El universo lírico de Lars, lleno de asombro y profundidad, invita a lectores, escritores y académicos a explorar la riqueza de su obra, dejando una huella perdurable en quienes se detienen a apreciar la belleza de los versos
Claudia Lars | Escritora, editora, periodista y traductora
En la poesía de Claudia Lars anida el pulso y la palabra de una poeta cuyo universo lírico trasciende a generaciones de lectores, escritores, académicos y se deja apreciar desde la mirada de asombro que siempre producen sus versos. En una búsqueda latente por lo humano, lo espiritual, lo que se sonda desde la vida y sus vaivenes. La poesía en su expresión clásica y en su preludio de formas nuevas se enarbola como un canto. En esta selección se reconocen algunos textos fundamentales de su poesía, aunque se sabe hay más ejemplos y otras formas, aquí se proponen solo algunos, que por el contexto del homenaje se vinculan a las colaboraciones de escritores, lectores, poetas y académicos quienes estudian, leen y expresan su mirada, enfoque y perspectiva sobre la obra y vida de Claudia Lars.
SOBRE EL ÁNGEL Y EL HOMBRE
I
Me salva de mí misma:
huésped del alma en alma devolviendo
la palabra que abisma,
lo que entiendo y no entiendo
por este viaje en que llorando aprendo.
Amoroso elemento
forma su fina y leve arquitectura;
con ágil movimiento
de flor sin atadura
abre su vuelo reino de blancura.
Sube de mí, conmigo,
a cumbres de silencio, a ruido vano;
siendo el eterno amigo
con invisible mano
siembra fuego cantor en barro humano.
Su llama secreta
colma venas de noche, luz vigía;
es canción y saeta,
profunda compañía,
íntimo sol…para mi breve día.
Le he visto por la nube
con rabel de pastor cuidando sueños;
por su arboleda anduve
sobre aromas pequeños,
y era abril de verdes abrileños.
Cuando el clavel tenía
edad de tierna boca adolescente;
cuando el gorrión ponía
aleteo en mi frente,
él ya me daba su lección paciente.
Mi soledad le pide
alta verdad y voz corregidora;
sé que su tiempo mide
vida razonadora
y miseria viviente, hora tras hora.
Calor sin mengua vierte
en puertasola, bajo nieve hundida;
amando me convierte
en amante aprehendida,
y ya no puedo estar semidormida.
Contraluz de mi pecho
a veces me o vuelve casi nada;
mas del soplo deshecho
su pena derramada
es goce de otra cita enjazminada.
Isla de mar adentro,
donde dulce marea crece y canta;
iluminado centro
que hasta el cielo levanta
angélico poder de mi garganta.
II
Ángel enamorado
de la doliente casa de los hombres;
criatura sin pecado
que dejas, olvidado,
el nombre eterno en terrenales nombres;
tu escondida presencia
es un fulgor que canta o que suspira;
la muda confidencia
se escucha en la conciencia
y a veces…con el aire respira.
Proclamo tu blancura;
quiero explicar espacios que no entiendo:
aquí…mi luz oscura
allá…lágrima pura,
y el mundo su ceguera defendiendo.
Si tu mano en mi mano
coge parte del río que se bebe;
si la hoja y el grano
del pulsante verano
son en tu fino amor latido breve;
prolongado latido
es en mi corazón lo que despiertas;
y vives recogido
en mi frente o perdido
por esta noche de cerradas puertas.
Escucho los rumores
que vienen de la pálida rivera;
con mis versos menores
y mis grandes amores
persigo la existencia verdadera.
Tu designio me obliga
a encontrar el camino innominado;
tu desvelo me liga
a dolor y fatiga
del que va con el grito desgarrado.
Alumbras y sostienes;
Brotan dulces praderas de tu aliento;
estás conmigo…vienes
del soplo que mantienes
en vasto y poderoso movimiento.
Buscándote en mi sombra
–entre el miedo de ser y de acabarme–
cuando el alma te nombra
al nombrarte se asombra
de que quieras oírme y ampararme.
Morador de mi sueño:
por tu brasa de luz, por tu alborada,
este día pequeño,
este fugaz empeño,
son tu abismo de vida y tu posada.
