Gabriel Otero comparte una selección de Barberías, una serie de relatos breves que giran en torno a un oficio lleno de tradición, curiosidades y de rituales para lograr la belleza estética
Gabriel Otero | Escritor, editor y gestor cultural
LA BARBERÍA DE DON PRÓSPERO
El maestro barbero afilaba la navaja en el asentador, con la mano izquierda lo estiraba y con la derecha tomaba el mango para que el filo rozara vigoroso el cuero. Él era de los fígaros de antes, cuando el oficio era respetable y las heridas de la cara se curaban con piedras de alumbre.
El rito de aguzar el metal fino lo repetía a diario antes de abrir el local que, por lo general, tenía su mayor afluencia por las tardes, cuando los señores, enfermos de la manía de la pulcritud, salían de sus trabajos y previo a regresar a sus casas, pasaban a mantener el estilo y corte conservador.
La barbería se ubicaba en una zona estratégica en la 25 Avenida Norte junto al supermercado América, a unos pasos de la entrada del Externado San José. Tenía dos pisos, en la planta baja se atendía a los niños en asientos que tenían figuras de patos o caballos y la segunda planta estaba destinada para los señores. Ahí había una sala de masajes con sauna y además de los tradicionales cortes de pelo y barba, se ofrecían manicure y pedicure.
Don Julián era cliente regular de la barbería de don Próspero. Asistía los sábados cada quince días, cuando se le antojaba que lo afeitaran al ras y le recortaran el bigote. Yo lo acompañaba y leía todas las revistas mientras esperaba a que él cumpliese su ritual, esa particular delicia la entendí muchos años después, cuando, ávido buscaba los mejores lugares para acicalar la barba.
Primero le cortaban el cabello con tijera. Cada pelo era minuciosamente tonificado. Masajeaban su cuero cabelludo hasta lograr un efecto adormecedor. Al terminar, don Próspero le mostraba el corte en un espejo rectangular para que él viese el resultado o pidiera ajustes milimétricos, un pelo de más o echado de menos.
El peluquero-barbero conocía las exigencias de clientes como don Julián.
Después venía el verdadero placer. Don Próspero reclinaba la silla en un ángulo para generar comodidad absoluta y facilitar el proceso de afeitado. Le colocaba bolsas de té en los ojos, después, compresas calientes en la cara para abrirle los poros y expulsar las impurezas acumuladas por el aire. Simultáneamente, la manicurista se sentaba en un banquito y colocaba una mesa a la altura de la cintura, le estiraba el brazo y lo tomaba de la mano para extenderla y comenzaba a buscar posibles padrastros en los dedos y cortarlos con unas tijeras pequeñas. Luego, con presteza, limaba las uñas y sus cutículas quedaban rosas y relucientes. Repetía lo mismo con la otra mano.
Y como si hubiese algún tipo de sincronía, don Próspero aplicaba entonces compresas frías antes de afeitar a don Julián, que se relajaba tanto hasta dormirse. Entonces, el barbero cogía la brocha y la espuma en un pequeño recipiente para untárselo por el mentón y las mejillas.
Venía el detalle.
Don Próspero no podía distraerse en ningún momento por el riesgo de cortar la piel si movía en exceso la navaja, el proceso de rasurar era lento y preciso hasta terminar el último poro. Después, le untaba colonia astringente. A esas alturas, don Julián despertaba con cierto ardor. Por último, le quitaban la bata impermeable y se levantaba.
Don Julián siempre dejaba buenas propinas. Hoy la barbería de don Próspero ya no existe. Tampoco el supermercado y los alrededores. El lugar cambió tanto que hoy resulta irreconocible.
Las barberías actuales pretenden parecerse a la de don Próspero. Es inútil: nunca serán iguales.
Lástima.
PARMÉNIDES CANDELARIA
Don Próspero tuvo numerosos discípulos en el arte de barbear. En el transcurso de 50 años de ejercer el oficio, formó de manera empírica a varios jóvenes que aprendieron el uso correcto de la navaja y las tijeras. Las máquinas rasuradoras eléctricas, aunque útiles, se inventaron para toscos incompetentes que jamás tendrían la pericia y la técnica de un buen barbero.
Parménides Candelaria, un migueleño nacido el dos de febrero y bautizado acorde al día del santoral, como se acostumbraba (corrió con suerte de que sus padres no se decidieran por los nombres de Burcardo o Flósculo), fue el depositario del legado de los secretos de don Próspero. Comenzó desde abajo, barriendo los pelos cortados de la clientela y cepillando las tinas lavadoras de cabello. Después ascendió y tuvo la posibilidad de convertirse en el estilista oficial para niños, y fue pasando por toda la jerarquía de la barbería hasta llegar a ser el segundo de a bordo.
