Detenerse en los recuerdos

En esta muestra poética de Bladimir Víquez, poeta panameño, encontramos nostalgia, recuerdos e imágenes de la ciudad, del cielo o del mar

Bladimir Víquez  | 

Gare de Montparnasse

Entre galpones cabalgados por los ruidos;
entre viajeros con mochilas, carpetas y paraguas
unas palomas picotean
el piso crudo de la gare.
Una de ellas con una sola pata
y un muñón que pende rígido y calloso.
Un trozo de pan ―nacido en asepsia―tirado
en una esquina llena de polvo y con almohadas de filtros de cigarrillos.
Gente que siente que lleva
el peso de las miradas en las espaldas.
Un clochard venido de otras tierras
y un grupo de viajeros con actos de soberbia
se ríen como desafío al orden
y otro que muere en la miseria de los opulentos.
Una publicidad para niños y una máquina de café
que se ilumina y se apaga y sirve casi como pidiendo clemencia:
cortos, largos, descafeinados, moca, latte,
con y sin azúcar, y ninguno sabe a café.
El negro gobierna sobre la ropa
y las maletas de rueditas van halando los recuerdos
de besos, amores, encuentros, despedidas y mil abrazos
son ruedas que murmuran cada historia.
Montparnasse, es un girar constante
de letreros y destinos y de agujas de reloj.
Montparnasse es un rugido de trenes
y de voces en las escaleras y en los andenes
hacia otros destinos.
Montparnasse son pájaros saltarines
de plumaje atollado y picoteo sobre cemento.
Son letreros baners de sandwichs, farmacias y autos
gente con botas largas y una espera clandestina
Para todos
Montparnasse: Polvo y servilleta y vagabundos
rajaduras y escupitajos en el suelo;
plumas y huellas en el suelo;
besos y caricias sobre el suelo.
Montparnasse: flechas y teléfonos que apuntan con sus carabinas
a las miradas.
Poetas sin pasaportes ni identificación
abarrotado de sus islas y de impotencia
Moda y bufandas.
Besos de despedidas con sabor a alcohol
Besos de despedida y lujuria
Montparnasse:
Zapatos y maletas que agujerean los oídos
pantalones rotos y cuellos cubiertos de frío
Fotos y selfies.
Montparnasse: a la espera y a la vida
que nadie sabe a dónde es
Montparnasse: poeta clandestino
Montparnasse de las carreras
y de los anuncios de salidas
de alto parlantes que nadie escucha
Montparnasse: hace frío
Nada cambia en los inviernos
solo la gente que se remplaza
aunque se sienta que es la misma
que camina por este “no lugar”
Del filósofo de cartera de cuero
Y sombre de invierno…
Montparnasse hoy siempre un viaje
Y un regreso
Un viaje y las memorias
Un viaje y un adiós.
Montparnasse aquí te dejo y de aquí me voy.


Recuerdos de madera

Aquí estoy sentado frente al mar bebiéndome la metáfora
de los sueños que cultivaste,
un día, en el bolsillo secreto de mi mochila
y en mis pantalones emparchados;
estoy viendo las réplicas de los viajes
que los marinos en procura de otros espacios
se construyen sobre los lomos de balsas y veleros.

Sigo aplaudiendo las humedades
y los soles de otras tierras que tú imaginaste,
sin duda, de machetes y rastrillos
y llenos de augurios sin fronteras.
Sigo apreciando el perfume de las mandarinas
enredado en los dedos de la memoria.
Sigo pensándolos envueltos en arena y sal,
en montañas y hojas caídas.

Señora, arrastro las nostalgias de aquellos días
de lluvia frente a la casa de madera,
de infusión de paico, de aceite de ricino amalgamados
con tus abrazos de alcanfor y tabaco;
de verte zurcir mis pantalones
y mis camisas agujereados por el uso
y el frotar de las rodillas, los codos y los días.
Recuerdo que tú me enseñaste a cruzar las fronteras
vestido de clandestino para acortar distancias
y llegar siempre más temprano.
Me enseñaste a dormir en el filo de un machete,
colgado a una ventana o a contraviento en una escalera,
como una lección de vida y no de necesidad.

Señora, los recuerdos me inundan:
de verte llevar tubérculos y verduras con la boca hecha agua
por una sopa del día siguiente.
De verte jugar con las palabras día y noche sin reparo.
Sé que estarás, frente a frente
con los dados apostando dichos y refranes
en las fiestas de San Pedro donde decidiste irte dormida.
Extraño verte caminar
y fumar tu pipa viva de picadura ―que tú llamabas moña―
y fuego como una vieja locomotora cargada de guineo y esperanza.
Solo tengo que decirte, como si fuera la última clavija de esta carta
que no te veré tocar el abandono,
sino tallar huellas de destino amalgamadas en la casa
y en el acero de la conciencia de la gente de pueblo.

Aquí nada es igual a nada
aunque nos quede como último recurso la comparación
y la desigualdad
que tú taladrabas con sudor y trabajo.
Sólo siento que los mástiles agujerean el tiempo y la lluvia,
y que he dejado de ser aquel niño
que tomado de tus manos caminaba
por los rastrojos enfundado en botas y senderos de peregrino.
Nos veremos en aquella casa de madera
que será siempre el paraíso de mi infancia
y mis recuerdos;
que será siempre albergue de peregrinos.



Al vuelo

Tú que surcaste los cielos
abriendo entre las nubes los caminos
que fueron prohibidos
en otras horas para ti y para tus semejantes,
aquí estoy con unos recuerdos cosidos en mis manos.

