¿Qué tiene que ocurrir para que una buena idea consiga hacer algo en el mundo? El Global Innovation Index 2026 ofrece algunas pistas. Los datos muestran avances y contradicciones en América Latina y un caso salvadoreño particularmente interesante: el país obtiene mejores posiciones en resultados de innovación que en las condiciones disponibles para producirlos
Claudia Reneé Meyer │ Académica y escritora salvadoreña
Esto se dice fácil: «hay que innovar». Y se suele escuchar cuando se habla de empresas, universidades, educación, tecnología, emprendimientos y hasta de gobiernos. Innovar aparece como algo deseable, pero ¿qué tiene que ocurrir para que una idea termine siendo una innovación?
Imaginemos cosas «sencillas»: alguien descubre una forma menos cara de conservar alimentos, diseña una aplicación para resolver un problema cotidiano o desarrolla un material que puede aprovechar residuos que antes terminaban en la basura. La idea puede ser maravillosa, pero necesita conocimiento para desarrollarse, financiamiento, protección, alguien con la disposición a producirla y, finalmente, un mercado donde sea demandada. Entre tener una buena idea y conseguir que esa idea haga algo en el mundo hay una brecha: en ese recorrido caben las oportunidades de acertar, pero también las de fallar; la posibilidad de conseguir inversión y hacerla crecer, pero también la de perder recursos y tiempo en el intento.
Desde ahí es donde los resultados del Global Innovation Index 2026 (GII), publicado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI, 2026c), resulta más interesante de analizarse más allá de saber qué país quedó primero y cuál ocupó el último puesto: eso sería, su lectura básica y también la más conveniente cuando lo único que interesa es encontrar un número que permita anunciar que «subimos» o reprochar que «bajamos». Los rankings tienen ese uso comunicativo (y político): reducen sistemas complejos a una posición que cabe en un titular en redes sociales; si el país sube, el número es una evidencia de avance; si baja, siempre habrá una explicación del por qué. Solo el dato del puesto no explica por qué se llegó hasta allí, qué cambió realmente, ni si las capacidades que sostienen ese resultado se están fortaleciendo. La propia OMPI advierte que las posiciones entre ediciones no son directamente comparables sin considerar cambios en los datos disponibles, la entrada o salida de economías y los ajustes realizados al marco del índice (OMPI, 2026c).
Conviene entonces resistir la tentación del ranking y mirar qué se está midiendo. El GII entiende la innovación en un sentido amplio: como la introducción y puesta en uso de productos o procesos nuevos o significativamente mejorados; esto incluye desde grandes desarrollos tecnológicos hasta mejoras incrementales y nuevas formas de combinar tecnologías existentes (OMPI, 2026c). Ya no se trata de imaginar científicos en un laboratorio produciendo grandes descubrimientos. También puede haber innovación incremental, nuevas combinaciones de tecnologías existentes, procesos mejorados e incluso lo que el propio marco reconoce como innovación sin investigación formal. La creatividad, además, no aparece separada de la innovación: forma parte de ella (OMPI, 2026c).
Esta decimonovena edición compara el desempeño innovador de 139 economías y, además, identifica los cien principales clústeres de innovación del mundo: concentraciones geográficas donde coinciden y se relacionan actores que producen conocimiento e innovación (investigadores, universidades, inventores, empresas y, desde 2025, actividad de capital de riesgo). Es decir, lugares donde la innovación no ocurre de manera aislada, sino que adquiere suficiente densidad como para conformar un ecosistema reconocible (OMPI, 2026c).
Para medir todo eso, el GII 2026 utiliza 79 indicadores agrupados en siete pilares y 21 subpilares. El modelo se divide en dos grandes partes con el mismo peso: los inputs y los outputs de innovación (OMPI, 2026c).