Nada sucedía en el local de la 25 Avenida Norte sin la anuencia de Parménides Candelaria. Sin embargo, vendrían tiempos difíciles y de renovación, las barberías empezaban a transformarse en estéticas unisex, y las que no, estaban condenadas a desaparecer. Una legión de afeminados egresados de las escuelas de peluquería en México y Nueva York, expertos en cosmetología y estilismo, encabezaron el cambio. Para una sociedad tradicional y mojigata como la salvadoreña, le sería complicado adaptarse, pero al final no tendría opción.
La barbería de don Próspero tenía cada vez menos clientela. De ser un lugar bullicioso, un silencio de muerte la invadió hasta hacerla claudicar. Don Próspero, cansado e invadido de cáncer en la próstata, se retiró y a los pocos meses falleció abandonado a su destino en la cama de un hospital.
Parménides Candelaria fundó, entonces, su propia peluquería, acorde a los caprichos de belleza de las nuevas generaciones. Abrió su local sobre la calle Gabriela Mistral, casi esquina con el Boulevard de Los Héroes, y le imprimió un toque juvenil y colorido a las paredes de la estética; pero no abandonó la barra bicolor y la colocó en la entrada.
Los niños a los que había cortado el pelo en la barbería de don Próspero ahora eran adolescentes y jóvenes. Empezó a atraerlos a su negocio mediante un marketing poco usual: se suscribió a las revistas Hustler, Playboy y Penthouse y se las proporcionaba a la clientela mientras ocurría el proceso de corte de cabello.
Aquello se abarrotó de testosterona juvenil, tanta que había una agenda repleta de citas con varios meses de antelación. Los papás no entendían aquella manía perniciosa de sus hijos de cortarse el pelo tan seguido. Lo de las revistas era un secreto a voces en los colegios de hombres y nadie podía perderse el espectáculo impreso y la selección de mujeres de Hugh Hefner, Larry Flint y Bob Guccione, gurús de la pornografía y cuyos nombres y obras estaban proscritos en las iglesias y los manuales de buenas costumbres.
Pronto, Parménides Candelaria estableció otra sucursal en la avenida de Los Andes, frente al antiguo hotel Camino Real. El negocio iba de maravilla. Planeaba abrir otras peluquerías en Santa Ana y San Miguel, hasta que una madre de la liga católica se enteró por las infidencias de su hijito sobre el material impreso que veía cuando le cortaban el cabello.
Y se armó el escándalo.
Acusaron a Parménides Candelaria de perversión de menores y huyó del país escondido en un camión con un cargamento de mamones. Jamás regresó.
Los que fuimos a su peluquería la recordamos como sitio de culto y el único lugar en donde se podía ver pornografía libremente.
Juventud divino tesoro*, te fuiste para nunca más volver.
CINDY LA ESTILISTA
Sus yemas en el cuero cabelludo causaban un placer más allá de este mundo. El agua tibia recorría cada cabello hasta la raíz, y ella, delicada, masajeaba el cráneo y rozaba las ideas. La sensación de adormecimiento pesaba cual plomo en las pestañas. Lo único que tenía era cierta incomodidad en apoyar el cuello en la fría tina de cerámica.
Cindy tenía manos prodigiosas. Hacía real el mito del crecimiento del cabello en menos de un mes, y había que acudir al inexorable corte que implicaba lavado y despunte. Era una estilista de conversación fácil y agradable. Se debía hacer cita porque era muy requerida y talentosa. Lo mejor llegaba al final del día, cuando se era el último cliente, para gozar de tratos y atenciones preferenciales.
Primero tuvo su estética en Metrosur, en un pequeño local con vitrina sobre el pasillo principal para luego trasladarse a un espacio cuatro veces más grande en Metrocentro. La estética de Cindy rompía esquemas en cuanto a la calidad de este tipo de negocios en centros comerciales que, como norma general, son malos y caros. Su perfil unisex tenía la versatilidad de atender a mujeres y hombres con el mismo nivel de exigencia; sin embargo, lo más costoso y sofisticado siempre fue el tratamiento de belleza para mujeres.
Ellas, desde temprano, acudían a su cita para practicarse en cabeza, pies y manos toda la variedad alquímica de servicios que incluían, desde los despuntes elementales de cabello y sus blondas luces, hasta las complicadísimas trenzas africanas.
En su momento de apogeo, la estética de Cindy llegó a tener 26 empleadas en dos turnos, y así duró dos o tres años. La última vez que asistí al lugar para un masaje de cuero cabelludo fue antes de casarme. Eso sucedió hace tres décadas. Dudo que el negocio aún exista.
El tiempo corre como un caballo desbocado, y vale la pena recordar a Cindy y su espléndida estética como un sitio pleno en el que yo olvidaba las presiones y, en sus manos, me sentía transportado al nirvana.
