latinoamericana y Caribeña, Vol. 14, No. 2, julio-diciembre 2022: 176-209. https://www.academia.edu/115329775/Teotl_Cipactly_y_la_intelectualidad_teos%C3%B3fica_salvadore%C3%B1a.
Repertorio Americano, 1931-1932.
Salarrué. Catleya luna. San Salvador: Dirección de Publicaciones del Ministerio de Educación, 1974.
Cronología de poemarios citados, establecida por González Huguet (1999):
Estrellas en el Pozo (1934)
Canción redonda (1937)
Ciudad bajo mi voz (1942)
Romances de norte y sur (1946)
Sonetos (1947)
Donde llegan los pasos (1953)
Fábula de una verdad (1959)
Tierra de infancia (1959)
Sobre el ángel y el hombre (1962)
Del fino amanecer (1966).


RAFAEL LARA-MARTÍNEZ. (El Salvador, 1952). Antropólogo, lingüista, crítico literario y escritor. Recibió en 2011 el Premio Nacional de Cultura y le fue otorgada la distinción de «Notable Antropólogo de El Salvador» por parte de la Asamblea Legislativa. Realizó sus estudios en la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México donde obtuvo el grado de licenciatura en Antropología lingüística en 1976. Alcanzó el doctorado en Lingüística en Francia de la Universidad de la Sorbona en 1984. Ha fungido como asesor del Ministerio de Educación de El Salvador (MINED) entre 1994 y 1995; y se ha desempeñado como catedrático en México, Francia, Costa Rica, Estados Unidos y El Salvador en varias materias que incluyen la literatura española y francesa, cultura y literatura latinoamericana, literatura centroamericana, historiografía literaria latinoamericana, lingüística, antropología y semiótica, entre otras. Es miembro de diversas asociaciones culturales, entre ellas: el Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, la Sociedad Mexicana de Antropología, la Sociedad de Estudios Latinoamericanos, y la Sociedad para el Psicoanálisis de la Cultura y la Sociedad. Ha publicado artículos sobre lenguas indígenas y literatura en Australia, Costa Rica, El Salvador, Estados Unidos, Italia, México y otros países.
Entre sus obras destacan: Estudios lingüísticos sobre el kanjobal (maya) (1994); En la humedad del secreto, antología poética de Roque Dalton (1994); El Salvador: poesía escogida (editor, 1998); Otros Roques: la poética múltiple de Roque Dalton (coeditor, 1999); La tormenta entre las manos: ensayos polémicos de literatura salvadoreña (2000); Ensayos sobre antropología y literatura, entre ciencia y ficción (2004); Poesía completa de Roque Dalton (coautor, 2005); Recordado 1932 (coautor con Héctor Lindo-Fuentes y Erik Ching, 2007/2010); Del dictado: Miguel Mármol, Roque Dalton y 1932, del cuaderno (1966) a la “novela-verdad” (1972) (2007); Poesía completa de Pedro Geoffroy Rivas (2008); Balsamera bajo la guerra fría (2009); Mitos en la lengua materna de los pipiles de Izalco en El Salvador de Leonhard Schultze-Jena (traducción-interpretación, 2011); Política de la cultura del martinato (2011), El Bicentenario: versión alternativa (2011), y El legado náhuatl-pipil de María de Baratta (2012).
Información tomada de Maestría de Teología Latinoamericana.
