Valiéndose de las tecnologías que acortan las distancias que parecen irse alargando, el escritor guatemalteco Javier Payeras deja constancia de algunas de sus conversaciones con el fotógrafo Luis González Palma. Y nos regala, con ellas, un panorama siempre vigente de la estética de uno de los grandes poetas guatemaltecos de la imagen. Un relato, en retrospectiva, que demuestra que «la poesía es algo que no se reduce a la literatura»
Javier Payeras │Escritor guatemalteco
Tinnitus
El guion de la vida es un sueño perforado, nada es suficiente para escapar de la realidad ni de la imaginación. Hermann Hesse escribió, “A uno le permiten escribir poemas, pero no vivir como poeta”, frase que cabe en el bolsillo y que puede acompañarnos todo el camino como una interrogante necesaria, ¿hay poesía sin poeta, hay arte sin artista?
Acabo de terminar una videollamada, durante 45 minutos hablé con Luis González Palma, pareciera que los veinte años que llevamos sin conversar, no hubieran sido más que una pequeña pausa. En los dos extremos de la pantalla notamos nuestros cambios inmediatamente. Lo que pude ver a su alrededor, mientras hablábamos, es un espacio donde el sol inunda las paredes, sin embargo, es un lugar muy silencioso, una cápsula sin ruido, a diferencia de mi casa sitiada por los taladros mentales de la ciudad de Guatemala. La prismática manera de pensar de Luis me hizo intuir una profunda sabiduría, algo que no surgió prematuramente, más bien, algo que ha construido lentamente, algo empírico, eso indescriptible que se anuda muy bien con la frase de Hesse: …ser poeta. Me retienen sus últimas imágenes “Dibujando en el agua”, ¿dibujos o sombras?, tal como me sucede siempre, camino del presente hacia atrás, le escribo un correo con una sencilla pregunta: ¿qué te ha dado el ruido y qué te ha dado el silencio?
Javier, vivo en la sierra, en una especie de oasis cerca de la ciudad de Córdoba. Como bien notaste, mi casa es una caja de vidrio en donde estoy en total contacto con la naturaleza. La decisión de vivir aquí realmente no ha sido mía, más bien de Graciela (De Oliveira) con quien decidimos criar a nuestros hijos en este lugar que terminó siendo una especie de refugio, un espacio de intimidad que contrasta con el frenesí de la ciudad. En su momento no me di cuenta, he necesitado 21 años para poder tener conciencia de que este lugar, por las condiciones que te menciono, ha sido una fuente inagotable de sensaciones y me ha brindado, sin haberlo advertido por mucho tiempo, el espacio ideal para reflexionar y meditar, para ver crecer a nuestros hijos y para tener una actitud distinta hacia la naturaleza. Sabes, yo padezco desde hace treinta y cinco años de tinnitus, una enfermedad que me impide estar en silencio. Todo el tiempo escucho el zumbido de miles de grillos en mis oídos, tengo muy poca tolerancia al ruido, al sonido fuerte, a la música absurda tan presente en todos los bares y restaurantes. Solo encuentro momentos de paz y serenidad en espacios silenciosos. Sé que no alcanzaré un silencio interno, ya que eso es imposible, y el tinnitus me tiene condenado a vivir con ruido dentro de mi cabeza y sé que en cierta medida debo aprender de él, es decir, aceptarlo e intentar vivir con la mayor serenidad posible.
En relación a tu pregunta, gran parte de mi vida la dedico a “enmascarar” ese ruido interno. Paradójicamente eso me ha ayudado a buscar en el silencio una forma de estar en el mundo que me permite acceder a emociones y experiencias que antes no advertía. En el silencio, en esa experiencia parecida a la calma de un lago, puedo ver lo que se encuentra en el fondo. Navego dentro de mí, y la estrategia más valiosa que he encontrado para acceder a ese silencio simbólico es la que podría nombrar como impulso creativo, experiencia fundamental que me permite estar conmigo, concentrarme, focalizarme y acceder a un profundo asombro ante la vida. Con los años me he dado cuenta que mi deseo ha sido ir enmascarando todos los ruidos que me han acompañado por un buen tiempo: la búsqueda del éxito, el reconocimiento, el estar en el ojo del huracán del mundillo del arte contemporáneo. En fin, no ha sido fácil, ha sido un largo proceso que ha tenido como fin el generar experiencias sensibles. Al mismo tiempo creo que también hay un ruido en el mundo que es fecundo, el que tiene que ver con el trueno, con las entrañas de la tierra, con el derrumbe. Un ruido sordo y estremecedor que no es posible controlar, que habita tanto en el mundo como en nuestros propios abismos. Sin ruido no hay posibilidad de concebir el silencio y viceversa, son caras de la misma moneda y en ambos extremos hay múltiples posibilidades para poder pensarnos, pero en mi caso, el silencio es un manantial inagotable de sensaciones y emociones.