Hoy mi pelo pasó a mejor vida.
CHESTER
A Chester no le gustaba mirarse al espejo mientras le cortaban el cabello. Bajaba los ojos como si le diera pena su reflejo. Su conducta era ridícula. La vanidad es el aliento para asistir a una estética, sino ¿para qué? En teoría es para verse bien y sentirse mejor.
Pero Chester desviaba la mirada. Tal vez porque el estilista era notablemente emanado del Grenwich Village de Nueva York con su melena afro y rubia, los ojos profundamente azules y sus modos gay abiertos, tal como, años después, declarara un famoso cantante ante las sospechas de su sexualidad: lo que se ve no se pregunta. Así era el blondo profesional del cabello, la obviedad era su característica.
¿Quién mandaba a Chester meterse a esa estética en la esquina de Lindavista y Manizales en el norte de la Ciudad de México? ¿La fama del estilista? ¿O sería cierto que los homosexuales tendrían el talento y glamur para cambiarle a uno la imagen? El asunto es que ahí habíamos concurrido después de clase, como dos típicos preparatorianos, a que nos tijerearan el pelo en capas, con raya o camino en medio. Para mí, era lo más simple del mundo, para él, que recién regresaba de un intercambio en Londres, no.
La timidez de Chester suplicaba que el estilista terminara con esa tortura de estar sentado frente a un espejo de mitad de pared. Ahí nada se escapaba. Su enorme nariz aguileña se veía más pronunciada, digamos que un tucán tenía el perfil más discreto que el del amigo Chester, y el soneto a una nariz de Quevedo con aquellos versos célebres del “erase un hombre a una nariz pegado”, palidecían ante el reflejo contundente de mi compañero.
Aunque, pensándolo bien, Chester tenía razón. A medida que le cortaban el cabello, su nariz parecía expandirse, le invadía la frente y sus mejillas se hacían redondas y sus ojos se hacían chiquitos como almendras, pero aún no sucedía lo peor. El estilista terminó y cobró una buena cantidad por el acicalamiento profesional de ambos, es un decir, a Chester no le lucía para nada la innovación en el corte.
Chester bajó de la silla a toda prisa, abrumado. Abrió la puerta de cristal del local con la indeseable suerte de encontrarse con la camioneta de Chacón que transportaba a otros buleadores profesionales de nuestro colegio. Así se pudo escuchar una serie de improperios juveniles en la calle de Lindavista, que iban desde el mayate, joto, muerde almohadas, flor de loto, y jacaranda hasta el personalizado y directo: Chester es puto y le gusta.
Una meada me libró de la avalancha de comentarios por hacer escala en el baño antes de salir de la estética. No obstante, pude escuchar el griterío alejándose. Chester al verme me reclamó. Yo solo me carcajeé con ganas y, para mis adentros, lo compadecí.
Al día siguiente, los rumores sobre su sexualidad retumbaron en las paredes del Tepeyac. La leyenda negra se esparció como reguero de pólvora, aún después de haber salido de bachilleres. Chester era, para algunos, el joto que le pagó favores sexuales a otro joto.
La estética desapareció. Hoy es una veterinaria. Chester, de 59 años, recuerda ese día de primavera en que su reputación se hizo añicos.
La adolescencia es cruel.
BARBAS RALITAS Y BARBITAS
Los ves por todos lados con sus barbitas miserables, sus hileras de pelos levemente crecidos, pelitos ralos sin el volumen serio y carácter de una barba real, pero ellos se sienten soñados, viriles y conquistadores. Se proyectan con las pelusas recién salidas de sus ídolos reggaetoneros como el conejo malo u otros cantantes emergentes igual de nefastos en su apariencia y en su música.
Para ellos, los hombres de este milenio crearon decenas de barberías que cobraron un nuevo auge. Las hay en cada esquina. Ahí se ofrecen servicios pretenciosos y a todo precio, desde mascarillas exfoliantes para metrosexuales hasta varoniles depilaciones de cejas o todo lo contrario: aumentarlas con minoxidil para que se vean como gusanos azotadores.
Para la mayoría de los hombres lampiños ser barbado es facilísimo. Bastan algunos días sin rasurarse. El autoengaño al tope, y voilà, pueden delinearse laberintos y figuras con sus barbas de dos docenas de vellos. Éstas difícilmente crecerán, pero eso no importa: lo interesante es la ilusión de sentirse peludo como oso u hombre lobo, y apreciarse, seguro frente al espejo, dueño de sí.
Hoy ya no es inalcanzable el antiguo oficio de barbero. Cualquiera puede aprender con tutoriales básicos en YouTube y una rasuradora eléctrica con sus cortadores numerados del uno al tres. Si acaso, acudir a la academia a cursos de medio año, pero también, es preciso decirlo, hay mujeres barberas excelentes y jóvenes talentosos y profesionales, incluso mejores que los barberos de antaño; pero descubrirlos equivale a encontrar una aguja en un mar de heno.
