Esta historia, que narra un inquietante suceso ocurrido a una unidad militar durante el conflicto armado salvadoreño, se agenció el premio en la rama de Cuento del XIV Certamen Literario Conmemorativo a los Mártires de la UCA en 2021
Eric Lombardo Lemus | Comunicólogo y periodista
En memoria de los ausentes que siguen presentes
Me desempeñaba como oficial del ejército de alta en el Comando de Fuerzas Especiales y dirigía una unidad de rastreo y ataque. Las operaciones militares eran rutinarias en el interior del país. Así llegué al norte de un caserío con un valle de abundante vegetación. Los helicópteros en los que retornaríamos a la base, no podrían evacuarnos ese día porque las condiciones climáticas no iban a ser favorables, así que decidimos pernoctar en el lugar e iniciamos la marcha hacia un punto seguro donde el enemigo no tomara ventaja.
La presencia de delincuentes terroristas en el área era permanente y era necesario tomar control de la colina más cercana, que estaba a la vista y era muy imponente. Era un cerro piramidal donde teníamos que ir en zigzag inevitablemente. Empezamos a subir a paso de vieja: uno, dos, uno, dos, uno, dos. No era fácil ascender a campo traviesa. En nuestras espaldas llevábamos kilos de municiones y todos los pertrechos que requeríamos para el combate si caíamos en una emboscada de los rebeldes.
A medida que ganábamos altura, notábamos una tenue luz del quinqué en una choza. Era una luz rutilante y mortecina, de esas que hacen con queroseno en un recipiente rudimentario.
Cuando llegamos a la cima, nos encontramos con un rancho modesto, algo desvencijado, pero bastante limpio y ordenado. Con la luz titilante, apareció un anciano de estatura baja, calvo, con ropas sucias como las que usan los jornaleros, un poco jorobado y con aspecto de unos ochenta años. El anciano fue muy amable y se identificó como Toribio Ardón. Me dijo que éramos bienvenidos y me ofreció pasar la noche en la única hamaca que estaba a la entrada en un corredor, mientras el resto de la unidad podía quedarse descansando a la redonda. Establecí un perímetro para que el personal pudiera detectar cualquier movimiento montaña abajo por cualquier incidencia. La guerra no tiene horarios.
Al correr la noche, junto con mi radio operador, el encargado de la ametralladora M60 y el subsargento jefe del grupo de mando, nos sentamos a conversar alrededor de una hornilla artesanal, donde el anciano empezó a hacer fuego echando mano de unos trozos de ramas secas que había recogido.
Hablamos mientras don Toribio nos ofrecía café de palo y nos contaba que, antes del conflicto, la vida en el valle era próspera y fructífera; aunque las cosas se fueron poniendo revueltas y nos relató que no fue consciente del paso del tiempo, o que –de pronto– los meses se hicieron años y todo se fue yendo a la mierda. Su vida se resumía a ver pasar soldados, guerrilleros y combates, hartos combates, por todo el valle y las montañas aledañas, y las aves de rapiña sobrevolando los caminos vecinales en busca de cadáveres abandonados a la vera del camino.
Pasada la medianoche, aunque la plática estaba amena por las anécdotas que el anciano nos contó con unas palabras que parecían de otra época, llegó mi turno de dormir. Tenía que descansar y reponer energías. No podía perder de vista que seguíamos en zona caliente. Me despedí del viejo, le agradecí por el café y me eché en la hamaca. Tuve un sueño profundo, sin embargo, me sobresaltó una luz refulgente que iba difuminándose en dirección hacia una especie de bosque seco donde todo era gris. Quería gritar y la voz no me salía; quedaba atrapada en el diafragma y sentía que me estrangulaba. Después, la luz se desvanecía y yo caía hecho un bollo de pelusa e iba rodando colina abajo.
Antes de que despuntara el alba, a las 5:40 horas, sentí la mano del radio operador sobre mi hombro repitiendo: «capitán, capitán, ¿está bien?». Me di cuenta de que toda la unidad estaba lista, de modo que tomé rápidamente mi mochila y agarré el arnés con mi equipo de combate. No reparé que estaba sobre el suelo y apostado en una esquina del corredor. Sin embargo, sí me llamó la atención la mirada adusta de mis hombres que me observaban a media distancia mientras me amarraba los cordones de una bota. En fin, no tuve tiempo para despedirme de don Toribio e iniciamos el descenso de la colina. Cuando llegamos al valle, nos encontramos con gente tan amable como el anciano que dejé atrás. Les conté entusiasmadamente de la atención del abuelo, del humeante café y de lo sorprendente que me pareció que un hombre mayor sobreviviera montaña arriba sin más amparo que su fuerza de voluntad.
Los aldeanos me miraron incrédulos. Cuando lo describí, me dijeron que, si era el mismo que ellos conocían, era un buen hombre que había muerto hacía muchos años.
