Éramos carroña

Esta es la historia que le da nombre al segundo libro de relatos de Carlos Calderón del Cid, el autor guatemalteco, residente en Brasil, que ha sido ganador de los prestigiosos premios BAM Letras, Carátula de Cuento Breve y el Mario Monteforte Toledo

Carlos Calderón del Cid | Escritor guatemalteco

Esa tarde entré en la casa y esperé verlo borracho en el jardín, pero no estaba. Antes de llegar a la sala salió a recibirnos, camisa y pantalón planchados, zapatos negros lustrados, la barba hecha y perfumado. Mi madre lo abrazó efusivamente, «Como me gusta verte así, papi». Mi hermano y yo lo abrazamos contentos. Llegó mi tía con mis primos y fue la misma sorpresa. A la hora del almuerzo el abuelo se sentó en la cabecera de la mesa ante la mirada recelosa de la abuela. Quiso servirnos caldo, pero el temblor de sus manos se lo impidió. Mi madre le quitó sutilmente el cucharón y le dijo, «No te preocupés, papi, te vamos a servir». Estaba siendo instruido en la incondicionalidad del amor. Mientras sorbíamos el caldo y nos secábamos el sudor con servilletas, mi abuelo dijo, quizás porque mi mamá contó que había revisado las tareas de sus alumnas, «Ustedes saben que yo no terminé sexto primaria…, pero incluso así logré participar de un seminario en literatura francesa, ahí en la Escuela de Letras…», hizo una pausa y levantó sus cejas pobladas, «… mi ensayo sobre El extranjero de Camus ganó el premio al mejor trabajo». Mi abuela, indignada, «Ay, Amílcar, ¿Por qué es tan mentiroso?, ¿Cuándo hizo un seminario de literatura francesa? …además, usted apenas sabe escribir». Mi abuelo se retrajo, apoyando su espalda en el asiento de la silla, «Antes de conocerte, Negra…», nos vio buscando aprobación, «… en serio, se los juro, gané el primer lugar». Mi mamá y tía reían, acariciándole los antebrazos a su papá. Los niños reíamos sin entender bien por qué. Era como si mi abuelo regresara de un viaje de años y en la mesa, compartiendo el almuerzo, nos estuviera poniendo al día con su vida. Después del postre, mientras los adultos aletargados tomaban café, los niños salimos por primera vez a jugar al jardín, pues siempre nos había parecido incorrecto jugar alrededor del cuerpo inerte e intoxicado del abuelo. Comenzamos jugando tenta, y vi al abuelo apoyado sobre el umbral de la puerta principal, fumando tranquilamente. Parecía otro hombre. Cuando terminó el cigarrillo, buscó la sombra del arbusto y se sentó sobre la grama. «Vení a jugar con nosotros, abuelito», dijo mi hermano. Aceptó y jugó un poco, quedándose sin aliento, y luego propuso otra dinámica, «Bueno patojos, el juego consiste en acostarse sobre la grama sin moverse, fingiendo estar muertos…», nos veía escuchándolo, «… pero es un juego grupal, si alguien se mueve, todos perdemos».  Me dio la impresión de que eran esos juegos falsos que proponían los adultos para que los niños nos sosegásemos, pero no dije nada. Sentí la grama y su escozor; oí la risa sofocada de mis primos, los silbidos de mi abuelo pidiendo silencio. El cielo era celeste y profundo, sin nubes o quizás estas se desdibujaron cuando apareció la primera ave atravesando el espacio en diagonal, una silueta oscura, planeando en los límites de la tropósfera. Salió de nuestro campo visual durante unos segundos y volvió, pero esta vez no cortó el cielo longitudinalmente, sino que se quedó rotando alrededor de un punto exacto e invisible. «Un zopilote», murmuró mi prima. Era un vuelo hipnótico y centrípeto que me privó, durante unos instantes, de la percepción numérica y temporal, porque cuando caí en cuenta, la luz era otra y ya no era solamente un ave sobrevolándonos, sino cinco, descendiendo cadenciosamente en espiral. El silencio era nuestras respiraciones contenidas. Los círculos cada vez más estrechos y rápidos, multiplicándose. Aves rapaces nos acechaban. Éramos carroña. Volteé ligeramente el rostro y vi a mi abuelo inmóvil, sonriendo y contemplando con los párpados abiertos los zopilotes que él esperaba y conocía. Vimos las garras curvas, las alas negras con las puntas blancas, las sombras más terroríficas, a menos de dos metros de altura, y nos incorporamos simultáneamente, corriendo hacia la puerta de casa, en un pánico de gritos agudos mezclándose con risas. «Nos querían comer», exclamaba alucinado mi hermano. En la sala nos abrazamos, riendo nerviosamente, sintiendo, por primera vez en un juego, que habíamos salido con vida de milagro. El abuelo también reía y posaba su mano sobre nuestras cabezas con tosca ternura. Nunca volvió a acariciarnos así.


Carlos Calderón del Cid. Guatemala. Publicó su primer libro de cuentos, Un bolero lleva tu nombre, ganador del Certamen BAM letras, en 2016. En 2025 publicó su segundo libro, Éramos carroña, que reúne los relatos galardonados con el XI Premio Centroamericano de Cuento Carátula (2023) y el Premio Centroamericano de Cuento Mario Monteforte Toledo (2024). Actualmente reside en São Paulo, Brasil.

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