La explotación animal como contenido viral y la indiferencia humana ante su sufrimiento son temas que aborda «En el techo ronda un testigo», un relato del narrador y periodista salvadoreño Amndré Rentería Meza. Este material forma parte de su libro «Siluetas para otakus» (Índole, 2024)
Amndré Rentería Meza | Periodista y narrador salvadoreño
PRIMERA PARTE
I
Son tiempos difíciles en el vecindario, otro perro ha desaparecido. Me pregunto qué es lo que está pasando ¿Para a dónde se están yendo todos los animales? No hay ni una sola quincena en que no se le pierda la pista a uno de ellos.
He visto a sus afligidos dueños salir de sus casas a las calles para gritar el nombre de sus mascotas. Otros deciden colgar fotografías y carteles de aviso en las paredes o en los postes del tendido eléctrico.
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ME LLAMO SULTÁN Y MI FAMILIA ME EXTRAÑA
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Pobre Sultán. Lo recuerdo muy bien. Es un perro de color caramelo, abundante de pelo de las orejas y escandaloso, que vive en el pasaje nueve. A diferencia de otros perros, cuando Sultán me miraba llegar por el techo, meneaba la cola con alegría y ladraba muy fuerte sin amenazarme. Algunas veces bajé a su patio para jugar con él. Tenía una pelota de colores y una gallina de goma. Era muy divertido. Lo echaré de menos.
Haré cuentas una vez más. Con la desaparición de Sultán se han perdido ya tres perros adultos, un cachorro, dos gatos y un perico. La verdad es que todo esto me resulta intrigante. De ahora en adelante tendré que andar con mucho cuidado.
II
Me llamo Pino y soy un gato sin dueño. Antes tuve una propietaria, pero decidí abandonarla.
Cuando me apartaron del cuidado de mi madre gatuna, una chiquilla me acogió en una caja de zapatos, forrada con retazos de camisas de algodón. La niña era la encargada de darme los cuidados a diario. Me daba comida de bolsa, leche y eventualmente me llevaba al veterinario para mis controles. También tenía mi recipiente con arena para evacuar.
Cuando fui creciendo, me dio por curiosear todos los rincones de la casa: treparme en los muebles, arañar las cortinas y analizar cada uno de los objetos que me llamaban la atención. La mamá de la niña se molestó mucho y dijo que yo era un gato travieso. Para la malhumorada mujer yo solo debía estar durmiendo en mi caja de zapatos o cazando ratones. A mí los ratones no me gustan porque huelen a cloaca. Son repugnantes. Prefiero los pájaros.
Un día, la mamá de la niña se cansó de mis actividades al interior de la casa y me envió a vivir al patio. La niña protestó, pero nada pudo hacer para revertir la decisión. A mí, la estancia en el patio no me gustó porque era un lugar frío y solitario. Permanecía aislado. Apenas podía jugar con unos gecos que llegaban a beber agua a la pila del lavadero.
Pasaba los días viendo el cielo, escuchando el viento y preguntándome qué cosas increíbles habría detrás de aquellas paredes que me cercaban. Soñaba noche y día con averiguar todo lo que había a mi alrededor.
III
Cansado de aquel olvido al que me habían condenado, comencé a idear un plan para escaparme. Los animales también tenemos derecho a rebelarnos. Al principio solo daba enormes saltos, intentando llegar a la cima del muro del patio, pero apenas podía llegar a la mitad de la pared. Debía ser más astuto que eso.
Después me fijé en que, si me montaba sobre la superficie del lavadero, podría llegar más alto. Así lo intenté, pero, a pesar de que me impulsaba con todas las fuerzas de las patas traseras, todavía no era posible llegar hasta la cumbre.
Comenzaba a ponerme triste y a darme por vencido, cuando, un buen día, a la señora de la casa se le ocurrió colgar en las paredes unas macetas de barro. La verdad es que se miraban muy bonitas, pero yo solo pensaba en escapar. Revisé todos mis cálculos nuevamente y pensé en que, si daba un brinco desde el lavadero hasta una de las macetas, podría apoyarme para alcanzar el borde. ¡Ja! Sabía que no podía fallar.
