Con un martini para ratones, y otros poemas de Francisco Alejandro Méndez

El poeta guatemalteco, Julio Serrano Echeverría, rememora a Francisco Alejandro Méndez a través de una de sus facetas menos conocida: la de poeta. Y nos comparte el prólogo a su único libro de poesía, aparecido en 2018, junto a una breve selección de sus textos

Julio Serrano Echeverría | Escritor guatemalteco

Francisco Alejandro Méndez falleció el 28 de marzo de 2026 y, durante largos días, innumerables mensajes de amor y admiración llenaron las redes. Luego, el silencio natural de la vida que es todo ruido, que es todo correr y correr y correr hacia la nada, como todos los días. Salvo los chats de amigos, salvo cierto tipo de brindis y cierto tipo de tarde abriendo sus libros. En junio de 2018 me invitó Francisco Alejandro Méndez a escribir un texto para su primer libro de poesía, Animalicidio. El libro lo publicó Pequeña Ostuncalco Editorial, POE, aquel mismo año, en una discreta y artesanal edición que circuló entonces.

Este es el texto que acompañó al único libro de poesía de Francisco, una selección de sus poemas, y una vela permanente para abrazar su luz. A lo mejor, la recomendación de leerle en voz alta también valga la pena, con algo para brindar y una larga sonrisa.

No es un riesgo afirmar que el insecto más famoso de la literatura sea la cucaracha de Kafka. Un bicho cuyo origen se remonta al cretácico, digamos 140 millones de años atrás, encuentra otra forma de inmortalidad en el gran escritor de Praga. La cucaracha Samsa encarna el pesar de la humanidad de inicios del siglo XX –expandible indeterminadamente a un pasado más lejano y al futuro que somos hoy–. Un año antes de la publicación de La metamorfosis, en este lado del planeta, Rafael Arévalo Martínez anotaba «octubre de 1914» al final del cuento El hombre que parecía un caballo, una de las obras maestras de este escritor guatemalteco que hizo que su personaje, el señor Aretal, pasara por ese proceso de transformación (quizá moral, quizá existencial, a lo mejor ambas) a un caballo, digamos, resultado de las ocultas pasiones de la humanidad, versus la transformación a pavo real del narrador del relato, que queda del lado del observador que, simplemente, no se anima. Estos son dos pequeños y trascendentales ejemplos del debate existencial humano que termina en una especie de zoológico literario, el animalario como género.

Animalcidio, de Francisco Alejandro Méndez, es un libro de poesía que se suma a esta tradición simbólica de los bichos y la existencia. Pero esta vez dándole la vuelta al asunto, volcándose no a un proceso de transformación, sino al de la permanencia del sujeto ante la realidad del bicho, o la contemplación –casi siempre perversa– del humano ante la vida cotidiana, que incluye, como la más placentera de las mieles del poder: la decisión sobre una vida ajena. De ahí el nombre, de ahí el filo. Méndez, poeta, nos coloca frente a una serie de animales innombrables –por ausentes, por inexistentes o acaso por imaginarios– que son presa de la minuciosidad de una especie de asesino, de uno obsesionado con los detalles, cuidadoso de describir y ordenar cada uno de los procesos para tomar control de sus vidas, como una suerte de relojero de palabras: como un poeta, digámoslo pues: como un poeta policiaco.

Y es que Animalcidio es el primer libro de poesía de un tremendo narrador, de un referente de la novela policiaca y negra mesoamericana, y de un académico entregado al estudio de la literatura de esta región. Esto que explica el nivel de bicho raro que es este libro. El personaje que lo habita viene del diseño de laberintos y de la adicción a salir de ellos, y de esa cabeza obsesionada con pensar y resolver crímenes, tenía que salir un muy particular poeta, ¿un animalicida?, qué más saldría de ahí, y eso no es ser un criminal cualquiera, sino uno que se dedica a contemplar cada uno de sus movimientos, ya para llevar a cabo la dulce venganza del día a día o para invocar en la más profana de las realidades la más sublime de las sensaciones: amar.