Los inputs preguntan qué tiene un país para poder innovar. Allí entran cinco pilares: instituciones; capital humano e investigación; infraestructura; sofisticación de mercado; y sofisticación empresarial. Los outputs, en cambio, preguntan qué se consigue producir con todo aquello. Allí aparecen los resultados de conocimiento y tecnología, y los resultados creativos.
Podríamos considerar los inputs como personas formadas, universidades, financiamiento, infraestructura, instituciones, empresas, entre otros. Los outputs serían aquello que finalmente sale de la mezcla de todos esos actores.
¿Tiene algo que ver todo esto con el arte y la cultura? Una obra literaria, una película o una canción también necesitan recorrer la distancia entre una idea y su realización: requieren conocimiento, talento, recursos, tecnologías, derechos de autor, espacios de producción, canales de circulación y públicos. La cultura no está al margen de los procesos de innovación, aunque su valor no puede (ni debe) reducirse únicamente a ingresos, patentes o posiciones en un índice. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, 2024) reconoce la relación entre creatividad, conocimiento, tecnología y propiedad intelectual como parte de las actividades que conforman la economía creativa. Pero ¿de qué sirve producir ideas, obras y expresiones culturales si no contamos con las condiciones para desarrollarlas, sostenerlas y hacerlas circular? Hablar de ecosistemas de innovación es, en ese sentido, hablar también de las posibilidades materiales, institucionales y sociales de la creación cultural.
Aunque el GII suele leerse desde una perspectiva tecnoeconómica (Pérez, 2010), sus resultados también plantean preguntas culturales: quiénes tienen las condiciones para crear, cómo circulan las ideas y qué conocimientos y expresiones creativas encuentran posibilidades de reconocimiento y desarrollo
Por ende, subir puestos no equivale automáticamente a haber construido mayores capacidades de innovación, del mismo modo que bajar no demuestra, por sí solo, que un sistema se haya deteriorado. El ranking es el punto de partida para otras preguntas: ¿qué está haciendo que un país ocupe esa posición?, ¿qué capacidades propias ha construido?, ¿cuáles siguen siendo débiles?, ¿qué resultados dependen de ellas y cuáles pueden explicarse por circunstancias muy específicas? Ahí el índice deja de servir como trofeo (o como arma) y comienza a ser útil para entender el sistema.
¿Y qué está pasando en América Latina? Entre 2015 y 2025, la producción de artículos científicos y técnicos pasó aproximadamente de 85,000 a 130,000 publicaciones, un crecimiento anual compuesto cercano al 4 %. Solo entre 2024 y 2025 aumentó 5.5 % (OMPI, 2026f). Eso se lee muy bien. Y lo es. Significa que nuestras comunidades científicas producen y publican cada vez más conocimiento. Pero aparece una primera alerta: el número de patentes originadas en América Latina permaneció prácticamente estancado entre 2015 y 2023. Las solicitudes internacionales mediante el Tratado de Cooperación en materia de Patentes (PCT) muestran una historia semejante: prácticamente no cambiaron entre 2015 y 2024 (OMPI, 2026f).
¿Qué pasa entre producir conocimiento y conseguir transformarlo en innovación? Porque publicar un artículo y producir una innovación no es lo mismo. Tampoco deberían ser procesos desconectados. Podemos imaginar a una investigadora universitaria que lleva años trabajando sobre una solución agrícola. Publica sus resultados, los presenta en congresos y consigue que otros investigadores los citen. Pero para que esa investigación llegue a un productor necesita atravesar otra cadena: transferencia tecnológica, empresa, financiamiento, regulación, propiedad intelectual, producción y mercado.
Si los puentes entre esos actores son débiles, el conocimiento puede existir sin terminar convirtiéndose en capacidad productiva. Investigar cuesta dinero, pero no investigar, a la larga también representa una pérdida. El gasto bruto en investigación y desarrollo de América Latina pasó de aproximadamente USD 69,250 millones en 2015 a USD 70,650 millones en 2025, según las cifras y estimaciones de la OMPI. En términos de crecimiento anual compuesto, la variación de toda una década es prácticamente del 0 %, casi el mismo nivel de inversión en diez años (OMPI, 2026f).
