Tazón de polvo

A mediados de agosto, el escritor costarricense Alfredo Trejos fue galardonado en los International Latino Book Awards (ILBA) en la categoría “The Juan Felipe Herrera Best Poetry Book Award-Spanish” por su libro «Tazón de polvo», publicado por Nueva York Poetry Press. Libro del cual presentamos esta breve selección

Alfredo TrejosEscritor costarricense

THELONIOUS Y LAS BOTELLAS

Una vez
Thelonious Monk se fue de gira a Europa.

La verdad,
ignoro si fue nada más,
o fue arrastrado
por un representante
que puso en la mesa de Thelonious
algunas fotos de Estocolmo
―la Meca boreal del jazz―
tomadas en un día cálido,
convenciéndolo de ir por esos dólares,
prometiéndole, tal vez,
una travesía en ferry,
una mujer oculta tras las cortinas,
un generoso bocado de aire
servido en un plato minoico.

El asunto es que Thelonious
nunca viajaba solo:
llevaba a todas partes
una maleta repleta
de botellas vacías de Coca-Cola.

No se puede decir que el hombre
fuera el vivo ejemplo
de la cordura.

Las llevaba adonde fuera
porque le gustaba ese ruido
de lluvia y conversación
que hacen.

Ese murmullo industrial
de piezas sueltas
en el más asimétrico de los cautiverios.
Ignoro si Thelonious lloró
por cada promesa cumplida o negada
tanto como lo hizo su representante
al pagar por la maleta de botellas
que el inestable pianista llevó
de aduana en aduana.

Desconozco cuánto ganó,
qué ganó Thelonious
al ir de gira a Europa,
o qué hizo al cerrar la puerta por las noches
luego de tocar ante los bárbaros,
o si obtuvo a su mujer oculta,
o si llegó a ver el Mar Egeo,
tan clásico, tan saludable.

***

LA VENTANA

Al subir al autobús
elegimos la ventana
como un recurso,
ya que de un simple salto
podríamos salir de tal situación así de triste.

Ya que al otro lado de la ventana
apenas hay un vacío razonable,
el duro pavimento
y está la vida.

Solemos maldecir
a quien nos arrebata el lugar
junto a la ventana en el autobús.

Porque la ventana
es un privilegio:
junto a ella ya no vas
como un galeote cualquiera,
con los ojos llorosos
y mirando al frente.

Vas viendo el espacio exterior
al que podés tirar incluso,
con discreción, una nota,
una envoltura, sin que te remuerda,
sin tener que dar explicaciones
a los maniáticos ecologistas.

En un día seco y caluroso
a mí me gusta que la ventana vaya
muy abierta
y recibir el aire como un pelotazo
en la cara y,
de querer hacerlo,
intervenir en las conversaciones
de esquina cuando el autobús
/se detiene.

Al subir a un autobús
elegimos la ventana
para poder elegir todo el camino
algunas cosas:
la ventilación, el clima abordo,
la cantidad de luz y lluvia
y de aromas y voces que pasan
por el obturador.

Al subir a un autobús
elegimos la ventana
porque no tiene cuerpo.

***

CUENTO ANTE EL FREGADERO

Lavo los platos.

La gran mosca que,
como una Holstein tornasol,
cae en el proceso
―atontada―
se resiste.

La verdad,
no hay con qué rematarla a golpes
y tampoco quiero hacerlo.

Abro más la llave,
aplico más jabón a la corriente
y la mosca se va de pique
por entre la rejilla,
…pero vuelve. Sigue
luchando.

Abro la llave por completo
y dirijo el chorro sostenido
sobre esa cosa:
desaparece de nuevo por la rejilla
tras una mole de agua,
…pero, aun sí, regresa:
estoy ante la Audrey Mestre de las moscas.

No quise recurrir a esto,
pero busco entre los químicos
de la temporada
(alguna de estas porquerías
disolverá a esta emperatriz
de los deportes extremos).

Tomo el que luce más corrosivo
y la empapo con él. Después,
más agua. Alguna oración…

Se hunde
…pero regresa.

La tomo con una servilleta
como a un pajarito
―nos vemos a los ojos―
y la dejo cortésmente
en el vano de la ventana.

Si las estirpes condenadas
a cien años de soledad
no tendrán una segunda oportunidad
/sobre la tierra,
la mosca que sobreviva
a este calvario en el Sea World,
a este generoso baño
de letal amonio cuaternario,
sí.