Bebiste de las lluvias y de los azúcares
desde la cabina solitaria del pecho
mientras las sendas de botones y luces
te abrían los espacios de los rumbos de mapas y brújulas,
de las rocas y espinas
que la historia había lanzado en las noches.

Hoy te envío una flor recién cortada
para que la coloques en agua junto a tu mesa,
y una lámpara de aceite
para que la enciendas junto al polen de las esperas.
Te envío un poema
para que lo leas recostada del tronco de un árbol
o en un aeropuerto a la espera de la partida.
Te envío algunas huellas y pisadas amarradas con celofán
para que sientas que seguimos caminando
bajo la mirada de tu sonrisa en el vuelo,
con el tiempo engrapado en nuestros párpados
augurando nuevos días para ti, tus semejantes y todos.

Aquí estamos, liberando ataduras
que los caminos de la memoria
junto a manos como las tuyas
saben borrar al vuelo.



Nunca me dio tanta sombra
el limonero de mi patio
como cuando escalé la Torre Eifel,
y navegué el mar de las aceitunas;
como cuando brindé con el Buda de Leshan,
y me besó la ópera de Sidney;
como cuando anclé mi barco en los brazos del Cristo Corcovado.
Nunca ante me dio tanta sombra el limonero de mi patio.



Tú me sabes amar

Lo sé desde el día que emprendiste
este viaje sin destinos plantados en los horizontes;
desde que probé tu piel en las torres de arena
llenas de algas, sales y todo lo que tienen estas aguas;
desde entonces entendí
que tú me sabes a mar.



Detenerse en los recuerdos

Detenerse en los recuerdos
es como sentarse en la estación
a esperar un tren que ya pasó
dejando ráfagas de humo,
sonidos de piedras y clavos
y miradas ajenas
que llevan signos de despedidas.

Aunque es una espera
con olor a túneles húmedos
y a rocas esparcidas
de lugares sin carácter,
con llantos de piedras y cielos,
sin imágenes de retornos,
sin ilusión de repartidas,
tienen el desgarro de un adiós…

Detenerse en los recuerdos
es como las ideas
de amores que se saborean
infinitamente,
una y otra vez
en la mente y en la piel.

Es escuchar el sonido de los rieles,
de las veredas que se diluyen en los poros del horizonte
y que fueron eco y huella,
testigo y guía
de un paso escrutador,
que nos despierta la memoria.

Detenerse en los recuerdos
es como hacer rodar piedras y troncos
en un precipicio al término de un camino
para que retumben y nos conmuevan
cuando caen y se revientan
en partículas que jamás se unirán,
porque los recuerdos no están sujetos a verificación:
no son teorías,
sino que se arman como vengan
sin cielo, sin sol,
con agua o con metales,
con astillas y sin frenos.

Y se recorren cuando asaltan
sin planes y como a ellos les da la gana.
Al fin y al cabo
son los caminos que ha andado la memoria.



Nunca antes había muerto

Nunca antes había muerto.
Empecé a morir esa tarde llena de humedades
y caballos resoplando en la sabaneta de los guayabales
mientras yo perdía unos de mis incisivos superiores.

Te juro que el sueño
de que los ratones me trajeran una moneda
más llena de símbolos y recuerdos que de valor,
se arruinó.

El día que me enteré
que la muerte vendrá a buscarnos sin anunciarse
no con guadaña ni máscara,
sino descarada y orgullosa,
me desplomé,
señal de que había perdido media batalla.

Un vuelo de pájaro negro revistió
mis córneas también agujereadas por la novedad
y me llenó el pecho de espinas y puñales.

¡Qué putada! Yo era solo un niño.
Enterarme de que había algo que se llama muerte
que nos quita la vida sin consultarnos
me pareció una infamia descomunal.

Me parecía la pelea más cobarde:
un niño contra la vieja muerte
carcomida y llena de escamas.
Y entonces las preguntas nacieron
como escombros que hacen estallar un rostro,
se escucharon como pieles rasgadas
por dentelladas de bestias lupinas.

Esa tarde sentí que ya los gusanos
me habitaban los ojos y los huesos
y desde entonces entablé la lucha para no morir.
Pero me doy cuenta
de que cada paso que doy está lleno de fango
y que me vuelve lento para la huida,
de que cada respiro es un azoque de la muerte
sentada en nuestro cuello.

De que las botas se convierten
en plomos engrilletados en nuestros tobillos
como si fuéramos elefantes atados desde siempre
y que mueren amarrados con cintas de celofán.

La muerte no hace nada,
no mueve un dedo,
sólo nos enteramos
(y no es ella la que lleva la noticia),
y ya nos tiene dentro de su barca,
donde graba sobre silencios y sombras
la fecha de nuestra muerte.

Bladimir Víquez nació en Dominical, Renacimiento, Panamá.
Ha realizado estudios universitarios de Lengua y Literatura (en Español y en Francés) en Panamá, en España y en Francia. En España, en la Universidad del País Vasco, hizo una pasantía en Lógica y Filosofía de la Lengua; en Madrid, en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, hizo una maestría en Filología Hispánica; en Francia trabajó en el Liceo Champollion como Profesor de Español como Segunda Lengua. Es doctor en Lengua, literatura y civilización románicas en la Universidad de Rennes 2 en Francia. Actualmente es profesor en la Universidad Autónoma de Chiriquí. Ha ganado diferentes premios nacionales en Panamá y ha publicado varios libros de poesía y lexicografía.  Ha dictado múltiples conferencias en Panamá, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Canadá, Estados Unidos, España y Francia.

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