«Añoranza y acto de amor» es uno de los poemas fundamentales de Efraín Jara Idrovo. Junto con «Poema del regreso», revela una escritura donde el amor, la memoria y el tiempo dialogan con la experiencia del paisaje y la condición humana
Añoranza y acto de amor
(1971)
I
¡Todo es aniquilación incesante,
resentimiento agresivo entre el alma y el mundo,
eres y no serás, porque no hay salida de las profundas
galerías de la materia!
Braceamos desesperadamente
contra el ímpetu corrosivo de los minutos;
negamos que la poderosa indolencia de la naturaleza
no es sino la huella indescifrable
del frenesí expansivo de la conciencia.
No somos ni estamos, únicamente soñamos:
¡vano arrebato de plumas
que se resisten a caer en el océano!
Sólo en ti, ¡vida mía!,
¡ingrata mía!,
sangre y mundo confunden su terquedad en melodía.
En tus laberintos de avidez y fuego
se resuelven las contradicciones:
la cornamenta sombría de la fatalidad se pudre bajo las rosas
y el hombre reconoce en la tortura su cuota de paraíso…
(amasada con relámpagos y piedras preciosas tu desnudez
desnudez de espejo suspendido en el vacío
veta de pórfido alucinada por la luna
desnudez mudez de centella prisionera en un bloque de hielo
tozudez reverberante de la espada o el pensamiento
desnudez
mudez
tozudez de tu cuerpo
indómito tizón de estrella
lecho de hogueras del crepúsculo
resplandor de hacha en el sueño del bosque
gema tallada por el delirio del verano
manantial donde por fin sacia su furor la fantasía)
Me faltas tú,
y soy como una campana enterrada,
una sombrilla abandonada sobre una tumba
o las arenas olvidadas por el viento…
II
Recuerdo las rencorosas maquinaciones frente al espejo,
el río de nitidez en que sumergía dientes y axilas
para el rito de navegación en tu carne.
Entrelazados con delicada ferocidad
hicimos el amor
en tantas posiciones inverosímiles!
(era la brasa de exterminio del beso
el rugido de las piedras en los desfiladeros del instinto
el sonido demente del hormiguero pisoteado
lava de medusas de la excitación
cauteloso y temible avance de la anaconda
la tensión insostenible del mástil en el huracán
falo filo de fuego
pene pino de fuego
el minuto terrible en que se concentra
toda la locura de los manicomios
para el salto al infinito
alguien solloza
¿tú o yo?
mi tu gemido nuestro)
En oficinas desamparadas,
de pie, como dos flechas de curso paralelo;
sobre la hojarasca del bosque,
con tus muslos enhiestos–como candelabro en la tempestad
ciñéndome los riñones;
por las noches, en lechos de hotel,
lo mismo que en navíos a toda vela;
en automóviles, sillas e inodoros
invocamos la fulguración de diamantes del éxtasis,
la plenitud y el ritmo de la rotación de los planetas.
III
Volvía de golpearme el corazón en las certezas,
cuando me vine a dar de alma y genitales
contra tu cuerpo, que es el sentido del sentido,
el punto de incidencia en que la duración
reabsorbe su sombra, y permanece.
(sustancia de pétalos
y sueño de cristales
acumuló la perfección en tus senos
senos cimas del gozo
arrecifes donde se enardece la espuma del deliquio
pequeños como cruces de los humildes en los cementerios
suaves como la piel de los gatos siameses
sensibles como balanza de precisión
majestuoso despliegue de cola de pavo real en las caderas
recorta la cintura el perfil intrépido del surtidor
el perfil de la columna
el álamo
y el relámpago
el diminuto remolino de dulzura del obligo
el trasero magnífico
como las cúpulas en donde anida la soberbia
tu sexo de cráter de volcán
de fondo sin fondo del vértigo
sexoacceso
sexobseso
sexoexceso
grieta de la eternidad o cicatriz del rayo
tu sexo fascinante y voraz como las anémonas marinas
tu sexo que huele a madriguera de leopardo)
Extraviado, como el girasol en la noche,
venía de renunciar a las interrogaciones,
empapados los huesos en el deterioro de la especie.