DEL FINO AMANECER
I
Un beso me sembró profundamente
en secreto amoroso,
cuando yo regresaba de la muerte
como semilla humana…
Dormida en sangre –que me daba forma
bajo nueve mandatos de la luna–
al fin abrí ante el mundo mi inocencia,
siendo apenas un débil hacecillo
de gemidos y hambre.
Nada sabía del extraño espacio
donde mi pequeñez halaba abrigo;
envuelta en suaves lanas y batistas,
mecida por oleajes musicales
iba aceptando luces, sombras, bultos,
como vida doméstica,
y aprendía a encontrar en los sonidos
la maternal palabra
o el gorjeo celeste de los pájaros.
¡Qué piel tan fina aquella piel de acacia
gozando las caricias!
¡Qué juego de cosquillas en mi cuerpo,
provocando por las manos serviciales,
por el agua –tan fresca–
o los grises bigotes del abuelo!
Campanas de la torre van abriendo
sombras y ojos nocturnos,
porque regresa el día inexplicable,
con praderas de leche en su fragancia
y el calor familiar de la cocina.
Yerbas tan suaves como mis pestañas;
cielo de los gorriones;
el casi-baile de una lagartija
y en bocas de hormigueros
anises olorosos.
El tiempo gasta felpa en sus pisadas;
se disfraza de duende o visitante;
alza un arco triunfal lleno de risas
y me observa, esperando…
Aprendo sin saberlo: casas, gentes,
así como el jardín de húmedo pulso
forman parte del alma y los sentidos.
Mirar, gustar, palpar,
oír, hundirse
en olores diversos,
tener un nombre que conmigo crece,
un gesto de gatita,
pies que me llevan sin cansarse nunca
al césped adornado de borrajas
y al manantial humilde, derramándose
entre los berros finos.
Tengo un ancho horizonte, unos florales
recodos sólo míos;
criaturas de las hojas y del aire
me acompañan volando como abejas,
sin que nadie las mire.
Hoy descubro la entrada del paisaje;
después…el corazón de mi cumpleaños;
una nueva palabra me revela
sus hondos atributos,
su amanecer colmado de experiencias.
Entrega el alfabeto de la conquista
de todos los vocablos:
es un valiente ejército de signos
marcando en el papel lo que soñamos,
lo nunca pronunciado por hermoso,
por extraño o terrible.
Inquieta mi pureza interrogante;
puro el deslumbramiento…
Esta turbada alquimia me repite
que soy la soledad y la presencia
de mí misma y de todos.
¡Abran el aire dulce, los caminos
y el mar cercado por antiguas dunas!
¡Digan que una criatura –hija del hombre–
tiene arpas en el pecho,
para cantar el esplendor terrestre
y también la morada de los dioses!
DE: NUESTRO PULSANTE MUNDO
VIGILANTE
En substancia asombrosa
que los sabios llaman ahora
D N A
hallo el principio químico de infusorios
y caracoles,
de pájaros y abejas con mil ramajes,
del niño deslumbrado
ante su propio: “aquí estoy”…
¿Pero el Hombre Interior
de dónde viene?
¿Se alzó de un lodo triste
o fue entregado a las hijas
de padres velludos
por jóvenes celestiales?…
Escarbo mis raíces
y busco entre laureles desafiantes
el árbol de los muertos;
un suelo con sepulcros retiene todavía
su propia oscuridad.
Es nueva mi conciencia
y debo sembrar la claridad de este minuto
sobre grises de invierno.
La tierra llora con todos sus mares
y el hombre ha derramado
sin cansarse
enloquecida sal.
Hablo de Los Cabellos de Berenice
y de mentales viajes
al Ojo Abierto de Dangma.
Siempre he creído
en lo increíble
y puedo señalar a quien descubre planetas
dentro de nebulosas inalcanzables.
Transfigurado el tiempo
nos ofrece destino
que rebasa este mundo.
¿Cómo serán las horas no-nacidas?…
Alumbrando la niebla
pálidos Nunca Vistos
dan sus señales.