Esperé a que cayera la noche. Cuando ya todo estaba tranquilo y silencioso al interior de la vivienda, me asomé a la ventana donde dormía la niña y me despedí de ella con unos maullidos y ronroneos. Luego caminé en silencio y salté sobre el lavadero. Me quedé unos instantes repasando mi plan, calculando la fuerza de mis extremidades y la distancia entre los objetos. Cuando me sentí completamente seguro, di un enorme brinco hasta la maceta y me apoyé en ella para complementar el viaje hasta la punta del muro. ¡Ja! En un santiamén lo había logrado.
De pronto, escuché un estruendo. El recipiente de barro había caído al suelo. Las flores y la tierra quedaron esparcidas en el piso. Encendieron las luces de la casa, yo fui a esconderme en un rincón para ver qué sucedía.
La mamá de la niña salió al patio para investigar el hecho. Cuando vio la maceta rota y no me encontró en ningún lugar, supo de inmediato que el desastre era obra mía.
–¡Ya me las va a pagar ese gato! –gritó iracunda.
Mientras tanto, yo caminé por el techo y nunca más he vuelto a verla. Desde entonces voy a dónde me da la regalada gana.
IV
Me veo a mí mismo como un felino trotabarrios. Eso sí, soy muy elegante. Mi pelaje es de color gris, mis ojos son de color miel. Tengo una larga y peluda cola. A lo sumo, tendré unas cuantas pulgas que me inquietan en el cuello y la cabeza. Por lo demás, soy un felino con presencia.
Me gusta caminar por los techos de todo el vecindario. Muy pocas veces me desplazo por el piso. Durante mis paseos y rondas he visto muchas cosas: atención de emergencias de salud, gente cocinando, sesiones de yoga, peleas familiares, fiestas y serenatas, hurtos de caseteras en vehículos y hasta parejas haciéndose el amor en las alcobas.
Siempre que se me antoja, me trepo al techo y me desplazo en silencio. Cuando hay alguna actividad que me llama la atención dentro de las casas, me detengo y comienzo a observar atentamente. Muy pocas personas se dan cuenta de mi presencia. Una vez que termino la actividad que me interesa, vuelvo a caminar. Solo me abstengo de salir a vagar cuando llueve. Temo que pueda caerme un rayo mientras me desplazo. Cosas de gatos.
Algunas veces coincido con otros felinos, pero yo soy muy pacífico. Siempre guardo mi distancia para evitar riñas innecesarias y territoriales.
No omito comentarles que, además, tengo una guarida. Descanso adentro de un taller para automóviles. El propietario es un mecánico muy simpático al que no le molesta mi presencia y me deja dormir sobre unos cartones. Algunas veces me ha dado trozos de pan y siempre deja para mí un huacal con agua. ¡Un gran sujeto!
También me deja jugar con algunas piezas de metal y esconderme en los huecos que hay en los motores.
V
El otro día, un perro llamado Donatello se escapó de una casa cuando abrieron la puerta. El animal salió espantado hacia la calle y no hubo nadie quien lo parara. Aunque lo estuvieron llamando y chasqueando los dedos por bastante rato, no lo encontraron. Los dueños también han colocado unos carteles para pedir información a los vecinos.
SE AGRADECERÁ CUALQUIER INFORMACIÓN
RELACIONADA AL PARADERO DE DONATELLO
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Esa misma noche, la pareja dueña de Donatello discutió por el error de haberlo dejado escapar. Se intercambiaron reproches muy acalorados e hirientes, aunque nunca se gritaron. Al parecer, la pareja, que no puede tener hijos y tampoco califica para adoptar uno, había decidido comprar un perro para que les hiciera compañía y vaciar en el animal su cariño.
Después de un rato de tira y encoge, uno se encerró en su cuarto y otro se fue a sentar en las sillas que tienen instaladas en el jardín.