Mientras tanto, el gasto mundial en investigación y desarrollo (I+D) continúa expandiéndose. Cuando hablamos de I+D nos referimos a los recursos destinados a producir nuevo conocimiento y a utilizarlo de manera sistemática para desarrollar o mejorar productos, procesos y tecnologías: desde financiar investigadores y laboratorios hasta sostener pruebas, prototipos y desarrollos que quizá tarden años en encontrar una aplicación. El GII estima que esta inversión creció globalmente 3.3 % en 2025, frente al 2.4 % registrado para América Latina ese mismo año (OMPI, 2026d).
La investigación necesita laboratorios, equipos, bases de datos, investigadores, asistentes, movilidad, formación doctoral, tiempo y continuidad. Porque un laboratorio que hoy pierde financiamiento no recupera mañana a los investigadores que se fueron, los proyectos que se interrumpieron o las capacidades que dejaron de construirse. Por eso, cuando nuestra inversión permanece estancada mientras otros ecosistemas continúan ampliando la suya, no necesariamente estamos quietos. También podemos estar retrocediendo en términos relativos: no porque hagamos menos que ayer, sino porque otros están construyendo capacidades más rápido que nosotros.
Las buenas ideas también necesitan a alguien dispuesto a apostar por ellas. El capital de riesgo (venture capital) sirve para financiar empresas que pueden crecer mucho, pero que también pueden fracasar estrepitosamente. Aquí entra otro actor del ecosistema: el inversionista dispuesto a colocar capital en una empresa cuyo futuro todavía es incierto. Aquí, nuestra emprendedora imaginaria, tiene un producto que funciona e incluso sus primeros clientes, pero ahora necesita dinero para sobrevivir (sí, sobrevivir) y crecer: pagar salarios, producir a mayor escala y llegar a nuevos mercados. Una buena idea puede fracasar no porque sea mala, sino porque se quedó sin recursos antes de demostrar hasta dónde podía llegar.
Quizá la versión más popular de esta figura sea la que vemos en Shark Tank: alguien presenta una idea, explica cuánto vende, cuánto necesita y hasta dónde cree que puede llegar, mientras varios inversionistas deciden si vale la pena arriesgar su dinero a cambio de participar en el negocio. La televisión resuelve la negociación en unos minutos; en el mundo real, encontrar ese capital es menos sencillo.
En América Latina, el número de operaciones de inversión de capital de riesgo alcanzó aproximadamente 1,300 en 2022, pero disminuyó un 27.5 % en 2023 y otro 20 % en 2024, hasta regresar a niveles cercanos a los de 2020 (OMPI, 2026f). Esto no significa que el capital de riesgo haya desaparecido, pero sí muestra una fuerte contracción en la cantidad de operaciones respecto del máximo alcanzado en 2022.
En el extremo mítico de ese recorrido aparecen los llamados «unicornios»: empresas emergentes privadas que alcanzan una valoración superior a los USD 1,000 millones. El nombre no es casual: cuando comenzó a utilizarse, llegar a semejante valoración era tan excepcional que parecía apropiado bautizarlas con una criatura que casi nadie espera encontrarse. Y, aunque hoy existen muchos más que entonces, siguen representando casos extraordinarios, no la trayectoria habitual de una empresa.
Y entonces aparece uno de esos datos que no dejan hacer interpretaciones cómodas. Entre las empresas unicornio que registra el análisis regional de la OMPI, la de mayor valoración es Tether, atribuida a San Salvador, con una valoración de USD 12,000 millones (OMPI, 2026e). Sin embargo, en la ficha específica de El Salvador, el indicador de valoración de unicornios respecto del PIB registra un valor de cero (OMPI, 2026c). Se trata de información presentada en dos apartados distintos del índice, cuyos criterios de medición y atribución no pueden establecerse con suficiente claridad a partir de los documentos consultados. Por ello, no corresponde asumir que ambos datos sean directamente comparables. Lo que sí permite plantear este caso es una distinción importante: la presencia de una empresa tecnológica en un país no equivale necesariamente al desarrollo de capacidades nacionales para producir innovación.