COSMONAUTAS
LAIKA
Vestida de pelambre,
con chispeantes ojos en territorio de juegos,
no alcanzaste a comprender
–¡amorosa criatura sin palabras!–
tu solitaria muerte
tan lejos de nuestra voz.
Quisiera regalarte un caramelo de chocolate
y que niñas blancas, negras,
amarillas y morenas
cantaran como en antiguas rondas:
“Laika del cielo y del mundo
–¡nuestra hermanita menor!–
te envuelve polvo de luna
y también polvo del sol”.
KOMAROV
Cuando abril despertaba lilas
junto a nuevas máquinas
Vladimir Komarov entró, resuelto,
en la nave espacial –dócil y suya–
saboreando todavía el último beso
de la mujer de sus noches
y con instantes parecidos a siglos
bajo extraño tiempo interior.
¡Es tan pequeño el mundo
si se contempla desde un nido de halcones!
¡Todo verde parece maravilla
a quien mira encinos y abedules
anclado en el fulgor de un cometa!
Vladimir cantó suavemente
baladas de su pueblo,
porque no es fácil soportar
ausencias poderosas.
¿Quién puede comprender
lo más interno de su viaje?
¿Quién lo que muere y resucita
después de la explosión
de un sol?
¡Disfruta, temerario,
los últimos colores de tu cielo
y señala con deleite –allá arriba-
caminos extendidos
como hilos de oro!
Eres el curioso sensible,
el que rompe volando
diáfanos muros
para poder hablarnos
de la esfera de Dyson,
tal vez del hombre cósmico
y para referirte a la luna perseguida
como si apenas fuera
ácida naranja.
Caes al fin en embudo de abismos
y arrastras el cadáver
de fuegos blancos.
¡Lánzate sobre bosques
con los ojos cerrados!
¡Confía a remolinos destructores
tu inocente valor!
¡Oh Capitán del Tiempo,
devuelto por la noche
al puerto de tu sangre!
Aquí están las banderas que te reciben
y también –entre himnos y lamentos–
tus mapas azules.
PALABRAS DE LA NUEVA MUJER
Como abeja obstinada
exploro inefables reinos
que desconoces y al entrar en la memoria de tu corazón
señalo parajes virginales.
¡Aquí la eternidad
modificando nuestro minuto!
No puedo ser abismo:
con luz se hacen viñedos
y retamas.
Pertenezco a la desnudez
de mi lenguaje
y he quemado silencios y mentiras
sabiendo que transformo
la historia de las madres.
Mujer.
Sólo mujer.
¿Entiendes?…
Ni pajarilla del necesario albergue,
ni alimento para deseosos animales,
ni bosque de campánulas donde el cielo se olvida,
ni una hechicera con sus pequeños monstruos.
¡Oh poderes del hombre
alzando mutaciones
de frágiles rostros!
¡Oh esplendor oculto en mi santuario
ya bajo la excelencia
de íntimos ángeles!
¿Logra mi amor decirte
que busco un amante
con frente inmortal?
VIGILANTE
Mi frente y las estrellas…
Allá.
detrás de augurios y silencios,
la voz oculta va contando edades
y sutiles caminos del Veloz Radiante
que nos hace y deshace
con vida celestial.
Casi entiendo el lenguaje inefable:
me lo entregan dorados mensajeros
siempre guardianes del sonido y su causa;
testigos y maestros
de nuestro aprendizaje lento.
Vivo de pronto en otras dimensiones
y comprendo que el Nombre Infinito
«es igual a todas sus partes».
No me asustan las muertes de la noche:
con alas invisibles
defiendo mi desvelo,
para decir que el verano es un canto
y alcanzar con ojos absortos
blancos nidales de la Vía Láctea.
POETA
No bastan los secretos del arpa,
ni el viento con simétricos pájaros,
ni rocas o explosiones de jacintos,
ni siquiera este despierto corazón
debajo de mi mano.
Es difícil decir a quien me escucha:
yo soy eso… nosotros… y lo nuestro me invade.
¡Oh fabuloso cielo,
manteniendo completa
su pedrería de oro!
¡Oh muertos devorados
por gusanos y sombras,
tratando de entregarme suavemente
álamos inconclusos!