En la corriente vertiginosa de tu desnudez
comprendí la dialéctica del tiempo:
nos redimimos de la fatalidad de las cenizas,
no evadiéndonos de la corrosión del movimiento,
sino acelerando la velocidad…
IV
La intemperie fue mi patria,
me alimentaron las espinas de la desesperación,
hice del riesgo la flecha de mi destino.
Pero mi ojo extravió la tensión
con que el ardor de la conciencia se exhala en árbol
o prende los vitrales de las constelaciones.
Y como ninguna ave cantaba en mis follajes,
armé tienda a la sombra de mi esqueleto
en espera de los antiguos días de deslumbramiento.
(ah el iracundo festín de uñas
y labios
la segura torpeza con que se invocan los cuerpos
recorren los dedos la línea de meteoros de tu piel
como quien verifica los contornos del universo
islas de mariposas
llanuras de alabastro
teclado de fogatas de la fiebre
meto la mano entre tus piernas
y como por control remoto se te cierran los párpados
altivo cuello de cisne de mi sexo
que aprietas hasta la agonía
mi sexo antena
mástil
o pararrayos de la especie
arrodillado saboreo la acidez germinal de tu gruta
gruta
grata
grieta
grita delicias
con interminable lengua de oso hormiguero)
Regresaba de renegar de la espuma estéril
de las preguntas por la esencia,
con el alma rezumando alquitrán de exterminio.
Porque sólo el sobresalto
y la espada que pende sobre el corazón
despiertan el rumor de las semillas.
Sólo en tierras abonadas por la desesperanza
la vida pone a dorar sus apretados racimos.
V
¿En dónde está tu piel arrebatada en hoguera,
dentro la cual dormía el tiempo,
desvalido, como un niño?
La televisión, los supermercados,
los pagarés vencidos,
la insolente vaciedad de los gritos en los estadios
sepultaron mi corazón bajo polvo de herrumbre.
(pero el rayo agazapado en las sienes
pero tu vulva tapizada de flores y llamas
y entrar salir de ti
entrar salir de ti
entrarsaliendoenti
salirentradoenti
jadeando
echando por los poros toda la soledad y la pesadumbre
sudando todo el desencanto y la fragilidad
gimiendo de ebriedad en el vértice de la existencia
entrarsaliendoenti
salirentrandoenti
el incesante empuje de la barrena
buscando petróleo en las profundidades
y la explosión púrpura del espasmo
la explosión infinita
y dolorosamente púrpura
que avienta nuestros despojos en tierras de melancolía
lo fugaz es la única forma de perpetuidad
alguien solloza
¿tú o yo?
en la punta del relámpago)
¡Vida mía,
ingrata mía!
Si tú volvieras, qué de vientos no barrerían
la hojarasca y la extinción acumuladas por el otoño.
Como tortugas en tiempo de apareamiento,
una sobre otra, días y días a la deriva,
así flotaríamos sobre las aguas deslumbrantes del delirio.
Mundo y conciencia
dejarían, entonces, de enfrentarse con puñales,
y el canto exaltaría la reconciliación
en el aire conmovido de sus florestas…
18-XI de mil 971
Poema del regreso
Regreso al tiempo del afán humano;
al nativo solar, como quien torna
a recoger los frutos
que antes de la partida, apenas, fueron
vacilantes semillas.
¡Regreso a los mayores y a los hijos!
Retorno a lo que siempre ha sido mío:
el sonido de encajes del maíz,
el dorado fantasma
que solloza extraviado en la cebada.
Miro, de nuevo, el viento abrir su puño
y esparcir las semillas de los sauces;
la lechuga y la col
su seno recatar con verdes manos;
abatirse la rosa, herido el pecho
por la bala certera de la abeja.
Torno a escuchar el canto de las ranas,
el golpe de cuchara con que convocan
la nube de aguacero;
el río tutelar, el Tomebamba,
como un resto de cristales de la infancia
que crujen todavía en la memoria.
