En el nombre de la IA

Una reflexión crítica sobre la encíclica «Magnifica Humanitas» del papa León XIV, que advierte sobre los riesgos de deshumanización y el totalitarismo tecnológico frente al avance de la Inteligencia Artificial Generativa

Manuel Vicente Herríquez | Comunicador y escritor

He terminado de leer detenidamente «Magnifica Humanitas», primera encíclica del papa León XIV, y quiero presentar las siguientes anotaciones, con el interés de contribuir al debate que está al centro de una tecnología que puede cambiar nuestras vidas de formas insospechadas: La Inteligencia Artificial Generativa.

Quisiera comenzar diciendo que la encíclica es un sentido alegato a favor de la humanidad. El Papa no se anda por las ramas para decir que ninguna tecnología tendrá un valor real si no está al servicio del ser humano. El problema es, en este caso, que pareciera que se nos quiere vender la idea al revés: que nosotros debemos estar al servicio de la IA, cual semidios artificial.

Frente a esta tentación tecnológica, León XIV afirma: «En la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado».

Como humanidad, estamos frente a un totalitarismo tecnológico en ciernes, que está cambiando la forma en que nos relacionamos, trabajamos, generamos sentido de pertenencia y creamos vínculos. Pareciera que la IA es la panacea que ha venido a resolver todos nuestros problemas y quienes hablamos de regularla, de buscar que sus beneficios sean para las mayorías y no para unos pocos, estamos en contra del «progreso de la sociedad».

Al respecto, en la encíclica leemos: «Pedir prudencia, controles rigurosos y, en ocasiones, también una ralentización en la adopción de la IA no significa estar en contra del progreso, sino ejercitar un cuidado responsable hacia la familia humana».

Eso es lo que se busca cuando se pide control, regulación y legislaciones que impidan el uso indiscriminado de esta tecnología. Pero entonces aquí chocamos frontalmente con los creadores de la IA, con quienes se lucran de manera directa y quienes están en contra de cualquier tipo de límites, so pena de «frenar el avance». Es evidente que los tecnobros (llámense Elon Musk, Jensen Huang, Jeff Bezos, entre otros) buscan un beneficio económico con el advenimiento de la IA, porque la lógica de cualquier empresario es que se consuma su producto cada vez más; a ellos no les interesa el bien común, les interesa que la IA genere una dependencia tal que no se pueda vivir sin ella. Solo así se explica que Sam Altman, director ejecutivo de Open AI, diera unas declaraciones en donde afirmaba que los padres deberían dejar la tarea de la crianza a la IA. Su voracidad es tal que lo que realmente les importa es acumular más y más dinero (ya son ultra millonarios) y tener más poder.

Estos empresarios tecnológicos me recuerdan al «hombre de negocios» de El Principito; aquel hombre que estaba en su planeta y contaba y volvía a contar «sus estrellas»:

—¿Y qué haces con las estrellas?

—¿Que qué hago?

—Sí.

—Nada, las poseo.

—¿Y para qué te sirve poseer estrellas?

—Me sirve para ser rico.

Ante ese deseo desmedido por poseer ‒lo que implica descartar las personas que se consideran inútiles o poco rentables‒, solo el Estado y una sociedad civil fuerte pueden ser mediadores, interventores entre los intereses de los mercados y los de la comunidad en general. Es en este sentido que León XIV nos dice en su encíclica: «En realidad, una sociedad justa requiere un Estado presente e instituciones civiles capaces de superar la mera lógica de la eficiencia, orientando explícitamente los recursos, la creatividad y las normas a favor de los más vulnerables».

Sino se logra llegar a un punto de acuerdo entre el poder tecnológico que nos gobierna (pues estos poderes ya tienen más incidencia que los gobiernos mismos) y la sociedad entera, corremos el riesgo de entrar en una etapa en que el totalitarismo tecnológico pisotee la dignidad de las personas, pase por sobre el bien común, en pro de la eficiencia, la ganancia y la optimización, reduciendo a las personas a meros engranajes de una gran y bien aceitada maquinaria.

En este punto, quiero recordar al escritor argentino, Ernesto Sabato, quien en su libro Antes del fin escribió lo siguiente: «Solo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido».

Frente al sueño prometeico que nos ofrece actualmente la inteligencia artificial generativa, no es exagerado afirmar que, hoy en día, la mayor batalla que debemos de dar como personas, como individuos y como sociedad es la de salvar lo que aún nos queda de humanidad, salvaguardar la dignidad de las personas ante la tentación tecnolátrica en nombre de la IA, porque a pesar de que nos digan lo contrario: todos valemos, hombres y mujeres por igual. Todos.

*Disclaimer: Este artículo no ha sido escrito con ayuda de la inteligencia artificial generativa. Las ideas aquí expuestas, exceptuando las citas, son de mi autoría; es decir, son humanas.


Manuel Vicente Herríquez (El Salvador, 1972). Comunicador de profesión. Escribe narrativa, crónica y ensayo. Es articulista en diversos medios impresos y electrónicos de El Salvador y Latinoamérica. Recibió mención honorífica en el Segundo Certamen Nacional de Ensayo «Agustín Espinoza, S.J.» (2000), convocado por la Universidad Iberoamericana Torreón (UIA), México, con el ensayo «Posmodernidad y nuevas tecnologías». Obtuvo mención honorífica en el Primer Concurso Nacional de Reseñas Literarias (2002), organizado por el periódico mexicano La Jornada y editorial Alfaguara, con una reseña sobre la novela La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo. Ha sido catedrático de literatura y redacción. Es autor de los libros de cuentos: Una pequeña dosis de ternura (Índole Editores, 2017) y Sin ningún motivo en particular (Índole Editores, 2023). 

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