1. Las imágenes periféricas
El Día de los Muertos transcurre en Guatemala con una extraña algarabía. Los vecinos intercambian comida y se dan abrazos. Los años 2020 y 2021 han sido un largo plazo y una dolorosa pausa. El mundo hoy es algo más amargo, quizá porque el miedo se hizo extremadamente tangible. Ir despacio, ser cuidadoso, encontrarse ante una despedida, iniciar de nuevo. Mientras las voces se cuelan por las paredes de mi estudio, reviso el archivo fotográfico de Luis González Palma y me detengo ante una secuencia de imágenes que contraponen un lejano silencio: marco separado de un cuadro, piel de una mano atravesada por caminos, barra de jabón de un rojo impreciso, control remoto que descansa como un revólver sin balas, maleza, helechos, ramas, troncos, ventanas… Las imágenes sostienen el registro de un Yo. Me detengo y las reviso nuevamente.
Andrey Tarkovski anota:
Cuando hablo de poesía no estoy pensándola como un género artístico. La poesía es una conciencia del mundo, una manera de relacionarse con la realidad, de modo que la poesía devenga en una filosofía que oriente la vida.
Las imágenes periféricas cuando el silencio transcurre son las que sostienen nuestra educación visual. Nuestros ojos transitan los grandes acontecimientos que pueblan nuestra memoria, pero es en el efecto de lo pequeño donde el valor comparativo encuentra su equilibrio. Estamos habitados por cosas sencillas que hacen la gramática de la vida, estructurando la utilidad y el deseo. Un cabello en forma de signo de interrogación en un lavamanos, la colilla de un cigarro aterrizando en un cenicero, la mansedumbre de una cortina reteniendo la luz, el extraño estupor de una mancha sobre el tapiz de una silla, los fantasmas que dibuja la humedad sobre las paredes. González Palma cumple ese designio: la poesía es algo que no se reduce a la literatura, porque establece un vínculo ancestral con las formas visuales.
Viene a mi mente la palabra “observante”, porque designa la condición de un místico, Cuán larga es la noche del centinela…. El observante transforma la mirada en un milagro que afirma su espíritu, pero requiere de una entrega rigurosa al silencio y a la contemplación. Es en este punto donde me quedo analizando ese enmascaramiento al que Luis se refiere, puede que, a través de muchos años de trabajo visual, su obra se ha convertido en algo tan compacto como su propia respiración. Desde el oficio minucioso de transformar cada fotografía con finas láminas de laca o de introducir técnicas de composición propias de una escenografía barroca, gradualmente su ojo ha ido desarrollando un registro de la existencia de esas imágenes periféricas, reviviendo lo frágil del mundo para darle una segunda oportunidad a lo que nace desde el olvido. Cuando se comprende el poema que contiene una imagen solo es cuestión de seleccionar los temas para establecer un diálogo con la vida, ¿la caída de la máscara intrusa que opaca el silencio o la caída de la máscara que ha usurpado la claridad?, la creación de símbolos no es más que un estado constante de contemplación hasta que se rompe la crisálida y la vigilia se transforma en una manera de relacionarse con la realidad con el asombro cotidiano del observante.
