Compartimos «Un Ser mínimo», de Juan Suárez, galardonado con el Primer Premio en el Concurso de Narrativa Allan Coronel 2024
Juan Suárez | Poeta y editor
Para Lua, Elena y Mary
Noviembre, 12
Siempre odié el blanco, en las paredes, en las ropas, en las caras de los niños enfermos. El blanco purísimo es el color de los hospitales: mandiles, agujas, preguntas, invasiones; es el color de la mentira, del miedo, de la mansedumbre. Siempre, incluso desde antes de que muriera mamita y la vistieran de blanco, un blanco que apenas emulaba el de su rostro, paralizado para siempre en la palidez, deformado por el misterio de una muerte enemiga de todo sosiego. Pero mi odio ha crecido hasta ser insoportable desde que volví a esta casa. ¿Cómo no iba a enloquecer la vieja, encerrada en tanto blancor, manicomio hecho por ella misma, a la medida? Ni un solo cuadro, ni un solo retrato, ni una sola mancha. Traté de buscar las fotografías, los retratos que recordaba yo de aquella infancia enterrada más profundo que el cuerpo de mi madre. Hallé cuadros y fotos en lo alto de un armario, envueltos entre sábanas. Mi madre no hubiera alcanzado jamás esa altura. Me pregunto si no los escondió allí aquel hombre del que hablaba mamá en los últimos años, al que se refería a veces como «él», nada más, y otras pocas como «eso», cuando la dominaban los brotes de locura en el teléfono, las últimas semanas. Habrá sido algún vecino que pensaba obrar bien.
Me he propuesto la tarea de volver a colgar las fotos, luchar contra las paredes desnudas, imponer el color. Es media tarde y me divierto observando las sombras de las cosas proyectadas, duplicadas en las paredes y las baldosas.
Noviembre, 14
Las fotografías y los cuadros amanecieron en el suelo. La lógica me impide culpar a algo más que no sea el viento o los clavos demasiado pequeños. El viento de este páramo, seco, impiadoso desde siempre con nuestras ventanas.
Mientras volvía a colocarlos en las paredes, sentí que algo se movía ligeramente detrás de mí. O sobre mí, o debajo. O como si una parte de mi cuerpo, una proyección de mí misma se moviera sin orden de mi cerebro. Movimiento ligero, casi un parpadeo. Sí, un parpadeo. Como de un gigante ojo que me vigilara. Debe haber animales dentro, en alguna de las muchas habitaciones que no he abierto aún. ¿Qué más puede ser? La casa lleva tiempo sin cuidados, y me niego a creer que los muertos regresan a lugares donde fueron infelices.
Noviembre 20
Sospecho de los niños del barrio, los niños siempre perversos que a veces saltan el muro y se roban los limones de aquel árbol que se resiste a morir ignorando el visible estertor que lo cubre igual que un manto luminoso, como a casi todo en esta casa. Cuando los descubro, corren y ríen, escudados por su juventud, protegidos por su feliz niñez campestre. Juego a perseguirlos, pero les dejo robar. Sin sus atracos, nada pasaría en este lugar, nada más que el clima del verano, la sequía y el aburrimiento. De alguna forma, ellos son lo más cercano que tendré jamás a aquella mentira llamada infancia, a las carreras sobre las tapias, a las astillas en mis manos repletas de frutos y a la sonrisa de mamá, muy escasa e insuficiente cuando yo le relataba, a los pies de su cama de enferma permanente, mis torpes hazañas de siete años.
Pero no sé como entran a la casa. Y por qué se toman la molestia de bajar los cuadros, retirar las fotografías, dejar impoluto y perfecto el blanco de las paredes donde las sombras de los árboles se posan como si fuera su territorio. ¿Qué Ser habla en los tímpanos de los niños para convertirlos en agentes de la locura de una mujer?
Diciembre 17
Uno de los cuadros cayó cuando pasé frente a él. No había viento. Nada había topado al marco de madera, ningún hilo posible de mi chal enredado en alguna esquina. Nada había rozado al cuadro, salvo mi sombra, inmóvil y potente bajo el sol de medio día.
Empiezo a resignarme al blanco, mis ojos empiezan una ceguera voluntaria.
Enero 12
Llamó la Gracia. Hablamos casi todo el día. En este lugar no se puede hacer más que llamar y contestar, preguntar sin verdadero interés y oír los largos silencios de la otra, interrumpidos a veces por la estática de los teléfonos. Cuando terminó de contarme sobre su nuevo novio —un tipo que no conozco pero que lo imagino, no sin cierto desprecio, cenando con ella, caminando con ella, roncando con ella, robándole sus minutos de soledad—, los temas de conversación pasaron a cosas sin importancia. Yo no tengo nada que contar. La llamada me ha revelado una verdad que yo ya sospechaba pero que no había entregado al lenguaje: llevo semanas de encierro en esta casa, buscando dejarla lista para la venta, tratando de recuperar cosas de mi madre que todos los días busco sin esfuerzo en los cajones, en los armarios, en el polvo debajo de los muebles. Me he olvidado de mi vida y, peor aún, empiezo a olvidar para qué vine.
