Las escritoras en el MUPI

Una reciente visita de investigación al Museo de la Palabra y la Imagen de El Salvador llevó a la escritora Mónica Albizúrez a evocar la memoria de algunas de las intelectuales, muchas veces excluidas de la Historia oficial, cuyo legado resguarda ese centro

Mónica Albizúrez Escritora y académica guatemalteca

Entrar a un archivo es aprender una nueva mirada.  Se recorre visualmente la arquitectura, que asegura la custodia, y se focaliza luego el detalle del documento. Subo las gradas y el ventilador en el techo gira constantemente amainando el calor de San Salvador. Jakelyn tiene listos los legajos que pedí hace unas semanas y me los entrega junto a unos guantes desechables de polietileno. Pienso en las texturas, los pliegues y las marcas de las hojas que leeré y las que yo mismo escribo. Estoy en el Museo de la Imagen y la Palabra, más conocido como el MUPI.

Aunque fundado oficialmente en junio de 1996, años después de la firma de los Acuerdos de Paz, el MUPI empieza con el rescate de archivos sonoros y visuales en los frentes de guerra. De ahí que la memoria de los años álgidos de aquella guerra sea un objetivo importante, pero también la memoria de las escritoras centroamericanas. Allí se encuentran cartas, actuaciones judiciales, cuadernos, partituras y fotos que, siguiendo la nomenclatura de la historiadora Arlette Farge,  constituyen los “restos o sobrantes” (“reliquats”) de una historia oficial que por muchos años obvió la existencia de aquellas escritoras.

Me detengo en algunos objetos y textos que me hablan de ellas. Como la blusa de manta de algodón con bordado en el cuello, que perteneció a Lilian Jiménez (1921-2007), cuya vida empieza en Santa Ana y luego traspasa la frontera, al instalarse en Guatemala durante los diez años de la primavera democrática guatemalteca, de 1944 a 1954. Allí estudió en la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos y se casó con el poeta Raúl Leiva. Su nombre reclama releer la vida cultural de aquel periodo, desde la participación oscurecida de las mujeres. Después de la contrarrevolución, Jiménez partiría exiliada hacia México y regresaría posteriormente a El Salvador en 1956, ya divorciada, antes de volver a México en la década siguiente. Pienso que esa blusa y un collar de cuentas rojas permiten imaginar a Lilian Jiménez enraizada en esta región centroamericana de inestabilidades políticas y de creatividad en situaciones de urgencia. De esa creatividad nacen ensayos y poemarios, cuyas portadas leo detrás del vidrio de una vitrina. El Salvador, sus problemas socioeconómicos; Guatemala, rosa herida e Insomnio en la cárcel.

Sobre la humedad del aire, cuando la tarde avanza, resuenan en mi lectura los instrumentos musicales, las melodías, las tradiciones y las palabras pipiles que María Barrata (1890-1978) inventarió y analizó con la determinación de una etnóloga, durante los años 30 y 40 del siglo XX. Ella le llamó hacer folklore. Su pasión por la cultura popular salvadoreña la llevó a recorrer la geografía del pequeño país y consignar sus investigaciones en el monumental estudio Cuzcatlán típico (1951). Este libro tiene un formato grande y una portada con pequeñas manchas y rajaduras, que  guarda no obstante el esplendor de figuras prehispánicas en rituales y fiestas. Su propia composición Xochiquétzal está presidida por una alegre danzarina inclasificable, tal vez maya, tal vez hindú. Pero mucho antes, la memoria de Baratta se sitúa en la infancia. Tomo con delicadeza un devocionario de cartón rígido y recubierto de una tela fina, con la dedicatoria “en su primera comunión…1902”.

Por su parte, la vida de Amparo Casamalhuapa  (1910-1971) se me aparece en el MUPI desde un manuscrito y una libreta. “Canto del exiliado perenne” está escrito en hojas de líneas, con una caligrafía redonda a lápiz y puntuales correcciones en pluma. El exilio fue la experiencia que Casamalhuapa vivió al desafiar al gobierno del general Maximiliano Hernández Martínez cuando, en 1929, en el aniversario del presidente Gerardo Barrios, se pronunció sobre la corrupción de aquel gobierno dictatorial. En aquel canto ella escribe: “Tierra de un solo mar / Yo te recuerdo con la punzante angustia del ausente / qué harás lejos de mí”.  La distancia obligada de la patria / matria se percibe no solo en este canto, sino en una pequeña libreta de bolsillo en donde conviven versos, direcciones, datos variados y números telefónicos de personas, todo consignado en desorden. En la primera página, está su propio nombre, su nacionalidad salvadoreña y sucesivamente números telefónicos tachados y una dirección en México. Puedo suponer el carácter provisional del exilio y también la angustia, “porque acaso la voz tampoco vive / sino como un recuerdo en la garganta.” Esto se lee en una esquina de una página de la libreta.

Volver la mirada a las mujeres escritoras centroamericanas presentes en el MUPI, como en otros archivos, constituye un gesto de justicia histórica. Escribir sus historias con la ayuda de documentos y objetos materiales en archivos públicos y privados significa construir una renovada versión feminista del pasado cultural centroamericano.

Cuesta salir del archivo, porque es el espacio emocional e histórico del reencuentro.


Mónica Albizúrez
Mónica Albizúrez. Doctora en literatura hispanoamericana, abogada y escritora. Se dedica a la enseñanza del idioma español en la Universidad de Hamburgo. Es autora del libro: Modernidades extremas en América Latina (2017). Ha sido coeditora de los libros: Poéticas y políticas de género: ensayos sobre imaginarios, literaturas y medios en Centroamérica (2013) y Teaching Central American Literature in a Global Context (2022). Además, ha editado los libros: Urgente futuro: escritos sobre Alaíde Foppa (2024) y "No me quise quedar al margen": los textos sobre literatura de Alaíde Foppa (2024). Entre su obra creativa se encuentran las novelas: Ita (2018) que fue finalista del concurso BAM de novela 2017 y La letrada (2023) ganadora de la  Bienal Guatemalteca de novela Terrena 2022.  Es columnista del diario digital Plaza Pública.

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