Después de la nostalgia

La investigadora y gestora cultural, Marlen Argueta, nos ofrece un comentario sobre «Más allá de la nostalgia», una puesta en escena que conmemora los treinta años de vida teatral de Omar Renderos, su memoria como actor y las condiciones que determinan hacer teatro en El Salvador

Marlen Argueta │ Investigadora, periodista y gestora cultural salvadoreña

Sobre la memoria de un actor y lo que queda del teatro

Un hombre entra en escena. La escena es también su casa. Entra  a recordar su vida. Hay algo doméstico en ese comienzo, como si Omar Renderos no hubiera llegado al teatro para representar una historia, sino para abrir una puerta y dejarnos entrar.

No parece, al principio, una empresa demasiado difícil. Todos tenemos recuerdos. Todos tenemos una infancia, una madre, una casa, alguna canción que vuelve sin que la llamemos. Pero recordar treinta años no es poca cosa. Mucho menos cuando quien recuerda es un actor.

¿Qué ocurre cuando alguien que ha pasado buena parte de su vida convirtiendo palabras, ficciones y recuerdos ajenos en cuerpo decide poner el suyo en escena?

Omar Renderos parece hacerse esa pregunta en Más allá de la nostalgia, un unipersonal escrito, dirigido e interpretado por él mismo para conmemorar treinta años de trayectoria teatral.

Treinta años dedicados al arte de ficcionar. Treinta años poniendo el cuerpo para habitar otras voces, otras historias, otras vidas. Esta vez, el material de trabajo es él mismo.

Y quizá ahí comienza lo más interesante de la obra.

Renderos no reconstruye su vida como quien ordena un álbum familiar. La memoria no funciona así. Aparece a saltos. Una imagen lleva a una canción; una canción devuelve una casa; una casa trae consigo a alguien que ya no está. La infancia aparece junto a sus heridas, la burla, la madre, la hermana, los maestros, los personajes. Los objetos, las hojas, la música y las imágenes se van acumulando sobre el escenario como se acumulan las cosas dentro de una vida: sin pedir permiso y sin obedecer demasiado al orden.

Hay una poesía particular en el texto de Renderos. No parece interesado en explicarnos sus recuerdos, sino en encontrar la forma precisa de hacerlos aparecer. Y cuando lo consigue, la obra se vuelve profundamente conmovedora. 

En algunos momentos me quebró.

Cuando la luz se posa sobre la infancia. Cuando aparece la madre. Cuando habla de su hermana. Hay algo visceral en esos pasajes, una manera de actuar que parece venir de las vísceras antes que de la cabeza. Renderos es un gran actor y los treinta años de escenario se sienten allí: no como una cifra, sino como una experiencia acumulada en el cuerpo.

Y es que un actor no solo  recuerda con palabras, recuerda con el cuerpo. Con la voz que sabe dónde quebrarse. Con el gesto aprendido después de miles de veces frente a un público. Con la capacidad de hacer aparecer a alguien que ya no está. Con esa extraña disciplina de quien ha pasado la vida fingiendo para decir algo verdadero.

Y entonces las fronteras entre actor y personaje, entre vida y ficción, comienzan a volverse menos claras.

Pero hay algo que la obra me fue mostrando mientras avanzaba: la historia de Renderos está llena de otros. Los maestros,  Ciro Rivera, los compañeros, los personajes, quienes le enseñaron, quienes compartieron escena, quienes estuvieron allí antes de que él pudiera estar allí. 

De alguna manera, uno llega al escenario cargando voces que aprendió de otros.Y quizá por eso la memoria de un actor nunca sea completamente suya: está hecha también de aquello que recibió y que, al pasar por su cuerpo, adquiere otra forma.

Eso me hizo pensar en el teatro como un arte extraño: ocurre una noche y desaparece. El cuerpo que interpreta se va a casa, el público también. El escenario queda vacío. Y, sin embargo, algo permanece.  A veces queda en otro cuerpo. A veces en la memoria de quien estuvo allí. A veces en un actor que, muchos años después, todavía recuerda a quien le enseñó. Quizá por eso importa tanto cómo se construye aquello que decidimos dejar en escena.

Y aquí más allá de la nostalgia tiene también sus excesos.

Hay momentos en que el escenario parece querer decir demasiado: las hojas, la música, los objetos, las imágenes. En una obra sostenida por un texto potente y por un actor capaz de cargarlo, a veces habría querido menos. Más silencio. Más espacio entre una cosa y otra.

