Algo sobre los puentes del peatón sabines

En el año del centenario del poeta mexicano, Jaime Sabines, el poeta chiapaneco Luis Enrike Moscoso reflexiona acerca del revelador encuentro con su poesía. En una época en la que él mismo empezaba a descubrir la literatura como ese camino que hoy transita

Luis Enrike Moscoso | Poeta chiapaneco

Comencé a escribir a los catorce años, impulsado por esa fuerza imparable que, a todos y todas, en algún momento nos ataca: el amor adolescente. Podría decirse que, hasta esa parte de mi vida, había tenido acceso solo a la poesía clásica, muy cercana al siglo de oro español y a la poesía casi siempre coral que nos enseñan en la escuela. Es claro también que la noción que tenía el sistema educativo, estaba limitada grandemente por la ignorancia o la nostalgia o ambas. Es decir, nos enseñaron que la poesía eran Calderón de la Barca, Lope de Vega, Sor Juana.

A los dieciséis, llegado el año dos mil, Jaime Sabines tenía un año de haber fallecido y, como suele suceder, su obra empezó a ser difundida con mucha más fuerza, tanto por el Estado como por la iniciativa privada.

Yo era un jovencito flaco e imberbe que buscaba leer cuanto libro, folleto, fanzine o revista tuviera a su alcance, y mi encuentro con Sabines sucedió de manera casi fortuita.

En una de esas tardes después de la escuela, estábamos reunidos en casa de un amigo, platicando, comiendo comida chatarra y escuchando música. Ahí, sobre la mesa del comedor de una casa ajena, me encontré un libro que antologaba varios poemas de un tal Jaime Sabines. Un desconocido que resultó haber nacido en Tuxtla en 1926. La revelación.

Si bien en un principio me mantuvo renuente la idea de una poesía sin rima ni metro, en prosa y sin revoltijos lingüísticos que desanimarían a cualquier casi adulto (influencia clara de la cortísima visión escolar); poco a poco noté una característica que resulta quizá el rasgo más distintivo de la poesía de Sabines: sencillez y ritmo.

Sabines, de quien se ha dicho todo lo bueno y lo malo, se me reveló como algo extraño, inédito que necesitaba ser leído más concienzudamente. Ello me llevó a pedir prestado el libro en cuestión y leerlo una y mil veces buscando la razón por la cual me atraía tanto. Aclaro que, contrario a lo que pudiera asumirse, devolví el libro dos meses después habiendo transcrito todo a una de mis libretas escolares.

Años después, con otras lecturas, estudios sobre su obra, charlas con otros poetas, entendí que la poética de Sabines es una poética terrestre, liviana, sencilla que no superficial. Hay en su conformación, la voz de un poeta que ha entendido la lengua desde una perspectiva muy personal y al mismo tiempo muy universal. Sabines era un tipo letrado, conocedor de la literatura de Joyce, de Lorca, de Huxley. Heredero también de la tradición poética mexicana y contemporáneo de grandes voces que tiempo después aportarían lo suyo al universo literario del país.

Entendí también otra manera de abordar la poesía: la cotidianidad. Ese ir y venir de las calles y sus gentes y las luces y las ciudades. Ese trajín eterno que lo puebla todo y que, de alguna manera, también existe en la ciudad interior de cada uno. Sabines logró encontrar poesía en sí mismo, en la forma en que vivía el mundo y el mundo lo vivía a él. Puede caber aquí, citar aquel poema que pretexta el danzón para decir la vida:

(…)

Habría que bajar a una calle desierta
y con las manos en la bolsas, despacio,
caminar con mis pies e irles diciendo:
uno, dos, tres, cuatro…
Este cielo de México es oscuro,
lleno de gatos,
con estrellas miedosas
y con el aire apretado.

(…)

Esa facilidad de nombrar el día a día, el tedio, la rutina, la desazón, las ganas de salir corriendo y cambiarlo todo, convierte a Sabines en «fuerza de la naturaleza. Para qué respetar, para qué afirmar, ¿para qué perfeccionar? El poema vuelve a  ser acto, hijo del rencor y la amargura legitimados por su intensidad» escribiría  Carlos Monsivais. Y es en este sentido que la poética sabiniana se torna en artefacto. La poesía como acto de vida, como material y testimonio del paso del tiempo y sobre todo, de la existencia.

(Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»… Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero».)

Escribe, en «Espero curarme de ti», con una claridad que sorprende, porque si bien el lenguaje es sencillo, casi coloquial, no cae en el lugar común ni repite fórmulas.

Quiero decir que esa manera tan propia, convirtió a Sabines en uno de los poetas más leídos y queridos de México. No hay argumento más poderoso para sostener lo dicho, que leer su obra, toda. Desde aquel mítico Horal, pasando por Adán y Eva, Yuria, Tarumba y, por supuesto, la que a mí parecer y en sus propias palabras, es su obra más acabada Algo sobre la muerte del Mayor Sabines; ese borbotón de sangre, rabia, impotencia y nostalgia que sacude desde su primer verso a quien lee.

Sabines ha influido en mi escritura. Ya no tan fuertemente, pero aún. Releo su obra a veces, para recordar que en todo momento la poesía se cierne en la vida y existe junto al semáforo y las gotas de la lluvia en las jardineras del parque. De esta manera sostengo que, como dice el poeta Óscar Oliva (otra tremenda voz de la poesía chiapaneca): hay poetas que enseñan, solo de leerles. Afirmación tan cierta, que veo, con no poca satisfacción, hoy, en este día y este año en que se conmemora el centenario de su nacimiento; que don Jaime sigue influyendo en las nuevas voces no solo de Chiapas, sino de la poesía de habla hispana.


Luis Enrike Moscoso (Villaflores, Chiapas, México; 1984). Poeta, editor, tallerista y artista visual. Ha cursado estudios de Ética, Antropología y Artes Visuales, así como diversos cursos y talleres de apreciación y producción visual y literaria.

Ha publicado: Matar los Cuervos del Alma (2012), Brujulario (2013), Radiografía de un Crustáceo (2017), Sinfonía de la Dislexia (digital, 2020) Derogación del Tedio (2022), El lado cóncavo de la Luz (2023) y Mácula (2024). Además, ha sido incluido en antologías en México, Guatemala, El Salvador, Honduras, India y España, así como en revistas digitales en México, Centro y Sudamérica. Parte de su poesía se ha traducido al inglés, francés, portugués, finés, Sámi y otomí.

Actualmente es director general de Espantapájaros Editorial.

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