***

POEMA EN GRIS A MARGOT ROBBIE

I

Tu desnudo
en «El Lobo de Wall Street»,
es un torniquete
al corazón.

II

Como si fueran piedras,
arrojo candados con su llave
a tus orejas cerradas.

III

Tu bikini
es un ajedrez
a la deriva.

***

HOTEL TALAMANCA

Cuando Dick Tracy viene a San José,
toma un cuarto en el Hotel Talamanca
y espera.

Su caso es quedarse ahí, solo
y no hacer nada.

Es convertirse en parte
de esa mustia torre,
de ese tétrico anaquel de habitaciones
que se posa como un cohete
sobre avenida segunda.

El Talamanca no es un hotel bonito
y resulta chocante cuando
es lavado y cepillado
como una gran ventana rota
para que lo sea.

Tampoco es una pocilga,
ni un establo: es más bien
un paladar de vidrio y concreto
que toma el sabor del humo
y lo convierte en el de una escena de crimen,
en el de una redada con cachalotes
y patrullas.

Tiene mucho de abatelenguas,
el Hotel Talamanca.

Así entra en la boca de esta ciudad
y expone su pintura verde al fondo,
junto a las casas de empeño
y las muelas del juicio.

Además, tiene ese aire de palo encebado,
de lingote de neón envuelto
en miles de cortinas
y no parece estar a gusto
—como si viajara en autobús
junto a los otros edificios―
y lo aplastaran como a un viejo,
como a una jaula de alambre.
Sus huéspedes, desde lo alto,
(son solo seis o siete pisos
pero se suman como féretros,
uno encima del otro)
nos ven a los peatones
como a plantas rodantes,
con un cordial desprecio
y cada uno de nosotros, desde la acera,
lanzamos al lobby un cigarro encendido
como a un ojo de petróleo
o a una alberca de orina.

Dick Tracy se va
del Hotel Talamanca.

Pide un taxi para él y sus baúles
y llega un Buick sin conductor
y sin matrícula
en el que se amontona como
una estrella de peltre,
jurando no volver a poner un pie
tras las cintas policiales de este abismo.

***

MATÉ AL REFRIGERADOR

Maté al refrigerador.

Y nada,
los brutos del mundo
estamos llenos de grandes ideas
y confusas intenciones.

Lo abrí
y fue como ver
«Los Intocables sobre hielo»:
la Prohibición, las gabardinas,
los osos polares saltando como gángsters
en un lago helado. Como husmear

en el guardarropa de una patinadora 
que se viste para la congelación 
/de la carne. 

Abro esta cosa
cincuenta veces al día
y hasta ahora pensé que estaría bien 
quitar un poco de la telaraña de mármol 
que la invade como a un osario
de fantasmas comestibles. 

Como soy un bruto, 
tomé la herramienta de los brutos 
-da igual si fue un cuchillo, 
un piolet, una barra de dinamita-
y comencé a golpear el hielo. 

Y maté al refrigerador. 

No puedo decirlo más simple. 

Fue como matar a un mamut 
tras la puerta. 

Corté su carótida gaseosa
y murió entre silbidos,
como un auto tiroteado
por la policía. 

Dejarlo quieto 
fue esconder mi crimen
en un túnel de esos que ya nadie cruza. 
Tarde o temprano, 
mi mujer querrá leche o vegetales 
y lo descubrirá en un charco 
de refrigerante marrón
y yo deberé explicar el accidente 
como a una de las grandes siete maravillas 
de mi torpeza.

***

(El Viento Negro)

XXI

En mi casa, por las noches, yo soy quien apaga las luces y cierra las puertas. Reviso todo: el refri, el microondas, el horno convencional, los botiquines, los roperos. No hay nada que, en el peor momento, no dé problemas. Si pudiera poner trampas explosivas en ventanas y rendijas, lo haría. Por mucho amor que le profese a quien está conmigo, no confío en que sepa hacer tal trabajo de guardián y carcelero.

Fallará.