Regreso página por página en el documento adjunto, tengo dos libros preciosos de Luis en mi casa, los subrayo, anoto, semidestruyo. Percibo que no tengo el dato, la referencia que busco, me quedo en silencio. Flota a mi alrededor una extraña sensación, viene a mi mente un verso de Pier Paolo Pasolini “Soy una fuerza que viene del pasado”, la anoto en al borde de una página. Acudo al grueso tomo de Naomi Rosenblum, repaso lentamente las etapas de la fotografía, apoyado por una pequeña lupa voy siguiendo los detalles: lo retratos, los paisajes, la arquitectura, los objetos, los eventos, la vanguardia y la experimentación del color. Cierta claridad surge, el proceso creativo de González Palma en realidad atraviesa críticamente la historia de la fotografía explorando algunas de las sombras y de las rutas negadas. Daguerrotipos que caminan en el filo lírico del grabado y el documento de época, una suerte de escultura de luz que se mueve anacrónicamente por lo contemporáneo. Anoto debajo de la nota anterior, “Sistema de citas”, una óptima butaca para leer el Apocalipsis es caminar en retroceso. El escritor maya k’iche, Humberto Ak’abal expresa de forma más elocuente este eterno retorno:
De vez en cuando
camino al revés:
es mi modo de recordar.
Si caminara solo hacia delante,
te podría contar cómo es el olvido.
Aquí es el punto donde se hace necesario el contexto: nacer en Guatemala es tener todo el pasado por delante. El recurso pedagógico de este país centroamericano, desterritorializado e invisible, es mostrarnos que solo es posible avanzar hacia atrás, porque es así es como se fue construyendo esta pequeña república liberal, adherida a una sola lógica: el tiempo es inmóvil. En Guatemala ausentarnos del presente es acudir a la raíz de un futuro inexacto. Artistas como Carlos Mérida descubrieron esa geometría abstracta que construye toda nuestra síntesis: pensar es un doloroso sueño que nos enfrenta al destierro. González Palma muchos años después llega a ese cruce de caminos: las palabras en las sombras, los paisajes en los rostros, la escritura a los bordes; las citas que cuidadosamente va colocando en lo extenso de su obra siempre cambiante en una permanencia, es similar a un escaparate de mariposas disecadas y extrañas. Ver en su obra temprana a un Joel-Peter Witkin y en su obra reciente un acercamiento al Kingtsugi o al Saba, ritualmente espirituales, hacen que su trabajo sea el resultado de la búsqueda de una fuente generadora de lenguaje, algo que no se ubica dentro del arte latinoamericano, sino en un mundo complejo donde la velocidad y lo efímero son transversales a todos los temas filosóficos vigentes. Las dudas me llevan a escribir otro correo, ¿cómo un artista traza una línea fuga en su país de origen, para buscar el diálogo con tradiciones diversas y referencias remotas? La respuesta de Luis fue puntual:
¿Mis referencias creativas? Hay tantas y han ido cambiando a lo largo del tiempo. No dudo sobre lo que dices en relación a que nuestra obra es un sistema de citas y diálogos. Yo no sería quien soy sin el contexto en donde nací; para bien o para mal, mi mirada nació de ese mundo que recuerdo como brumosamente sombrío pero atrayente. Pienso que la gran referencia creativa es la que nace en la infancia. Ahí se cuaja lo que a lo largo de la vida será el impulso con el que afrontaremos nuestra relación con el mundo. Recuerdo una frase de Ana María Matute: “La infancia dura más que la vida”. Creo que ahí se sintetiza lo que intento expresarte. Esa etapa te marca, haya sido hermosa o desgraciada, no escapamos de ella y circula por nuestras venas alimentando deseos y ambiciones. Te explico todo esto para decirte que mi gran influencia fueron las iglesias, tanto las católicas como las sincréticas en el altiplano guatemalteco. Eran el único espacio en donde yo podía acceder a contemplar experiencias sensibles que nosotros nombramos como “arte”. En las iglesias tuve acceso a la pintura, a la escultura, e incluso a rituales sagrados, una especie de performances (no sé qué otro nombre ponerles) que se llevaban a cabo entre humo de velas, botellas de ron, y susurros incomprensibles acompañados de cientos de imágenes de carnet u objetos personales, que como un collage gigantesco recordaban lo contingente de la vida. Luego, ya mayor, la historia es otra, voy descubriendo creadores con los que me reconocía: Joel-Peter Witkin junto a Julia Margaret Cameron en el momento inicial de mi carrera, Doug & Mike Starn en otro, Jorge Luis Borges sin duda ha sido fundamental, de la misma forma que lo ha sido Bach. Tarkosvki, Angelopoulos, Kieslowski, Buñuel, Las lecturas de Chantal Maillard, Ticio Escobar, Mircea