Seguí mi camino.
VI
Esta tarde he visto con horror, desde una terraza, cuando un hombre interceptó a un gato. Hubo un intento de resistencia de parte del animal, pero lo han sometido sin problemas. El captor llevaba enfundado unos guantes de cuero que le sirvieron para amortiguar los arañazos del colega. Todo sucedió muy rápido. Una vez que fue apresado el felino, lo metieron a un microbús de color blanco. Luego, el secuestrador se montó al vehículo como pasajero, ya que otro más conducía. Salieron a toda máquina y se perdieron calle abajo.
La escena me dejó congelado. Permaneceré unos días oculto en el taller.
VII
Los vecinos convocaron a una asamblea extraordinaria para tratar algunos temas de seguridad. Las denuncias de mascotas desaparecidas van al alza. A la reunión invitaron a delegados municipales y de la policía, pero estos presentaron sus excusas en el último momento.
La junta versó alrededor de instalar un portón de hierro en la calle principal y contratar a un grupo de centinelas para que puedan controlar los ingresos y salidas. Proponen limitar las visitas de particulares, prohibir el ingreso de extraños y vendedores ambulantes. También quieren estipular horas de visita. Están que desconfían de todo mundo.
El debate subió de tono cuando abordaron el punto del financiamiento del plan: un grupo argumentaba que la contribución económica estaba fuera de sus posibilidades, otros mencionaron que no estaban dispuestos a pagar una tarifa mensual ya que no tenían mascotas. No iban a pagar por los descuidos de alguien más. Los que estaban a favor del proyecto replicaron que no solo trataban de proteger a los animales sino también a las familias. La cosa estaba muy dividida.
Al final, acordaron que unas personas iban a investigar sobre los permisos para instalar las compuertas y realizar cotizaciones en algunas empresas de guardias. Se volverían a reunir para tomar una decisión.
Hemos llegado a un punto lamentable. Antes a los animales nos erigían grandes monumentos en las ciudades, la ley y la religión nos protegía, encarcelados eran aquellos que nos hacían daño, había clínicas y templos para nosotros, grandes cantidades de los presupuestos eran destinados para exaltarnos. Éramos importantes. Ahora no valemos nada. Los humanos se creen más importantes que nosotros, todo se lo quedan ellos. He llegado a escuchar a un bombero que dice que, si un niño y un gato se debaten la vida al mismo tiempo entre las llamas de un incendio, él no duda en salvar al niño y dejar al gato arder. ¡Miserable! Como si alguna vez los gatos hubieran sido responsables de provocar un incendio.
VIII
Durante mi ronda de paseo he vuelto a pasar por la casa donde vive Donatello. Sus dueños siguen sin tener pistas de él. Encontré a uno de ellos sentado en el jardín. Me pareció verlo sumido en la tristeza. Y, aunque yo soy muy arisco, bajé hasta el jardín y me acerqué hasta sus piernas para frotarme en ellas. Se puso muy contento al verme llegar y extendió su mano para tocarme. Le permití hacerlo de forma breve, incluso, llegué a maullar cariñosamente.
Cuando me pareció suficiente, me solté de sus manos y emprendí la retirada.
Desde que escapé de mi primera casa, me cuesta estrechar lazos con las personas. Aprecio demasiado mi libertad. He nacido para andar.
IX
La junta directiva de la colonia sigue sin llegar a acuerdos. Mientras tanto, otro perro ha desaparecido.
X
El otro día hizo mucho calor. Una densa nube de polvos del Sáhara había inundado el ambiente. A mí me dio mucha sed. Para mi desgracia, el mecánico había olvidado llenarme el recipiente y se había marchado para comprar unos repuestos, así que no podía reclamarle su falta. Recordé que en un sector del vecindario había una fuga de agua que las autoridades aún no se dignaban a reparar. Bajé desde el techo y comencé a caminar por la acera hasta llegar al punto. Despacio caminé hasta la fuente y comencé a beber el agua cristalina que salía a borbotones desde la tubería rota. Al sentirme saciado inicié mi camino con destino a mi guarida.