XXIV

Temprano en las mañanas, casi involuntariamente, voy al balcón y fisgoneo como quien ve la batalla de Bull Run o la de Waterloo desde la colina, con una taza de café en la mano. El panorama no puede ser otro: húsares y vaqueros matándose a culatazos. Caballos en llamas que corren hasta caer en medio de una nube de ceniza. Todos los locos subidos al techo del manicomio, sacando la lengua, subiéndose la bata, arrojando a la calle calculadoras, píldoras y dinero de juguete. Todos los insomnes en una charca filosófica. Todos los buenos ciudadanos, los lúcidos, los expertos, los «se-los-dije», junto a los freaks, los psíquicos y los patrulleros en un gran expediente que llena habitaciones y pasillos. Todos desaparecen en los campos de batalla de Bull Run o de Waterloo, como siluetas de grasa que se funden bajo el sol de las primeras horas.

Y el mundo sigue como un pícnic a las afueras de una carnicería.

XXXII

BEBER EN UN BAR QUE CASI SE QUEMA

«Tan inflamable es para mí
una piedra
como un cerillo de cartón».

Robert Lowell

I

Llego y voy directo al baño y ahí está, junto a la puerta, ennegrecida, humeante y apaleada, la máquina de hacer hielo. Tres o cuatro tipos grandes la custodian. Parece que la desempotraron con rencor y todos conforman una escena policial en la que los agentes de la ley exponen a su hombre sin gran detalle funerario: tumbado sobre una plancha, cubierto de abolladuras, estopa y cable de fuera. Con esta imagen de horror voy enseguida a la barra, donde se discute la quietud este misterio.

II

Ahora que sé cómo y dónde comenzó el fuego, busco las opiniones de los otros. Las hay de toda clase, desde la más profesional (hubo un sobrecalentamiento con posterior derrame de abrasivos y combustión de grasas) pasando por la mística (aquí hubo, para bien o para mal, mano divina) y terminando en la de quien dice, sin mucha emoción, que tanto fue el hambre de hielo de las ratas que terminaron por roer los lechos de cobre, las tuberías, las traviesas, hasta que el arco eléctrico cayó sobre sí mismo, piedra sobre piedra. Aunque cada opinión le hinca el diente a las otras, devorándolas como a cartas boca abajo, aquí pasó todo lo que los bebedores digan que pasó. Fue Dios y fueron las ratas los que casi quemaron este bar, como aquí también tuvo su parte la imperfecta congelación de la madrugada.

III

Yo pienso que el misterio está detrás de los espejos y en cada cliente que, sin saberlo, cae reflejado en estas láminas. Lo que un espejo hace con la gente que se aleja, es mucho peor que lo que hace con la gente que se aproxima. Un espejo de bar es una ratonera muy simple pues predica solo dos evangelios: el de los que vienen y, capa sobre capa, son estibados como imágenes presentes y el de los que van por otros corredores y parpadean como autómatas en un daguerrotipo. Algo de esa multitud ha de haber escurrido tras el espejo, con las luces apagadas, hasta formar un pozo de conversaciones que terminó por encenderse. Alguien dirá que el desperfecto estuvo en el desgaste. Yo más bien afirmo que estuvo en la abundancia.

IV

Beber en un bar que casi se quema es ejercer como bombero voluntario, como quien pasa y arroja un vaso de agua por una ventana entreabierta, no importa cuál. Es algo heroico y obsceno llegar y sentarse y esperar a ser atendido, considerando apenas que este lugar casi ofreció sus cenizas por tus crímenes. Que el sitio que elegiste bien pudo ser un punto de ignición y que esa mancha en el mosaico es quizá la huella todavía inflamable del aceite o el cristalino fantasma del hollín. Si no valorás el trabajo de quienes lograron enfriar este bar lo suficiente como para que hoy tomés tu cerveza a una temperatura agradable, es que sos una bestia indigna de estar aquí. Beber en un bar que casi se quema, en ropa informal y llevando una corona torcida, te causa el cosquilleo del santo, el efecto mordiente de la prisa y la sensación de una viudez infinita.


Alfredo Trejos (San José, Costa Rica, 1977). Hizo estudios en Antropología y Filosofía en la Universidad de Costa Rica. Antologado y traducido en numerosas obras tanto en el país como en el extranjero, a la fecha ha publicado once poemarios y dos antologías personales, siendo Los nombres propios (Editorial Costa Rica, 2024) su libro más reciente. Además, ha ganado el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en la rama de poesía en dos ocasiones, en 2011 y 2017.

Por años ha mantenido su espacio de creación y apreciación poética llamado “Tráfico de Influencias/Taller-Laboratorio” y su labor como consultor literario, desde la que ha participado en la corrección y edición de numerosos libros de otros autores costarricenses.

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