Entre el amor y la muerte, entre la honestidad brutal y la ternura, el poeta detrás de estas páginas sabe reconocer, en la naturaleza de la vida, que la muerte no está del otro lado, que las pasiones, las venganzas, las crisis son la saliva cotidiana de la bestia que nos habita, y que nos abraza, y no le teme a la sombra. A su manera, las páginas de este libro son el monólogo interior de alguien que todos hemos sido, el que ama intensamente, capaz de poner en su cabeza las más contundentes imágenes de la entrega, pero que no las dice, que las guarda para sí en un rito extraño de introspección amatoria, sí, criminal.  

Los objetos del entorno cotidiano son el coro polifónico de estas particulares canciones que casi son de cuna. Se agradece, en este libro, ese gesto dulce, tierno y perverso del poeta que se enfrenta con sus propias sensaciones, del que, ante aquello que tememos que decir, se yergue para acariciar el cabello de una joven esparcido en el suelo del lenguaje, para advertirle, acaso, sobre sus últimos estertores.

Escrito como a la luz de una lámpara de aceite, a lo Poe, a lo Chesterton, con una pipa a la mano, a lo Chandler o Simenon, rinde un homenaje a las mentes de aquellos que saben descomponer la realidad como las piezas de un reloj y colocarlas en una mesa de noche, como quien rinde una ofrenda, también, a aquella cucaracha y al caballo y al pavo real, y al animalario que somos como especie, y al perverso relojero de palabras que también llevamos dentro.

Julio Serrano Echeverría

Selección poética

De cómo la cólera me acompaña dentro de mi porta-documentos

Algunas veces amanezco colérico. Despierto a
causa del zumbido de algún zancudo, que trituro
entre los dedos de mi mano izquierda.
De una patada arrojo las sábanas al suelo y
luego de deslizar el cadáver de mi enemigo
entre el piso y la pata de la cama, me levanto
con el rostro encendido piqueteado en las
mejillas.
Pienso que tú, en este momento, ya te has
levantado: también habrás pensado en mí y
sabrás que yo recién despierto de mis eternas
camaradas de la noche.
No sé si recuerde el último de mis sueños, pero,
de seguro no fuiste la actriz principal ni la
muñeca de trapo.
Dos veces después de toser y pensar en darme
un envión para introducirme en el mundo de lo
indescifrable, deseo ser prisionero de lo absurdo. Sí.
Atragantarme de comida de cartón y colorantes
químicos. Devorar cereal y transformarme en
ternero insaciable. Pero luego, cuando he
clavado los ojos hacia la profundidad de tu foto,
decido jugar a proletario y alimentarme de los
recuerdos de tus besos.
El deportista siempre me toca el hombro y me
dice que beba el jugo que aguarda dentro del
refrigerador —andá hombre, si no sos más que
el resultado de tu propio esfuerzo—.