A poca distancia, observé el microbús blanco donde la vez anterior se llevaron al gato colega. El vehículo avanzaba lento. Yo me escabullí en unas plantas que estaban sembradas en un arriate. El vehículo se detuvo frente a una tienda. Al interior de la cabina, estaban los dos mismos sujetos que vi la vez anterior. El pasajero comenzó a quitarse los guantes especiales de cuero para atrapar animales, luego se bajó y caminó hasta la tienda.
Yo aproveché el momento, corrí hasta el microbús y me metí debajo. El motor permanecía en marcha. Hice un rápido análisis por dónde podría treparme para viajar de polizón. Quería averiguar cuál era el destino final de los animales. Esperé un rato mientras el copiloto hacía la compra. Volvió al vehículo llevando dos latas de bebidas gaseosas. Pude observar que sus manos tenían muchas cicatrices. Cuando se montó, di un salto y me metí en un hueco del motor. ¡Ja! Soy un gato muy intrépido.
El viaje me pareció extenso, además de inconfortable. El olor a combustible y la alta temperatura me marearon un poco.
Por fin nos detuvimos y apagaron el motor. El chófer y el raptor se bajaron. Esperé a que se fueran para salir del hueco donde me había escondido. Caí al piso y me sacudí con todas mis fuerzas, era un alivio. Permanecí unos instantes bajo el vehículo para analizar el panorama. Era un estacionamiento amplio, y había muchos más árboles que vehículos. Salí con cautela. Frente al parqueadero había una nave industrial. Se miraba bastante descuidada.
Como es mi costumbre, busqué trepar un árbol para llegar al techo. Es muy arriesgado andar por el piso. Al llegar a mi posición, exploré hasta encontrar una abertura para conocer lo que había ahí dentro del lugar. En una de las láminas había un hoyo que me permitía ver lo suficiente.
Me asomé y la verdad saltó ante mis ojos…
SEGUNDA PARTE
I
El interior de la nave industrial estaba muy bien iluminado. Además de las lámparas colgadas en la parte alta, había otras luces de variados colores que estaban distribuidas en una veintena de cubículos de diferentes escenarios. En realidad, eran como pequeños sets de grabación: había recreaciones de cocinas, dormitorios, baños, salas de estar, comedores y consultorios de veterinario.
En cada uno de los escenarios había repartidos animales: perros, gatos, iguanas, pájaros y conejos. Algunos de ellos estaban pintados de sus pieles, otros tenían gorros de chef o gafas de sol, como estrellas de cine. Había instaladas cámaras de grabación y micrófonos con pedestal. También había numerosos domadores, utilería e indumentarias que se utilizan para vestir a los animales actores que deben interactuar con modelos o con robots.
Justo en ese momento, una chica pelirroja tocaba un piano de pared, mientras debía interactuar con un gato, esperando a que el colega felino realizara un inesperado movimiento gracioso o tierno. La pianista dejaba al felino pasear a sus anchas sobre las teclas blancas y negras.
Después, el director de producción revisaba los clips en el monitor y solo terminaba hasta que estaba satisfecho, de lo contrario repetían la acción una y otra vez hasta darlas por buenas. Finalmente, cuando consiguieron la escena anhelada, un utilero llegó por el animal, lo metió en un cargador de plástico y lo llevó rumbo a otro sector. Mientras tanto, un camarógrafo envió el material videográfico a las salas de edición. En la isla de posproducción trabajaba una decena de hombres y mujeres en modernas computadoras. Allí le ponían música y sonidos, afinaban imágenes y colocaban filtros para luego subirlos a redes sociales a fin de conseguir interacciones del público espectador.
Los animales, obligados a convertirse en elenco, lucían exhaustos de las prolongadas jornadas. Otros también lucían temerosos. A más de uno lo vi tiritar al verse expuesto ante las luces y las cámaras.
