Sal

Compartimos el cuento «Sal» del narrador salvadoreño Óscar González Márquez. Este texto forma parte de su primera publicación Algo va mal un inquietante material narrativo presentado en 2025 bajo el sello de Índole Editores

Óscar González Márquez  Comunicador social, investigador y bibliotecario

La hoja de sal se le deshizo en la palma. 

Roberto no lo podía creer. Corrió a casa de su madre, emocionado. Sus pies descalzos se lastimaron, pero a él no le importó. Debía contárselo pronto. 

La encontró en la cocina friendo un pescado. 

—Mamá, no lo va a creer.

—Lavate las manos, ya va a estar la comida.

—Pero, mamá…

Ella caminó hacia él, agarró su mandil y le limpió el rostro mugriento. 

—Lavate las manos, comemos en silencio y luego hablamos. 

El niño quiso contradecir a su madre, soltarle lo que había ocurrido, pero se contuvo. Comería rápido.

El pescado tenía pocas espinas, el arroz estaba seco, pero el limón ayudó a humedecerlo. El niño se comió hasta los ojos. Su madre, contenta por verlo comer, terminó su comida despacio. Cuando ella se llevó los platos de la mesa, para dejarlos en el lavadero, y regresó, él habló:

—¡Mami, las hojas del manglar son de sal!

—No, no son de sal, mi niño, lo que pasa es que por recibir el agua de mar absorben la sal y ésta termina en sus hojas. Si las tocás por encimita tienen esa pequeña capa blanca, que si la probás es sal.

—No, mamá, no la tienen encima. Las hojas son de sal. Blanca, blancas.

—¡Ay, hijo, qué imaginación!

—Vamos, mamá, vamos al manglar.

—Acabamos de comer.

—Mamá, por favor… Vamos despacio.

—Bueno, caminar nos va a caer bien para la digestión. Pero ponete chancletas.

—Sí, sí.

María se detuvo. Observó un viejo árbol de mangle rojo. Sus hojas parecían cristales. Se acercó y arrancó una que, inmediatamente, se desmoronó en granos de sal. Intentó tomar un par más y el resultado fue el mismo. No salía de su asombro. 

Roberto la miraba entusiasmado.

—Ves, mami, ves.

—Sí. Sí, veo. Esto es sal. Son de sal.

—Sí. ¿Y por qué pasa eso, mami?

—No lo sé. Vamos al pueblo.

María arrancó el motor de su lancha, sin dejar de pensar en las hojas de sal. Se puso en camino dejando su isla para ir a buscar a don Chepe y a don Pablo. Ambos eran líderes de la comunidad en la zona y, si les demostraba lo que pasaba, podrían buscar a alguien que les pudiera explicar qué ocurría. Podría ser, pensó María, uno de esos biólogos que hace años venían a estudiar el manglar y el agua. Ellos podrían dar una respuesta. 

Don Chepe había salido del pueblo, pero don Pablo aceptó acompañarla, a pesar de su incredulidad. Don Pablo estimaba a Robertito, le recordaba al hijo que perdió en la guerra. 

Ya no eran uno, sino tres árboles de hojas saladas los que encontraron. Don Pablo no se atrevió a tocarlos. Sólo los admiró, callado. Se sentó en una piedra mientras se masajeaba la frente. No vio, pero María y Roberto sí, cómo las hojas de los árboles cercanos cambiaban. María le puso la mano en el hombro para sacarlo de sus pensamientos. Él la vio y vio su dedo apuntando al manglar. Todas las hojas eran ahora de sal.

Don Pablo se levantó de golpe y casi pierde el equilibrio. 

—¡Vamos al pueblo!

Don Pablo empezó a caminar, seguido de María. Mientras, Roberto, con una amplia sonrisa, quería celebrar que pudo arrancar una hoja entera. La llevó a su boca. El niño se convirtió en sal.

Óscar González Márquez. (El Salvador, 1985). Comunicador social, investigador y bibliotecario. Miembro del colectivo literario La Mosca Azul. Sus relatos aparecen en El territorio del ciprés (Índole, 2018), La soledad de los errantes, (2019), A la buena de Dios. Historias de migrantes del norte de Centroamérica (2021) y Daños colaterales (Abrojo, 2024). Es coautor de En busca del Principito (Índole, 2022) y compilador de Son como suspiros liberados. Literatura por los mártires y la memoria de la UCA (2024). 

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