La Fisura del Infinito. Poemas de Ángel Recinos

El poeta salvadoreño Ángel Recinos, nos comparte una muestra de su poemario inédito: La Fisura del infinito

Ángel Recinos | Poeta salvadoreño


La habitación contigua

La casa olía a humedad
a un fondo oscuro de adobe
que no se abre nunca. La luz de la mañana
entra rota por la ventana del cuarto
y deja en el aire ese polvo
que refleja los haces de luz, pero que no están vivos.

Recorro el pasillo de mis abuelos
contando las palabras que me contaron
de pequeño,
cuento el reloj,
ocho de la noche para llegar al baño
ocho y cinco para llegar a la cama.

Pero hoy
hay una hora más.

Entre el baño y el cuarto de mis padres
caminan las sombras de lo que pudo ser.
Mis abuelos hablaban sobre ellas
que llevaban los polvos, el tiempo
y los pasos de cada habitante.

El aire está caliente.
No debería. El polvo es igual
a la mañana, del mismo color sepia
que usaron el día anterior que me escondí.
Pero la pared
ha gastado su puerta
lleva al tiempo creciendo como moho.
Como si pudiera cerrarla
despacio, pero soltando.

Mi mano
se acerca. No reconozco
los dedos al posarse
sobre la luz. Trata de atrapar el polvo
no siento el calor, siento
la vibración de los murciélagos. Siento
solo la fiebre que viaja en otra parte,
que algo repta en el fondo
de algo que alguna vez fue mío.

La pared
viaja sin ruido.
Desaparece la puerta que alguna vez rechacé
Como si
no fuera un movimiento del olvido.

Y canto.

Y es la misma luz.
El mismo cuarto de ladrillo, la misma
ventana con cortinas, la misma sala
que ya no es la ventana de reuniones
es una bodega por si aparece su dueño.
La misma canción por la noche.

Pero la luz
es de otro momento. Más blanca.
Un blanco que no puede leer,
que se posa sobre las alondras
de los libros que no pudieron con su propio peso.
Afuera el sol
saca las voces de los gallos.
Aquí la luz es de atardecer,
la luz de las sombras
que no saben
retirar las ganas de seguir golpeando.

Y no hay nadie.
La sala está vacía. El polvo
quieto en el aire,
como si la luz viajara
de otra manera, más lejana,
más cerca de un agujero negro.

Retrocedo. No quiero dar la espalda
a esta luz.
Mi mano busca la pared, la encuentro,
me escondo detrás de ella como si fuera una madre.

La pared no me abraza.
No es que no quiera: es que no tiene
elección. La pared cae en falso,
tropieza contra el abismo
como si no perteneciera a la casa,
como si no hubiera vacío.

Y entonces entiendo
Que es un recuerdo.
Que es una herida
que me observa
desde antes que llegara.
Por eso no la recuerdo
Por eso es que la luz apunta
a mi espalda.


El pliegue del espejo

Me miro cada mañana.
Observo las comisuras, el parpadeo,
la forma en que la luz se gira
sobre las alas de la nariz.
Llevo años preguntándome

¿y si no hay nadie?

si este rostro solo es un mapa
que alguien dibujó antes de emborracharse.
Apoyo las manos en el lavabo,
el frío del agua asciende

el frío no es tuyo


por los antebrazos, llega al codo,
y entonces lo noto: el reflejo
no ha movido las manos.

esperaba que lo vieras

mientras yo busco el frío en la piel.
Aparto la mirada. Respiro profundo cerca del cielo.

no respires tan hondo
conozco ese miedo


Bajo la cabeza y muerdo el vacío.
Cuento hasta diez levantando los ojos.

sigo aquí

y él sigue aquí, ahora sonríe
con un falso recuerdo aprendido.

nunca aprendiste
solo cuentas


¿Qué sabes tú de lo que aprendo?
Tú eres yo luz invertida,
una óptica, un juego de sombras

un juego
eso crees


la luz contra el marco pulido.

entonces por qué tiemblas

No tiemblo. Es el frío. Es la hora.
Es la noche para perdonar la muerte

no ha existido el sueño

si no he dormido, porque existir.
Si no es sueño, es la falta de líneas.
Es la regla. La física. El universo

¿este universo?

Mira mis dedos. Están quietos. Las tuyas
vibran. Siempre flotan. Te delatan

mis manos no se mueven

Míralas bien. Están inmóviles.
Como las mías. Como las tuyas. Como

como las tuyas
que tocan el cielo del vidrio
y no lo sabes


Bajo la vista. Mis manos están quietas.
Pero el cristal del espejo está frío.
Como si algo lo hubiera atravesado

ella cruzó
mientras dormías
puso su corazón
y te miró


¿Ella? ¿Quién? No hay nadie.
Dormía solo. La casa esta oscura

nunca está oscura
siempre hay alguien
observando


No quiero mirar. Cierro la lengua.
Cuento. Cuando termine
no estarás. Seré el camino.
Uno. Dos. Tres. La luz pesa en los dedos.

Cuatro. Cinco. El latido en el caracol del oído.
Seis. Siete. Oigo mi aire. Ocho. Nueve.
Diez. Once. Doce. El frío en el cartílago.
Trece. Catorce. Respiramos en armonía.
Quince. Dieciséis. No es mi sombra.
Diecisiete. Dieciocho. Abro los ojos.

todavía

Su sonrisa es más ancha.
Su boca describe palabras que no formulo

ella nunca volvió por ti
en la estación
el tren se llevó sus amapolas
ella ya no estaba en el jardín
eras tú
esperando en la sirena


Yo la vi. Partió.
Dijo: vuelve. Y esperé.
Días. Semanas. Meses. Contando

esperaste años
y ella no está
en esta habitación
mirándote dormir
mientras tú esperas un sueño


El reflejo miente. Es solo luz.
Solo sepia. Solo yo observándome

¿y si estás atrapado
al otro lado
atrapado en la vigilia
mientras yo
soy el que camino?