Descubro mi lenguaje y pronuncio la indócil
vida de cien mil caras.
Vengo-de un gran silencio…
¡Del silencio que habla!
DE: CANCIÓN REDONDA
CANCIÓN DE MEDIANOCHE
Esta noche de octubre es de luna redonda.
Estoy sola, llorosa, pegada a tu recuerdo.
Han escrito tu nombre las estrellas errantes
y he cogido tu voz con la red de los vientos.
Flota un olor agreste con resabios marinos,
las sombras se amontonan en rincones de miedo,
algo secreto emerge de las cosas dormidas
y las horas se alargan en la curva del tiempo.
Mis ojos de vigilia captan todo el paisaje:
el cono del volcán, los llanos y los cerros,
la vereda entre zarzas, los arbustos floridos
y las palmeras altas de penachos violentos.
Se oye el glu-glu monótono del agua escurridiza
que en la hondonada cuaja su espejito de invierno,
el golpe de la fruta al caer de la rama
y el zumbido perenne de la ronda de insectos.
Mariposas ocultas tiñen sus alas frágiles,
el zenzontle del alba esconde su gorjeo,
y entre espesas cortinas de bejucos fragantes
la paloma morada sueña rumbos de vuelo.
Por etéreos caminos los anhelos se encumbran
y en los cuatro horizontes dan vueltas en silencio.
¿Quién escucha el mensaje de las almas que lloran?
¿Quién recoge en el aire los suspiros dispersos?
Trato de reconstruirte con vaguedad de líneas,
pero te desvaneces y te alejas, huyendo…
¿En qué niebla distante has escondido el rostro?
¿En qué lugar remoto ha caído tu cuerpo?
Esta noche podría quererte más que nunca:
hay en mi corazón humilde vencimiento;
tiembla en la mano izquierda la caricia de espera
y queda el beso tibio en los labios suspenso.
Te ofrendaría el hondo latido de mi impulso,
mi canto de belleza y mi gajo de ensueño,
y una ternura clara, como río de gracia,
colmaría de encanto la cuenca de mi pecho.
Pero ya ves: el ansia ha de quedarse trunca
aunque estire el amor sus brazos pedigüeños.
Y he de pasar la noche, bajo la luna de ámbar,
hilvanando tristezas y contando luceros.
CANCIÓN DEL ADIÓS QUE SE PRESIENTE
Nos está decretado separarnos.
Tal vez sea mañana…
He vivido a tu lado muchos días
sin ser lo que deseabas.
Has cogido en tus manos, suavemente,
mi tibia mano huraña;
has tejido en tu pecho nido quieto
donde caben mis alas.
Para librar mi ruta de peligros
fuiste apartando zarzas;
con tu filo de luz abriste puertas
en mi noche cerrada.
Me has mirado de frente, con serena
pupila de confianza;
me has dicho la palabra de ternura
sencilla y cotidiana.
Me regalaste la fragancia leve
de flor inmaculada
y esa leve fragancia del ensueño
casi no era fragancia…
Nos está decretado separarnos…
Ya la pena lejana
en recónditas voces de amargura
anuncia su llegada.
Sin embargo… sospecho que me escondes
la retorcida llama
que se yergue obstinada en tu silencio
y que valiente apagas.
Sé que en tus labios duerme el beso largo
que vence y arrebata;
en tu cuerpo de arcángel está preso
el dragón de las ansias.
Y en mi sangre, también, late el impulso
que hay en las viejas razas.
¡Madura estoy como la fruta dulce
que se inclina en la rama!
Pero la dicha inmensa de querernos
nos ha sido vedada.
Después vendría la infinita angustia
que colma y no se acaba.
Nos está decretado separarnos.
La vida nos reclama
el valor del adiós… ¡Están más juntas
las almas solitarias!
Escogeré, por eso, rumbos nuevos
que el horizonte alcanzan;
me llevaré el dolor de haberte hallado
y de darte la espalda.
Otras te ofrecerán, pleno y cumplido,
el goce que soñabas;
en frágiles espejos de quimera
me has de ver reflejada.