Seguí la pista del utilero que llegó a recoger al gato que jugó en el piano de la chica pelirroja. Caminé sobre las láminas de zinc. Detrás de la nave había otro edificio, solo que más pequeño. A diferencia del otro inmueble, acá hay poca luz y numerosas jaulas. Abundan las quejas y sonidos. En el suelo están esparcidos trozos de comida. Pese a mi excelente visión nocturna, es muy difícil distinguir quiénes están dentro desde esta distancia.
II
Regresé al estacionamiento para saber cómo estaban las cosas. Para mi sorpresa el microbús blanco se había marchado. Ahora me preocupaba cómo haría para volver al vecindario y avisarles a los dueños todos los detalles de sus mascotas.
Tengo un plan. Volveré a viajar de polizón en un espacio del motor del vehículo. Cuando tenga la oportunidad, me bajaré en el vecindario y correré a toda marcha a buscar un cartel donde dice que buscan a su animal. Bien puede ser el de Sultán o el de Donatello. Lo arrancaré y lo llevaré afianzado en mi hocico. Cuando esté frente a los dueños, dejaré caer a sus pies el papel. Con señas y maullidos trataré de indicarles el camino hacia este lugar para que puedan recuperarlos. Espero que los humanos no sean tan bobos como para no entender mis indicaciones.
Por ahora, tendré que esperar con paciencia a que vuelva el microbús y me lleve de retorno, ya que estuve analizando todas las posibles rutas de escape y no hay ninguna, los muros son infranqueables y el perímetro está cercado por líneas electrificadas.
III
He vuelto a observar las actividades en los sets de grabación. Hay una escena que me dejó con la boca abierta: Llevaron a un perro de mediano tamaño al escenario que simula un consultorio veterinario. Al parecer, el canino reconoció el lugar donde había estado antes, porque a medida se iba acercando, se resistía furioso e intentaba zafarse del utilero. Tuvieron que intervenir hasta tres hombres para contenerlo. Lo pusieron sobre una mesa de metal. El perro temblaba de miedo. Le pusieron un collar isabelino.
El director dio la orden y comenzó la grabación. Una persona vestida de doctor entró en escena, agarró una jeringa y comenzó a acercarse para inyectar al perro. El canino se sacudía y aullaba, pese a que no lo habían pinchado aún. Todo estaba siendo registrado por la cámara. Llegó el momento en que la aguja se incrustó en el muslo del animal. Hubo un aullido de dolor. La escena no era del todo buena para el director, por lo que la misma toma fue repetida cinco veces más. Al finalizar, dieron un descanso al perro, que jadeaba sobre la mesa de metal.
El director y una chica de producción salieron de la nave industrial y fueron al estacionamiento a conversar. Creo que él trataba de coquetearle porque ella lucía sonriente y jugaba con las puntas de sus cabellos. El director recibió una llamada y ambos volvieron al interior del recinto, al mismo set donde estaba el perro con el collar isabelino. Dio nuevas instrucciones a sus asistentes. La persona que estaba vestida de doctor agarró un corta garras. Alguien replicó que no las tenía suficientemente largas, pero no hubo marcha atrás, comenzaron a cortarle los excesos al animal.
El pobre perro no dejaba de quejarse.
¡Zas! En una de esas, desde el extremo de la pata izquierda delantera comenzó a brotar sangre. En el set suspendieron las actividades. El director ordenó borrar las últimas imágenes. Después curaron al perro, le quitaron el collar isabelino y lo llevaron de vuelta a las jaulas del edificio contiguo.
Quiero irme de acá lo antes posible.
IV
Por la noche todo queda en silencio. Las personas que trabajan en el lugar se marchan. En el set no hay nadie y las luces están apagadas. A esas horas suelo husmear a donde están encerrados todos los animales, pero me mantengo arriba, siempre en el techo. Me da un poco de miedo bajar. Es muy arriesgado. Solo lo hago cuando tengo hambre y sed. En el piso siempre hay sobras y desperdicios que puedo aprovechar para mal alimentarme. Por ahora no hay otra forma de conseguir comida.
