Días del odio encarnado

Una leyenda se convierte en metáfora de lucha cuando un pequeño pueblo se ve obligado a resistir los días del odio más encarnado. Antonio Cruz nos comparte un cuento de batallas donde la esperanza y la unión pueden hacer la diferencia

Antonio Cruz |  Narrador y docente

Vino como una ventisca, una noche en que el sol tardó en amanecer. Era enorme como pirámide invertida y en sus ojos se proyectaba el miedo de las personas, su aliento marchitaba las flores, sus garras herían el brillo de las estrellas y sus pies apuntaban perniciosamente al pasado. Con sus manos molía árboles, hacía llorar a las piedras, desangraba la corriente de los ríos. Monstruo como este no había sido conocido todavía por las tierras de los cuscatlecos, si bien sus pasos se oían desde hacía ya varias lunas.

Las mujeres fueron las primeras en verlo con su pelaje de obsidiana hiriente y los ojos que miraban el temor dentro de los corazones. En una pesadilla, lo vieron todas. Al unísono, se levantaron para avivar el fuego de la cocina con la esperanza de espantar al monstruo, pero con terror, descubrieron que todas las lumbres se habían apagado. El frío se impregnó como escarcha sobre la tierra. Un rocío con olor a sangre les empapó el cabello por completo. Las mujeres, todas, corrieron a despertar a sus maridos, en cuyos pechos resonaban también los lejanos rezongos de la bestia de obsidiana. Las mujeres los sacudían de los hombros, los empujaban, los volteaban de sus hamacas, pero los hombres ni el golpe en el suelo los volvía en sí. 

No fue sino hasta muy tarde, cuando el Zizimit pasó frente a las primeras casas, que algunos despertaron.

¿Para qué había hecho su lejano viaje desde las entrañas de la tierra? ¿A qué venía desde los dominios de los Señores de la Muerte? El Zizimit barrió las primeras casas con un manotazo, y de un mordisco devoró a los que allí se encontraban. Los que lograron huir, dieron la voz de alarma sonando pitos y tambores por todas las calles y caminos. El monstruo, contento de ver el caos en torno suyo, se guiaba por el llanto de los niños: entre más tierno se oía, con mayor gusto corría relamiéndose los bigotes tiesos, saboreando con sus patas la paranoia que emanaba de todas partes.

Los macehuales le pidieron ayuda a su jefe, impuesto por voluntad propia sobre todo el valle. Inmutable hasta en los momentos de mayor crisis, había quien decía que no tenía espíritu. El jefe salió de palacio sin mirar a nadie, acompañado de sus cuatrocientos guerreros personales y, como quien da un paseo por el campo, salió a explorar las profundidades de la noche. No tardó en encontrarse al monstruo, quien lo observó con extrañeza y algo de curiosidad. El jefe midió la gravedad de la amenaza. Luego llamó a su guerrero de mayor confianza. Discutió con él por lo bajo. Cuando llegaron a un acuerdo, se postraron todos frente a la bestia. 

El jefe había traicionado a sus macehuales.

Los mercenarios se arrojaron sobre el valle en busca de más víctimas. El Zizimit se echó complacido en mitad de la plaza principal a esperar sus tributos. Los macehuales se defendieron. Con piedras, palos, y flechas de obsidiana lograron contener a sus enemigos. Cuanta persona caía al suelo, el Zizimit lo atraía a sus fauces y lo masticaba, salpicando de sangre el viento helado. Nadie se escapaba de su olfato catador de dolores. El jefe, de regreso en palacio, escuchaba los gritos, los lamentos, las súplicas y los insultos. Se sirvió un huacal colmado de aguardiente y mandó a trancar las puertas y ventanas para que no entrara el olor a muerte que afuera se respiraba.

Los sobrevivientes huyeron al monte. Desde los cerros arrojaban piedras del tamaño de casas que aplastaban a los guerreros y herían las patas del Zizimit. Se transformaban en monos, en culebras, en águilas y jaguares. Uno partió de un tajo un ojo del monstruo. Otro le arrancó una garra. Otro más le envenenó sus patas que miraban al pasado. Pero nadie pudo derribarlo. El más valiente de los macehuales, cuyo nombre ha sido olvidado, tomó una piedra de rayo y en nombre de los dioses le cortó la cabeza. 