Una cosa es atraer innovación. Otra es desarrollar la capacidad de generarla desde dentro. Un país puede convertirse en sede de una empresa tecnológica internacional, recibir inversión extranjera o facilitar la instalación de actividades innovadoras desarrolladas originalmente en otros lugares. Todo eso puede producir empleo, inversión, transferencia de conocimientos y nuevas conexiones y, por tanto, aportar al ecosistema nacional.
Pero generar innovación de manera endógena, es decir, desde las capacidades desarrolladas dentro del propio país, supone algo distinto. Significa contar con personas formadas, investigación, universidades y empresas que colaboren, financiamiento, capacidad tecnológica, propiedad intelectual, proveedores especializados y condiciones para que una idea pueda surgir, desarrollarse, convertirse en una empresa y crecer sin que todo el proceso dependa de capacidades construidas fuera del país.
La diferencia importa porque la presencia de una empresa innovadora en un territorio no significa que el territorio haya desarrollado las capacidades que hicieron posible esa innovación. La pregunta no es solamente quién está instalado en el país, sino qué deja y qué activa su presencia: ¿contrata y forma talento local?, ¿realiza I+D en el país?, ¿trabaja con universidades?, ¿genera proveedores?, ¿transfiere conocimiento?, ¿produce propiedad intelectual?, ¿financia o impulsa nuevas empresas?
Hasta aquí parecería que todo son noticias muy extrañas, raras o malas. Y allí está lo interesante del GII: los sistemas de innovación no son uniformes. El valor de la manufactura de alta tecnología latinoamericana creció a una tasa anual compuesta del 14 % entre 2015 y 2024. Las exportaciones de alta tecnología pasaron de unos USD 81,000 millones en 2016 a USD 110,000 millones en 2024. También aumentaron los registros de marcas de origen latinoamericano: de aproximadamente 391,000 en 2015 a 855,000 en 2024 (OMPI, 2026f). Es decir, la región sí produce, exporta, crea marcas y participa en circuitos tecnológicos. El problema es que esas capacidades no están distribuidas de la misma manera ni necesariamente conectadas entre sí.
Eso explica, en parte, la «rareza» del mapa regional. Para la siguiente comparación he extraído únicamente los datos correspondientes a América Latina, a partir del análisis regional de la OMPI que reúne 17 economías latinoamericanas. Dentro de este grupo, Chile ocupa el puesto 51 del GII y encabeza América Latina; Brasil está en el 53; México en el 65; Uruguay en el 66 y Costa Rica en el 70. Después aparecen Argentina, Colombia, Perú y Panamá. El Salvador ocupa el puesto 100 en la clasificación mundial y el décimo entre estas 17 economías latinoamericanas (OMPI, 2026d).
El GII también compara el desempeño innovador de las economías con su nivel de desarrollo económico, es decir, se pregunta si dado su nivel de ingreso por habitante, ¿el desempeño innovador del país es mayor, similar o menor al que suele observarse en economías con niveles de desarrollo comparables? Para hacerlo, la OMPI relaciona la puntuación obtenida en el índice con el PIB per cápita (medido en paridad de poder adquisitivo) y estima el nivel de innovación esperable para distintos niveles de desarrollo.
Vista así, la clasificación adquiere otro sentido. Una economía puede no encontrarse entre las primeras posiciones mundiales y, sin embargo, mostrar un desempeño innovador superior al esperado para su nivel de desarrollo. También puede ocurrir lo contrario: alcanzar resultados inferiores a los que cabría esperar considerando su nivel de ingreso.