Enero 25
Hoy lo vi por primera vez. Creo. Llamé a la Gracia para contarle y me ha dicho que consulte con el médico, que algunas enfermedades mentales pueden heredarse. O peor aún, detonarse después de eventos traumáticos. «Hazlo, amiga, y me cuentas. Te dejo porque el David…» y alguna tontería que ya no hice esfuerzo en escuchar. Pero ¿qué evento traumático?, ¿volver a la casa donde murió mi madre, balbuceando palabras que solo hacían más profunda la orfandad que había decidido darnos en vida, la orfandad que no terminaba de ser porque ella todavía respiraba?
Me niego a creer en la locura. Al menos en una tan puntual y tan repetida.
Febrero, 12
He encontrado los apuntes de mi madre y he leído, con más curiosidad que terror, sus confesiones, su forma de desear la muerte, su olvido del mundo. Pero algo en especial ha resonado en mi cerebro: en algunas notas, mamá dice extrañar su soledad. Que yo recuerde, después del hombre que la dejó y que ella insistía en llamar nuestro padre, no hubo ningún otro hombre en su vida. Ni perro alguno, ni un canario ni un pez siquiera.
Tal vez la Gracia tiene razón, y he heredado esa locura, porque a veces siento que alguien me acompaña por los pasillos de esta casa.
Febrero 20
Ya no cabe duda: ha sucedido igual que lo descrito en las notas de mi madre —que he leído y releído los últimos días, hasta el hartazgo, hasta casi memorizarlas, hasta que decidí quemarlas con un fósforo en el jardín. ¡Ah, qué bello arden las memorias de los muertos!—.
Iba a escribir que la he visto moverse, pero lo que ha sucedido en realidad es que la he visto permanecer inmóvil mientras yo alzaba los brazos para extender las sábanas en el alambre del jardín. La inmovilidad puede ser también señal de vida, de autonomía, de voluntad. Sucedió bajo el sol de medio día: su negrura espesa, profunda, extendida sobre las paredes blancas, perfectas, como un lienzo sobre el cual la luz pintaba la criatura viva de mi sombra. Sí, corrí, grite, hice todas las cosas que son normales en un ser humano aterrado. Pero es inútil. Como podrá suponerlo cualquiera: no se puede huir de la propia sombra. Traté de esconderme en la habitación, pero allí estaba, a mi lado, deslizándose como reptil en las paredes blancas.
En las noches me siento segura, porque la ausencia de luz difumina su figura vigilante. Trataré de escribir cómo evoluciona todo, aunque, para los incrédulos, esto se convierta en un diario de mi locura.
Febrero 21
Empiezo a asumir el destino de mi madre, su condena multiplicada en mi espíritu, como si al parirme hubiera marcado en mi sangre el designio de multiplicar su demencia, su desgracia. He salido yo, de su útero, cargando un cordón podrido, un gusano invisible que anticipaba ya la enfermedad, la ruina cerebral, anímica; una larva que durmió y comió en mí y se agitó, viviendo finalmente cuando volví a esta casa, cuando empecé a ocupar el lugar de la difunta.
Febrero 22
Como era de esperarse, nadie me cree. La Gracia me dice que hable con los médicos, pero yo sé que los médicos solo van a darme esas pastillas rojas que tomaba mamá y que la hacían dormir. Decidí contarle lo que sucede a un hombre de la iglesia, buscado el consuelo de la religión que ya hace años había desechado como se desechan los yogures podridos y las manzanas enmohecidas. Era un hombre de dios, según me dijeron, pero no logré más que asustarlo y obligarlo a entregarme una bendición con su mano temblorosa, por miedo, por pena, por obligación moral.
Siempre lo he creído: una esta sola cuando nace, cuando muere y cuando tiene miedo. El miedo nos aísla, nos contrae y nos encierra en nosotras mismas. ¿Tiene el miedo una forma específica?, ¿se lo ve contaminar los ojos mancha la piel, curvar los pasos? ¿Se ve como una enfermedad contagiosa que hace que los demás huyan? ¿Tiene olor el miedo?
Mayo 24
Retomo la escritura para sedar, por breves momentos, a los agentes de mi infortunio. Además, es lo único que puedo hacer y que a él parece no molestarle. Se queda allí, mirándome sin ojos, oscuro y violentamente inmóvil. Él, mi sombra.