Tras rechazarlo, ya no te estoy viendo, pero te
amo. Un periódico debajo de la puerta me reta a
que lo cargue como a un bebé deshidratado. No
acepto su estupidez y lo lanzo hacia su estoica
cuna: el basurero.
Los nombres de los muertos se mojan con el agua
de la bañera y las indescifrables cifras de
despilfarros se esparcen y contagian al resto de
la basura.
Las mentiras de los políticos seducen al demás
papel higiénico y algunas veces hasta hacen el
amor. Nunca abrocho el pantalón y la camisa sin que
antes me haya puesto los calcetines.
Nunca me peino sin que haya encendido y
apagado la radio.
Nunca me pongo el reloj sin que antes eche un
vistazo a la hora y maldiga los ayunos de miles
de niños de la calle. Ellos nunca se pondrán un
reloj, aunque lo hayan robado ayer, hasta que
las tripas de sus agujereados intestinos dejen de
clamar por un poco de pegamento.
Nunca echo llave a la puerta sin antes invitar a
algún ladrón a que robe mis libros y mis poemas.
Los quince o veinte minutos de retraso los
compenso con las piernas del correcaminos
burlando al coyote. La gente se zambulló dentro
de los libros de mi mochila y los políticos me
piden que los incluya en las bibliografías de mis
poemas.
Después de despreciarlos, invento alguna
excusa para ni siquiera tomarlos en cuenta a la
hora de preguntar quién puede donar un litro
de sangre para un enfermo con sida.
La rabia avanza cuando me doy cuenta que no
estás a mi lado. Que estás distante y no te puedo
besar. Aumenta también, cuando a mediodía se
me cruza un poema y no lo puedo guardar
dentro del bolsillo de mi pantalón roto. Está
vacío y aún no he podido arrojar monedas a los
mendigos o a los cantores en autobuses,
enfermos de la entelequia de los políticos
paralíticos.
El solo, confundido por algun cambio irracional
del reloj de arena, huye de los discursos
marasmáticos y cesa de preguntarme por ti. Se
pierde entre las montañas y se olvida por
completo de esta sociedad enferma. Se olvida
de la madera coagulada y de los asesinatos de
cedros.
Se olvida del hambre de los pordioseros y
deprimido desciende sobre tus cabellos, pero tus
rayos lo invitan a un nuevo amanecer.
De regreso a casa, guardo mi cólera dentro de
un cuento de Cortázar.
El esqueleto del zancudo está fresco.
Tu foto sigue sonriéndome y mis piernas me
invitan a largarme hacia un nuevo sueño en el
que tú y yo, protagonistas inseparables,
recorremos un mundo nuevo, donde el hambre y
la miseria de mis hermanos nos son ajenos,
porque ya no existen.
Se burlaron de los dirigentes mezquinos y
lograron volver a los tiempos de los mayas, para
sacarnos a todos de la eterna ignorancia
democrática.
Te beso y estoy seguro que mi aliento llegará en
cuanto, mañana, abras los ojos y me veas
descendiendo contigo de la mano, recogiendo
piedras, saltando charcos y burlándonos de todo
lo que aún no se ha cruzado en nuestro camino.

*

Cuando París es una fiesta

Mis demonios tiran almohadas
en la sala de emergencia.

Cuántos peatones,
cuántas bicicletas de lata y hojalata
esquivan palomas.
Una anciana con pedigrí empuja el monopatín
como huyendo de la muerte.
Allí está la bestia de Bretón.
Sonríe cada vez que la rodilla se me inflama.
No comprendió el surrealismo de Cardoza,
porque ninguno de los dos
lo inventó.
Pero yo no veo a Bretón,
ni a Apollinaire o a Baudelaire.
Yo no quiero cruzar el Sena.
¿Acaso soy hijo de Isadora?
El cadáver de Alí flota en el Ontario.
Las aves lo picotean y aún logra esquivarlas.
Las aves se posan en el casco de Carlo Magno
mientras dos coreanos se matricidan frente a Notre-Dame,
un pequeño hijo del sol
se mete entre la pareja y se pierde
entre el faldón de la tez amarilla.
Hay un hombre sentado sobándose las piernas
mientras sus demonios se despojan
las agujas con suero.
Mojan los aparatos
hasta que alguno saca humo,
entonces vuelven a sosegarse.
Ese hombre imagina a Hemingway, Sam Spade,
Gatsby, Picasso, Conan, que no son sus
referencias literarias.
Son sus perros, que son referencias literarias.
Los imagina
corriendo sin que luchen entre ellos.
Cada uno persigue a una paloma y Picasso
se mea en las patas de Bucéfalo.
Yo no quiero cruzar el Sena
ni quiero salir de la habitación.
Aunque parezca que haya salido, seguramente
fueron esos demonios que no se están quietos
ni aunque estén enfermos.
Hay que dejarlos pues, que hagan lo
que quieran, pero que me dejen dormir al
lado del libro de Chandler.

