Agua en canasta de Laura Ruiz Montes

Le preguntamos a la poeta hondureña Mayra Oyuela qué estaba leyendo, y nos habló de Agua en canasta, el  libro de la poeta cubana Laura Ruiz Montes

Mayra Oyuela | Poeta hondureña

Escribo desde una mesa en donde también se acumulan migas de tinta y pan. No como metáfora, sino como prueba. En un momento en que el mundo nos exige opiniones instantáneas, consumibles, “contenidos”, vale la pena volver a una pregunta incómoda: ¿qué puede todavía un libro? ¿Qué puede la prosa poética, esa forma que se parece al pensamiento y a la respiración, frente al ruido de la inmediatez?

Agua en canasta (Ediciones Matanzas, 2025) me obliga a volver a una pregunta más antigua y simple: ¿cómo se sostiene lo que se escurre? Y, a la vez, ¿cómo se narra lo íntimo sin reducirlo a confesión, sin convertirlo en anécdota amable, sino en método, en herramienta de lectura del país? La voz de Laura Ruiz Montes no entra pidiendo permiso. Entra preguntando, enumerando, insistiendo; saltándose convenciones para que la vida, tal cual, quepa en la página.

El primer golpe de este libro es formal. El escritor y editor Eugenio Marrón Casanova lo nombró “constructo narrativo”, y la etiqueta no lo clausura: abre. Agua en canasta se arma con prosa que funciona como poema y con poemas que se comportan como pequeñas escenas narrativas, no cuentos, sino unidades de conciencia. El índice que tengo en las manos lo confirma: un umbral («Converse All Star») y tres movimientos («Pan de infancia», «Con tenedores y esperanza», «Islas, aldeas y expediciones»), donde la voz se desplaza del hogar a la geografía, del pan al mar.

En el texto de entrada, el procedimiento es claro: la repetición no adorna, calibra el dolor. La frase que se intenta no decir reaparece, como si el lenguaje tuviera que rodear lo insoportable para poder tocarlo. Esa decisión concuerda con lo que la autora ha declarado en algunas entrevistas sobre su voluntad de “mezclar”, contaminar géneros y desconfiar de fronteras rígidas para acercarse más a la vida real.

La elección de la prosa responde a esa misma ética. La prosa permite detenerse, enumerar, interrumpir el propio pensamiento. Permite también rectificar. Por eso los textos avanzan con la lógica de la memoria cuando intenta organizar lo vivido: con rodeos, con pausas, con detalles que reaparecen.

En la primera parte del libro, «Pan de infancia», el motivo del pan aparece como economía del afecto: se cuida, se reparte, se cede, se defiende. El amor no es abstracto, es bocado medido.

En la segunda parte, «Con tenedores y esperanza», el cuerpo entra como archivo político sin necesidad de consignas. «La palabra estómago» instala lo sagrado en lo que digiere, en lo que guarda, en lo que duele. La carne «prohibida» no es solo alimento, es riesgo, ruta, clandestinidad. «Las sobras del desayuno» convierte las migas en una cartografía que se pegan al mantel, a los libros, viajan. Lo mínimo insiste y, a ratos, imagina futuros.

Uno de los momentos más reveladores surge cuando aparece la ventanilla de Western Union. La pregunta que emerge allí, «¿qué me compraré?», condensa una escena conocida para muchas familias cubanas: el dinero que llega desde fuera como forma de sostener la vida diaria. En el poema, esa pregunta conserva algo de ingenuidad, pero también deja ver la tensión entre afecto y supervivencia.

En textos como «Los elementos» (para mí, una pieza núcleo), el agua atraviesa la escritura como una presencia constante. No como imagen decorativa, sino como materia que se filtra en la vida doméstica y en la memoria. El título del libro, que aparece hacia el final de ese texto, condensa bien la tensión que recorre todo el volumen: intentar contener aquello que por naturaleza se escapa.

Ese gesto cotidiano se inscribe, inevitablemente, en la historia reciente de Cuba. La precariedad económica, el desgaste del sistema de abastecimiento y la migración que reorganiza familias forman parte del clima en el que estos textos respiran. Sin embargo, el libro evita convertir esa realidad en explicación directa. No ofrece diagnóstico; deja que el país aparezca en los detalles de la vida diaria.

Ahí reside uno de los mayores aciertos de Ruiz Montes: el debate público se filtra en la mesa, en la comida, en el cuerpo o en la despedida. El poema no se vuelve editorial. Permite que la experiencia hable.

Para quienes leemos desde Centroamérica, aparece además otra pregunta inevitable: ¿cómo circulan estos libros? Ruiz Montes viene de un ecosistema en donde editar es también resistir, y donde el objeto libro ha tenido que inventar su propia materialidad. Ahí está Ediciones Vigía, con su tradición de libros hechos a mano y su prestigio como proyecto artesanal cubano. Cuando el papel escasea y cuando imprimir se vuelve difícil, el libro se convierte en artefacto de cuidado: encuadernación, collage, tipografía, paciencia. Desde fuera, a veces nos llega apenas el rumor de ese trabajo; desde dentro, se vive como oficio y como salvamento.

En la región, la circulación editorial sigue siendo desigual. Entre aduanas, costos, fragmentación de redes y fragilidad de librerías, los libros viajan por rutas afectivas: amistades, festivales, maletas, coincidencias. A esa dificultad se suma otra, más reciente y silenciosa, la lectura secuestrada por la inmediatez. La lógica del algoritmo premia lo breve, lo uniforme, lo que no exige pausa. Agua en canasta propone lo contrario: pide tiempo, regreso, relectura. Su prosa es incompatible con el scroll, porque trabaja por acumulación y resonancia, no por golpe de efecto.

Por eso invito a mis pares (poetas, narradoras, editoras, lectores y lectoras tercas) a buscar este libro y a esta poeta, a leerla como se lee lo que todavía puede salvarnos del pensamiento domesticado. Despacio, con atención, dejando que la casa del texto nos revele sus grietas.

Agua en canasta no romantiza la pobreza ni embellece la carencia: las convierte en lenguaje preciso, en procedimiento, en música de lo real. En ese gesto recuerda algo que la prisa de nuestro tiempo intenta borrar: que la literatura cubana, y la nuestra en diálogo, no es reliquia ni nostalgia, sino una forma de verdad cotidiana.

Ojalá esta reseña funcione como puente: no solo hacia la obra de Ruiz Montes, sino hacia una forma de lectura que todavía resiste la prisa y nos devuelve a la región.


Mayra Oyuela (Tegucigalpa, Honduras, 1982) es poeta y gestora cultural. Cofundadora del colectivo de poetas Paíspoesible y del movimiento Artistas en Resistencia, su trabajo ha estado vinculado a la creación y circulación de proyectos culturales independientes en Honduras.

Ha publicado los libros de poesía Escribiéndole una casa al barco (2006), Puertos de arribo (2009), Agua mala (2017), Vaso frío (2022) y Agua que sangra agua (2024). Su obra ha sido incluida en diversas antologías y revistas literarias.

Ha participado en festivales y encuentros literarios en Latinoamérica, España, Francia, Italia, Alemania y Estados Unidos, y ha sido jurado en certámenes internacionales de poesía.

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