Desde hace unos días, se ha impuesto la tarea silenciosa de arruinar todo lo que amo. O todo lo que empiezo a amar. Basta que yo sienta un poco de amor por cualquier cosa, que algo sea causa de una leve dicha, para que la sombra se proponga y logre desaparecerlo. Lo peor pasa con los seres vivos. Hace más de un mes recogí un perro que se había metido en el basurero de la calle. Un cachorro, llorón y maloliente, adecuado para inspirar piedad. Bastó una semana para que se volviera mi amigo, para que me alegrara las mañanas con sus ladridos y sus mordidas, para que fuera compañía. Bruno, lo llamé. Cuidarlo y alimentarlo había despertado en mí una fiebre maternal que me reconfortaba, que me daba paz en la desesperación de velar por el indefenso. Me sentí viva cuidando de Bruno, perdonando sus desastres, castigándolo sin severidad. Pero la sombra no tardó en notar mi nuevo propósito, mi nuevo motor emocional. Una mañana, Bruno despertó con las cuencas de los ojos vacías, oscuras, profundas como la sombra del medio día. Vivía todavía y tuve que solucionarlo. Matar la única compañía para que no sufra las desgracias de quien ahora se ha convertido en el único ser capaz de mirarme. Desde entonces, la sombra me mira con ojos de perro, con las pupilas para siempre tristes de Bruno.
Mismo mes, no sé qué día.
Noté que lleva meses haciendo excursiones nocturnas. Lo noté alguna vez cuando fui al baño en mitad de la noche, encendí la luz y vi la sombra proyectada lejos, alargada por el pasillo, por la ventana de la sala y por la calle. Al principio no sabía a dónde iba o para qué, pero no tardé en averiguarlo. Yo me había propuesto no mirar a la sombra —ya no la llamo mía, hace rato que ese posesivo que implica un cierto orgullo y amor dejó de ser útil—, me había propuesto ignorarla, dar siempre mi cara al sol para que él quedara a mis espaldas —sí, es un él, un macho—. Pero a veces, comprenderá cualquier lector, resulta inevitable. Lo primero que noté, además de los ojos siempre tristes de Bruno, fueron unas manos. Una manos oscuras e infantiles que surgían, con enfermo temblor, como vegetales malditos, del blanco de las paredes. Se mueven con la sombra, me siguen, colgantes, tristes e inútiles, a donde me mueva.
¡Ay, dios, si acaso existes, haz llegar en sueños mi ruego de perdón a aquel o aquella a los que mi sombra robó sus manos! Y guarda a Bruno contigo, mi pobre Bruno, que le dio ojos a eso, que le permitió ver por dónde ir a robar.
Diciembre, no sé qué día
El rostro que se ha fabricado no se asemeja en nada a los rostros creados por el señor: parece haber sido hecho por una entidad dueña de lo perverso. Los ojos de Bruno, siempre caninos pero ya no tristes, abiertos y atentos demasiado arriba en la frente. Una de sus cejas notoriamente más poblada, como si la otra hubiera sufrido las consecuencias de algún fuego encargado de mermar todo cabello facial. Carece absolutamente de barba y la nariz es demasiado abultada para el rostro que parece oprimido desde siempre y para siempre por una certeza de oscuridad. Los labios cosidos por hilos invisibles el uno al otro son excesivamente infantiles —¡Dios guarde a ese pequeño!—. Nada que se parezca a la simetría anatómica existe en aquel rostro y, a pesar de su peculiaridad, de su apariencia irrepetible, todo él —su cuerpo arrimado siempre a la pared blanca, sus manos permanentemente pegadas a los muros, el cabello ni rubio ni canoso— no invita a ser visto, a ser escudriñado, a detenerse en él. No inspira el terror que debería. Es como si él no estuviera allí, sino su ausencia, el residuo de otro, el triste desperdicio de alguien que fue notable hace mucho. Cuando mis ojos se cruzan, inevitablemente, con la furia de los suyos, siento que miro la profundidad de un maniquí, la forma de un cuerpo que no está vivo, que no puede estar vivo, que comunica haber nacido apagado y permanecer apagado a pesar de su existencia. Y que de esa vacuidad proviene un antiguo odio, una prehistórica envidia por mi vida.
Enero, no sé qué día
Creo que he ingresado a las salas del atontamiento, de la resignación, de la inmovilidad. Quizás pretendo la quietud plena, con la esperanza de que aquello provoque aburrimiento en él, un aburrimiento suficiente para que pierda interés en mi vida. Confío en que mi pasividad le producirá el deseo de marcharse y dejarme, como siempre se deja a los moribundos. Adopto la estrategia de la lagartija que finge morir. Soy la araña que se da por muerta para que el niño perverso deje de atacarla con la escoba. Ya no llama la Gracia, ya no vienen los niños a robar. Todo el mundo parece apoyar mi designio de quietud.
No sé que mes, no sé qué día.