*

Baile salobre

La tierra estará húmeda.
Negra
Encontrará una que otra molesta
hoja.
Deshágase de ella de inmediato.
Al principio percibirá movimientos bruscos.
No les haga caso. Mejor ignórelos.
Continúe picando el suelo.
El movimiento se asemejará al
del cocodrilo cortándole un dedo
al hipopótamo.
Ya la encontró.
Sáquela de allí con suavidad.
Si es posible, arrúllela.
Busque una cómplice o familiar cercana.
Si la encontró, siéntase profundamente dichoso.
Las puede lavar en el mismo guacal azul.
Use agua tibia: caliéntela veinte segundos
en el micro. Ahora ya están listas.
Las puede ubicar en una servilleta de papel,
sobre la mesa. Ojalá tenga puesto
un mantel
rojo.
Ahora que están entorchadas. Quizá un poco
desconcertadas.
Vuele a la cocina. Escoja el mejor salero
de todos.
Siéntese frente a ellas dos.
Seguro continuarán con su vulgar orgía.
Pídales que se separen.
No lo harán.
Eso lo enojará mucho más.
Pruébela primero.
Sienta cómo su sabor le atraviesa la tráquea
a la velocidad de la luz.
Levántese y saque un tomate del refrigerador.
Cúbralo de blanco y tráguelo de una mordida.
Ahora, puede ir por ellas.
Derrame la sal sobre sus miserables cuerpos.
Despacio.
No sature de sal la servilleta
Como si sofriera recorra los cuerpos
de cabo a rabo.
Retírese.
Observe ese baile final.
Durará menos que un compás.
No lo quepa duda.
Es como cocinar, es perfecto.
Ahora, los cuerpos destilan.
Como si fuera aceite,
quedarán pedazos en la servilleta.
Láncela al cesto
Doblada.
Nadie saldrá de allí,
solamente,
por si las moscas.

*

Entre un par de tenis y mi manera de quererte

Hoy me sucedió algo especial.
Quise desempolvar los tenis, tomar valor,
respirar fuerte y salir a trotar a través de esta
ciudad asediada por intrigas, desencuentros y
desesperanzas.
Me amarré el segundo tenis, el derecho, siempre
empiezo por el izquierdo.
Al momento de hundirme en los primeros pasos,
mis pulmones volvieron a transformarse.
Mi visión sobre el mundo ha sido un tanto
anárquica y de no respetar en lo que creen los
demás.
Tal vez sea porque este pincel no ha podido
bordar el color exacto de mi bandera.
De todas maneras, los siguientes cien pasos me
condujeron hacia el barrio por el que alguna vez
fabriqué una pelota de calcetines y papel
periódico mojado y hecho añicos.
Sin embargo, creo que por la hora —apenas
eran las cinco de la mañana—, observé
que una nueva puta había tomado posesión de una
esquina frente a un parque infantil.
Todos los días este es mi trayecto, por el que voy
jugando a El hombre que calculaba y eso me ha
permitido, a veces, acertar en alguna cábala
que se columpia entre mis sienes.
Noté a la puta un tanto molesta, pero la carrera
provocó que me alejara sin logra descifrar las
bocanadas de humo que chorreaban de sus
labios.
No creo que se trate de los riñones, pero, tras
quince minutos, una molesta aguja comenzó a
perforar dentro de mí.
Pero si la guerra terminó. Ganaron los gringos.
No, no me lo digás, te volviste a desvelar
nuevamente. Una cerveza fue, mejor dicho,
fueron dos. Sí de verdad te quiero y te juro que
voy a disciplinarme.
Te amo por sobre todas las cosas, pero la aguja,
la aguja.
Es preciso que pare de correr. No me interesa
seguir haciéndolo ¿Para qué?
No es lo mismo un pobre maratonista, que
veintidós locos peleando por lucirse ante un
circo hambriento de hipnotismo anestésico.
Un paso más y estoy seguro que volveré a creer
en mí y te voy a amar con más fuerza.
La guerra la ganaron los gringos y ahora quién
los va a frenar. Ahora, a quién van a invadir.
Un paso más y estoy a salvo de un misil Patriot.
Pero quién está a salvo en este país de
contagiarse del cólera.
Cuánto costará una guerra contra la miseria.
O no vale la pena. Te digo que te quiero
niña linda y por vos, y por mí y por vos terminaré
de correr hoy.
Aunque mis pies estén agrietados. Aunque
después me despierte y guarde este poema en el
bolsillo de mi consciencia. Aunque te vea,
mojada de sudor, te lance una mirada por todo
el cuerpo y te diga al oído, te quiero.
Aunque no salga de aquí los eternos
conquistadores de pieles.
No va a desaparecer mi silueta entre las calles y
avenidas. Tampoco va a desaparecer el sudor de
mi frente. Ni la angustia que se debate ante la
eclosión de la mañana.
Aunque suceda todo lo anterior y vuelva a
colgar los tenis saturados de querosén y
remolacha.
Aunque detenga el cronómetro de mi corazón
solamente para preguntar si me querés.
Aunque me siente a descansar entre los restos
de un sauce llorón.
Aunque el cólera nos haga prisioneros desde las
tumbas del Machu Pichu hasta las frías guaridas
de los Siux.
Aunque las avenidas destapen sus bocas y las
pintas se escriban solas, no detendré la marcha.
Voy a forzar mis piernas. Las
secuestraré para que me paseen por toda la
ciudad.
Le encenderé otro cigarrillo a la
puta. Aceleraré en los cruces y dispararé
escupidas a los semáforos.
Correré para despertar a los mendigos que
devoran palomas en La Merced y gritaré cada
una de las letras de tu nombre para embriagar
mi espíritu.
Cruzaré la última cuadra.
Me reiré de los diarios y de sus venas
envenenadas.
Pararé y me burlaré de las conversaciones de
paz. Mejor corran o respiren, porque las selvas, la
caoba, los cedros ya no nos darán más.
Se cansaron
Los cansamos.
Me cansé.
Mañana, cuando despierte pensando en tu voz y
tome mis tenis, los tiraré dentro del cesto de la
basura. Correré descalzo.
Me deslizaré en el vientre de la ciudad y ya no
me detendrán nunca, porque desde mañana
amaneceré dentro de ti.
Dentro de tu recuerdo.
Dentro de las líneas de tu eterna quiromancia.