Sin embargo, las cosas no siempre salen como uno las espera. La otra noche, un perro sintió mi presencia y ha comenzado a ladrar sin control. Otros perros se unieron al coro de alarma. Un hombre que hace las funciones de un sereno abrió la puerta, iluminó con una linterna y comenzó a callar a los animales. Caminó hacia el más escandaloso, el que había iniciado todo, y se percató de que este miraba y ladraba con dirección al techo. El hombre iluminó la zona. ¡Ja! He sido más veloz que él. En mi movimiento acelerado hice ruido. El hombre que vigila encendió la luz del recinto y caminó por el salón para ver que todas las jaulas estén cerradas y ocupadas. Luego apagó las lámparas y se marchó.
Yo también me fui por mi lado.
V
A la mañana siguiente, el sereno le ha dado un reporte al director. Creo que le informó algo relacionado al incidente de anoche en el que me vi involucrado. Un trabajador colocó una escalera y trepó hasta el techo del edificio donde retienen a los animales. Luego de unas inspecciones sin ningún resultado, la persona se bajó. Debo estar en permanente alerta y esconderme bien.
VI
Ya han pasado varios días en este lugar y no he podido regresar a mi vecindario. Pese a mi agilidad, me ha sido imposible abordar el microbús blanco. Hay una causa: me siento cansado y me falta energía. Para evitar ser visto debo permanecer en el tejado todo el tiempo. El sol da de lleno y apenas hay lugares de sombras donde ocultarse y protegerse. Duermo y me alimento muy mal. Aprovecho las noches para bajar a comer al reclusorio de animales. Los perros siempre ladran y se alborotan. En fin, no hay nada que pueda hacer al respecto. Beber agua también es todo un lío. La verdad es que me falta energía. Hay veces en las que se me apetece un ratón, no importa si sabe a cloaca. Tuve las intenciones de sortear las cercas eléctricas y salir de aquí, pero temo que pueda terminar frito.
Durante todo este tiempo he pensado en mi primera dueña y en su mamá malhumorada. También recuerdo la bondad del mecánico y de sus atenciones. Él me permitía jugar con las herramientas y piezas de los vehículos. Siempre compartía comida. Recuerdo mis salidas y rondas por el barrio que se prolongaban hasta el amanecer. Cuántas cosas he dejado de ver y vivir por estar en este encierro. Al principio pensé que yo era más privilegiado que el resto de los animales. Ahora me doy perfecta cuenta de que no es así. Mis condiciones son deplorables.
VII
La otra mañana, un inesperado parloteo me despertó de la siesta. Fui a ver con cautela de qué se trataba todo ese alboroto. Del lugar donde tienen recluido a los animales, salió un asistente empujando una carretilla. Sobre ella iba un perro muerto. Al principio no lo distinguí, pero no tardé en darme cuenta de que se trataba de Sultán. Sentí mucha tristeza por él. Lo recordé siempre contento y dispuesto a jugar conmigo.
En la zona del parqueo, otros dos trabajadores cavaron un hoyo y sin ninguna ceremonia ni plegaria sepultaron al animal.
Descansa en paz, querido amigo.
VIII
Más animales están muriendo. En la zona del parqueo han sepultado a varios. Sin embargo, la producción de materiales audiovisuales no se ha detenido por esta causa. Las bajas han sido reemplazadas rápidamente por otros. Los sujetos del microbús blanco no han terminado sus raptos y las víctimas siguen llegando.
IX
La estación lluviosa comenzó. Generalmente, por las tardes y noches llueve de forma torrencial. también caen temerosos rayos. He soportado algunas de ellas. Mi lindo pelaje gris se moja por completo y cuesta que se seque. Me comenzaron a salir llagas que me generan mucha picazón. El otro día cacé a un pájaro en la zona del parqueo. Tuve que emplear todas las fuerzas y energías necesarias. Lo apresé con las garras cuando estaba desprevenido. Después, lo devoré con apetito, sin embargo, el manjar no le cayó muy bien a mi organismo.