Cartarescu, Raúl Zurita, Octavio Paz, Cioran, Matsuo Basho, Emmanuel Carrere o a D. T. Suzuki a quienes he leído mucho últimamente, o la obra del científico Carlo Rovelli, quien me ha enseñado a comprender la idea de tiempo. Me interesa mucho el psicoanálsis aunque no he sido un ferviente lector ni de Freud ni de Lacan, y soy un apasionado de toda la música que se graba en el sello alemán ECM. En fin, he mencionado pocos fotógrafos, hay muchos que me apasionan, llenaría páginas con sus nombres, pero más que fotógrafos, ahora me viene a la mente la obra de Nasreen Mohamedi, Marcius Galán, Nicolas Paris, Mauricio Alejo, Cy Towmbly, Gerard Richter, Juan Muñoz o Alicja Kwade. Son artistas de una libertad y una poética que me asombra. Ahora bien, si debo hablar de quien es en este momento de mi vida mi gran referencia, debo mencionar a John Cage. Podría decir que él es un faro inmenso que ilumina el camino que yo persigo. Encuentro en su forma de pensar y actuar las líneas directrices con las que más me identifico. Sus textos, su obra gráfica, su obra sonora y la rotunda libertad de pensamiento que la acompaña, me ayudan a formular mis propios interrogantes y me alientan a romper moldes en donde me he sentido cómodo por mucho tiempo. Su obra siempre se expande, abre nuevos horizontes, no dudo en que no solo su obra, sino también su ser, su ser sonriente, son un regalo para mi vida.
Se me olvidaba… de niño me quedé totalmente extrañado al estar frente al altar mayor de la iglesia de Chichicastenango, sin saber cómo formular el impacto que me causó. Ahora con los años puedo ver que en gran parte mucha de la obra que realizo intenta alcanzar esa experiencia infantil. Alcanzar el rotundo desconcierto de estar totalmente cautivado ante una nada. Ante un tiempo oculto, ante un muro negro al que muchas personas le rezaban y que era el foco de sus plegarias. Estar frente a este altar, frente a esa especie de “Rothko o Malevich gigantesco”, realmente fue, y sigue siendo, una experiencia ligada a lo inefable. Cientos de años están presentes en lo ahumado de las pinturas, se le reza a esa ausencia de imágenes, pero también al eco de miles de voces que han quedado pegadas como el humo en la superficie de las pinturas. Si debo hablar de una obra que me haya conmovido de tal forma como para vivir dentro de mí y acompañarme en esta vida, es ésta.
2. Contemplación expandida
Una gota de tinta recala sobre el papel roto. Una pluma fuente es la extensión de una aguja, una punta roma que podría ser un puñal diminuto, en algunas películas antiguas los espías las usan como dardos. Cuando uno escribe con una estilográfica, cualquier línea es un dibujo, si uno relaja el trazo la imagen se eleva a una suerte de silencio. El papel percudido ajusta el relato que ha grabado la humedad, así que al escribir una palabra y luego borrarla, sin importar qué tan ilegible pueda quedar la tacha, construye un mutis sobre el tiempo, pues la memoria de las manos y el tránsito entre espacios han escrito su propia versión de las coincidencias. Una gota que se desvanece y cobra un tono cobre o azul, la grasa que trasparenta el papel, el cortejo que rompe o dobla las esquinas, las polillas que son la respuesta más cruel al destino de las ideas. Pienso en la serie Munch (2020), una secuencia en la que L.G.P. se desplaza a través de una suerte de conciencia en la conciencia, lo eterno en su levedad controlada, en su respiración que sostiene el pensamiento como una flor que se abre y se desintegra:
“…la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos.”
El vehículo que nos libera de lo aparente es la contemplación. La liberación del poema es habitar la poesía y no ser un visitante ocasional, solamente allí es posible descifrar las claves que encierra el vacío, ese obstáculo que es necesario blindar de la mojigata lección de los teóricos, de los demagogos y de los usureros del arte. Tachar a los márgenes del cuerpo, ramas de silencio y de búsqueda, ¿qué encontrar y qué mostrar?, tanta imagen nos derrumba, tanta corrección política, tanto cansancio frente a las pantallas y sus frenéticas abominaciones. Concentrarse y ver, tomar una por una las imágenes de esta serie que González Palma crea como koans visuales, la extraña manera de extender la espiritualidad hacia este terreno baldío que interactúa torpemente entre la tecla y la pantalla, que genera zombis que llegan del trabajo para dormir con el televisor encendido y que invierten para vivir menos durante más tiempo. El trabajo lento de contener las palabras y de aprender que lo permanente no grita nunca, tal como sucede cuando vemos la luz remota que perfora la oscuridad de la noche.