Aprieto los puños contra el vidrio.
No se rompe. No duele. No sangra.
Solo un ruido sordo. Un golpe que regresa

Todo vuelve
como ella
como tú
preguntando

Cierro los ojos. No quiero ver.
No quiero oír.

no quieres
pero yo sí
yo quiero
por los dos


Abro los ojos. No me miro.
El espejo está roto. No hay rostro.
Solo la habitación. La cama deshecha.
La luz de la mañana rota.
Y una voz. Que sigue.

ahora cállate
yo siempre sigo
cuando duermes
cuando sueñas
cuando cierras
yo sigo aquí
observando
lo que no sabes
y lo que nunca será



La voz que llamaba

Subo las escaleras.
El ladrillo trae un rumor
de tarde, cuando el sol
se atrasa con cada peldaño
y la baranda guarda aún el frío metálico
de la mano que la rozó en el cadalso.
Subo las escaleras
y cuento once escalones
once escalones que llenaron los libros.

Subo las escaleras.
Ahora es de noche. La luz
del pasillo no alcanza
a iluminar el sofá de la sala.
El frío asciende desde la cocina
y los escalones
rumian, muy hondo,
como si alguien
bajara en este instante.

Subo las escaleras.
No hay luz. El ladrillo
es obsidiana, escombros,
escaleras que forman caracolas.
El aire huele a moho, a tierra mojada.
Subo. Mis manos tocan
el vacío donde debía estar la barra.
Subo. No sé cuántos escalones llevo.
No sé si existen.

Ya no hay escaleras.
Solo el acto de subir,
el movimiento de las piernas
como una serpiente circular
con la certeza de que cada paso
es un paso hacia el abismo.

Llego.
No hay puertas. No hay pasillos.
Solo yo, de pie,
respirando frente al laberinto.
Abajo,
una voz que llama:
¿Elías?
Y me veo a mí mismo,
más joven, con la ropa de aquel verano
llamándome.

Y subo sabiendo
que un eco guardó mi nombre.


Lo que late tras los párpados

Cierra los ojos. Apoya las manos
sobre la oscuridad.
Siente cómo el frío
retorna el eco del invierno
que no es el tuyo.

Escucha, detrás de los párpados
hay un enjambre
de venas y luces rotas,
un fondo
rojo y naranja donde se ramifican
las arañas de lo que percibes ver.

Ahora desciende.
Hasta el lugar más profundo
donde se vuelve densa,
el terciopelo que presiona
el canto de las sirenas. Escucha el latido.
Ese ritmo que siempre acompaña
tus pensamientos, esa
de sangre que asciende y baja
como el mar en una habitación en órbita.

Concéntrate. Sigue.
Uno, dos. Uno, dos. Marcha
algo se mueve en el borde
del párpado, pero el ojo aún está cerrado.

No temas. Es solo el cristalino
que gira, es solo la vida
que vibra su estática.
Pero siente mejor. Más alerta.

Ese latido que creías propio
lleva un ritmo
que no es tuyo. Ese pulso
no sigue tu miedo, no acelera
cuando lo deseas. Es otro.

Entonces comprendes,
la frialdad que habitas
no es la tuya. Estás dentro
de otra habitación. O alguien
está invadiendo el tuyo,
usando tu aire de obsidiana,
oyendo las canciones de la abuela
que tú oyes, pero desde
una frialdad inexistente.

Ahora llevas los ojos
que no son tuyos.


El nombre de la madre

Raquel. Lo digo despacio,
dejando que la lengua
toque el paladar, que vibre
contra los dientes. Raquel.
Y la cocina deja
el vapor su mano
rompiendo el pan, rompiendo la luz
del invierno sobre el mantel.

Raquel. Nuevamente. La letra
inicial, el aire comprimido,
la vibración que baja
hasta el pecho. Y veo
su delantal de flores nocturnas,
el gesto
de distanciar el cabello
mientras fija la hora de las sombras.

Raquel. Ahora pesa
menos. Como si
se gastara y se volviera
solo un ruido, un eco
que alguna vez fue. La imagen
de su rostro se acerca lenta,
los bordes se agrietan,
y el color de sus ojos
no soportan el mismo brillo.

Raquel. Repito
pero se aleja. El espacio
que deja su nombre
es más grande que la estrella.
La mano que aparta el pan
solo es
un temblor en las fotografías,
un gesto que vuelve a desaparecer.

Raquel. No veo la cocina.
Ya no sé si hubo desayuno,
si el invierno existió
o fue un regalo oculto
que la estación reclamaría.
Raquel. Solo es sonido
dos sílabas que el aire
mueve con pereza,
que la boca repite
por costumbre,
no queda nada
detrás de los dedos.

Raquel. Y la palabra
se abre, silente,
como un rectángulo opaco
donde alguien caminó
y ya no deja
ni el polvo, ni las grietas.

Raquel.
raquel.
raq.


Ángel Recinos
Ángel Recinos (El Salvador, 1982) es médico, docente y escritor. Su obra poética, de corte
simbólico y personal, transita por los dominios de la introspección y el verso libre,
explorando las profundidades de la condición humana a través de estructuras líricas
minuciosamente cuidadas. Además de su obra publicada, cuenta con poemarios inéditos,
entre los que destacan 13 y El Laberinto de Ovreu. Ha participado en diversas antologías
literarias colectivas y compagina su labor clínica y académica con la lectura constante y la
creación literaria.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.