¿Quién decide qué merece ser celebrado?

Celebrar también es seleccionar. A partir de fotografías familiares, ausencias y recuerdos personales, esta reflexión explora cómo las sociedades deciden qué conservar, conmemorar y transmitir, y cómo en esas decisiones intervienen la memoria, el reconocimiento, la legitimación y el poder

Claudia Reneé Meyer │ Académica y escritora salvadoreña

Tengo 46 años y he descubierto que, a esta edad, una empieza a tener una relación bastante creativa con el tiempo. Los que estamos entre los 45 y los 50 decimos «eso fue hace veinte años» y, por alguna razón, seguimos pensando en los ochenta… No. Hace veinte años era 2006.

Supongo que ocurre porque no recordamos la vida como una sucesión ordenada de años. Yo no recuerdo 46 años. Recuerdo momentos: una canción, una conversación, una fiesta, una persona sentada a mi lado, un viaje, una casa, una voz. Hay años enteros que se me confunden y, sin embargo, una canción puede devolverme en segundos un momento completo.

Esto no es solamente una impresión personal. Desde los estudios de la memoria se ha insistido en que recordar no consiste en recuperar intacto algo que quedó almacenado en algún lugar de nuestra cabeza. Reconstruimos el pasado desde el presente y lo hacemos, además, dentro de marcos sociales. Halbwachs (1992) fue uno de los autores que ayudó a comprender que incluso los recuerdos que sentimos muy nuestros se construyen y recuperan en relación con los grupos a los que pertenecemos.

La memoria selecciona. Por ello, creo que celebrar es también una forma de seleccionar… Fiesta, celebración, festejo, aniversario, homenaje, conmemoración no significan exactamente lo mismo (me encantan todos los matices que puede tener un sentimiento o una acción a través de sinónimos en el idioma español), pero todas tienen algo en común: interrumpen el tiempo ordinario. Separamos un día, una persona o un acontecimiento de todos los demás y decimos: esto importa. Esa fue precisamente la idea desde la que construí una intervención reciente para la Noche de las Ideas de la Alianza Francesa de San Salvador: preguntarme quién decide qué merece ser celebrado.

Este año cumplí 46 y no tengo una fotografía de ese cumpleaños con toda mi familia. No pasó nada extraordinario. Nadie se peleó, nadie fue excluido; simplemente no logramos coincidir todas. Y me disgustó. Yo quería la foto. Esa que dentro de veinte años pudiera mirar y decir: «Así era mi mundo a los 46». Pero esa fotografía no existe. Eso me hizo volver a las fotografías que sí existen y darme cuenta de algo que probablemente también tenga que ver con la edad. Cuando era más joven miraba una fotografía y buscaba cómo había salido yo. Ahora miro quiénes salen. Y eso cambia completamente una fotografía.

Hay personas que durante años estuvieron en todas y un día dejaron de aparecer. Algunas murieron. Otras siguen vivas, pero salieron de nuestras vidas. También llegaron personas que antes no estaban en ninguna fotografía y que hoy forman parte de ese «nosotros» con el que contamos nuestra historia.

Las fotografías familiares terminan registrando algo que nunca pretendimos fotografiar: las ausencias. Esa observación, que comenzó siendo completamente personal, tiene también una dimensión social. Si Halbwachs (1992) permite entender que recordamos dentro de marcos colectivos, Assmann (2011) amplía la mirada hacia la memoria cultural: las sociedades no dependen únicamente de los recuerdos de quienes vivieron determinados acontecimientos, sino también de formas culturales que permiten transmitir significados más allá de una generación.  Ahí empiezan a importar las fotografías, pero también los relatos, los textos, los rituales, los monumentos, los archivos y los objetos que sobreviven a quienes los produjeron.

Quizá por eso también cambian las canciones. Hay algunas que a los veinte años nos parecían simplemente bonitas y que a los cuarenta y tantos nos hacen pensar: «Ah… era esto». Una fotografía, una canción, un libro, una silla, una frase, un objeto que seguimos guardando sin saber exactamente por qué. Esas pequeñas cosas, como dijo el poeta cantor, terminan sosteniendo buena parte de nuestros recuerdos.

Aquí lo íntimo se encuentra con algo que recientemente llevo estudiando. Me interesa la legitimación: cómo determinados conocimientos, obras, personas o relatos llegan a ser reconocidos como válidos, valiosos o dignos de permanecer. Berger y Luckmann (1966) plantearon la legitimación como parte de los procesos mediante los cuales los órdenes institucionales son explicados, justificados y transmitidos. Permite hacer una pregunta que parece sencilla, pero no lo es: ¿cómo llega algo a adquirir reconocimiento hasta parecernos natural que ocupe el lugar que ocupa?