Mucho tiempo anduve por las islas
conociendo a mi Patria,
golpeada por el mar y la desgracia.
Allá en la soledad de las Galápagos,
inmerso en el desvelo de las olas
y el olor seminal del algarrobo
aprendí muchas cosas.
Para muestra, sólo pongo un ejemplo:
yo creía que ver era salir del ojo
y tocar, impasible,
lo compacto y cambiante;
quiero decir el trigo,
el congelado grito de los montes,
un cuerpo de mujer
o la gaviota, cítara del viento.
Mas, cuando vi la zarpa de las olas
romper en su demencia
las renegridas costillas de las rocas
y el árbol aferrarse a la volcánica
desnudez de la piedra,
comprendí que morar equivalía
a derramar el alma por el ojo
y contagiar la fría constancia de lo externo
con el tenue temblor de su perecimiento.
(Sólo más tarde supe que mirar era verse.
Conciencia y mundo están ahí, ¡qué duda cabe!;
pero el mundo es al ojo
algo que, siendo, no es:
la terca soledad de la conciencia
que sólo en su avidez se reconoce.)
Desde entonces mi corazón sigue al ojo,
como al pastor la cabra,
y amo las formas vanas que la vida
erige por un día
y en ebriedad de polvo se deshacen.
Amo el despliegue inútil de arrogancia
de la flor en la encía del basalto,
el rigor geométrico del cacto
que tiene, a veces, algo de osamenta,
de adusto candelabro o tubo de órgano.
Con estos nuevos ojos,
que son uñas del alma,
me prendo a los collados, donde el viento
insta a emprender el vuelo
a las desfallecientes alas del maíz.
Otra vez, contra el suelo de mis antepasados,
oigo un rumor de manos modelando vasijas,
moviendo los telares,
arrancando a las ubres humeantes azucenas.
Oigo la voz profunda de mis padres
animando la hierba y las semillas
y al hijo que se afana en los rosales
de la sangre materna…
Vuelvo, lleno de amor, a dar un testimonio:
la soledad jamás será hostil,
si es una condición para que los demás
dejen, en lo profundo, de ser otros.
Vuelvo por mis hermanos labradores,
los sin barba ni lecho,
los que guardan su corazón
como un vestido para mejores días.
Torno al tiempo del hombre que se obstina
y a la arcilla da forma de tinaja,
de surcos de patatas,
de senderos que suben hasta el cielo.
Al nativo solar regreso, y amo,
otra vez, con pasión de desterrado,
esta tierra que nunca me sacudo
del alma y los zapatos.
Si debo, como ahora, demorar, ¡sea aquí!,
mirando las montañas, en las que por septiembre
las nubes apacientan perezosos rebaños.
Si tengo que extinguirme, ¡sea aquí!,
que nada hay más hermoso
que la muerte elabore
con la cal de mis huesos
el penetrante olor de las retamas…
mil 956

Efraín Jara Idrovo es una de las figuras mayores de la poesía ecuatoriana contemporánea. Su obra, de extraordinaria intensidad lírica y hondura filosófica, explora el amor, la muerte, el tiempo, la memoria y la condición humana mediante un lenguaje de constante renovación expresiva.
Estudió Filosofía y Letras y ejerció la docencia universitaria durante varias décadas. Fue presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, desde donde impulsó la revista literaria El guacamayo y la serpiente, una de las publicaciones literarias más influyentes del Ecuador.
Entre sus libros destacan Rostro de la ausencia, Sollozo por Pedro Jara —considerado una de las grandes elegías de la poesía en lengua española del siglo XX—, El mundo de las evidencias, Los rostros de Eros, In memoriam, Grandes textos líricos y Poesía última. En 1999 recibió el Premio Nacional Eugenio Espejo, máxima distinción cultural del Ecuador.
En 2025, la Universidad de Cuenca y la Dirección Municipal de Cultura publicaron su Obra reunida en tres tomos, que reúne el conjunto de su producción poética.
