Javier Vindel nos comparte, en exclusiva para El escarabajo, el cuento que le da título al libro El traje de piel de camaleón. Edición conmemorativa del trigésimo aniversario
Javier Vindel | Poeta y narrador
Don Eloy Paniagua poseía un unigénito traje. No era una prenda como las que vestimos usted o yo, aunque sí muy semejante. Sin afán de hiperbolizar, más allá de que no exhibía etiquetas de Yves Saint Laurent u Oscar de la Renta, afirmo que se trataba de una pieza digna de un rey. Poseía botones grandes y negros, mancuernillas de oro, costuras invisibles y solapas en triángulo. La íngrima diferencia —me atrevo a conjeturar, ya que estoy seguro de que no hubo prenda semejante— con otro ejemplar textil de su especie, fue que el traje de don Eloy estaba confeccionado de piel de camaleón. Por tal motivo mudaba de color de acuerdo con el estado de ánimo que experimentara en determinado momento su legítimo poseedor, y en relación directa con la catadura moral del personaje que se hallara a un palmo de distancia de sus pliegues.
Si don Eloy se encontraba alicaído o malhumorado, el Traje adquiría un tono marrón oscuro, tal de óxido de hierro, u opaco como los culos de botella de un diputado durante la discusión de un preñado anteproyecto de ley; si se hallaba risueño, el Traje se exhibía blanco como las teclas de un piano o multicolor como la placa de un radio a transistores; si se topaba de frente o perfil con un agente del orden público o ganaba la espalda a un gánster disfrazado de gentilhombre de negocios, reproducía el negro de los lápices carbón, el rojo peligro de los semáforos o el carmín sanguíneo del vino tinto; si discurría al costado izquierdo de un candidato o al derecho del Presidente en funciones, mudaba de color como un tutti frutti tornasol o adquiría un tono castaño ambiguo como de lobo con piel de oveja; si se estacionaba enfrente de un militar, de verde olivo, negro pólvora o un tinte no muy específico como el de un vehículo sin placas; y, si se arrimaba a una fémina, de variopintos tonos pastel, un fucsia aurora boreal o un hermosísimo azul lapislázuli, en armonía con la tonalidad psíquica que reflejara el aura de la niña, muchacha o señora en materia. Y asunto inexplicable, maravilloso, insólito de aquella obra de arte de la sastrería: si don Eloy trajinaba contiguo a un niño, adoptaba el color de los espejos.
Esta circunstancia harto singular constreñía a don Eloy entre dos fuerzas de signos opuestos: la ventaja, el espejismo psicocromático de aparentar un colorido y bien surtido guardarropa, adjunto a la oportunidad cotidiana de desenmascarar la catadura moral de las personas en las calles —en particular la de los políticos; aunque con ellos no había sorpresas: para radiografiar sus almas tan sólo se necesitaba el auxilio de un aparato lector de códigos de barra—; y la desventaja: ser y estar aislado de la curiosidad y el morbo de los demás, incluso de familiares y amigos, con el objeto de salvaguardar su secreto del mercantilismo sin escrúpulos y la publicidad de opereta de periódicos y revistas editados por el amarillismo, y tal coyuntura dúplex avecindaba al patatús su sistema nervioso.
Aunque con tales características constituía en sí una maravilla de la sastrería, el Traje escondía más sorpresas bajo las mangas: el polvo no se le adhería nunca, por más cenizas de cigarrillos o sueños roídos por dientes de ratón le cayeran; el agua no lo mojaba, así se zambullera una y otra vez hasta el fondo de una piscina o caminara docenas de kilómetros bajo un aguacero torrencial; cuando alguien ensayaba vestirlo sin licencia, se transformaba por dentro en una suerte de ponzoñosa piel de erizo, circunstancia que bastaba y sobraba para ahuyentar al usurpador, y, si éste resistía el escozor y las punzadas y no cejaba en su empeño, el Traje mudaba de estrategia y metamorfoseaba en una especie de camisa de fuerza hasta que concurría don Eloy y desvestía al impostor.
También funcionaba como chaleco antibalas, atavío de hombre rana, chal deportivo, bata de baño, sábana de Holanda y armadura medieval las enésimas veces que, revólver o puñal en mano, malhechores intentaron asaltarlo, fascinados por la distinción y el boato inherentes al Traje: espejismos que, fijándonos muy bien, observamos a menudo en aceras y parques: personajes vestidos de gala, aureolados de glamour, que no trajinan una moneda para el teléfono público.
A la hora de dormir, a don Eloy le bastaba con extender los brazos hacia los costados; el Traje se divorciaba como por arte de magia de su cuerpo y, con el revoloteo de un papagayo de casimir inglés, se posaba con delicadeza en el respaldar de la silla que utilizaba como guardarropa, comedor y mesita de noche.
Don Eloy transpiraba a través del Traje; si hubiera podido sangrar, hubiese sangrado a través de sus costuras. Conforme el ferrocarril del tiempo circuló sobre la vía férrea de sus músculos y huesos, brazos y piernas del Traje se adhirieron a sus brazos y piernas de tal manera que metamorfoseó en una especie de segunda piel. Y cuando a don Eloy se le manifestaron las primeras arrugas y manchas de la vejez, a modo de tatuajes y accidentes otoñales, al Traje se le exteriorizaron también con idénticas características y en análogos lugares. Entonces ya no se divorció de él, ni al acostarse, sino que durmió abrazándole como un ángel de la guarda. A la hora del sueño eterno, nadie pudo expropiárselo y don Eloy se fue hasta la matriz de la tierra con el Traje arrebujándolo a modo de una amorosa placenta con el cordón umbilical enchufado hacia Dios.

Javier Vindel. (San Pedro Sula, Honduras). Poeta y narrador. Ha ganado el Alfonsina Storni, Buenos Aires, Argentina; el Charles Baudelaire y la Porte Des Poetes, Paris, Francia; el Antonio Machado, Soria, España; y variopintos certámenes nacionales. Ha publicado El traje de piel de camaleón, El domador, El moño de la eñe y Pre-txtos y con-txtos (narrativa); y Primavera en botón, H2O y Álbum familiar (poesía). Ha sido traducido al inglés, francés e italiano y harto antologado. Es fundador y presidente de Fundación Abrazhon, organismo solidario-cultural. El traje de piel de camaleón, premio centroamericano de narrativa Froylán Turcios 1994, patrocinando por la Secretaría de Cultura y Turismo.
