El escritor guatemalteco Martín Díaz Valdés nos comparte sus impresiones a partir de la lectura de la novela «El idiota», del narrador ruso Fiódor Dostoievski
Martín Díaz Valdés | Escritor y artista visual guatemalteco
La inocencia de un niño que acaricia a un animal es la misma con la que tortura a un animal. Desde las primeras páginas se establece que el príncipe Mishkin es un ser transparente, el verdadero noble salvaje de Rousseau, para quien ―según el video ensayo de School of Life, de 2016, titulado «History of Manners»― los modales en algún momento se corrompieron. Dejaron de ser el estudio constante de cómo ser más gentiles los unos con los otros, de cómo cuidar a las demás personas de nuestros impulsos naturales, en la medida que pudieran resultarles ofensivos, y se convirtieron en meros instrumentos performativos de apantallamiento. Manifestaciones de un refinamiento que nos declara superiores a quienes no poseen el tiempo o los recursos para cultivarlos.
A mí los modales me conminan a mantener mis reseñas sin spoilers, así que me voy a explayar en rodeos para no quemar los puntos centrales de la historia y, más bien, enfocarme en patrones de comportamiento de personajes que pueden distinguirse desde el principio mismo de la larga narración en que consiste El idiota, de Fiódor Mijailovich Dostoievski.
El príncipe Mishkin, protagonista de la historia, navegará el mundo de la clase media rusa del Siglo XIX y sus periferias. Esta medianía del contexto resulta un mirador perfecto para tratar, tanto la burguesía como los estratos bajos, pues ambos extremos se antojan accesibles desde los matices que permite la vida en el entorno social que caricaturiza. Lo fascinante del retrato de esta sociedad es lo fatuos que resultan sus tratos interpersonales. Cada personaje pareciera tener una propia y secreta construcción del mundo que le rodea y, con ella, un codificado trato deseable para sí mismo. El cual jamás explicará, y cuya única regla consistente, quizá, sea precisamente esta secretividad. Y, por lo tanto, la única ofensa es el desenmascaramiento, así que cada persona ficticia se ve envuelta poco menos que en un altercado con el príncipe, debido a cualidades que pudieran haberle sido conferidas por su calidad de «idiota». Solamente puedo referir estas cosas como posibilidades, pues apenas se entera el lector de rumores o reacciones, pero nada es cierto. Todo es ambiguo, truculento.
«Idiota» es una palabra bastante fuerte en nuestros días, pero en ese entonces se empleaba para englobar una serie de enfermedades mentales, psicológicas o neurológicas. En este caso, tanto la epilepsia como lo que parece una más seria y generalizada dolencia cerebral.
Y es que, lo que del príncipe pareciera ser una especie de trampa o recurso de infiltración social, posee una funcionalidad práctica. Esta funcionalidad es a menudo confundida con agudeza, y lleva a pensar, a quienes tienen contacto con él, que su franqueza y candidez ocultan múltiples dimensiones de intención. He mencionado la inocencia infantil, porque en ella no hallo una atribución divina, sino más bien posibilidad. Es así que el protagonista, al principio, pareciera triunfante sobre estas personas ambivalentes y llenas de malicia, pero conforme va evolucionando la trama se hace evidente que esta inocencia hace de él, más bien, un cheque en blanco. En este sentido puede pensarse en el protagonista como un homúnculo, un ser inacabado o vacío. El cual, debido a la honestidad de sus impulsos mismos, acaba siendo, también, manipulable, arcilla en las manos de personas que suelen ver de soslayo esta infrecuente pureza de espíritu en cuerpo adulto.
La novela resulta cómica por momentos y lastimera a ratos. Creo que es especialmente apreciable la burla que hace del servilismo, cómo humilla el espíritu servil ante alguien sin malicia. Es incómoda cuando trata los escabrosos temas recurrentes del novelista, sobre todo ciertos tipos de violencias físicas y simbólicas.
Nunca he podido pensar en los textos de Dostoievski como otra cosa que un largo chisme ficticio, una serie de pugnas barriales interpersonales que me las hacen cercanas a los capítulos cumbre de «Yo soy Betty, la fea». Y es que, como en la telenovela colombiana, el deseo carnal, el dinero y los modales esgrimidos como diferenciadores de clase son los motores de las sutilezas, los escándalos y las obsesiones de los coloridos personajes. Las tensiones que logra hacer estallar en momentos álgidos transmiten el morbo que podría tener un observador casual o uno de los chismosos que recurrentemente se inmiscuyen en los asuntos de las familias. Uno se siente parte de esas pequeñas multitudes de fisgones que rodean ciertas escenas. Es un gozo culpable aderezado, además, con profundas reflexiones filosóficas. No solamente sobre la naturaleza humana, sino hasta sobre las solemnes creencias que conforman la cosmogonía rusa imperial, que eran las del autor. Hay pasajes con bellísimas disertaciones en boca de personajes que manan de forma natural y verosímil.
La novela está llena de momentos de euforia causada por el desenlace de situaciones, la exposición de ideas, la estética que conlleva una narración elocuente y la imposibilidad de arrancar este gozo del dolor, el fracaso, la incomodidad o la tristeza que impregna las escenas. Es una sucesión de acontecimientos y rumores en la cual perderse es inevitable. Extensa como las novelas rusas y como Rusia. Tierna y cruel, como la naturaleza humana.

Martín Díaz Valdés, Quetzaltenango, 1985. Escritor, artista visual y titiritero. Ha publicado los libros de poesía Hiedra (Premio “Víctor Villagrán Amaya”, Alianza Francesa de Quetzaltenango, 2009), Este mal (Catafixia Editorial, 2010) y Teúl (Editorial Cultura, 2021); el libro de cuentos Escolopendra (Editorial Cultura, 2014) y los libros para niños El prodigioso de la montaña (Loqueleo, 2015); y Los cuatro de Tevián (Loqueleo, 2016). Formó parte de los colectivos literarios Ritual y Metáfora, en los cuales colaboró para la organización del Festival Internacional de Poesía de Quetzaltenango de 2003 a 2009, y de Canícula, teatro y títeres como libretista y titiritero de 2009 a 2012, año en que fue becado por la Fundación Muñecos por el Desarrollo como fabricante, manipulador y productor de programas infantiles de muñecos animados. Ha sido invitado a lecturas de su obra y otras actividades artísticas y académicas en Chile, República Dominicana, Cuba, El Salvador, y Guatemala. En 2014 desarrolló el proyecto fotográfico en redes sociales Pienso en Árbenz con la colaboración del fotógrafo Alejandro Anzueto. En 2019 participó en La Bienal en Resistencia, como parte de DAREX, (Dueto de Arte Experimental) con la obra Anti-Historia y en 2022 presentó la exposición pictórica Tohil en Casa No’j, Quetzaltenango. En 2023 expuso, junto con Alejandro Marré, Rasgos imaginarios en Catafixia Centro, además de tener participación en otras exposiciones colectivas. A su obra El acto de los wayob le fue otorgado el Premio Centroamericano de Novela “Mario Monteforte Toledo” 2023.