En América Latina y el Caribe, Brasil es en 2026 la única economía cuyo desempeño innovador se encuentra por encima de lo esperado para su nivel de desarrollo, condición que mantiene por sexto año consecutivo. El Salvador, en cambio, aparece entre las economías cuyo desempeño se encuentra en línea con su nivel de desarrollo (OMPI, 2026c).
Esto último es importante: estar en línea no significa que el país carezca de fortalezas, ni tampoco que esté aprovechando de manera particularmente eficiente sus recursos. Significa que, considerando su nivel de desarrollo económico, su desempeño en innovación se encuentra aproximadamente dentro de lo que el modelo del GII permitiría esperar. Y conviene hacer esta distinción porque el propio informe plantea después una pregunta diferente: qué tan eficazmente convierten las economías sus recursos para la innovación (los inputs) en resultados (los outputs). Una cosa es comparar innovación y nivel de desarrollo; otra, analizar la relación entre los recursos disponibles para innovar y los resultados que finalmente se producen.
El Salvador ocupa el puesto 100 entre las 139 economías evaluadas por el GII 2026. Pero ese número, aislado, nos dice poco. Y quedarnos solamente con él nos devolvería a la lectura del ranking que cuestionamos al inicio. Hay que abrir el número y mirar qué contiene. Cuando separamos los dos componentes principales resulta que el país ocupa el puesto 105 en inputs de innovación y el 90 en outputs (OMPI, 2026d): quince posiciones de diferencia; nuestra posición en los resultados que producimos es mejor que nuestra posición en las condiciones que tenemos para producirlos.
Eso no significa que El Salvador posea un sistema de innovación eficiente en todos sus componentes ni que podamos concluir que «hacemos mucho con poco» únicamente comparando dos rankings. Sin embargo, el análisis específico de la OMPI sobre la relación entre inputs y outputs señala que el país genera más resultados de innovación de los esperados para su nivel de inputs de innovación (OMPI, 2026b). Es una señal interesante, aunque no elimina las debilidades estructurales del sistema. La pregunta, entonces, es ¿de dónde provienen esos resultados, qué capacidades los sostienen y hasta qué punto pueden mantenerse y ampliarse?
El Salvador muestra fortalezas relativas en indicadores de absorción de conocimiento, como los pagos de propiedad intelectual y las importaciones de alta tecnología. También destaca el financiamiento empresarial de la I+D, dentro del componente de trabajadores del conocimiento, y registra el crecimiento de la productividad laboral entre sus fortalezas relativas. Pero al mismo tiempo aparecen debilidades en creación de conocimiento y, especialmente, en los vínculos del sistema de innovación: las copublicaciones entre investigación pública e industria ocupan el puesto 128; la colaboración universidad-empresa en I+D, el 121; y el desarrollo de clústeres, también el 121 (OMPI, 2026c).
La diferencia también aparece al observar los pilares del índice. El Salvador ocupa el puesto 123 en capital humano e investigación y el 104 en resultados de conocimiento y tecnología, mientras que sus resultados creativos alcanzan el puesto 83, aunque con limitaciones de cobertura de datos señaladas por la propia OMPI. Es decir, no todas las dimensiones del sistema avanzan de la misma manera. Algunas muestran posiciones relativamente favorables, mientras otras, particularmente las relacionadas con investigación y producción de conocimiento, evidencian debilidades importantes (OMPI, 2026c).
Otra dimensión es cuando observamos que el país ocupa el puesto 132 en creación de conocimiento y el 135 en artículos científicos y técnicos en relación con su PIB, mientras que el gasto en I+D representa apenas el 0.1 % del PIB, según los datos disponibles en el índice (OMPI, 2026c). Estos datos muestran que el país dispone de una base limitada de producción científica y de recursos para investigación y desarrollo, lo que reduce sus posibilidades de generar tecnologías y conocimientos propios, sostener proyectos de investigación a largo plazo y trasladar sus resultados a otros sectores de la economía y la sociedad.