Tu anhelo ha de buscarme en toda forma
y yo seré fantasma;
me has de sentir, como inquietud perenne,
clavada en tu esperanza.
Cuando creas que me hundo en el olvido
estaré más cercana:
amor que por Amor deja el deleite
es eterno en el alma.
Nos está decretado separarnos
y mi adiós se adelanta…
¡Fulge en mi corazón tu nombre claro
en un prisma de lágrimas!
CANCIÓN REDONDA
A Don Joaquín García Monge
Voy a cantar la inmensa belleza de la vida
en un verso sencillo:
el color de la nube, la fragancia del gajo,
y el milagro del trigo.
Quiero robar al Sol su clave luminosa
y su escala de brillos;
y con el alba nueva despertar en el mundo
los ojos y los trinos.
Entraré con el viento en la selva profunda
de los ecos dormidos;
y he de sentir la recia carga de los calores
y l’aguja del frío.
Jugaré con las olas de los mares revueltos
un juego de peligros;
y escribiré en l’arena una estrofa que acaba
en puntos suspensivos.
Subiré con el fuego, como una flor violenta
de capullo encendido;
y después, llama extinta, he de dormir oculta
en el rescoldo tibio.
Ensayaré la gama, transparente y alegre,
de las voces del río;
y el vaivén de fulgores que traza en las espumas
el pececito arisco.
Meceré mi cadencia en el tallo delgado
que sostiene al jacinto.
Me hundiré, con la savia de la raíz oscura,
por túneles de limo.
Asomaré mi tierno retoño de esperanza
entre lianas y espinos;
y en la fruta del árbol acendraré las mieles
de sabor exquisito.
Esponjaré la seda del gusano rastrero
envuelta en el ovillo;
y en la fiesta de Mayo habré de ser inquieta
mariposa de giros.
Remontaré mi gozo en el vuelo del pájaro,
por diáfanos caminos;
y en la rama flexible, bajo las sombras verdes,
he de colgar mi nido.
Guardaré, con la fiera, mi soledad salvaje
y mi cueva de gritos.
Buscaré, con la bestia, el yantar cotidiano
que rumian los vencidos.
Abriré misteriosa puerta de corazones
con mano de sigilo;
y en cuenca de ternura recogeré la música
de trenzados latidos.
En la pauta de amor, en el Júbilo Eterno,
he de inventar un himno
que vibre en armonía exaltada y perfecta,
llenando el infinito.
Con la brasa del beso sellaré la frescura
del labio sensitivo;
y en ofrenda secreta entregaré tesoros
cabales y escondidos.
Para quien llora en vano, buscando en el silencio
como un niño perdido,
he de tejer, con hebras de arrullos enredados,
quieto rincón de abrigo.
Aprenderé a mirar con ojos de vidente
las cosas y los signos;
y sabré descubrir, en cada acción, la causa
y el humano sentido.
La flecha de mi anhelo romperá la tiniebla
sin perder su destino;
y la red de mi ensueño ha de alcanzar distantes
luceros sorprendidos.
Ni angustias ni temores ceñirán en mi carne
cadenas de dominio,
porque tiene mi impulso la fuerza arrebatada
del torrente crecido.
Seré palabra clara que reza y que bendice,
y sollozo y suspiro;
y en el dolor rebelde y múltiple del hombre
lamento retorcido.
Y cuando en la belleza de mi canción redonda
no falte ni un sonido,
la soltaré en el aire… Y escogeré, callada,
los rumbos del olvido.

Claudia Lars. (El Salvador, 1899 -1974). Escritora, editora, periodista y traductora. Es una de las voces más sobresalientes de la lírica centroamericana del siglo XX. Desarrolló una obra poética caracterizada por un depurado lirismo y un impecable dominio de la métrica, donde predominan los temas como el amor, la maternidad y la infancia. Entre sus obras se encuentran Estrellas en el Pozo (1934), Romances de norte y Sur (1946), Escuela de pájaros (1955), Girasol (1962), Del fino amanecer (1964), Nuestro pulsante mundo (apuntes sobre una nueva edad) (1969), entre otras. Su trayectoria literaria le valió importantes reconocimientos, como la Orden Nacional de José Matías Delgado.