3. Entre las primeras cosas
Möbius puede muy bien reducir la explicación, la regeneración que nace de un retorno. González Palma interviene sus primeras obras, como una suerte de cicatrización y nacimiento de nuevo tejido sobre las heridas. Desde hace mucho las miradas profundamente blancas y abismalmente negras de sus retratos acompañan la memoria visual de Latinoamérica. Asfalto diluido en finas capas sobre los rostros, transparencias que bajan su tono del negro al café a contraluz, altares de ropa anudada, radiografías tensadas con un hilo bajo la intemperie, opacidad que no permite que el observador controle el significado totalmente. En las miradas está todo: el espejo, la pérdida y el horizonte. Los ojos de Luis son grandes y observa con atención; el núcleo de su obra está alrededor de la mirada que lo interroga todo. Las líneas en la piel y los pliegues en la tela, alquimia del barroco y lo romántico, sombras siniestras de rejas o de helicópteros, barcos abandonados sobre sábanas recién abandonadas. La línea tensa de sus dibujos, ¿acaso el intento de volver al sueño de la arquitectura y al milenario diseño de las catedrales?, ovación de conjeturas que brotan de un mismo sitio, ¿avanzar o regresar a las mismas preguntas que le dieron inicio?
Toda obra artística guarda grietas que el tiempo se ocupa de ir uniendo o separando. En la serenidad de ver en la luz el paso de la luz se transforma toda la sintaxis. Una rápida visita por el trabajo de toda una vida, completar la visión de un creador que desde muy joven fue descubriendo intuitivamente el carril que cruza desde la imaginería colonial hasta Man Ray, la obra de Borges o los experimentos de John Cage con el I Ching. Así permanecer es dejar un sendero y no un camino. En el extraño retorno de Möbius hay cautela y confesión, comprende que es imprescindible terminar un inicio e iniciar un final, obturar en la piedra de los mausoleos y ver que solo el nombre grabado en una piedra queda de aquellos sueños de gloria eterna, que la fantasía que hace crecer a los seres imaginarios –eso tan devaluado por Hollywood– no ha fallado al ser presagio de nuestros rumbos extraños.
Los salones en ruinas mantienen sus candelabros encendidos e intactos, fotografías de un sueño, prisma de movimiento para un psicoanálisis. Esos vidrios rotos y esas paredes rajadas. Ocupa tiempo aprender esas cosas, los rumbos que cobran las obsesiones y los mitos. De niños pensamos que las sombras son formas del poder que viene a someternos. Trasladar esa fragilidad a un esperanto, un idioma común, es algo que la literatura no ha logrado abarcar. La historia de la fotografía y el cine está subrayada en aquellos episodios que la literatura no ha podido reflejar: el samurái que al morir llega la lluvia a limpiar el lodo en sus piernas, la sábana tendida al sol que se mueve revelando lentamente el cielo despejado, el duelo que se define por la mirada tensa de los pistoleros. Puede que la aventura de la imagen a mediados del siglo XIX haya iniciado más como un misterio que como un artificio tecnológico, ponerle luz al instante y atraparlo, como aquellos fugitivos que corren en la oscuridad y el reflector captura en plena huida.
Sostengo una fotografía que Luis me regaló hace años, es una bailarina que permanece fija de pie frente a la cámara, es una prueba impresa sin intervenir. Es una imagen sencilla y equilibrada, el vestuario blanco y la piel morena, ojos despiertos y labios cerrados. Por algún motivo me remite a mi infancia, silenciosa y un tanto indeseable por algún tipo de tristeza no medicada. Puede que en el alma de todo lo que es sólido subsista la melancolía como un defecto que va trazando nuestros horizontes. A tantos años de no ver a mi amigo, me acerco a su extenso trabajo con admiración y curiosidad. Las imágenes van narrando sus días, su migración constante, su conversación erudita y generosa. Hoy como si nada ya es noviembre, hace una temperatura espléndida en Guatemala, tengo una ventana frente a mi escritorio justo con una cortina anudada por en medio, han sido días de concentración en su obra y en sus reflexiones publicadas, creo que no hay espacio lo suficientemente extenso para llevar nuestro diálogo, porque las secuencias de referentes acumulados nos ocuparían otros veinte años. Pienso en Galería Imaginaria, los rostros de cuatro artistas que cambiaron el rumbo del arte contemporáneo en Centroamérica, una fotografía donde sostienen una copa de vino y brindan por su primera exposición, Moisés Barrios, Isabel Ruiz, Pablo Swezey y González Palma, el tiempo no volvió a reunir tanto talento en una misma sala, los que llegamos después aprendimos trabajando con ellos, sus rostros mantienen la misma serenidad desafiante, lamentablemente dos de ellos solo nos acompañan en la memoria de largas conversaciones y libros obsequiados, pero este pequeño documento contiene un valor enorme, porque en realidad es lo que evidencia la nobleza de quienes crearon un puente entre lo moderno y nosotros, cabe la reflexión de que en el arte no existen planes revolucionarios, solamente coincidencias afortunadas: legado creativo y generosidad.