La palabra ecosistema aquí cobra mucho sentido (y, sobre todo, necesidad). Una universidad puede producir excelentes investigaciones. Una empresa puede desarrollar tecnología. Un fondo puede tener capital. Un gobierno puede crear incentivos. Una persona puede tener talento. Pero si nunca se encuentran, tenemos piezas, no un sistema. El GII 2026 lo muestra geográficamente. Entre los cien principales clústeres de innovación del planeta, América Latina y el Caribe apenas coloca dos: São Paulo, en el puesto 49, y Ciudad de México, en el 82 (OMPI, 2026c).
Un clúster no es una ciudad con muchas empresas. Para identificarlos, el GII observa concentraciones geográficas de inventores, autores científicos y actividad de capital de riesgo: lugares donde distintos componentes de la actividad innovadora alcanzan una densidad particularmente alta. Por eso Silicon Valley no surgió porque alguien decretara: «a partir del lunes tendremos un ecosistema». Los ecosistemas se construyen mediante conexiones. Y esas conexiones necesitan tiempo.
La edición 2026 del GII dedica además su tema especial al emprendimiento basado en deep science: empresas surgidas de avances científicos y de ingeniería en campos como materiales avanzados, energía, genómica, tecnologías cuánticas o biología sintética. Son emprendimientos que suelen necesitar mucho más tiempo y capital antes de llegar al mercado que una empresa digital convencional (OMPI, 2026a). En América Latina ya existen ejemplos: NotCo, en Chile; Satellogic, en Uruguay; empresas brasileñas vinculadas con materiales avanzados y ciencias de la vida; Bioceres, en Argentina. También existen spinouts surgidas de universidades o centros públicos de investigación (OMPI, 2026a).
Incluso hay movimiento: entre 2020 y 2025 el número de empresas latinoamericanas y caribeñas de ciencia profunda respaldadas por capital de riesgo creció alrededor de 71 %, aunque partiendo de una base mucho menor que la de Norteamérica, Europa o Asia (OMPI, 2026a).
Para desarrollar una aplicación puede bastar inicialmente un pequeño equipo, computadoras y capital relativamente limitado. Para convertir un descubrimiento en biotecnología, nuevos materiales o tecnología médica quizá necesitemos años de investigación, laboratorios, propiedad intelectual, pruebas, regulación y millones de dólares antes de vender la primera unidad.
Los rankings son fotografías, no diagnósticos completos. La propia OMPI advierte que las entradas y salidas de economías, los cambios metodológicos, las actualizaciones y la disponibilidad de datos pueden afectar las posiciones entre una edición y otra (OMPI, 2026c).
Además, «GII 2026» no significa que todos sus datos correspondan a 2026. El índice utiliza la información disponible más reciente para cada indicador y parte de ella procede de años anteriores. Es otra razón para no interpretar un cambio de posición como si fuera el resultado inmediato de una política implementada unos meses atrás.
Cerca de cien Estados miembros utilizan ya el índice para evaluar su desempeño y orientar estrategias nacionales (OMPI, 2026c). Un puesto 100 puede parecernos bueno, malo o mediocre dependiendo de con quién decidamos compararnos. Pero descubrir que El Salvador obtiene resultados relativamente favorables para su nivel de inputs, mientras los vínculos entre investigación y empresa se encuentran entre sus mayores debilidades, nos ayuda a identificar qué necesitamos conectar para avanzar.
Porque innovar no consiste solamente en tener una idea brillante. Tampoco en instalar una empresa tecnológica, registrar una patente, publicar un artículo o comprar una máquina sofisticada. Innovar demanda que conocimiento, personas, instituciones, empresas, financiamiento y mercados consigan encontrarse.