DE BARBERÍA EN BARBERÍA
Mi barba ha cambiado de color acorde a mi edad. Hace quince años tenía tres colores. Hoy tiende a encanecer a diario, pero el candado principal permanece rojo, bastante encendido.
Una buena barba brinda personalidad e infunde respeto. Es parte primordial de la apariencia propia. Por eso hay que cuidarla, lubricarla con aceites y untarle bálsamo para evitar resequedades. Además, se debe acudir con un profesional para podarla cada cierto tiempo.
Las buenas barberías son escasas. A las que yo iba las han ido cerrando por incosteables. El problema con las restantes es la duda. Se requiere audacia para confiarle el rostro a un desconocido. Un barbero es igual a un confesor, un artista del vello que sabe que si corta de más puede arruinar no solo una barba sino estropear un distintivo.
A mí me sucedió hace un mes. Fui a una barbería de cadena, nada barata, en la que el binomio corte de cabello y arreglo de barba costaba alrededor de cincuenta dólares. La atención era buena, pero me llamó la atención que el denominado “maestro” barbero. No tenía más de treinta años.
Le di indicaciones precisas de cómo quería el acicalado de mi querida barba. Le dije al “maestro” que la poda debía ser en concordancia a mi imagen respetable y le señalé con el dedo hasta dónde debía llegar con la tijera. Todo iba bien: el té en los párpados, el masaje facial y las toallas relajantes en la cara.
Como siempre, en estas situaciones, me quedé dormido, tal vez más de la cuenta. Al despertar sentí, horrorizado, que el mentado maestro había cortado más de cinco centímetros de pelo muy cerca del mentón. El tipo al verme tan irritado se apresuró a levantar el asiento y a quitarme la capa. Pálido, afirmó haber seguido mis indicaciones.
Después de los reclamos, pagué y salí contrariado. Ese mismo día escribí una reseña del lugar y la publiqué en internet: debut y despedida con esta barbería, el barbero hizo todo lo contrario a lo que pedí, le indiqué con el dedo hasta donde quería que me cortara la barba, le dije que necesitaba un corte de barba respetable, no delineado ni de reggaetonero. Por fortuna me crece rápido. Y con todo y disculpas me cobraron los 905 pesos del corte de pelo y la barba. Consejo: si usted usa barba no vaya a este lugar, no saben cuidarla, es de los cientos lugares emergentes, pretenciosos y no profesionales.
Hoy la barba creció, sigue soberbia y frondosa, a pesar de la novatez de algunos “maestros”.
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* Versos de Rubén Darío

GABRIEL OTERO. (San Salvador, 1965). Poeta, articulista, administrador y promotor cultural salvadoreño-mexicano. Autor de los libros “Remanso de las piedras” (Dirección de Publicaciones e Impresos, El Salvador, 1993); “Entre el aire y tu piel” (Dirección de Publicaciones e Impresos, El Salvador, 1994); “Sueños de Caín frente al espejo” (Biblioteca Portal de Poesía, España, 2006); “Cronogramas” (2006); “Semillero” (2007); “Cosas dichas al camino” (Instituto Romera de la Ciudad de México, 2008); “Postales” (Artículos, crónicas y ensayos, 2014); “Espejo de paradojas” (Proyecto Editorial La Chifurnia, El Salvador, 2017); “Memoria de San Salvador” (2019); “Textos para sobrellevar la cuarentena” (2020); “Léase después de la pandemia” (2022); y ,“Todo puede empeorar” (2024). Tiene en preparación el poemario “Versos rosarrojos” y la compilación de artículos y ensayos “La democratización de la estupidez”. Su obra ha aparecido en las antologías: “Novísima poesía salvadoreña”, (Revista Presencia, El Salvador, 1991); “Piedras en el huracán: antología de poesía joven salvadoreña de la década de los 80” Compilador: Javier Alas (Dirección de Publicaciones e Impresos, El Salvador, 1993); “Antología de Poesía Hispanoamericana” Compilador: Leo Zelada (Ediciones Lord Byron, Madrid, España, 2007); “Poética del reflejo: 15 años de Letralia” (Ediciones Letralia, Caguas, Venezuela, 2011); Segundo Índice Antológico de la Poesía Salvadoreña” Compilador Vladimir Amaya (Índole Editores, El Salvador, 2015); y “Los insurgentes cian” Torre de Babel, Antología de Poesía Joven de Antaño Vol. XII Compilador Vladimir Amaya (Editorial Equizzero, El Salvador, 2016), y Diccionario Escolar de autores salvadoreños de Carlos Cañas Dinarte (Editorial Cinco, El Salvador, 2019), entre otras publicaciones.