*

Con un Martini para ratones

Lo vi mientras se resbalaba. Era mediodía.
Había un poco de sol y otro poco de lluvia. La
universidad de Louisville permanecía cerrada.
Yo leía a Don Delillo. De pronto se detuvo.
Corrió hacia mí y a menos de un metro, se lanzó
dentro del libro.

*
Anoche escuché un aullido lastimero. Era de
lobo alfa. Cada vez que caminaba hacia la casa,
se escuchaba más lejos. Entré con cautela. El
animal permanecía parapetado en el sofá de la
sala. Bebía un martini seco mientras veía en la
TV a Boris Karloff.

*
Ella chatea a todo dedo. Él ve la pantalla plana,
en la que 22 trogloditas corren tras un globo de
cuero. Ambas hamburguesas derraman aceite
sobre el plato. El árbitro marca un penal. Él y
ella entrecruzan miradas. Adiós hamburguesas.
Adiós gol.

*
Una desbaratada churrasquera gotea cenizas. A
su lado, una loba aúlla hacia la vecindad, donde
dos chompipes se enfrentan por una lombriz que
se devana de la alegría alejándose entre saltos
dispares.

*
Tras aspirar el aroma de la ruda,
tu mirada-lente parece que ha sido iluminada.
Un árbol de durazno da la hora, mientras un
gavilán se mueve más rápido que la trampa
para ratones. Parece que lloverá.

*
Hay un momento en el domingo que tu
desasosiego te invita a saltar sobre una trampa
para ratones. Te esperas a que suene el silbato
del árbitro imaginario que cuelga del árbol y le
das la espalda al naranjo.

*
Y que no te queda la menor duda, mija, que tu
legado no van a ser acusaciones, lamentos,
frustraciones o no tener valor. Tu legado, seguro,
será la rebeldía, la inconformidad y la praxis.

*
Atrás se ve un mapa que simula un país en
bonsai. Estas recostado en columnas de cemento.
Un lente amenaza tu rostro que sonríe al ver un
zanate paseando insolente sobre el puerto de
San José.