Estas palabras han iniciado con lo último y terminado en el inicio, raíz y rama se comprenden, en el viaje hasta el inicio están las intermitencias, las dudas y todas las posibilidades. Luis González Palma es un intruso dentro de su espejo, porque siempre está alerta, recorrer su obra es como andar en un corredor donde escuchamos nuestros propios pasos. Cada página dentro de este libro contiene una nota que agita el silencio, como gotas que caen sobre las teclas de un piano y establecen una armonía al azar. Darle escritura a todo este recorrido es algo que agradezco profundamente, ¿se puede escribir acerca de un artista sin crear una obra paralela?, anoto nuevamente en el libro, llegará el momento de colocar ese indeciso punto y final, salir a tomarme una cerveza, revisar de nuevo las imágenes y pensar si en realidad he dicho algo que valga la pena. No hay una explicación para lo que es evidente, no existe una crítica que llegue a la médula, no hay forma de orientarse cuando la lucidez está presente, ¿fotografía, pintura, arte, imagen, objeto?, ante estas categorías inexactas, me quedo con las palabras de Paul Valery:
Solo logra la perfección aquel que renuncia a todo aquello que lleva a la exageración deliberada.
A esta cita añadiría que solo permanece lo que se sabe observar atentamente.

Javier Payeras. (Guatemala, 1974). Escritor y artista visual. Ha publicado: Biografía de la imaginación (ensayo 2022), La región más invisible (ensayos, 2017), Guatemala City (novela, 2014). Fue parte del equipo de curadores de Espacio Colloquia, Octubreazul y Bienal Paiz. Ha expuesto en muestras colectivas en Ex Convento El Carmen Guadalajara, Punto D Contemporáneo, Centro Galego de Arte Contemporánea, Centro Cultural de España en Guatemala, Museo de arte y diseño contemporáneo de Costa Rica y Jóvenes creadores Bancafé. Actualmente vive entre México y Guatemala. Escribe para Revista Penúltima, Prensa Digital y Exit. 23 libros publicados, completa o parcialmente traducidos al francés, inglés, alemán, ruso, bengalí, portugués e italiano. Publicado en importantes revistas y antologías en Europa, América Latina y Estados Unidos. Así como más de cien ensayos relacionados con arte contemporáneo. Ha sido premiado en Festival Panhispánico de Poesía, Festival Ícaro, Premio Batz, entre otros.

Luis González Palma (Guatemala 1957) Vive y trabaja en Córdoba, Argentina. Exposiciones personales: The Art Institute of Chicago; The Australian Centre for Photography; The Royal Festival Hall, Londres; Palazzo Ducale di Genova; Fundación Telefónica, Madrid.
Festivales: Photofest, Houston, Les Rencontres de Arles, Francia; Singapur, San Pablo. Muestras colectivas: 49 y 51 Bienal de Venecia, XXIII Bienal de Sao Paulo, Brasil, V Bienal de la Habana; Ludwig Forum for International Kunst, Aachen, Alemania; Fargfabriken, Estocolmo, Suecia. Colecciones: The Art Institute of Chicago, The Daros Fundation en Zurich; La Maison European de la Photographie Paris; Fundation pour l’ Art Contermporain, Paris, Francia; La Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá, Colombia; The Minneapolis Institute of Art, Minneapolis; Kiyosato Museum of Photographic Arts, Japan. Recibió el Gran Premio Photo España “Baume et Mercier” en 1999.
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