Coincidencias, un cuento de Patricia Lovos

Coincidencias, un cuento de Patricia Lovos

«Margarita y Pedro, así se llaman, solo se conocen en sueños, en historias secretas que no cuentan a nadie». La ciudad conspira para que los caminos de ambos se crucen, San Salvador es un personaje más en este cuento publicado en Aliento de cachorro, el primer libro de Patricia Lovos



Mañana es un gran día, por fin ella saldrá de casa. Dice que lo primero que hará es tomar un bus al centro, quiere sentirse linda de nuevo. Él también saldrá de casa, es probable que vaya también al centro. Ambos tienen una misión especial. Ella se vestirá y se peinará austera, se calzará con botas (para correr si es necesario) y contará los niños que encuentre hasta la estación de bus. Él cogerá los lentes de sol (una manía suya propia de su signo) y cortará un par de flores hasta alcanzar el autobús. Ambos mirarán por la ventana, observarán fenómenos, se volverán etnógrafos. Él y ella no se conocen, pero podrían hacerlo, hay pocas probabilidades, pero muchas coincidencias.

La ciudad luce tal cual como la esperaban: polvo, humo sucio, ventas, mimos, cantantes, sicarios, superhéroes, así, justo como les gusta.

La primera parada es una de esas tiendas chinas que están en edificios antiguos. Ella ama recorrer los pasillos y elegir pintalabios baratos de colores extraños. Él adora caminar por las ventas de frutas de la calle Darío y bromear con las vendedoras que lo enamoran y le dan manzanas extras.

Ella camina extasiada por los puestos de libros de la avenida España, el único lugar de la ciudad que le recuerda a Madrid. Una vez ahí, elegirá algún título nacional, y por fin leerá el único cuento de John Cheever de ese libro que nunca compra. Él camina idiotizado entre el olor de las especias, espera encontrar velas aromáticas, sabe que eso les encanta a las chicas.

Cada uno disfruta a su ritmo del vaivén de la ciudad, pero hoy, ambos tienen una misión común: conseguir el mejor atuendo por menos de cinco dólares.

Hacía tiempo que él no tenía una cita, desde antes de la cuarentena. Él por fin consiguió que Lupita le aceptara una invitación a cenar, su madre no la deja salir de casa, pero es la niña más marmórea y dulce que ha conocido hasta entonces; quiere verse guapo para cortejarla. Sabe que no podría comprarse un traje caro y que apenas tiene para la cena.

Ella, por fin, conocerá en persona a ese elegante pintor que tanto admira en las redes sociales. Quiere comprarse un vestido lindo estampado con flores. No está segura de que él la invite, ambos son personajes modernos, así que decide ahorrarse unos centavos y disponerse a revolver en las góndolas de los usados.

Ahí están los dos, en extremos opuestos, ella en la ropa de dama, él en la de caballero. Ambos suelen ir a esos lugares con grupos de compañeros de la universidad con los que se divierten muchísimo al encontrar prendas íntimas o alguno que otro disfraz bizarro. Margarita y Pedro, así se llaman, solo se conocen en sueños, en historias secretas que no cuentan a nadie.

Antes de la afanosa tarea, ella guarda su libro en el pantalón, sabe que de otra manera lo perdería; ya asegurado, se dispone a revolver. No encuentra nada en la sección de damas por lo que decide ahogarse entre las prendas mixtas, de esas que son a cinco por un dólar. Ahí está él, agachado, sin mirar al frente, ella lo ve como a un rival. Es temprano, esa hora en la que el almacén abre y hordas de señoras revendedoras se aplican a encontrar las mejores prendas. No le importa, a ella le gusta la acción. De pronto, ve entre el revoltijo un vestido que parece ser el ideal, está enredado en un saco de hombre, siente un tirón y se dispone a halar aún más fuerte. No se mira nada, la montaña de ropa obstaculiza la visión y las señoras vendedoras se vuelven cada vez más salvajes. Él, al notar que pierde el saco que necesita, hala con más fuerza y el volcán de ropa cae sobre Margarita. En ese momento, ya no importa el saco, hay que auxiliarla. La chica está molesta por el incidente y lo insulta de inmediato, pero él la mira, apenado. Ella sonríe, recuerda que en esos lugares siempre pasan ese tipo de cosas. Él le pide disculpas y se dispone a recoger las prendas con olor a naftalina, mientras ella, extrañada, comienza a buscar en el suelo el libro de Álvaro Menen Desleal que recién ha comprado.

—¿Esto es tuyo? —pregunta Pedro, curioso.

—Ah, mi libro, sí, es mío —responde Margarita, agitada. 

—A mí también me gusta Menen Desleal, creo que tiene un estilo distinto a lo que se escribía en la época —dijo Pedro.

—Sí, es de los pocos escritores que usa técnicas vanguardistas para contar la realidad —respondió tranquila.

La tertulia se prolonga, lo cual no parece gustarle al jefe de seguridad, quien de inmediato se acerca a Pedro y le ordena que recoja toda la ropa. El tono grosero no le gusta a Margarita que no se queda callada nunca.

—No sea pesado, señor, fue un accidente, los dos halamos de más y la ropa se cayó—alega la chica.

—Lo siento mucho, pero deben desalojar la tienda —dijo el vigilante.

—Vámonos, ¿cómo te llamás? —preguntó Margarita.

—Pedro —respondió.

—Vámonos, Pedro, te invito a comer una torta.

Sin el vestido y sin el saco, los jóvenes abandonan el lugar. Mientras caminan, ella le cuenta lo mucho que le gusta el centro, y que ama ir a los usados y a las tiendas chinas. Él la mira incrédulo, la elegancia de su rostro denota que ella no se mueve en ese ambiente, sin embargo, algo le dice que sus palabras son ciertas.

Durante la larga fila de veinte minutos, la conversación se centra en libros e historias de autobús. Ella era más bonita de lo que parecía a simple vista y sus ojos vivos le dicen que es una curiosa soñadora igual que él. Mientras comen las tortas, Pedro recuerda el incidente en la tienda de usados y, afable, como es, le pregunta:

—¿Y para qué querías el vestido?

Ella, llana y confiada, responde:

—Era para una cita que tengo hoy.

—En serio, ¿vos también tenés una cita hoy?

—Sí —responde ella, incrédula ante la coincidencia.

—¿Y quién es el susodicho?

—Un pintor a quien admiro mucho. Es mayor que yo —contesta ella mientras sorbe su gaseosa.

—¡Qué curioso! Mi amiga también es artista, toca el piano.

—Sí, seguro vos sos de esos niños intensos que sueñan con marmóreas y vírgenes criaturas —reclama Margarita.

Sacando las flores marchitas de su bolsillo, Pedro le contesta:

—Ahora me doy cuenta de que no.

Margarita sonríe.




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PATRICIA LOVOS (El Salvador, 1991). Realizó sus estudios básicos en colegios josefinos y paúles. Proviene de una familia de tipógrafos e impresores y es hija única de una médica psiquiatra y un padre comerciante. Realizó estudios técnicos en idioma inglés, estudió fotografía y cursó la Licenciatura en Comunicaciones. En literatura, ha recibido cursos y talleres con varias personalidades. En 2019 ganó la primera mención honorífica en los Juegos Florales, con la obra «Aliento de cachorro». Se ha desempeñado como periodista cultural y actualmente trabaja en el área de las comunicaciones.

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