Hermanos de sangre y guerra

Con este relato sobre la impunidad militar en El Salvador, Daniela Moreno ganó el Premio «Antonia Portillo de Galindo» del Centro Cultural Salvadoreño Americano, en 2025, certamen impulsado el poeta y editor Vladimir Amaya

Daniela Moreno  | Estudiante y narradora

No podía sentir nada. Era como si mis sentidos se hubieran nublado por el gas lacrimógeno. ¿Cómo pudo haber pasado? Se suponía que esta sería una marcha pacífica. No entiendo por qué los militares nos están atacando. ¿Qué sentido tiene que aquellos que deberían proteger al pueblo sean quienes lo asesinen? Las balas pueden destruir, pero los ideales moldean la historia. Hace unas horas, mis amigos y yo nos estábamos preparando para salir a marchar en contra de las acciones del presidente Arturo Molina, quien había cerrado el Centro Universitario de Occidente. Mis amigos estaban emocionados. Creían que con esta marcha podríamos lograr un cambio positivo para el pueblo y para las nuevas generaciones. Querían ir al frente de la protesta, pero a mí nunca me ha gustado estar en primera línea. Soy algo tímido y no me gusta llamar la atención. Aun así, lograron convencerme de ubicamos en el centro de la multitud. Salimos de la Facultad de Ciencias y Humanidades rumbo a la Plaza Gerardo Barrios. Eran las dos de la tarde y el sol caía con fuerza. Lo que más me sorprendió fue ver que no solo había universitarios, sino también maestros y hasta estudiantes de secundaria. Fue increíble ver cómo, aunque fuera solo una parte, el pueblo se unía para luchar contra la injusticia que estaba consumiendo al país. De pronto, sentí que me costaba respirar. Mis ojos ardían. Era como si se quemaran por dentro. No podía detener el dolor. Quería arrancármelos. Desesperado, comencé a correr para evitar las balas que silbaban a mi alrededor. Por todos lados escuchaba gritos desgarradores. Corría sin saber hacia dónde iba, con la visión borrosa. Nadie estaba en sus cinco sentidos; todos huíamos con la esperanza de salir con vida. En medio de la confusión, tropecé con algo y caí al suelo. Cuando mis manos tocaron el piso, rocé lo que parecía una botella de agua. Sin pensarlo dos veces, me enjuagué los ojos para calmar el efecto del gas. Fue entonces cuando vi claramente aquello con lo que había tropezado: un cuerpo sin vida. Me invadió el horror. Al fijarme en su uniforme, entendí que era apenas un estudiante de bachillerato. Tenía un disparo en medio de la cabeza. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Recordé haberlo visto antes de que iniciara la marcha, riendo con sus amigos, lleno de sueños y esperanza. Ahora yacía en el suelo, mientras sus padres seguramente creían que estaba en clases. Qué cruel resulta el destino cuando ofrece a los más jóvenes como ofrenda para su propio entretenimiento. 

La imagen de ese joven me hizo recordar el momento más doloroso de mi vida: el asesinato de mi padre. Era el cumpleaños de mi hermano mayor y estábamos celebrando en casa. De pronto, los policías irrumpieron y le dispararon a mi padre en la cabeza. Todo ocurrió en segundos. El tiempo se detuvo mientras su cuerpo caía lentamente ante nuestros ojos. Mi hermano gritaba desesperado mientras lo sujetaban de los brazos. Mi madre, en cambio, se desplomó en el suelo, como si su alma hubiera abandonado su cuerpo en ese instante. Los policías se burlaban de nuestro dolor. Yo era muy pequeño, tenía apenas cuatro años, y no entendía lo que pasaba; pero esa escena quedó grabada en mi mente para siempre. Desde entonces, he soñado incontables veces que muero igual que mi padre: una bala atravesando mi cuerpo y un dolor insoportable antes del final. Después de aquel día, mi madre decidió que nos mudaríamos por miedo a que nos hicieran daño. Mi hermano estaba furioso, pero no tuvo opción. Desde entonces, las peleas entre ellos se volvieron frecuentes, y cada vez más intensas. Yo me convertí en un mediador, aunque mis esfuerzos fueron en vano. Un día, mi hermano simplemente se fue. Dejó una nota diciendo que se enlistaría en el ejército y que, en su opinión, nuestro padre merecía la muerte que tuvo. Junto a la nota dejó algo de dinero, pero mi madre, llena de rabia y dolor, quemó tanto el dinero como la carta. El sonido de otro cuerpo cayendo a mi lado me sacó de mis recuerdos. No podía seguir divagando. No era el momento. Miré al frente y vi a la gente trepando por el muro del Hospital Bloom. Tenía unos tres o cuatro metros de altura. Era peligroso, pero era eso o morir aplastado por un tanque. Sí… también había tanques aplastando sin piedad a las personas que caían al suelo. El sonido de los huesos quebrándose era idéntico al crujido que se escucha al matar una cucaracha. Tan insignificantes, tan frágiles. Ver a mis amigos siendo triturados por las orugas del tanque me llenó de una rabia insoportable. Me sentía inútil, incapaz de proteger a quienes amaba. Mientras trepaba por el muro, recordé las palabras de mi madre rogándome que no asistiera a la marcha. Tenía un mal presentimiento, dijo. No quería perderme como había perdido a mi hermano y a mi padre. Yo le había mentido, diciéndole que no iría. Qué ingenuo fui al pensar que nos haríamos escuchar. Desde que oí los aviones sobrevolando la ciudad, debí haber entendido que algo andaba mal, pero ya era demasiado tarde. Estaba a punto de saltar al otro lado cuando sentí un ardor insoportable en el pecho. Algo atravesó mi cuerpo. De pronto, todo se volvió lento. Caí hacia atrás, sin poder moverme, mientras sentía la vida escapando de mí. El dolor era insoportable, muy distinto a lo que muestran en las películas. Cuando era niño, mi hermano me llevó a escondidas a ver una película llamada Infierno de Cobardes. Fue la mejor película que vi en mi vida. Pero morir en la vida real no se parecía en nada a lo que veía en pantalla. En mi mente, solo podía gritar: “¡Mamá, quiero volver a casa!”. Mientras me retorcía de dolor, recé con todas mis fuerzas para que mi alma pudiera entrar al cielo, como mi madre me había enseñado. Quería ser un buen hijo, un buen creyente, pero no quería morir todavía. Aún me quedaban sueños: agradecerle a mi madre por su sacrificio, ver otra película con mi hermano, graduarme, conseguir mi título… vivir. Con mis ojos cerrándose, escuché una voz familiar. Era mi hermano. Había venido a salvarme. Sonreí con el poco aliento que me quedaba y solo pude decir: “Te amo, hermano”. Y entonces, morí. No fue una muerte heroica, pero fue por un propósito mayor. Como yo, muchos otros murieron ese día, con la esperanza de volver a ver a sus familias. 

Hermanos lucharon contra hermanos y cayeron, para que algún día nuestro país pudiera ser libre. 


Daniela Moreno

Daniela Alexandra Moreno (San Salvador, 2006) Estudiante y narradora. Ganadora del Premio «Antonia Portillo de Galindo» de Centro Cultural Salvadoreño Americano en 2025, con el cuento «Hermanos de guerra y sangre». Apasionada por narrar desde la ficción sobre hechos sociales de El Salvador.

1 Comment

  1. La narración es intensa, conmovedora y logra transmitir con fuerza el horror de la represión y la fragilidad de la vida en medio de la violencia política.

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