Referencias
Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo [UNCTAD]. (2024). Creative economy outlook 2024. Naciones Unidas. https://unctad.org/system/files/official-document/ditctsce2024d2_en.pdf
Organización Mundial de la Propiedad Intelectual. (2026a). Deep science entrepreneurship in Latin America. Global Innovation Index 2026, Innovation Ecosystems & Data Explorer. https://www.wipo.int/gii-ranking/en/regions/latin-america/innovation-top-performers
Organización Mundial de la Propiedad Intelectual. (2026b). Effectively translating innovation investments into innovation outputs in Latin America. Global Innovation Index 2026, Innovation Ecosystems & Data Explorer. https://www.wipo.int/gii-ranking/en/regions/latin-america/investments-to-innovation-outputs
Organización Mundial de la Propiedad Intelectual. (2026c). Global Innovation Index 2026: Powering entrepreneurs at the frontier of science (19.ª ed.). https://www.wipo.int/web-publications/global-innovation-index-2026/assets/110523/2000-2026-en-global-innovation-index-2026-powering-entrepreneurs-at-the-frontier-of-science.pdf
Organización Mundial de la Propiedad Intelectual. (2026d). Innovation performance of Latin America in the GII 2026. Global Innovation Index 2026, Innovation Ecosystems & Data Explorer. https://www.wipo.int/gii-ranking/en/regions/latin-america
Organización Mundial de la Propiedad Intelectual. (2026e). Latin America’s innovation top performers. Global Innovation Index 2026, Innovation Ecosystems & Data Explorer. https://www.wipo.int/gii-ranking/en/regions/latin-america/innovation-top-performers
Organización Mundial de la Propiedad Intelectual. (2026f). Selected innovation trends in Latin America. Global Innovation Index 2026, Innovation Ecosystems & Data Explorer. https://www.wipo.int/gii-ranking/en/regions/latin-america/innovation-trends
Pérez, C. (2010). Revoluciones tecnológicas y paradigmas tecno-económicos [Versión en español del artículo «Technological revolutions and techno-economic paradigms», publicado en Cambridge Journal of Economics, 34(1), pp. 185–202]. https://cp.informaticaprojects.com/publicaciones/#RT-ES2010
Nota: un agradecimiento muy especial a Iris Palma, por enseñarle a esta entusiasta de las ciencias sociales, la cultura y las humanidades a asomarse a las maravillas de la tecnoeconomía y a este tipo de publicaciones, dejando que la curiosidad pueda más que el miedo a entrar en territorios que a veces sentimos ajenos. En un mundo donde las ciencias se traslapan cada vez más, comprender estos temas hace que miremos desde otros ángulos los fenómenos que estudiamos. Comprender cómo se producen, financian y desarrollan las ideas también nos ayuda a entender las condiciones en las que se crea, se investiga y se hace cultura.

Claudia Reneé Meyer (El Salvador, 1980)
Máster en Gestión Estratégica de la Comunicación y mercadóloga, además de Gran Maestre en Poesía (2011). Poeta, narradora y articulista con publicaciones nacionales y regionales. Autora de Estación del frío (2021; 2015) y participante en antologías como Jardín de sangre (2020), Mujeres al centro. Relatos y ficciones de mujeres centroamericanas (2019), Tierra breve. Antología centroamericana de mini ficción (2017) y La poesía del siglo XX en El Salvador (2012), entre otras publicaciones. Ha sido jurado en certámenes literarios como los Juegos Florales del Ministerio de Cultura de El Salvador (2015–2018) y el Premio Hispanoamericano de Poesía de la Alcaldía de San Salvador (2017, 2019). Su producción académica versa sobre economía creativa, arte y cultura, desde la publicación de artículos científicos y ensayos, además de ponencias y conferencias presentadas en diversos foros especializados y espacios académicos de prestigio. A la fecha, labora como coordinadora de UFG Editores en la Universidad Francisco Gavidia.
https://orcid.org/0000-0003-0386-9441