Contar treinta años de vida teatral en poco más de una hora es, en cualquier caso, una tarea desmesurada.Hay demasiada vida para tan poco tiempo; demasiados nombres, escenas, afectos y recuerdos reclamando un lugar en el escenario. Y quizá esa imposibilidad explique parte de la saturación: cuando uno intenta recuperar una vida entera, resulta difícil decidir qué merece quedarse afuera.

Hubo momentos en los que dejé de pensar en Omar y pensé en el teatro.

No en el teatro como abstracción, ni en una supuesta historia general del teatro salvadoreño. Pensé en este oficio concreto: en los cuerpos que lo han sostenido, en las personas que han aprendido a hacerlo sin demasiadas certezas, en quienes han tenido que inventar sus propios espacios, sus propias maneras de continuar.

Y pensé también en las condiciones que han acompañado ese cuerpo durante treinta años. En un país donde hacer teatro todavía implica inventarse las condiciones para hacerlo: encontrar dónde ensayar, dónde presentar, cómo sostener una temporada, cómo volver a levantar una obra cuando la función termina. Buena parte de lo que existe depende todavía de la gestión y la terquedad de quienes hacen teatro en este país. 

No hay nada romántico en eso. La precariedad no debería ser el paisaje natural de una vida dedicada al arte. Y, sin embargo… el teatro ocurre.

Omar Renderos lleva treinta años haciéndolo. Treinta años encontrando maneras de continuar, de crear y de volver a escena. Quizá por eso esa cifra me parece ahora algo más que una celebración de trayectoria: es también la medida de una persistencia. 

Y la obra misma parece insistir en esa necesidad de continuar. Más allá de la nostalgia ha ido pasando de un escenario a otro, del Teatro Luis Poma al Centro Cultural de España en El Salvador y, más recientemente, a México. La memoria que Renderos pone en escena no queda encerrada en el lugar donde fue creada: se mueve, encuentra otros públicos, vuelve a empezar.

Ese movimiento importa porque, en un arte condenado a desaparecer con cada función, también hay algo que consigue desplazarse de un cuerpo a otro, de una sala a otra.

David J. Rocha Cortez lee Más allá de la nostalgia como un tránsito de la nostalgia hacia la permanencia: aquello que el tiempo amenaza con llevarse encuentra en el teatro una forma de permanecer.*

Es una idea que me gusta. Porque mientras veía a Renderos recordar, también pensaba en aquello que queda cuando el recuerdo encuentra una forma de permanecer. Y entonces apareció otra pregunta: ¿qué hacemos con lo que permanece?

Porque permanecer no es necesariamente conservar. Algo puede quedar y, aun así, perderse. Puede sobrevivir en la memoria de alguien y desaparecer de los archivos. Puede existir como recuerdo y, al mismo tiempo, dejar de formar parte de la historia que un país reconoce como propia.

Entonces aparecieron otras preguntas:

¿Dónde se conserva la memoria del teatro salvadoreño? ¿Quién la estudia? ¿Quién la documenta? ¿Quién la enseña? ¿Quién la financia?

No se trata de pedirle a una obra que responda por todo un campo cultural, ni de convertir a Omar Renderos en representación del teatro salvadoreño. La obra es otra cosa: es la memoria particular de un hombre intentando encontrar una forma para volver a poner su vida en escena.

Treinta años después, Renderos vuelve sobre los suyos. Los transforma en palabras, los pone en el cuerpo, los vuelve escena. Y durante un momento, mientras lo miramos, dejan de pertenecer solamente a él. Después de treinta años, un actor vuelve a poner su memoria en escena.

Y uno sale pensando que quizá el problema no sea solamente cuánto puede recordar un cuerpo, sino cuánto puede recordar un país.

La función termina. El cuerpo sale de escena. Las luces se apagan.  Pero algo queda.

Quizá eso sea lo que hay después de la nostalgia.

*Rocha Cortez, David J. “Omar Renderos: transformar la nostalgia en permanencia”. Laboratorio de Artes Escénicas, Centro Cultural de España en El Salvador. Disponible en:https://lab.ccesv.org/omar-renderos-transformar-la-nostalgia-en-permanencia/


Marlen Argueta. Investigadora, periodista y gestora cultural. Con formación en teatro, posgrado en Políticas Culturales de Base Comunitaria y maestría en Estudios de Cultura Centroamericanos, promueve espacios de convivencia y memoria desde el arte. Su trabajo articula investigación, gestión y creación en torno a la cultura viva comunitaria, el patrimonio cultural, los derechos culturales y la memoria histórica como ejes de transformación social. 

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