Estaba confundido y ordené a mis elementos de confianza que retornaran con cuidado al lugar, subieran al cerro y verificaran la situación de la cabaña donde pernoctamos la noche anterior.
Al cabo de una hora, regresaron a trote. Mientras el subsargento se apartaba el sudor que le caía copiosamente bajo la visera, percibí un brillo extraño en sus ojos. Los dos elementos que lo habían acompañado volvían a ver insistentemente hacia el sendero por donde habían venido. El subsargento me pidió permiso para explicar lo que me iba a relatar.
–¿Permiso, subsargento? ¿Me pide permiso para dar el parte? –le insistí con marcada ironía–. A ver, agarre aire de una puta vez y dígame qué encontró –le demandé visiblemente impaciente.
–Mi capitán Flores… ejem –carraspeó–, mi capitán, le doy parte que la choza limpia, ordenada y rústica que vimos anoche…
–¡Continúe, hombre! –gruñí.
–Pues…, mi capitán…, es que…, es que la cabaña está totalmente destruida y llena de telarañas. Pareciera que ahí no vive nadie.
Intrigado, le pedí al radio operador y al encargado de la ametralladora M60 que se acercaran, y les pregunté qué había sido del viejito cuando me fui a descansar.
Ambos soldados respondieron notablemente inquietos. Alrededor de las 3:30 de la madrugada recuerdan que don Toribio tomó el quinqué y empezó a arrastrar sus pasos hacia unos huatales aledaños al rancho. Cuando lo vieron alejarse, recuerda que era una luz bien extraña, bastante chispeante.
Mis hombres dicen que, poco después, yo me puse a hablar dormido y que estuve gritando a ratos. Por eso es que el radio operador me sacudió el hombro. Percibí la mirada escrutadora del subsargento, pero bajó la vista cuando lo fulminé echando una mirada.
–¡Avancemos! –ordené.
Una vez llegamos a la zona de encuentro, hicimos un perímetro de seguridad para garantizar que los helicópteros descendieran sin amenazas o sorpresas. No tardaron mucho en avistar la silueta de los UH-1H.
Minutos después aterrizaron y subimos inmediatamente. De regreso a la base de operaciones, íbamos callados, pensativos y con una sola pregunta en la cabeza, pero que nadie se atrevía a formular.
Antes de abandonar el valle, recordé que los aldeanos dijeron que el anciano murió durante una incursión del ejército. «Lo mal enterraron entre unos huatales», explicaron.
El subsargento quiso abrir la boca, pero adiviné que repetiría lo que dijo la otra ocasión cuando tuvimos otra incidencia. El sonido del rotor ahogó sus palabras; sin embargo, no pude evitar que el radio operador murmurara a mis espaldas.
–Ese anciano tenía la misma voz de aquel cura que arrastramos –musitó.
–¡Cállese, Ramírez! –atajé, enfadado.
–El cura, otra vez el cura. Eso iba a decir, mi capitán… –atrevió a proferir el subsargento.
Fuera de mí, le solté una bofetada súbita cuyo sonido acabó por ahogar el movimiento de las hélices que levantaban las briznas del monte que había a la redonda.
–Son avisos mi capitán… –lloriqueó el radio operador.
Intempestivo lo tomé del arnés y lo empujé furibundo dentro de la aeronave, mientras el resto de la escuadra miró con rabia, pero impotente. Debían ser profesionales.
–¡No quiero repetir que nadie mencione curas o monjas en esta unidad! ¡Ni una palabra! –advertí escupiendo cada una de mis sílabas– ¡Ni una palabra! –rezumé.
A bordo del helicóptero, todos llevábamos ese relato metido entre ceja y ceja. El rotor interrumpía mi ensimismamiento. El cura postrado sobre la grama. El sonido de los fusiles. El olor del último combate. El viejo del quinqué. Ese ahogo que entrecorta mis inhalaciones. Siento la mirada de soslayo de mis hombres que adivinan las minúsculas perlas húmedas que bajan por mis sienes. Solo espero que por estos hijos de puta no me acaben cambiando el uniforme verde olivo por una camisa de fuerza.

Eric Lombardo Lemus. Comunicólogo y periodista. Escribe crónica, cuento y poesía. Phd en Comunicación por la Universitat Pompeu Fabra. Actualmente es académico invitado por el Instituto Kellogg de la Universidad de Notre Dame. Premio Nacional de Poesía “Luis Borja” de la Universidad de El Salvador (2023), Premio XIV Certamen Literario Conmemorativo a Mártires de la UCA (2022), mención honorífica en Premio Michael Jacobs de crónica viajera (2023), Premio V Certamen de Poesía Conmemorativa de los Mártires de la UCA (2012) y finalista del Premio de Crónicas Seix Barral (2007).
