Le pedimos a la escritora salvadoreña Lauri García Dueñas que nos contara qué estaba leyendo, viendo o escuchando y nos habló un poco de todo eso y de lo que ocurre en el largo intermedio. Nos habló, en fin, de la vida
Lauri Cristina García Dueñas │Escritora salvadoreña
Creo que, al final, leo libros pero, sobre todo, leo la vida cotidiana
Nací un jueves 7 de febrero de 1980 a las 5:20 a.m. en San Salvador, El Salvador. El año en que empezó la guerra civil en mi país, la cual dejó al menos 75 000 muertos, 12 000 personas lisiadas y 8 000 personas desaparecidas.
Soy hija de María Hortensia y Cecilio Ignacio. La tercera de cinco hermanos. Madre autónoma de Agustín y Darío. Soy una mujer escritora, profesional y artista del sur global. Mujer racializada, mestiza, tuve el privilegio de tener una educación escolar y universitaria privadas y una beca de una fundación alemana para estudiar una maestría pública en el extranjero.
Viví, estudié y trabajé en México de 2006 a 2020, con documentos legales, otro privilegio. Fui migrante y ahora soy retornada. He podido viajar a varios países de América, Europa, Asia y África, gracias a que leo y escribo y al azar molecular del destino.
Soy una intelectual de clase trabajadora. Soy trabajadora independiente. Escribo de noche cuando mis hijos están dormidos, son cerca de las diez de la noche de un domingo.
Actualmente, estoy leyendo la novela Sofía de los presagios de la escritora nicaragüense Gioconda Belli, la estoy disfrutando muchísimo, porque ya superé el prejuicio de no leer bestsellers de mujeres latinoamericanas que mis maestros o colegas consideran “menores”. También acabo de terminar A este lado del paraíso, del estadounidense F. Scott Fitzgerald, la cual me costó un montón, porque fue publicada en 1920 y es tan pero tan obtusamente masculina que se me estaba tornando insoportable, sin embargo, me recordó mucho a algunos amigos y exnovios. Y me reí.
Tengo en cola Ética y feminismo de la filósofa mexicana Graciela Hierro y Ante el dolor de los demás de la genial y guapísima Susan Sontag. Por cierto, soy feminista, creo que muchos lo saben. Si hay una mesa literaria de cuatro hombres, siempre hago la pregunta incómoda de por qué no invitaron a mujeres y a personas de la diversidad. Últimamente, prefiero leer a mujeres que a hombres, para compensar todos los años en que nuestra educación me obligó a lo contrario.
Mientras escribo esta columna, suenan los Ampersan de México con su canción bellísima “Si tú”, de 2011, con la voz aguda de Zindu Cano coronando la noche. Sí, a veces extraño México, pero por una extraña razón y, muy a pesar de los retrocesos democráticos, disfruto mucho vivir en El Salvador, andar en bus y comer pupusas de 0.50 dólares.
Me gusta mucho el cine independiente y raro, pero también el comercial y hollywoodense que me hace apagar por un momento a la intelectual que critica todo. Acabo de ver El eco de la salvadoreña mexicana Tatiana Huezo Sánchez y estoy extasiada por la tremenda obra de arte que se mandó en homenaje a las infancias rurales. Recomiendo todos sus documentales: El lugar más pequeño, Noche de fuego y Tempestad.
De niña y joven, me influyeron profundamente los salvadoreños Claudia Lars, Roque Dalton, Salarrué y Amada Libertad. Al leer “La salamandra” en Tierra de infancia de Lars, a mis diez años, elegí que quería ser poeta y, durante algunos años, fui una poeta sin obra, hasta que a los 13 años, por suerte, empecé a escribir poemas en los cuadernos rayados del Externado de San José donde estudiaba, un colegio jesuita de élite académica, que mis padres pudieron pagar gracias a que eran profesionales y profesores de la Universidad de El Salvador (UES).
De niña y adolescente, leía más libros que ahora y de forma más voraz. Casi quedo en el cable después de leer de corrido Lo que el viento se llevó de Margaret Mitchell, y salí de mi cuarto hablando en lenguas.
