El escritor panameño Roderick Guzmán Meza, nos comparte los cuentos: Geometría de la ausencia y El adviento
Roderick Guzmán Meza | Escritor panameño
GEOMETRÍA DE LA AUSENCIA
Giró la llave y penetró la penumbra de la habitación. No encendió la luz porque el resplandor de los faroles de la calle era suficiente, un aire amarillo y sucio que bastaba para existir. Se dejó caer en el sofá y se quitó los zapatos. En la planta de los pies sentía la pesadez física del día, esa masa informe de tiempo acumulado. Sobre el tapiz había una manta que no recordaba haber abandonado en ese lugar. No hacía frío, pero se cubrió. Necesitaba una frontera, una piel añadida. Al levantar los ojos, vio la puerta del baño entreabierta.
«Siempre la cierro», pensó, y ese pensamiento fue un pequeño pinchazo de extrañeza.
Caminó hacia el dormitorio. Al pasar junto a la cómoda, su reflejo en el espejo lo atrapó de refilón: la imagen se movió con un segundo de retraso, como si la materia del cristal tuviera una pereza propia. Se acercó y rozó la superficie fría con los dedos, pero su figura dio un paso atrás, rehusando el contacto. Un escalofrío neutro lo atravesó. Se quitó la camisa y la arrojó al cesto de la ropa sucia. Fue a la cocina a preparar algo de comer, para aferrarse a lo cotidiano. Fue entonces cuando escuchó unos pasos. Un sonido apagado, vegetal, que se desvaneció en el aire antes de volverse amenaza.
Regresó a la sala. El televisor estaba encendido. Emitía un programa de entretenimiento que él aborrecía, pero los rostros en la pantalla no hablaban, solo emitían vibraciones graves, parecidas al gemido de un contrabajo desafinado. De pronto, uno de los personajes interrumpió su gesto, lo miró fijamente a través del cristal y le hizo un ademán con la mano. Una despedida.
Tomó el control remoto y apagó el aparato. El silencio que sobrevino no fue ausencia de ruido, sino una presencia de densidad aplastante. Comprendió entonces, con claridad animal, que no era él quien había cruzado el umbral del apartamento, sino un extraño habitando su conciencia.
Experimentó una levedad atroz, un despojo de toda densidad. «Alguien sin peso ni sustancia», pensó, mientras una luz tibia, parecida a un aura mística, lo envolvía. Sin comprender la raíz de las palabras que nacían en su garganta, supo que muy pronto tendría que renunciar a su propio nombre para dejar de ser ese «yo» mutilado y compartido.
Intentó gritar —un alarido de desahogo, de pura protesta biológica—, pero los sonidos brotaron desarticulados, incapaces de cuajar en el aire. Desesperado por sostenerse en la realidad, fijó los ojos en un libro que estaba sobre la mesa del comedor. Intentó aferrarse al significado de las cosas, pero fue en vano: al buscar el vínculo con el objeto, el mundo a su alrededor terminó por disolverlo. Se desintegró en un vapor de significados rotos, una distorsión geométrica flotando en un espacio donde jamás había estado, porque jamás había existido.
EL ADVIENTO
Primera Semana: El tiempo detenido
No había prisa ni lentitud; solo acumulación. El hombre, cuyo nombre todos se cuidaban de ignorar, notó que las agujas del reloj se habían detenido, imponiendo la convicción de que algo secreto estaba a punto de manifestarse.
Era la primera semana de Adviento y lo que se aproximaba carecía de forma, como la oscuridad o el silencio. Se trataba de una certeza velada por matices de irrealidad: el cobro inminente de una deuda antigua y olvidada. Las personas dejaron de hablar para no desgastar las palabras y se limitaban a mirarse con gestos inexpresables mientras, bajo la falsa expectativa de una reconciliación, aquello avanzaba.
El primer destello de terror fue la certeza de haber perdido el futuro. Con el tiempo detenido, no existía un tiempo para huir de lo que acechaba; solo un presente eterno e implacable que se contraía sobre sí mismo.
Segunda Semana: El sonido de la nada
El horror se intensificó al descubrirse que el silencio tenía voz: una vibración que penetraba no solo en el ánimo de las personas, sino en los objetos y en la naturaleza misma. Era un silencio denso, casi tangible. Quien permanecía inmóvil en medio de la noche sin luna podía percibir el roce de las fuerzas elementales contra la bóveda del universo y la respiración imperceptible de la tierra.
El hombre sin nombre vio a un anciano que caminaba en la penumbra. Con voz áspera, el viejo sentenció: «El Adviento no es la espera de una alegría, sino la inminencia de un cobro ancestral. Y lo que se debe, nadie lo sabe». Entonces, el miedo comenzó a filtrarse por las grietas del silencio.
Tercera Semana: La deformación sagrada
Las luces navideñas comenzaron a distorsionar las formas. El temor abandonó el reino auditivo para volverse visual y geométrico. Las paredes de las casas y de los templos perdieron su solidez; se tornaron maleables, deformadas por una fe convertida en grietas que amenazaban derrumbarlos.
El hombre sintió que su propio cuerpo dejaba de pertenecerle, como si una conciencia ajena lo hubiera colonizado. La duplicidad fracturaba su percepción: La realidad perceptible se resquebrajaba hasta convertirse en la forma pura e irreversible de una abstracción siniestra.
Cuarta Semana: La alegría final y mortal
Llegó la última semana, la víspera del suceso anunciado. La gente se vistió de fiesta, intentando ignorar aquella advertencia convertida en inminencia física. Sin embargo, el terror había alcanzado una magnitud colosal, en la que resultaba imposible distinguirlo de la euforia. Una paz extraña acompañó esa sensación de expansión: la paz del resignado que ha aceptado la catástrofe sin comprenderla.
El hombre río con el sonido seco de un hueso partiéndose en las fauces de una bestia. Lo que se aproximaba auguraba un júbilo obligatorio. Comprendió entonces que no se celebraba el nacimiento de la fe, sino la revelación de que no existía frontera entre la bendición y el anatema.
Las luces del árbol festivo no iluminaban los hogares; eran consumidas por la penumbra. El terror se convirtió en belleza absoluta, y la belleza, al alcanzar la plenitud, es cruel: no establece diferencias entre la vida y la muerte, existiendo solo para afirmar su propia perfección. El hombre sin nombre sintió que se consumía como la cera de una vela y comprendió, al fin, que solo lo siniestro llega con puntualidad.

Roderick Guzmán Meza nació en Panamá. Es periodista con más de cuarenta años de experiencia. Labora en una institución gubernamental. Ha publicado en diarios y revistas en línea como Periodista Digital (España), Letralia (Venezuela), ArtNovela (Argentina). Escribe cuentos cortos y microrrelatos y poesía.