A veces cierro los ojos por horas, finjo dormir, y él hace ruido para que yo despierte. Sospecho que le gusta ver mi envejecimiento acelerado a causa del miedo, el encierro y su infatigable tarea de asesinar mi quietud.
He tratado de recordar o imaginar un pasado sin él, y me he roto el tabique contra el muro de lo imposible, contra la pared de la aceptación: viene conmigo desde siempre y no existirá jamás un tiempo sin él. Ni siquiera mi primera existencia incompleta, forjándose todavía en el vientre materno, estaba libre. Cuando la luz del sol que mamá tomaba religiosamente atravesaba la membranas de su vientre, la sangre del útero repleto de mi insuficiente vida, ahí estaba él, más formado que yo misma, más vivo, anticipándose a mi primer llanto, a mi primera caída, a mi primera sangre, a mi primer dolor y a mi primera culpa; esperando, infranqueable, en un rincón del tiempo. Y mi miedo estaba con él: más real que el músculo cardíaco, más sólido que el pensamiento inexplicable todavía sin la lengua. Estuve, desde siempre, rendida a su dominio. ¿Lo supo mi madre y me parió a pesar de saberlo? Es la pregunta que me maltrata.
Sin fecha
He decidido entregarme a morir. Pero él no lo permite. Evita los cuchillos, las medicinas. Me obliga a comer con sus manos siempre enfermas y su rostro nacido del espanto. Me necesita viva, todavía está pegado a mí. Necesita a quien maltratar hasta que se cumpla la lenta consumación que nos hará desparecer a ambos. Ha volcado sobre mí todo el resentimiento que le nace de no poder vivir una vida autónoma, una vida propia. Imagino que su universo ha dictado: «si no puedes vivir como quieres, harás que la vida de otro sea minúscula, cúlpalo de tu mal, de tu delgada existencia». Y eso hace.
…
¿Cómo pudo la sombra, amiga, compañera, llegar a esto, a este agente de maldad? Las personas andan por el mundo con sus sombras, ignorantes del peligro. Les muestran sus cuerpos, sus maldades, sus miserables dichas, sus secretos más íntimos. La sombra es más familiar que dios.
Nacemos con las sombras, nos engendran con ellas, o quizás para ellas, a causa de ellas. Como monigotes para su mal, como corderos de su matanza, como el receptor que la violencia necesita para existir. Nuestros cuerpos les pertenecen, nuestras lágrimas, nuestras arterias. El cerebro y la voluntad que late, cada vez menos. ¿Cómo limpiarnos de esta sombra, cómo lo haría yo, si mi madre no pudo?
…
Sabía que llegaría el día en que yo tendría que darle algo. Se ha llevado mi lengua y me ha dejado el silencio para siempre. Ahora él está completo a costa mía. Lo oigo balbucear palabras, como recién nacido, lo oigo intentar una canción, lo oigo romper el silencio que yo no puedo quebrar. A cambio, mi vida se ha vuelto un desecho, un monigote.
Escribo para ver si el cosmos me lee. ¿A quién más podría hablarle ahora, en esta mudez, en este terror? Mi existencia ruinosa, Universo, debería darte vergüenza. La existencia de horror en todo Ser debería considerarse prueba de tu fracaso. Deberías orquestar tu propio fin, tu definitiva desaparición para borrar la vergüenza de haber fallado en la belleza. Mi vida es una forma de reclamo. Mi venganza, sutil y bondadosa: la sombra no puede separarse de mí, no es libre. Y yo le sonrío cuando regresa en las noches, frustrado y molesto, porque no puede alejarse de mí. Mi vida es una forma de fastidiarlo, y es, a la vez, garantía de su existencia.
….
Hay un hombre que me alimenta todos los días. No sé quién es, no sé cuánto lleva aquí. Pero me cuida, me lava a veces, me saca al sol del medio día. A veces recuerdo mi nombre. Julia. Lo escribo, como prueba de que estuve aquí, entre estas paredes blanquísimas. De que soporté algo, no sé qué, por mucho tiempo.

Juan Suárez Proaño (Quito, Ecuador, 1993). Poeta y editor. Máster en Teoría Literaria por la Universidad de Salamanca. Ha publicado los poemarios «Lluvia sobre los columpios» (2014), «Hacen falta pájaros» (2016, El Ángel Editor), «Nos ha crecido hierba» (2018, El Ángel Editor), «El nombre del Alba» (Nueva York Poetry Press, 2019), «Las cosas negadas» (Premio Nacional de Poesía Paralelo Cero 2021; Reedición en Cisne Negro editorial, Honduras, 2023) y «Almas de intemperie» (Antología, Llamarada Verde, Bolivia, 2023). Su primer cuento, «Un ser mínimo», obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Narrativa Allan Coronel, 2024. Es editor en Revista Esteros, de Uruguay. Ha traducido varios poetas para revistas y medios digitales.