En vacaciones, me encerraba con mis libros y mi mamá se preocupaba de que quedara orate, como Don Quijote de la Mancha, y me pedía que saliera a jugar y que me “oreara”. Tenía y tengo filias literarias bien fuertes, por ejemplo, por esa época, leí 17 veces la novela costumbrista Jaraguá del salvadoreño Napoleón Rodríguez Ruiz, porque, a falta de educación sexual integral, ahí entendí muchas cosas que no hubiera aprendido en un manual.
Ahora leo súper lento y releo un montón, sobre todo para mis clases y talleres, subrayo mucho y tomo muchas notas, esa fue una maña que me quedó de cuando estudié mi maestría en Comunicación y Cultura en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde pude leer mucha filosofía, literatura y ciencia social, esos tres años, fueron de los mejores de mi vida y no exagero.
En México, pude leer y conocer en persona a Gilles Lipovetsy, Giovanni Sartori, Enrique Dussel, Elena Poniatovska, Carmen Berenguer, Raúl Zurita, Rosa Nissán (quien fue mi maestra de novela), Cees Noteboom, Tomás Segovia y varios más. México es un epicentro para la literatura mundial.
A veces, podía pasar leyendo y escribiendo en la icónica biblioteca central de la UNAM de 9 a.m. a 9 p.m. También disfruté mucho las bibliotecas de la Universidad del Claustro de Sor Juana y de la Universidad Loyola del Pacífico, donde impartí algunas materias.
Asimismo, ahora y desde mi licenciatura, disfruto mucho pasar tiempo en el Centro de Recursos para el Aprendizaje y la Investigación P. Florentino Idoate (CRAI) de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA). Las bibliotecas son mi lugar seguro.
Me considero una lectora afortunada, porque en la casa de mis padres siempre hubo muchos libros y durante mis años de primaria podía ir a la biblioteca del colegio todos los miércoles y escoger un libro semanalmente. Me peleaba por ser la primera de la fila. En esa época, leí mucha literatura juvenil de aventuras y de detectives, tuve un romance intenso con Agatha Christie.
Considero que haber tenido una educación privada en El Salvador fue un privilegio que contrastó cuando conocí que la educación pública, laica y gratuita de la UNAM superaba con creces dicha educación y qué bueno. Ahora creo mucho más que la educación debe ser pública, laica, gratuita y de calidad.
Creo que la forma más dócil de escribir es leer, que escribir es creer a ciegas que alguien escucha y que, como decían los povera, no hay una diferencia esencial entre el arte y la vida. La lectura me ha hecho inmensamente feliz y a ella le debo casi todo lo que soy como humana.
Sin embargo, creo que no solo es necesario leer los libros, sino las señales de la madre naturaleza, las líneas invisibles del trabajo de cuidados y he comprendido que no soy menos importante, al contrario, por dedicar tantas horas al día a lavar, tender y doblar mi ropa y la de mis hijos, por ejemplo.
Con mis hijos, aprendí a leer la vida de otras múltiples y variadas formas y puse a prueba todo lo que he leído de psicología y crianza.
Considero que leer ―los libros y la vida― no debería ser el privilegio de pocos y juro sobre Tierra de infancia que leer te permite poner en duda todo lo que uno da por hecho.
Sin embargo, soy integrada, no apocalíptica, y creo que los nuevos dispositivos de lectura, cualesquiera que estos sean, también son válidos.
Por ejemplo, considero que leer pdfs, posts o reels en redes sociales no es de menor importancia que hacerlo en un libro en papel. Tampoco soy de las que va a criticar a los jóvenes por farmear aura. Eso sí, a la Inteligencia Artificial le temo tanto como al señor del saco, a pesar de que me ha devuelto varias horas de mi vida cuando de transcribir se trata.
Confío en que la IA no nos suplantará, porque no hay ente artificial que decodifique de forma tan subjetiva y compleja un texto literario, como sí lo hace un ser humano. Cruzo los dedos.

Lauri Cristina García Dueñas (San Salvador, 1980). Escritora y periodista salvadoreña quien vivió durante 15 años en México y hoy está de vuelta en su país natal. Maestra en Comunicación y Cultura por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Sus trabajos más recientes son el poemario Átavica memoria: Virginia (DPI, 2017) y las obras de teatro Mamífera (2018) y Del otro lado del cielo (2020), escritas para la compañía Matrioska de Acapulco. Tiene diez años de experiencia como docente y tallerista.