Hace un par de años trabajé sobre el canon y las antologías literarias y puede que una antología se parezca bastante a una fiesta: tiene lista de invitados. Alguien decide quién entra. Pero en toda lista también alguien queda fuera.

No podemos conservarlo todo. Tampoco podemos conmemorarlo todo, enseñar todo, publicar todo, citar todo ni recordar todo. Necesariamente seleccionamos. El problema aparece cuando olvidamos que hubo una selección y comenzamos a creer que aquello que permaneció era simplemente lo único que merecía permanecer. Esa fue la relación que inicialmente resumí en tres conceptos: memoria, reconocimiento y legitimación.

Esto requiere, sin embargo, una precisión. Celebrar no equivale automáticamente a recordar, ni aquello que no celebramos está necesariamente condenado al olvido. La relación es más compleja. Lo que sí podemos decir es que las celebraciones constituyen prácticas sociales mediante las cuales señalamos personas, acontecimientos y relatos como significativos.

Connerton (1989) muestra que las sociedades transmiten imágenes y conocimientos del pasado también mediante prácticas y ceremonias conmemorativas. Recordar no ocurre solamente en los libros o en los archivos: también se hace mediante rituales, repeticiones y prácticas compartidas.  Celebrar, entonces, no es simplemente expresar que algo ya nos importaba. La repetición de una conmemoración puede contribuir también a sostener socialmente su importancia.

Probablemente pensar demasiado en estas cosas explica por qué tengo planificado mi funeral. No mi muerte. Mi funeral.  Quiero un féretro blanco y plumones de colores para que quienes lleguen por mí escriban sobre él, como hacíamos antes con los yesos en miembros fracturados. Habrá libro libre (Sí, compa, esto es con usted) y micrófono abierto. También dejaré una lista de Spotify seleccionada: Miguel Bosé tendrá una presencia importante, pero habrá The Killers, Muse, Epica, BTS, música en inglés de los 70’s y 80’s, Nek y openings y endings de anime, pero nada de cumbia, bachata, reguetón, música agropecuaria y, mucho menos, nada de Arjona… Una puede estar muerta y aun así tomar ciertas precauciones respecto de la música que sonará en su funeral.

También seleccionaré las fotografías que quiero que proyecten. Y quiero un pequeño agujero en una esquina del féretro, a la altura de los pies, porque soy claustrofóbica. Sé que para entonces estaré muerta y que, racionalmente, el agujero será completamente innecesario… pero el agujero va.

Y quiero códigos QR en mi lápida que conduzcan a mi ORCID y publicaciones. Al fallecer uno se vuelve más famoso de lo que fue en vida y una descarga post mortem sigue siendo una descarga y una nunca sabe dónde encontrará su próxima citación.

Visto así, pareciera que estoy intentando dejar todo bastante organizado. Pero lo que realmente estoy haciendo es intentar editar mi propio recuerdo. La música dice: esto quiero que escuchen. Las fotografías: así quiero contar mi vida. Los códigos QR: esto hice. Todo eso todavía pertenece a la versión de mí misma que puedo construir.

Los mensajes que otras personas escriban sobre el féretro dirán otra cosa: esto recordamos de ti. Y eso ya no me pertenece. Puedo escoger las fotografías, pero no decidir qué harán recordar a quien las mire. Puedo escoger la música, pero no la memoria que despertará en otra persona. Puedo dejar artículos, libros, papeles, pero tampoco puedo decidir qué permanecerá de todo ello. Mi memoria dejará de pertenecerme.

Lo que hacemos con nuestras pequeñas historias personales también lo hacemos, en otra escala y con consecuencias bastante mayores, como sociedad. Seleccionamos fotografías, pero también documentos. Recordamos personas, pero también ponemos nombres a las calles. Celebramos aniversarios y establecemos conmemoraciones. Conservamos ciertos edificios, levantamos monumentos, construimos archivos, publicamos libros, promulgamos leyes y transmitimos determinados relatos sobre nuestro pasado.

Nora (1989) permite comprender parte de este proceso mediante su formulación de los lieux de mémoire: lugares de memoria que no se reducen necesariamente a espacios físicos y en los que determinadas memorias se condensan, se expresan y adquieren posibilidades de permanencia. Un monumento importa, pero también una fecha. Un museo. Un archivo. Una ceremonia. Un nombre. Incluso un calendario.

Y aquí la selección deja de ser íntima. Entra en juego el poder. La memoria histórica no es un depósito neutral en el que quedó guardado todo lo que ocurrió. Tampoco existe necesariamente una sola persona o institución que decida qué debe recordarse. Es un espacio construido y disputado en el que participan instituciones públicas, comunidades, medios, sistemas educativos, organizaciones sociales, familias, investigadores y otros actores con capacidades muy distintas para hacer visibles sus relatos.