X
La otra tarde decidí salir de acá, no importaba lo que tuviera que hacer. Permanecí oculto en uno de los árboles, muy cerca del microbús blanco, para que cuando vinieran los dos tipos raptores, yo estuviera listo para viajar como polizón. Mi estadía en este lugar ha llegado a su final. No resisto más.
Esperé paciente entre las ramas. Sentí que mi corazón se llenaba de alegría cuando observé salir de la nave industrial a los dos sujetos protagonistas de los secuestros. Venían caminando hacia el vehículo. Me puse alerta. En ese instante una fuerte brisa comenzó a azotar. Las hojas que estaban en el piso fueron levantadas por el viento. Observé el cielo y estaba poblado de nubes espesas de color gris. Los dos tipos se montaron y encendieron el motor. Iba a lanzarme para buscar mi lugar entre los huecos del motor cuando un intimidante rayo sonó muy cerca, salté involuntariamente y me precipité al piso. El tipo de los guantes de cuero se sorprendió al verme caer, así que se bajó del vehículo y se puso a seguirme. Afortunadamente lo dejé atrás.
Mi plan de escape ha fracasado y para colmo, he delatado mi posición. Ahora ya saben que un gato anda suelto y se han puesto a localizarme.
Fui a refugiarme a donde mantienen recluidos a los animales. Ahora nos lamentaremos todos juntos.
XI
Desde hace unos días han estado buscándome con empeño. Los he visto revisar todos los recovecos. Mueven cajas, bolsas y jaulas. Alumbran con sus potentes lámparas y comienza a decir tonterías como “mish, mish, mish”, mientras me ofrecen un platito con trozos de carne procesada. Yo no me dejo embaucar, aunque mi energía se está acabando más de lo debido.
XII
Ahora desperté con varias luces apuntándome al rostro. Yo entrecerraba los ojos para evitar que los rayos me lastimaran la vista. Una jovencita con guantes de cuero me sujetaba con fuerza y me mostraba a unas cámaras. Apenas distinguí al director y otros trabajadores tras bambalinas. Temeroso, quise zafarme de entre las manos y no fue posible. Miré hacia todos lados y descubrí que me tenían en un escenario como el de una calle concurrida en la ciudad. Había hasta un semáforo colgado que escondía un micrófono.
El director dijo: “¡Silencio, por favor! Vamos de nuevo: tres, dos, uno… Rodando”. Se encendió una luz roja de la cámara, el director dirigió la mirada hacia el monitor y la chica que vestía los guantes especiales comenzó a decir: “Amigos, este día hemos rescatado a este gato que estaba abandonado y en malas condiciones de salud. Está desnutrido y con infecciones en la dermis. Con esfuerzo y dedicación, vamos a ponerlo en control hasta que se mejore. Le daremos una nueva vida a este peludito”. ¿Peludito? ¿Es en serio? Peludito fue la última palabra que escuché salir de su boca antes de caer desmayado, traumatizado por haberme convertido, contra mi voluntad, en el nuevo protagonista de este espectáculo.

Amndré Rentería Meza. (San Salvador, 1983). Licenciado en Periodismo, graduado de la Universidad de El Salvador. Labora para la agencia de noticias Reuters. Ha colaborado para The New York Times. Autor de la novela Navegar es mi destino (Dos Alas Editorial, 2021) y A la sombra del barrio (Índole Editores, 2021). Sus cuentos han sido publicados en revista Cultura, suplemento Tres Mil y en las antologías: El
territorio del ciprés (Índole Editores, 2018), Virulencia alfabeta (Ediciones Amate Vos,
2020), 100 Arriba 100 Abajo (Ediciones Amate Vos, 2021), Daños colaterales: antología narrativa (Abrojo editores, 2024). Es parte del colectivo y taller literario “Palabra y Obra”.