El Zizimit decapitado se echó a reír. Con la garra que le quedaba tomó su cabeza, la sacudió para quitarle el polvo y se la volvió a poner. Entonces dejó de reír. Rujió de cólera y se batió en duelo con el macehual. Le clavó la garra en el pecho, pero no pudo comérselo. Su sangre le quemó la pata, su aliento hacía retroceder el vaho de angustia que envolvía a la bestia y ésta retrocedió, dudando por primera vez del éxito de su empresa.

Los macehuales aprovecharon el momento de calma, se replegaron y celebraron una asamblea para decidir y buscar una solución. Estaban cansados y habían perdido a muchos de los suyos. Tan sanguinario era el Zizimit que ni siquiera los dejaba enterrar a sus muertos. 

El combate no debía continuar, tampoco había manera de matar al monstruo. Consultaron a brujos y chamanes y pidieron el auxilio de los dioses. A lo lejos, se oyó el rugir de la bestia, con su característico efecto de escucharse como si lo tuvieras en la nuca. Los macehuales tomaron sus armas y salieron de su escondite para dar el último ataque, con la intención de arrancarle el corazón. La muerte se repartió a partes iguales entre macehuales, mercenarios y el Zizimit, que sangraba por todos lados, pero no caía.

La pelea no había terminado —acaso nunca terminaría—, cuando del cielo cayó una estrella y en plena caída se transformó en mariposa blanca que sobrevoló el campo de batalla. En secreto, habló la mariposa en la oreja de un chamán y el hombre supo que ese era un mensaje de los dioses. En seguida, habló a sus hermanos: “El Zizimit no morirá, pues su fuerza radica en la ambición de nuestro jefe, el mismo que nos traicionó. Hay que hacer que amanezca. Pero para el ritual, aquel que fue nuestro jefe necesitamos”.

El chamán y un grupo de macehuales se escabulleron dentro de palacio por un agujero hecho durante la batalla. El recinto se hallaba en total oscuridad. Solo los sigilosos pasos de la comitiva, tan delicados como un susurro, apenas se escuchaban. Encontraron al jefe encerrado en la última de las habitaciones. Su licor se había terminado, y con él su valentía y displicencia. Sabía que cuando el Zizimit venciera, vendría también a devorarlo. Pensando que el chamán había llegado para matarlo, opuso resistencia, pero la comisión le propuso un acuerdo para ascender el alba. El jefe debía participar del ritual y ofrendar su poder como sacrificio. No quería aceptar, pero ya las paredes de palacio no soportaban las embestidas de la batalla. Aceptó de mala gana y con la comisión se dirigieron al templo principal.

El monstruo, cada vez más encolerizado, daba zarpazos contra todo lo que tenía a su alcance. Nada se salvaba de su furia. El Zizimit encontró el cerro en el que se resguardaban los macehuales. Lo rodeó con sus brazos monumentales y con todas sus fuerzas se dispuso a arrancarlo de la tierra, y lo habría logrado si una línea de fuego no se hubiera dibujado en el horizonte. La lumbre reavivó en cada uno de los hogares y la luz cálida quemó las pupilas del Zizimit. 

Derrotado, empequeñecido, el monstruo huyó a las sombras y desde allí aguarda que un jefe sin espíritu vuelva a llenar su corazón de codicia y soberbia.

Los macehuales celebraron. 

Tiempo después el jefe depuso el poder. Un arquitecto mandó esculpir un monumento que recordara a los guerreros que murieron, hombres, mujeres y niños, para que nadie olvidara los días del odio encarnado. La historia se pintó en libros y por doquier se ensayaron cantos en honor a la memoria. Pero los cantos se los lleva el viento. Los libros pueden ser quemados y los monumentos, derribados. Hace falta algo más para que la memoria no se pierda, para que la historia no se repita, para que no resurjan de los brazos del odio los monstruos que devoran pueblos.

anacruza
Usulután, 10 de enero de 2026

Antonio Cruz. (San Salvador, 1989). Narrador y docente. Premio Hugo Lindo de Novela (2021). Obra publicada: Piedras y quimeras (minificción. Proyecto Editorial La Chifurnia, 2022). Colaboración en antologías: Y nada más (Proyecto Editorial La Chifurnia, 2022), Cuentos indispensables Vol. I y II (Pantógrafo Editores, 2022-2023), Daños colaterales (Abrojo Editores, 2024).

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