Foucault (1980) en su análisis de las relaciones entre poder, saber y verdad permite observar que aquello que una sociedad reconoce como verdadero no circula al margen de instituciones, procedimientos y mecanismos que autorizan determinados discursos y establecen condiciones para que sean aceptados como tales; habla, en este sentido, de regímenes de verdad: cada sociedad dispone de mecanismos que permiten distinguir, validar y hacer circular ciertos discursos como verdaderos. Esto no significa que el poder pueda inventar arbitrariamente el pasado, sino que las posibilidades de producir, legitimar y hacer circular determinadas interpretaciones no están distribuidas de manera equivalente.

La pregunta por la memoria se convierte entonces también en una pregunta por las condiciones de producción y circulación de los relatos sobre el pasado. Castells (2009) permite ampliar el problema hacia esa circulación. Para él, el poder se ejerce mediante la construcción de significados en la mente humana a través de procesos de comunicación, y esa capacidad depende, en buena medida, del acceso y de la posición que los actores ocupan dentro de las redes de comunicación. En sociedades atravesadas por medios tradicionales, plataformas digitales, instituciones y múltiples espacios de producción simbólica, ya no basta con preguntar quién produce un relato. También importa preguntar quién dispone de las redes, los recursos y la capacidad para hacerlo visible, repetirlo, conectarlo con otros discursos y conseguir que circule.

Esto introduce un matiz importante: el poder sobre la memoria no opera únicamente mediante la prohibición o el silencio. También puede hacerlo mediante la visibilidad, la repetición, la jerarquización y la capacidad de instalar determinados acontecimientos, nombres y explicaciones en el espacio público.

Por eso Assmann (2011) vincula memoria, cultura e identidad: lo que una sociedad conserva y transmite participa en la manera en que se comprende a sí misma. Pero esa transmisión no ocurre en condiciones iguales para todos. Entre aquello que ocurrió y aquello que finalmente permanece intervienen procesos de selección, institucionalización, reconocimiento, comunicación y legitimación.

Que una persona, una víctima, una violencia o una experiencia haya quedado fuera de un determinado relato no significa que no haya existido. Significa, al menos, que tenemos que preguntarnos por qué no está ahí.

Por eso, cuando hablamos de memoria histórica, la pregunta «¿quién decide qué merece ser celebrado?» conduce inevitablemente a otras: quién tiene capacidad para seleccionar, quién puede legitimar esa selección, mediante qué instituciones y redes logra hacerla circular y qué ocurre con aquello que permanece fuera… Pero también quién contradice esos relatos, recupera documentos, conserva testimonios y disputa públicamente aquello que parecía ya establecido.

Por eso memoria y legitimación terminan encontrándose. Una conmemoración no establece por sí misma la verdad histórica. Un monumento tampoco. Una fecha incluida en un calendario oficial no demuestra que un acontecimiento sea más verdadero que otro. Pero esas formas de reconocimiento sí participan en la producción pública de significados: hacen visible algo, le conceden un espacio, permiten su repetición y contribuyen a transmitirlo.

En ese sentido, los rituales conmemorativos de los que habla Connerton (1989), los marcos sociales de Halbwachs (1992), las formas culturales de transmisión estudiadas por Assmann (2011) y los lugares de memoria propuestos por Nora (1989) permiten mirar desde distintos ángulos un mismo problema: las sociedades no recuerdan todo de la misma manera ni todas las memorias disponen de las mismas condiciones para permanecer.

La pregunta deja entonces de ser únicamente qué recuerdo yo y se convierte en otra bastante más compleja: qué decidimos recordar juntos y quiénes participan en esa decisión.

¿Y la fiesta? Regresamos al punto de partida. Celebramos un cumpleaños porque una vida importa. Hacemos un homenaje porque consideramos que una persona importa. Conmemoramos porque decidimos que algo ocurrido no debe desaparecer. Cada celebración separa algo del tiempo cotidiano y lo señala: esto importa. Pero señalar algo implica seleccionar. Y seleccionar supone también dejar otras cosas fuera.

Por eso ¿quién decide qué merece ser celebrado? dejó de ser para mí solamente una pregunta sobre la fiesta. Terminó siendo una pregunta sobre memoria, reconocimiento, legitimación y poder. Es el mismo desplazamiento que hizo que una reflexión inicialmente construida alrededor de fotografías familiares terminara preguntándose por documentos, conmemoraciones y relatos históricos.