*
Tal vez me faltó volar sobre el Kilimanjaro.
Quizá debí ser el maletero de José José,
de repente hubiera asistido
al concierto de Sandro o
visitar en París a Alfredo Bryce Echenique,
definitivamente me faltó bailar más marimba
y escalar los techos de los vecinos,
me faltó tomar
más ginebra y terminar todas las novelas
de Simenon.
Me faltó jugar más en la calle
con pelotas de calcetín,
claro, me faltó tocar más puertas
y correr a lo loco,
me faltó tener más perros y ver menos televisión.
Me hizo falta emborracharme
más con mis amigos.
Me hizo falta besar, me hizo falta mi bicicleta
y
prenderle fuego a mi pipa.


Francisco Alejandro Méndez
Francisco Alejandro Méndez Castañeda (Guatemala, 27 de noviembre de 1964 - 28 de  marzo de 2026). Fue catedrático universitario, periodista y escritor. Graduado de la licenciatura en periodismo en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Magister litterarum en estudios de cultura centroamericana, con mención en literatura, por la Universidad Nacional, UNA, de Costa Rica, en donde obtuvo la distinción Cum Laude por su tesis titulada Hacia un nuevo canon de la vanguardia en América Central. En esa misma universidad cursó un doctorado en estudios centroamericanos de literatura. Su especialización postdoctoral fue en literatura contemporánea estadounidense de la Universidad de Louisville, Kentucky.

Desde el 2001 se dedicó laboralmente a la docencia en diversas universidades de Guatemala y Centroamérica. Anterior a eso, tuvo una distinguida carrera como periodista, que empezó en 1989 y que lo llevó a ser parte de las redacciones de varios medios de comunicación guatemaltecos, como Siglo Veintiuno, la revista Polémica, Revista Domingo, Crónica y el Diario de Centroamérica, del cual fue jefe de redacción.

Recibió numerosos reconocimientos por su labor académica, periodística y literaria. Entre ellos destaca el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias en el 2017. En 1994 y 1997 fue ganador del Premio anual de periodismo cultural Carlos Benjamín Paiz Ayala en el género de entrevista. Y en 2009, le fue dedicada la XXXVIII Feria Municipal del Libro de Guatemala.

Como narrador, exploró, durante los últimos años, el género policíaco. Son parte de sus publicaciones los libros Puede que no sean ángeles (2023);Está de perros (un caso peludo para el comisario Wenceslao Pérez Chanán) (2021); Si Dios me quita la vida (2020); La zona intersticial (2019); Animalicidio (2018); Saga de libélulas (2018); Animalario I y II (2018); Ellas matan, ellas mueren (2017); Chanán, cinco casos peliagudos para el comisario (2015); Narraciones extra/ordinarias (2014); Juego de muñecas (un caso más para Wenceslao Pérez Chanán) (2012); Relatos policíacos (serie Chanán) (2009); Reinventario de ficciones. Catálogo Marginal de Bestias, Crímenes y Peatones (2006); Eclosión de las vanguardias en América Central (2006); Completamente Inmaculada (2002); Ruleta rusa (2002); Crónicas suburbanas (2002); Sobrevivir para contarlo (1999); Manual para desaparecer (1997); Graga y otros cuentos (1991). También fue autor del Diccionario de autores y críticos de Guatemala (2010) y coautor del Diccionario de literatura centroamericana (2008). Como compilador publicó, en 2005, América Central en el ojo de sus propios críticos y, en 2007, la antología centroamericana Tiempo de narrar. Su obra crítica y de creación fue parte de diversas antologías y revistas en Guatemala, España, El Salvador, Nicaragua, México y Costa Rica. Fue miembro de número de la Academia Guatemalteca de la Lengua.

Julio Serrano Echeverría: poeta y artista multidisciplinar. Ha publicado varios libros de poesía, crónica y literatura infantil; además de combinar su práctica con el periodismo, la fotografía, el cine y las artes visuales.

Gabriel Serrano Loarca: sacerdote retirado de la orden salesiana, educador y guía espiritual, ha dedicado su vida a la enseñanza de la filosofía, la teología y la doctrina católica con distintas comunidades en el altiplano guatemalteco.

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