Y quizá la pregunta más difícil no sea qué queremos recordar… Quizá sea qué estamos eligiendo olvidar. Compartí estas ideas «en vivo» la noche del 26 de septiembre y de una forma menos académica (Sergio quería un storytelling) y quise regresar al lugar desde el que había comenzado. Después de hablar de fotografías, ausencias, selecciones, funerales y memoria histórica, hay momentos en los que uno quisiera detener el tiempo y decirle: espera, todavía no te lleves esto. Tomé una selfie con quienes estaban allí porque era la forma de llevarme ese momento conmigo.

No sé qué recordaré de esa noche dentro de veinte años. Tampoco puedo saber qué recordarán quienes me escucharon ni cuál de todas las cosas que dije habrá permanecido para entonces. Tal vez muy pocas. Tal vez ninguna de las que yo hubiera escogido. Y quizá eso sea lo más hermoso y también lo más difícil de la memoria: podemos elegir qué guardar, pero no podemos decidir qué permanecerá. Seguramente, por el valor que hoy le doy, terminará algún día en aquel carrusel de imágenes de mi funeral. Pero, por ahora, está en mis archivos y me basta para recordar: esto pasó, estuvimos aquí, esto importó.

Referencias

Assmann, J. (2011). Cultural memory and early civilization: Writing, remembrance, and political imagination. Cambridge University Press. https://www.researchgate.net/publication/378472192_Cultural_memory_and_early_civilization_Writing_remembrance_and_political_imagination

Berger, P. L. y Luckmann, T. (1966). The social construction of reality: A treatise in the sociology of knowledge. Penguin Books. https://amstudugm.wordpress.com/wp-content/uploads/2011/04/social-construction-of-reality.pdf

Castells, M. (2009). Communication power. Oxford University Press. https://maestriacomunicacionibero.wordpress.com/wp-content/uploads/2014/03/castells-power-in-the-network-society.pdf

Connerton, P. (1989). How societies remember. Cambridge University Press. https://hemisphericinstitute.org/images/courses/spring-2009/connerton.pdf

Foucault, M. (1980). Truth and power. En C. Gordon (Ed.), Power/Knowledge: Selected interviews and other writings, 1972–1977 (pp. 109–133). Pantheon Books. https://www.academia.edu/7332832/Foucault_1977_Truth_and_Power

Halbwachs, M. (1992). On collective memory (L. A. Coser, Ed. y Trans.). University of Chicago Press. https://ia601509.us.archive.org/17/items/MemoriaColectivaHalbwachs./Memoria%20Colectiva-Halbwachs.-.pdf

Nora, P. (1989). Between memory and history: Les lieux de mémoire. Representations, 26, pp. 7–24. https://eclass.uoa.gr/modules/document/file.php/ARCH230/PierreNora.pdf

Notas:

  • Esta columna surge de mi intervención «¿Quién decide qué merece ser celebrado?», presentada el 26 de septiembre de 2026, en la Noche de las Ideas, organizada por la Alianza Francesa de San Salvador, en el marco de la Semana de las Ideas 2026: La fiesta y el vivir juntos. La intervención se desarrolló a través de un storytelling que propuso abordar las ideas desde la experiencia personal y recursos visuales, fuera de la estructura convencional de una conferencia académica. En esta columna se amplía sobre dichos elementos académicos más allá de lo que aconteció en dicha noche.
  • Mi agradecimiento a Sergio Alfaro y a la Alianza Francesa de San Salvador por la invitación y, particularmente, por la libertad para decidir desde dónde quería aproximarme al tema. Agradezco esa confianza y la posibilidad de llevar preguntas que habitualmente trabajo desde lo académico y aprender a compartirlo de otra forma.


Claudia Reneé Meyer (El Salvador, 1980)
Máster en Gestión Estratégica de la Comunicación y mercadóloga, además de Gran Maestre en Poesía (2011). Poeta, narradora y articulista con publicaciones nacionales y regionales. Autora de Estación del frío (2021; 2015) y participante en antologías como Jardín de sangre (2020), Mujeres al centro. Relatos y ficciones de mujeres centroamericanas (2019), Tierra breve. Antología centroamericana de mini ficción (2017) y La poesía del siglo XX en El Salvador (2012), entre otras publicaciones. Ha sido jurado en certámenes literarios como los Juegos Florales del Ministerio de Cultura de El Salvador (2015–2018) y el Premio Hispanoamericano de Poesía de la Alcaldía de San Salvador (2017, 2019). Su producción académica versa sobre economía creativa, arte y cultura, desde la publicación de artículos científicos y ensayos, además de ponencias y conferencias presentadas en diversos foros especializados y espacios académicos de prestigio. A la fecha, labora como coordinadora de UFG Editores en la Universidad Francisco Gavidia. 
https://orcid.org/0000-0003-0386-9441

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